Arrepentíos porque se acerca el reino de Dios. Mt. 4, 17.

Queridos hermanos,  de esta forma empezó a predicar Jesús, como nos dice San Mateo (4, 17): Arrepentíos porque se acerca el reino de Dios. Antes que el Señor, el Precursor ya enseñaba de esta manera: En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca (Mt. 3, 2). San Juan se dirige a los saduceos y fariseos satisfechos de sí mismos con palabras claras, directas y duras: Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que os amenaza? Haced frutos dignos de penitencia, u no os hagáis ilusiones diciéndoos: Tenemos a Abraham por padre. Porque yo os digo que dios puede hacer de estas piedras hijos de Abraham. Ya está puesta el hacha a la raíz de los  árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego (M7. 3, 7-10).  Enérgicamente llama el Señor a la penitencia al oír contar que Pilatos hizo derramar sangre de unos galileos cuando éstos presentaban su sacrificio: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los otros por haber padecido todo esto? Yo os digo que no: y que si hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis. Aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis que eran más culpables que todos los hombres que moraban en Jerusalén? Os digo que no, y que si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis (Lc. 13, 1-5). Continúa el relato evangélico con la siguiente parábola: Y dijo esta parábola: Tenía uno plantada una higuera en su viña y vino en busca del fruto y no lo halló. Dijo entonces el viñador: Van ya tres años que vengo en busca del fruto de esta higuera y no lo hallo: córtala; ¿por qué ha de ocupar la tierra en balde? (Lc. 13. 6-7).

La penitencia es un mandato del Señor para todos los pecadores, incluso para los que no han pecado mortalmente, pues hasta el más pequeño pecado ha de ser purificado y ha de hacerse penitencia por él. La penitencia es la puerta de entrada al Reino de los Cielos, pues adquirimos de nuevo la gracia santificante perdida por el pecado, nos hace de nuevo hijos de Dios, merecedores de los dones del Espíritu Santo, y nos vuelve a situar en la vida verdaderamente santa. La penitencia es el rechazo del pecado, es dejarlos atrás, es ponerse en camino hacia el Padre con dolor contrito por la ofensa cometida, es el propósito decidido de querer lo bueno, lo santo, lo que honra y da gloria a Dios. La penitencia es el dolor del alma por el pecado cometido y la firme decisión de querer expiarlo y dar la debida satisfacción por la ofensa. Es una forma determinada de la justicia; la penitencia quiere eliminar del mundo la injusticia cometida contra Dios por el pecado y restablecer el derecho de Dios -derecho violado por el pecado- para poder amar a Dios de todo corazón y con todas nuestras fuerzas y podamos vivir para Él.

Los que no han cometidos pecador mortales, sino tan solo veniales y faltas de flaqueza, necesitan  también la penitencia. Esta verdad la expresa San Ambrosio de Milán en su obra sobre la penitencia: Más fácilmente ha hallado personas que conservaron la inocencia que no personas que hicieron verdadera penitencia. No nos gusta oír hablar de penitencia ni expiación, ni mucho menos hacerla, hemos de vencer mucha resistencia interior, verdadera oposición. Pero todos pecamos y todos necesitamos hacer penitencia, tanto más si queremos llegar a la unión con Dios, honrarle con nuestra vida, darle gloria y vivir en Él plenamente.

Aún más, en el caso de haber sacudido el yugo del pecado, permanece la necesidad de la penitencia; aun cuando el pecado esté perdonado por Dios, puede y debe ser objeto todavía de arrepentimiento; porque siempre queda algo que es digno de lamentar y arrepentir, algo que no debiera haber sucedido. El pecado ha introducido en nuestra relación con Dios algo que  no debía haber introducido y que distorsiona la vida verdadera de amor a Dios. Por el pecado cometido y ya perdonado podemos ofrecer a Dios satisfacción y expiación; porque no podemos saber nunca hasta qué punto nos fue perdonado también la pena al sernos perdonada la culpa; no sabemos cuánto tiempo hemos de sufrir aún la pena, ya sea aquí en la tierra, ya sea después de esta vida en el Purgatorio. Por esta razón la necesidad de hacer penitencia  y satisfacer una y otra vez, con todas nuestras fuerzas durante toda la vida. Con piadoso celo hemos de  volver a ofrecer al Señor compensación por las antiguas faltas cometidas en cuanto a amor, abnegación, fidelidad y glorificación.

Penitencia y satisfacción por los pecados ya perdonados. Acaso, ¿no pecamos todos los días, de una manera u otra? ¿No tenemos todos los días motivos suficientes para arrepentirnos, para expiar, para hacer penitencia, para ofrecer satisfacción y restablecer el honor ultrajado de Dios?

Queridos hermanos, todos necesitamos hacer penitencia. También por otro motivo, la penitencia será para nosotros una poderosa ayuda en la lucha por llegar a la cumbre de la vida cristiana. Cuánto bien hace a nuestra alma, y a nuestro espíritu de humildad, el reconocimiento doloroso del hecho de haber pecado contra Dios, de haber pecado mucho y a menudo, de pensamiento, palabra y obra. El recuerdo del pecado y de la infidelidad que cometimos, y que Dios en su misericordia nos ha perdonado, fomenta en nosotros la gratitud para con Dios, que nos perdona y perdonó nuestros pecados, y para con nuestro Redentor, que mediante su Pasión y muerte nos ha merecido de Dios Padre le perdón.

La penitencia nos hace pacientes y fuertes parta llevar la cruz de cada día; nos hace comprender más profundamente la vanidad de los goces y bienes de este mundo y nos despega de las cosas terrenas. La penitencia produce en el alma la alegría espiritual duradera, íntima y profunda, que par la vida interior es de tanta importancia.

Haced penitencia. Es lo que en la confesión frecuente hacemos una y otra vez. Obedientes al Señor, queremos hacer penitencia, rechazamos el pecado, aun el más leve pecado deliberado. Al ver la santidad y bondad de Dios, nos esforzamos para comprender cada vez mejor lo que es el pecado, aunque sea venial. Detestamos el pecado con toda nuestra alma, y con decisión firme nos apartamos de él por completo. Esta detestación del pecado anula la voluntad de pecar y elimina del alma todo resto de este dañino querer. En esta detestación, ya no somos, por lo que respecta a nuestro querer, lo que fuimos al pecar. Nos hemos levantado de la caída. De la detestación brota el dolor de haber ofendido a Dios; nos entristece el haber robado a Dios su honor y haberle ultrajado. Finalmente, formamos un propósito firme para el porvenir, el propósito de evitar el pecado y dar satisfacción y expiar el pecado o reparar los daños que de alguna manera se causaron. Desde el fondo de nuestro corazón pedimos a Dios perdón y misericordia, y le pedimos que nos libre del pecado,  que lo cancele, que lo perdone.

Pasan por encima de mi cabeza mis iniquidades, pesan sobre mí como pesada carga (Sal. 37, 8).

No me abandones, ¡oh Señor!, no estés alejado de mí, ¡Dios mío! (22)

¡Corre en mi auxilio! ¡Señor mío, mi salvación! (23).

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.