Se acerca un momento decisivo en el camino hacia el Sínodo de la Familia del 2015. Durante este mes de marzo las Conferencias Episcopales de los distintos países han de ir ultimando la respuesta al cuestionario que la Secretaría general del Sínodo de los Obispos ha enviado a todas las diócesis, con el fin de recoger la opinión «de todos los componentes del Pueblo de Dios para preparar el Instrumentum laboris», según indicaba el Cardenal Baldisseri en la Carta que envió a las Conferencias Episcopales. En la citada Carta, decía también el Cardenal:

«Se invita a los Organismos eclesiales mencionados a elegir las modalidades más adecuadas para tal finalidad suscitando el interés de todos los componentes de las Iglesias particulares y de las instituciones académicas, organizaciones, agregaciones laicas y otras instancias eclesiales, con el objetivo de promover una amplia consultación a todo el Pueblo de Dios sobre la familia según la orientación del proceso sinodal».

Es decir, que todos los miembros del Pueblo de Dios hemos sido convocados a manifestar nuestra opinión. ¿Es importante que lo hagamos? Sí, es importante, muy importante. ¿Por qué? No por el hecho de conseguir «ser mayoría», como si se tratase de un proceso democrático en el que venciese quien obtuviese más votos. La Verdad divina no está sometida a una «votación democrática». Independientemente de que sean muchos o pocos los que la acojan, la Verdad divina es inmutable, y ninguna mayoría puede hacer que la Verdad se convierta en mentira y la mentira en Verdad. Sin embargo, sí es importante que manifestemos nuestra opinión. ¿Por qué? Porque hemos de dar testimonio de la Verdad.

Vivimos un momento decisivo porque está en juego algo de la máxima importancia: la fidelidad de la Iglesia a nuestro Señor Jesucristo (1). La alternativa es ésta: fidelidad o negación; acompañar a Jesús hasta la Cruz, aún a riesgo de perder la propia vida, como hizo la Virgen María, o dejarle solo en el camino, como hizo Simón Pedro, que ante la pregunta que le dirigía una criada en el patio del Sumo Sacerdote contestó: «No conozco a ese hombre» (Mt 26,72).

No podemos pensar que el asunto al que se enfrenta el Sínodo es de poca importancia. Se trata de ser fieles a Jesucristo, a su Palabra y a su enseñanza, o de negarle, adaptándonos al mundo relativista que nos rodea, y que pide, cada vez con mayor fuerza, que la Iglesia ceda, que deje de ser la voz que anuncia con valentía y fidelidad que no todo es opinable, pues existe la Verdad: una Verdad absoluta que está por encima del ser humano, y a la que éste se debe someter con humildad (2).

La dictadura del relativismo, que se ha impuesto en la mayor parte del mundo, y de una manera casi total en los países llamados «desarrollados», quiere imponerse también dentro de la Iglesia (3). Se quiere que la Iglesia deje de denunciar el pecado, bajo la excusa de que, en ciertos «casos particulares», el pecado ya no es tal. En definitiva, la ley de Dios, sus mandamientos, no tienen un valor absoluto, sino que deben ser aplicados a cada caso concreto de manera «misericordiosa», quedando, al final, relegados al olvido: una teoría abstracta que no rige la vida particular de todos y cada uno de los hombres (4).

La Comunión de los divorciados vueltos a casar es sólo el primer eslabón de la cadena, la «punta de iceberg», como ha señalado el Cardenal Pell. Si la Iglesia cede en esto, ¿el mundo se conformará? ¿Comenzará entonces a darse cuenta de que Dios es amor y misericordia y se convertirá a Él? De ningún modo. Quien piense que eso sería así se engañaría plenamente. Si la Iglesia cediese en este punto, el mundo seguiría pidiendo a la Iglesia que cediese más, que acabase de entender «su verdad», la verdad de que todo es relativo y opinable, de que no existen un bien y un mal objetivos a los que el hombre se debe someter, sino que es el hombre el que decide en cada momento lo que es bueno y malo, según le dicte su propia conciencia, independizada de la Verdad. En el fondo, es la tentación del paraíso, la tentación radical que hoy vuelve a plantear el maligno, buscando imponerla con inusitada astucia y perversidad: «Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal» (Gn 3,5) (5).

Ésta es la gran lucha a la que se enfrenta el Sínodo de la Familia, y en la que todos debemos actuar. Lo ha pedido el Secretario general del Sínodo de los Obispos, en la Carta que citábamos al principio. Pero, en realidad, es Dios mismo quien nos pide tomar postura, o, por mejor decir, dar testimonio de la Verdad. Hoy Jesús nos pregunta a cada uno de nosotros: «¿También tú quieres dejarme, también tú te quieres marchar?» (cf. Jn 6,67).

Desde estas líneas queremos hacer un llamamiento a todos los miembros del Pueblo de Dios:

– A cada uno de los fieles, incluidos los más humildes, para que cada uno, según sus posibilidades personales, dé testimonio de la Verdad.

– A los responsables de los grupos, movimientos y asociaciones, así como a los responsables de los medios de comunicación católicos para que sean valientes defensores de la fe.

– A los sacerdotes, que como «alter Christus» han de ser fieles a su Divino Modelo. Especialmente a los delegados diocesanos de pastoral familiar, cuyo trabajo será clave a la hora de ultimar –mediante la síntesis que deben elaborar– las respuestas de sus respectivas diócesis, que en estos días han de enviar a la Conferencia Episcopal.

– A los teólogos de la Iglesia, sobre todo a los que enseñan teología en los centros de formación, seminarios, institutos de ciencias religiosas, facultades y universidades católicas, que han sido convocados de manera particular a tomar parte en la reflexión sinodal.

