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“Has escrito bien de Mí”

Hoy está difundida la idea de que la teología debe estar hecha solo de Palabra de Dios. De otro modo tendríamos una “contaminación” de la Palabra de Dios con la filosofía griega y medieval. El Maestro Tomás de Aquino, el mayor filósofo-teólogo de la Iglesia (nos atrevemos a decir que es el más grande e insuperable de toda la humanidad) habría hecho un mal servicio a la Palabra de Dios. Y así, es puesto aparte, sustituyéndolo con “los teólogos de la modernidad”.

Así, según ellos, la metafísica, la ontología, contaminarían el Cristianismo, que no tiene ninguna necesidad, dicen, de metafísica, de ontología. Vale por sí mismo y no le hace falta nada más. Sería mejor la aproximación a él de tipo existencialista, psicológico, sentimental y fenomenológico, como está extendido entre los pensadores y  “los teólogos” de hoy, y por ellos en la predicación, salvo que después nos encontramos en la incertidumbre, en la confusión, en el vacío, en la nada.

Jesús “ontológico”

Pero “la ignorancia de la ontología es ignorancia de Cristo”. Parafraseando la célebre sentencia de S. Jerónimo: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”, a la luz de la Verdad, debemos reconocer que la Cristología posee una dimensión metafísica irreducible, esencial para su integridad, como ciencia.

Muy lejos de ser una contaminación de la Revelación con la filosofía griega, el enraizamiento metafísico del Misterio de Jesús está incluso en la Sagrada Escritura. Lo entiende un niño de primera Comunión: Jesús, antes de manifestarse y actuar, para ser el único Salvador verdadero, ES. Todo lo que viene de Él, es REALIDAD. La ontología es precisamente la ciencia del ser, de la realidad. Si no fuera real, se difuminaría en la nada. No podríamos ser sino escépticos, como el escepticismo es el resultado de cierta “teología” contemporánea; o bien, el fideísmo, que es “arrojarse en Dios”, así como nos arrojaríamos desde un avión sin paracaídas. Huele, diríamos, hiede de protestantismo.

El exegeta y el teólogo especulativo ponen a la luz, si son honestos, “una ontología bíblica”, por lo cual intentar comprender las afirmaciones del Nuevo Testamento a propósito de Jesús de manera no metafísica, es al final un ejercicio no bíblico. Piénsese solo en el Nombre de Jesús que Dios mismo revela a Moisés desde las llamas inextinguibles de la zarza ardiente: “Yo soy El que soy”, o bien, pero es la misma realidad: “Yo soy El que es”, y “Yo soy me ha mandado a vosotros” (Éxodo, 3, 14).

El nombre santísimo e inefable expresado con el Tetragrama sagrado, el más sagrado que existe, “Yahweh”, el Impronunciable, que Jesús con pretensión inaudita, pero veraz, asume para sí mismo: “YO SOY el agua que salta hasta la vida eterna” (Jn, 4, 14), “YO SOY el pan de la vida” (Jn, 6, 35), “YO SOY el camino, la verdad y la vida”(Jn, 14, 6). Y además, varias veces: “No temáis, YO SOY” (Jn, 6, 20), y lo máximo: “Antes de que Abrahán existiera, YO SOY” (Jn, 8, 58), que hace tomar piedras en sus manos a los Judíos para lapidarlo como blasfemo.

En ese “YO SOY” de Jesús está la más alta metafísica, la inalcanzable metafísica. La Sagrada Escritura contiene la ontología absoluta y supera hasta el infinito a los filósofos griegos. La metafísica primordial, original, revelada. Vemos a Jesús que actúa, pero Él, antes que nada, es “El que es”.

Algunos temas

Pongamos un ejemplo, citando algunos temas del Nuevo Testamento que implican, con necesidad evidente, una lectura metafísica: la preexistencia de Jesús y su poder creador; su señorío; la consistencia y la verdad de su naturaleza humana, como en Col, 1, 15-20: “Jesús es imagen de Dios invisible, engendrado antes de toda creatura; ya que por medio de Él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles. Todo ha sido creado por medio de Él y en vista de Él. Él es anterior a todas las cosas y todas las cosas subsisten en Él. Él es también la Cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, el principio, el primogénito de aquellos que resucitan de entre los muertos, para obtener el primado sobre todas las cosas. Porque plugo a Dios hacer habitar en Él toda plenitud y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, pacificando con la sangre de su cruz, es decir, por medio de Él, las cosas de la tierra y las del cielo”.

