Continúa el intenso debate de cara al Sínodo de la Familia del mes de octubre de este año 2015. Hace unos días el Cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington, publicó un artículo titulado «El Papa, piedra angular de fe y unidad». En dicho artículo explica cómo todos los últimos Papas, a partir de Juan XXIII, han sido criticados por algunos sectores de la Iglesia; afirma también que esto mismo está ocurriendo con el Papa Francisco, pues está siendo objeto de «disenso» por parte de algunos «hermanos obispos». Finalmente, llega a esta conclusión:

«Una de las cosas que he aprendido en todos estos años, a partir de esos primeros e ingenuos días de 1961, es que, al examinar con mayor atención, se encuentra un hilo común que conecta todas estas “disidencias”. Están en desacuerdo con el Papa porque él no está de acuerdo con ellos y no sigue sus posiciones. El “disenso” es, tal vez, algo que siempre tendremos, deplorable en cuanto tal; pero tendremos siempre a Pedro y a su Sucesor como una roca y piedra angular de nuestra fe y de nuestra unidad».

Por nuestra parte, consideramos que es preciso responder a esta argumentación del Cardenal Wuerl, siempre con el respeto debido a un Pastor de la Iglesia, Sucesor de los Apóstoles. Parece que el Cardenal parte de un modo incorrecto de entender el concepto de «disenso». En efecto, podemos hablar de «disenso» en sentido verdadero cuando se da el caso de que el Papa, haciendo uso legítimo de su autoridad, proclama una enseñanza y ésta es rebatida por algunos. Sin embargo no podríamos hablar de «disenso» si se tratase de modificar una doctrina sobre la que el Santo Padre no tiene autoridad (1).

El punto clave de la cuestión a la que alude el Cardenal Wuerl se refiere a los debates suscitados en torno al Sínodo de la Familia sobre si la Iglesia debe admitir a la Comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar. Con respecto a esto se ha de afirmar, sencillamente, que el Papa no puede cambiar esta doctrina, porque no tiene autoridad para ello.

Así lo enseñaba con toda claridad el Cardenal Ratzinger:

«Esta norma no es simplemente una regla de disciplina, que podría ser cambiada por la Iglesia; sino que deriva de una situación objetiva, que hace imposible por sí misma el acceso a la sagrada Comunión. Juan Pablo II expresa ese fundamento doctrinal con las palabras siguientes: “Son ellos mismos los que impiden que se les admita, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía” (Familiaris consortio, 84)» (2).

¿Por qué el Cardenal Ratzinger, teólogo insuperable, llega a hacer una afirmación tan categórica: La Iglesia no puede cambiar esta norma? La respuesta es la siguiente: porque supondría negar gravemente la Revelación divina.

 1. El Santo Padre está sometido a la enseñanza de la Sagrada Escritura y de la Tradición

La suprema potestad magisterial de que goza el Papa no es absoluta: El Santo Padre está ligado a las enseñanzas de la Sagrada Escritura y de la Tradición; más aún, está sometido a ellas. Ésta es la consecuencia lógica de una verdad evidente e innegable: El Santo Padre está sometido a Dios, y no por encima de Él: por ello, tampoco puede estar por encima de la Revelación divina, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma:

«El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído» (n. 86).

1.a. La enseñanza de la Sagrada Escritura

La Sagrada Escritura enseña de manera inconfundible que los divorciados vueltos a casar no pueden ser admitidos a la Comunión eucarística. A partir de dos textos muy claros constatamos que la enseñanza de la Palabra de Dios es ésta:

El primer texto recoge unas palabras del mismo Jesucristo:

«Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 2-12).

La enseñanza no deja lugar a dudas. El que se divorcia y se casa de nuevo está en situación de adulterio.

La segunda enseñanza de la Palabra de Dios nos muestra que quien está en situación de pecado mortal no ha de comulgar:

«De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación» (1 Cor 11,27-29).

Por tanto, el que está en situación objetiva de adulterio, que es un pecado mortal, no puede ser admitido por la Iglesia a la Comunión eucarística.

La Tradición y el Magisterio supremo de la Iglesia nos certifican de manera indudable la interpretación auténtica de estos textos de la Escritura.

1.b. La enseñanza de la Tradición

El testimonio de los Padres de la Iglesia en favor de mantener la doctrina actual es abrumador. Su postura común es indudablemente contraria a la admisión a la Comunión de los divorciados vueltos a casar. El Cardenal Ratzinger resumía así la enseñanza de los Padres:

a) Existe un claro consenso de los Padres acerca de la indisolubilidad del matrimonio. Puesto que deriva de la voluntad del Señor, la Iglesia no tiene poder alguno a ese respecto (…) Por fiel obediencia al Nuevo Testamento, la Iglesia del tiempo de los Padres excluye claramente divorciarse y contraer nuevas nupcias.

b) En la Iglesia del tiempo de los Padres, los fieles divorciados vueltos a casar nunca fueron admitidos oficialmente a la Sagrada Comunión después de un tiempo de penitencia» (3).