– Y, de un modo muy especial, a los Obispos, Sucesores de los Apóstoles y custodios principales de la fe. Ellos tienen una responsabilidad excepcional en este momento crucial. Todo el Pueblo de Dios ha sido convocado a manifestar su opinión: ¿No deberían en este momento los Obispos hacer constar, con toda determinación, que la Iglesia no puede, en modo alguno, renegar de la enseñanza que viene de los mismos labios de Jesucristo? (6).

A todos queremos recordar las palabras de nuestro Señor Jesucristo ante Poncio Pilato:

«Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la Verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37).

También para todos y cada uno de nosotros es la hora del testimonio. Tenemos tres opciones:

Como Simón Pedro, negar, diciendo: «No conozco a ese hombre».

Como Pilato, lavarnos las manos, preguntando: «¿Qué es la verdad?». O, lo que es lo mismo, afirmar: «¿Qué puedo hacer yo? Esto no es mi responsabilidad». Lo cual es, al fin y al cabo, una forma sutil de negación, que el demonio utilizará para tentar a muchos.

– O, como María, y con Ella, llegar junto a Jesús hasta la Cruz, y permanecer allí fieles a Él, dando testimonio de la Verdad.

Cada uno de nosotros tiene que tomar su decisión.

Carlos José González.

NOTAS:

(1)  En realidad no está en juego, en sentido propio, la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo. La Iglesia, en sí misma, es Santa, no puede pecar, y, por lo mismo, no puede negar a Jesucristo, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La fe confiesa que la Iglesia no puede dejar de ser santa» (n. 823). Lo que sí podría ocurrir –y es a lo que nos referimos– es que un gran número de miembros de la Iglesia, alentados incluso por altos miembros de la Jerarquía, no permaneciesen fieles a la Verdad que nos ha revelado Jesucristo.

(2) El Sínodo de los Obispos sobre la Familia se está preguntando si los divorciados vueltos a casar pueden ser admitidos por la Iglesia a la Comunión eucarística. Es un asunto grave, muy grave. La respuesta a esta pregunta ya había sido dada con extraordinaria autoridad por los Romanos Pontífices precedentes, San Juan Pablo II y Benedicto XVI. Sobre ello, decía así Benedicto XVI, siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

«Por lo que respecta a la posición del Magisterio acerca del problema de los fieles divorciados y vueltos a casar (…) el gran peligro es callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad. La palabra de la verdad puede, ciertamente, doler y ser incómoda; pero es el camino hacia la curación, hacia la paz y hacia la libertad interior. Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. “Entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32)».

(3) Cf. Homilía del Cardenal Ratzinger en la Misa pro eligendo Pontifice, 18 de abril de 2005. Esta homilía, leída en el contexto actual, resulta totalmente profética. Animamos a leerla íntegramente. Nosotros aquí tan solo entresacamos algunos fragmentos:

«La misericordia de Cristo no es una gracia barata; no implica trivializar el mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. Quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor doliente (…) ¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento! (…) se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4,14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos (…) En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como “címbalo que retiñe” (1 Cor 13,1) (…)  La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. En la hora de Getsemaní Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conforme y unida a la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, precisamente poniendo nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: “No como quiero yo, sino como quieres tú” (Mt 21,39). En esta comunión de voluntades se realiza nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Jesús».

(4) Es imprescindible, en el momento actual, recordar las enseñanzas de la Encíclica Veritatis splendor. El número 84 dice así:

«La cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad (…) La pregunta de Pilato: “¿Qué es la verdad?”, emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene ni adónde va (…) De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral (…) Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre».

(5) Cf. Veritatis splendor, n. 86: «La razón y la experiencia muestran no sólo la debilidad de la libertad humana, sino también su drama. El hombre descubre que su libertad está inclinada misteriosamente a traicionar esta apertura a la Verdad y al Bien, y que demasiado frecuentemente, prefiere, de hecho, escoger bienes contingentes, limitados y efímeros. Más aún, dentro de los errores y opciones negativas, el hombre descubre el origen de una rebelión radical que lo lleva a rechazar la Verdad y el Bien para erigirse en principio absoluto de sí mismo: “Seréis como dioses” (Gn 3,5). La libertad, pues, necesita ser liberada. Cristo es su libertador: “para ser libres nos libertó él” (Ga 5,1)».

(6) Así lo han hecho constar ya, con toda determinación, importantes miembros del Colegio Episcopal, por ejemplo el Cardenal Sarah, que ha afirmado solemnemente «que la Iglesia en África se opondrá firmemente a cualquier rebelión contra la enseñanza de Jesús y el Magisterio». En España, el Obispo que ha intervenido con mayor claridad ha sido Mons. Juan Antonio Reig Pla, con ocasión de la presentación del libro de J. Granados: Eucaristía y divorcio. ¿Hacia un cambio de doctrina? Todos los Obispos deberían ahora releer y meditar estas palabras proféticas de San Juan Pablo II:

«Cada uno de nosotros (obispos de la Iglesia) conoce la importancia de la doctrina que representa el núcleo de las enseñanzas de esta encíclica y que hoy volvemos a recordar con la autoridad del Sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros puede advertir la gravedad de cuanto está en juego, no sólo para cada persona sino también para toda la sociedad, con la reafirmación de la universalidad e inmutabilidad de los mandamientos morales» (Veritatis splendor,  n. 115).

Los fundamentos teológicos de este artículo los hemos expuesto más ampliamente en nuestro estudio:

Hacia el Sínodo de la Familia del 2015: Una mirada atenta. ¿La suprema potestad magisterial del Romano Pontífice es ilimitada? (Puede descargarlo aquí en formato PDF)