Del mismo modo, la atribución de las propiedades humanas y divinas a la única Persona de Jesús, atestiguada en pasajes como 1 Cor, 2, 7 (“Hablamos de una sabiduría divina, misteriosa, que permaneció oculta y que Dios predestinó desde antes de los siglos para nuestra gloria”) y Fil, 2, 6-11 (“Jesucristo, aun siendo de naturaleza divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, asumiendo la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres; aparecido en forma humana, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y a la muerte de cruz. Por esto, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está por encima de todo otro nombre, para que en el Nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre”).

Las citas que hemos puesto, no se pueden leer en clave cartesiana, kantiana y fenomenológica, ni tan siquiera existencialista, sino solo en clave metafísica, ontológica, clave que custodia la persona y la obra de Jesús en la plenitud del ser y no en la volubilidad de la opinión y del sentimiento: Jesucristo es “El que es”, como Dios; la Redención conduce al “nuevo ser” del hombre que acoge el ser de Cristo, el “ser en Cristo”, como San Pablo repite 164 veces en sus Cartas.

Así, si la luz ontológica metafísica es inmanente (está dentro) a la de la fe, el pensamiento de Sto. Tomás de Aquino está todavía hoy llamado a jugar un papel normativo de referencia en la Teología católica, la verdadera de siempre. La pertinencia y la fecundidad de esta elección queda magistralmente demostrada estudiando y contemplando el misterio de la Encarnación del Verbo y el misterio de la Redención.

Tomás, siervo de Jesús

Sobre un argumento dado (la unión hipostática, la visión beatífica de Cristo, su obediencia, su muerte, etc.) se puede realizar un estudio profundizado y a menudo crítico de teólogos contemporáneos (Balthasar, Rahner, Chenu, Barth…) para mostrar seguidamente que el pensamiento de Sto. Tomás de Aquino es fuente viva, en la que la inteligencia de la fe (intellectus fidei) nos hace ganar mucho, diría todo, para ahondar las raíces para alimentar siempre nuevos florecimientos.

Verdaderamente resplandece la luz del pensamiento de Sto. Tomás sobre el misterio del Verbo Encarnado. Verdaderamente Tomás es siervo bueno y fiel de Jesús, como el divino Maestro le dijo, al término de su obra: “Thoma, bene scripsisti de me” (= Tomás, has escrito bien de mí).

El prestigio del que goza el pensamiento de Balthasar, hace del teólogo suizo un interlocutor privilegiado. Con él se puede emprender una intensa discusión. Balthasar establece una correspondencia rigurosa entre los acontecimientos terrenos de la vida de Jesús y la vida intra-trinitaria. Así, el drama de la cruz de Jesús y su descenso a los infiernos revelarían en la economía de la salvación la kénosis (= el aniquilamiento) y la obediencia del Hijo, que existiría eternamente en el seno de la Trinidad.

Pero se debe refutar con fuerza esta posición de Balthasar, que ataca el monoteísmo; no existe la posibilidad de “un drama” en el interior de la Trinidad, en la que no hay contraste, no hay dolor, no hay discusión, sino la plenitud del ser y del amor. De manera diversa a Balthasar, la Teología de Sto. Tomás permite pensar la Revelación de la Trinidad dentro y por medio de las acciones humanas de Jesús, comprendidos sus sufrimientos, su muerte, su descenso a los infiernos. Los Misterios de la vida de Cristo son en realidad expresión del misterio de su Persona, que es absolutamente inseparable del Padre y del Espíritu Santo.

Concluyendo: el estudio de Cristo, siguiendo a Sto. Tomás de Aquino, orienta nuestras miradas hacia el mundo que vendrá. Así, la Teología anticipa en la fe, la visión beatífica, en la que nos alegraremos del conocimiento de Dios y de la humanidad que Él asumió en sí mismo.

Así las cosas, óptimo es el servicio que Sto. Tomás, el Aquinate, el Doctor angélico, el Doctor común, el Doctor perenne, hace a la Verdad, que es Nuestro  Señor Jesucristo. Por esto precisamente, cuando Jesús le preguntó a Tomás: “¿Qué quieres a cambio?”, se oyó responder: “Nada más que a Ti mismo, oh Jesús”.

Candidus

(Traducido por Marianus el eremita)

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