Por lo tanto, pretender apelar a los Padres de la Iglesia para justificar un cambio en esta materia es negar la evidencia: el testimonio de los Padres en favor de mantener la doctrina actual es innegable (4).

Veamos ahora la enseñanza del Magisterio:

 2. El Papa está ligado al Magisterio de la Iglesia que le precede

El número 891 del Catecismo de la Iglesia Católica señala:

«“El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral (…) La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro”, sobre todo en un Concilio ecuménico (LG 25; cf. Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar “como revelado por Dios para ser creído” (DV 10) y como enseñanza de Cristo, “hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe” (LG 25)».

Por lo tanto, si una enseñanza ha sido propuesta por el Magisterio de la Iglesia de manera definitiva, el Santo Padre está sometido a ella por la obediencia de la fe, y no tiene potestad para cambiarla (5). Éste es el caso de las definiciones dogmáticas del Concilio de Trento.

2.a. Las definiciones dogmáticas del Concilio de Trento

Si se admitiese a la Comunión a los divorciados vueltos a casar, tres definiciones dogmáticas del Concilio de Trento serían negadas:

1ª. La primera es que comete adulterio el que, habiendo contraído matrimonio sacramental, contrae nuevo «matrimonio». Según la enseñanza de Trento esto incluye también al inocente, es decir, al que fue abandonado sin culpa (6).

2ª. La segunda es que es necesario encontrarse en estado de gracia para recibir la Santísima Eucaristía (7).

3ª. La tercera, que para recibir válidamente el sacramento de la Penitencia, es necesaria la contrición, que conlleva el propósito de no cometer ese pecado en adelante, es decir, el propósito de enmienda (8).

 Estas definiciones dogmáticas del Concilio de Trento han sido confirmadas innumerables veces por el Magisterio de la Iglesia; y, concretamente, han sido plenamente ratificadas por el Catecismo de la Iglesia Católica.

2.b. El Magisterio de San Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre la Comunión de los divorciados vueltos a casar

El Magisterio de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre el acceso a la Comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar es muy claro, muy firme y muy abundante. El lugar más importante en que se trató este tema es la Exhortación apostólica Familiaris consortio. Dice así:

«La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la Comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos mismos los que impiden que se les admita, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio» (n.84).

Por lo tanto, no se trata simplemente de que la Iglesia no haya considerado oportuno o prudente el permitir a los divorciados vueltos a casar el acceso a la Comunión eucarística. Por el contrario, se trata de que la Iglesia no puede comportarse de otro modo, pues se opondría a la enseñanza directa de la Sagrada Escritura, del mismo Jesucristo.

El Magisterio posterior de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, el Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica, la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos confirmaron reiteradamente esta enseñanza.

En el número 25 de la Constitución dogmática Lumen gentium, el Concilio Vaticano II enseña que el grado de adhesión que se debe a una enseñanza no infalible del Romano Pontífice depende de «la intención y el deseo expresado por él mismo, que se deducen principalmente del tipo de documento, o de la insistencia en la doctrina propuesta, o de las fórmulas empleadas». Es innegable que en el caso de la Comunión de los divorciados vueltos a casar se da todo ello en un grado extraordinariamente alto, por lo que se le debe una adhesión fortísima (9). San Juan Pablo II llegó a afirmar que proponía esta enseñanza «en virtud de la misma autoridad del Señor, Pastor de los pastores» (10).

Conclusión

Después de lo explicado, debemos concluir que el Papa no tiene potestad para proponer una enseñanza contraria a la contenida en la Sagrada Escritura y la Tradición, tal como ha sido interpretada reiteradamente y con enorme autoridad por sus inmediatos predecesores, y que además está necesariamente vinculada a tres definiciones dogmáticas del Concilio de Trento (11).

Por todo ello, el posible acceso a la Comunión por parte de los fieles divorciados vueltos a casar no puede ser planteado, como parece hacer el Cardenal Wuerl, como un asunto de «disenso» hacia el Papa Francisco. Sencillamente, el Papa no tiene autoridad para cambiar esta doctrina de la Iglesia.

Oremos intensamente al Señor por el Sínodo. Pero no oremos con angustia, sino llenos de paz y confianza, porque «¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado?» (Eclo 2,10). Acudamos especialmente a la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, recordando lo que Ella nos enseñó en Fátima: «Al final mi Inmaculado Corazón triunfará».

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Por cuestión de brevedad, hemos resumido mucho los argumentos en este artículo. Para una explicación más amplia del tema nos remitimos a nuestro estudio:

 Hacia el Sínodo de la Familia del 2015: Una mirada atenta. ¿La suprema potestad magisterial del Romano Pontífice es ilimitada? (Puede descargárselo aquí en formato PDF).

