Todo lo aceptaba gustoso y a todo se sometía de buena gana por amor a los hombres, pero lo que le atribulaba más dolorosamente era su vergonzosa desnudez en la cruz para expiar la falta de castidad de los humanos y suplicó tener en la cruz al menos un ceñidor que lo evitara, y en verdad que tuvo ayuda inminente, pero por cierto de los crucificadores, sino gracias a un buen hombre  (La Amarga Pasión de Cristo. Ana Catalina Emmerich. Voz de papel.  Pág. 78).

Sin pureza no hay sacerdocio, sólo una farsa. ¿Cómo puede alguien no valorar sobremanera la pureza sacerdotal? ¿Es qué existe algún sacerdote que no aprecie con toda su alma la pureza? Porque si es así, ¿de quién estamos hablando? Pobre Jesús, flagelado nuevamente por los pecados de impureza de sus ministros. ¿No fue suficiente la Pasión del Señor para ahora nuevamente con nuestra impureza le sigamos atormentando?

Sin pureza sacerdotal no hay irradiación de la Palabra de Dios, no hay fuerza evangelizadora, no hay atracción sacerdotal, no se transmite confianza; transforma en estéril toda la acción del sacerdote.

La pureza sacerdotal angeliza al sacerdote, pues estando en el mundo no anhela nada de él que no sea para alabanza y gloria de Dios. La pureza purifica los sentidos, hace que la mirada sea discreta, que evite las palabras inapropiadas, que los pensamientos estén fijos en el Señor. Cuánto asemeja la pureza sacerdotal a Cristo.

 Nuestro cuerpo pertenece al Espíritu Santo: El cuerpo no es para la fornicación (non fornicationi), sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. I Cor. 6, 13. Nuestro cuerpo es para el Señor, es de Él, y por ello hemos de santificarlo constantemente en todas nuestras acciones cotidianas. Hasta la más mínima mirada fugaz debe hacernos contristar nuestro corazón, y afligirnos. Nuestro sacerdocio es Su Sacerdocio, le pertenece al Señor. Ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. El hombre viejo murió con la ordenación sacerdotal. Somos de Cristo para el mundo, pero de Cristo, no del  mundo. ¿No vale cualquier sacrificio con tal de agradar al Señor? ¿Con tal de arrancarle una espina de su dolorosa Corona?

Nuestros cuerpos son miembros de Cristo: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Voy, entonces, a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una meretriz (membra meretricis)? I Cor. 6, 15. Qué hermosa realidad, y como sacerdotes estamos más insertos en Cristo. Somos miembros de Cristo para que pueda seguir sanando, aliviando, curando a todos los que a Él se acerquen, y lo que es más vital aún, somos Sus miembros para llevar la Palabra de Vida a los que no la conocen. Pero, ¿cómo podemos estar impuros para tal misión? No podremos sanar, ni curar, ni arrastrar con la palabra si con muestra impureza manchamos la excelsa santidad de Nuestro Señor.

Somos templo del Espíritu Santo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (templum sunt Spiritus sancti),  que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? I Cor. 6, 19. Sólo el Padre Eterno puede mirar complacido al sacerdote cuando en él habita el Espíritu Santo, es decir, cuando no ve ya al hombre, sino al Hijo en él. No son sólo palabras bonitas, es una realidad que bajo ningún concepto puede renunciar el sacerdote. Debe siempre luchar con todas sus fuerzas que ser reflejo del Señor, para que el Espíritu Santo adorne el alma del sacerdote de tal forma que sea la dicha y gozo del Padre Todopoderoso.

Precio infinito por nuestra redención: Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a  Dios en vuestro cuerpo (Glorificate, et pórtate Deum córpore vestro) I Cor. 6, 20. ¿Cómo podremos consolar a Nuestro Señor, que tanto le costó nuestra Redención, si no nos mantenemos puros y castos, si no somos los que con más frecuencia frecuentamos el Sacramento de la Penitencia? A caso no crucificamos doblemente al Señor en los altares del Sacrificio cuando nuestras manos impuras tocan el Bendito Cuerpo de Cristo y nuestros labios impuros beben Su  Preciosísima Sangre. El Señor nos pide pureza, nos la pide a través de María Santísima, a los sacerdotes y a todos los Pastores en general, a  Su Iglesia.

La fecundidad sacerdotal está unida a la pureza; la pureza del sacerdote es fuente de frutos espirituales para él y para los demás. La pureza del sacerdote alegra el Sagrado Corazón de Jesús, lo consuela y repara. No hay santidad sacerdotal sin amor a la pureza, sin luchar vivamente por ella, sin vivirla gozosamente, amén de las tentaciones. Vivir con gozo la pureza es  la característica que deber distinguir al sacerdote, es el remanso de paz que hace que el ministerio sacerdotal fructifique, que sea  fuente de firmeza en su ministerio, que reafirma su personalidad, que afiance su confianza en sí mismo.

El pecado de impureza desgarra dolorosamente el Sagrado Corazón de Jesús, contrista a la Santísima Trinidad, ofende la pureza de la Santísima Virgen María.

Sed de pureza nos pide especialmente el Señor a sus sacerdotes, para llevar almas puras a Dios, para transformar el mundo con nuestra vida de unión con Él y pureza de nuestros corazones.

Ave María

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa