Herodes entre nosotros

El 28 de diciembre es la fiesta de los Santos Inocentes. Su figura palpita ese día y se reactualiza en la figura de los millones de niños por nacer que son asesinados en el vientre de su madre. Sin embargo, detrás de la imagen de las víctimas, emerge también la de su victimario: Herodes el Grande, un personaje cuya presencia resuena fuerte en nuestra realidad inmediata.

La idea que actualmente se posee de Herodes y de su familia proviene del relato evangélico. Retratado en los textos sagrados como un déspota cruel, su maldad llegará al paroxismo en el pasaje en el que, con el objeto de asesinar a Jesús, Rey de los judíos, mandó al sacrificio a un centenar de niños de Belén y sus inmediaciones. Esta escena desconcertante aún impacta en nuestros días, generándonos la misma sensación que compendió el profeta Jeremías con su desgarrada exclamación: «Un griterío se oye en Ramá [Belén], es Raquel [la esposa de Israel] que llora a sus hijos, y no se quiere consolar, porque ya no existen». Herodes, luego, se ha convertido en un epítome de brutalidad y ansias de poder descarnadas. Su familia correrá similar suerte, especialmente su hijo Herodes Antipas, retratado como un ser vicioso y rastrero, quien preso de la lujuria prefirió asesinar a un profeta de la talla de Juan Bautista, quien se negó a bendecir su «relación irregular» con Herodías ante el pueblo. Esto le valdría el silencio absoluto de Jesús en su pasión, quien se dignó a referirse incluso a feroces verdugos como Caifás y los miembros del Sanedrín, y al pagano Pilatos, más no profirió palabra alguna ante tal personaje.

No obstante, si revisamos la historia veremos que la dinastía herodiana y, en especial, la figura de Herodes El Grande eran reconocida y alabada por muchos de sus contemporáneos. Él era un hombre «querido por su pueblo» y admirado por los poderosos, como los romanos, quienes celebrando su sagacidad política se apoyaron en él para gobernar una tierra tan convulsa como Palestina. El reconocido historiador británico Paul Johnson, autor de célebres obras como Historia del Cristianismo e Historia del Judaísmo nos recuerda ello, manifestando que la relación de los judíos con Roma se hizo excepcionalmente provechosa por intermedio de Herodes. Él encabezaba una tendencia de «cosmopolitización» del judaísmo, religión que mantuvo un auge en los últimos siglos de la pasada era en los ambientes griegos, llegando a cosechar muchos adeptos y a impulsar una pujante comunidad de la diáspora que fue la envidia del mundo mediterráneo.

Johnson, hablándonos de esos prósperos judíos que vivían en territorio griego nos dice: «En Herodes tenían a un protector generoso e influyente». Él, con su hábil manejo logró traer la paz al territorio y mediar con los romanos a fin que su yugo fuera llevadero y provechoso. Una muestra de lo progresista y próspero de su reinado fue la redificación del Templo de Jerusalén, sede de la religión del Dios de Israel, que fue destruido parcialmente por Pompeyo en el 95 a.C. Lo reconstruyó de manera magnánima, al doble de la escala original proyectada por Salomón. «Era una construcción amplia y costosa, incluso dentro de los parámetros de la arquitectura romana de ese tiempo, y fue uno de los grandes espectáculos turísticos del imperio», dice Johnson. No contento con ello, Herodes se mostró también magnífico con los judíos de la diáspora, construyéndoles y dotando una veintena de sinagogas y muchos más centros comunitarios en los que se mantuviera vivo el culto al Dios verdadero. Finalmente, durante el reinado de Herodes se desarrollaron en Palestina y en las ciudades de la diáspora sofisticados servicios de bienestar social para indigentes, pobres, enfermos, viudas, huérfanos, prisioneros e incurables. En suma, el tiempo de Herodes –a los ojos del mundo– fue uno de los tiempos más gloriosos para el pueblo de Israel. No por nada, aún hoy, es conocido con el mote de «el grande».

Las anteriores líneas de este texto no pretenden hacer una apología del tristemente célebre gobernante. Todo lo contrario. Herodes es un arquetipo de Anticristo. El nacimiento del Verbo fue suscitado justamente en los tiempos de mayor esplendor y triunfo mundano de la religión judía. «Triunfo» a los ojos del mundo –hasta Julio César reconoció la pujanza de la comunidad judía y le otorgó privilegios especiales– que eclipsó el núcleo verdadero de la fe por acomodarlo al mundo. El acomodamiento proselitsta o «pastoral» de la fe es denunciado por Jesús en su nacimiento, así como la deriva ideológica que desde Babel pretende hacer un mundo paradisiaco sin Dios; hacer de la relación con el Creador una consigna instrumentalizada para fines políticos. Como Herodes, muchos de los políticos de nuestra época son aclamados por su «éxito», aun cuando este conlleve «pequeños daños colaterales» como la aprobación de leyes abortistas u otras iniquidades. No se puede leer estas líneas y no recordar las políticas seudo católicas de partidos como el PP español, el PAN mexicano, o el PPC peruano, más preocupados por «prosperar» en la arena política y mejorar los puntos porcentuales de la economía que por la justicia más elemental. A ellos se les puede aplicar la frase célebre de Nuestro Señor: «¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que pagan el diezmo de Dios de la menta, del anís y del comino, pero no cumplen las enseñanzas más importantes de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad.» ¡Qué decir de Joe Biden, nominalmente católico e impulsor del aborto, que junto con Barack Obama –Premio Nobel de la Paz– han cosechado los aplausos del mundo y el beneplácito de la historia como lo hizo Herodes! ¡Qué decir de esa jerarquía eclesiástica arrastrada por los designios de los más poderosos y que han acomodado la fe a sus agendas por un mayor éxito mundano; han traicionado la humilde y frágil Palabra Divina, como Cristo en el pesebre! A ellos les espera el destino de Caifás y de Herodes, a quienes reeditan con sus felonías y crueldades.

César Belan

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