Carlos José González

 NOTAS

 (1) La Congregación para la Doctrina de la Fe abordó el tema del «disenso» en la Instrucción Donum veritatis. Una lectura atenta de la misma nos conduce de inmediato a la conclusión de que los criterios de fondo habituales de los que han practicado el «disenso» en los últimos decenios son exactamente los contrarios a los de aquellos que se muestran preocupados por la situación que se ha generado en el Sínodo sobre la Familia. Pretender equiparar un fenómeno y el otro, como hace el Cardenal Wuerl, supone una confusión enorme. No puede ser casualidad que los que han practicado constantemente el «disenso» durante los pontificados anteriores se muestren ahora llenos de esperanza ante los «nuevos caminos» que está abriendo el Sínodo de la Familia.

(2) Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Congregación para la Doctrina de la Fe, Ed. Palabra, p. 18.

(3) Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Congregación para la Doctrina de la Fe, Ed. Palabra, p. 28-29.

(4) Algunos autores, entre ellos el Cardenal Kasper, han pretendido apoyarse en que existen excepciones en determinados textos patrísticos –muy escasos– que parecen inclinarse a una práctica más permisiva en raros casos límite. Pero estos autores omiten un dato fundamental: que la enseñanza de cada uno de los Padres de manera aislada no es un punto de referencia vinculante para la Iglesia; por el contrario, sí es vinculante la enseñanza común de los mismos. Pretender apelar a los Padres de la Iglesia para justificar un cambio en esta materia es negar la evidencia: el testimonio de los Padres en favor de mantener la doctrina actual es abrumadoramente superior al de aquellas contadísimas excepciones que indicarían que es posible un cambio. Para profundizar en la cuestión remitimos al articulo de J. M. Rist, en Permanecer en la Verdad de Cristo,  Ed. Cristiandad. También en el estudio publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en el año 1997 se analiza a fondo este aspecto: Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Congregación para la Doctrina de la Fe, Ed. Palabra.

(5) No olvidemos que el Cardenal Ratzinger usó la palabra teológica técnica tratando sobre la imposibilidad de admitir a la Comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar: «Este es un principio válido de modo definitivo», si bien lo hizo en una entrevista, no en un documento magisterial (La sal de la tierra, ed. Palabra [11ª edición, 2009], p. 224). Pero la opinión teológica que expresó es ésta: esta verdad es «definitiva». Por otra parte, en enseñanza oficial como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe expresó la misma convicción, si bien sin usar la palabra técnica: «Esta norma no es simplemente una regla de disciplina, que podría ser cambiada por la Iglesia; sino que deriva de una situación objetiva, que hace imposible por sí misma el acceso a la sagrada Comunión». La conclusión es evidente: si no puede ser cambiada, es definitiva.

 (6) «Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles (Mc 10; 1 Cor 7), no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento, sesión XXIV, Cánones sobre el sacramento del matrimonio, 7; Dz 977)

(7) «Si alguno dijere que la sola fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía, sea anatema. Y para que tan grande sacramento no sea recibido indignamente y, por ende, para muerte y condenación, el mismo santo Concilio establece y declara que aquellos a quienes grave la conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se consideren, deben necesariamente hacer previa confesión sacramental, habida facilidad de confesar. Mas si alguno pretendiere enseñar, predicar o pertinazmente afirmar, o también públicamente disputando defender lo contrario, por el mismo hecho quede excomulgado». (Concilio de Trento, Sesión XIII, Cánones sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, 11; Dz 893).

(8) «La contrición, que ocupa el primer lugar entre los mencionados actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para impetrar el perdón de los pecados» (Concilio de Trento, sesión XVI, Doctrina sobre el sacramento de la Penitencia, cap. 4; Dz 897; Cf. Dz 915)

(9) Se trata de muchos documentos, varios de ellos de muy alto rango: dos Exhortaciones apostólica post-sinodales (Familaris consortio y Sacramentum caritatis), una Encíclica de carácter doctrinal (Veritatis splendor), el Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica,  varias intervenciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe y una intervención del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos. La insistencia, por tanto, es abundantísima. Y las fórmulas empleadas, muy solemnes: «en virtud de la misma autoridad del Señor, Pastor de los pastores», «con la autoridad del Sucesor de Pedro»,  «la Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura», «son ellos los que impiden que se les admita, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente…», «una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión Eucarística», «esta norma no es simplemente una regla de disciplina, que podría ser cambiada por la Iglesia», etc.

(10) Discurso a los participantes en la Asamblea del Consejo Pontificio para la Familia, 24 de enero de 1997.

(11) Pretender alegar que en el tema de la Comunión a los divorciados vueltos a casar no están en juego las definiciones del Concilio de Trento, con el argumento de que «no se trata de cambiar la doctrina sino de “renovar” o “cambiar”  la práctica pastoral» –que hemos oído repetir continuamente en el debate sinodal– supone establecer una dicotomía inaceptable entre doctrina y pastoral. Lo ha señalado con claridad y valentía D. Juan Antonio Reig Pla con ocasión de la presentación del libro Eucaristía y divorcio: ¿Hacia un cambio de doctrina?, del profesor José Granados García, publicado por la BAC. El autor del libro afirma: «Modificar este uso eucarístico sería vulnerar la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio rato y consumado, enseñada de modo definitivo por la Iglesia».