Sermón del muy reverendo Dom Jean Pateau, Abad de Nuestra Señora de Fontgombault (Fontgombault, 30 de mayo de 2019)

Videntibus illis, elevatus est. Mientras miraban, fue ascendido (Hc. 1, 9)

Queridos hermanos y hermanas, mis muy queridos hijos:

En su liturgia, la Iglesia usa cosas que vienen a nuestros sentidos para llevarnos hacia los misterios que no vemos.

Nuestros sentidos son ciertamente los medios a través de los cuales nosotros, los seres humanos, alcanzamos el conocimiento. En la liturgia los sonidos, los colores, lo olores ayudan a nuestras mentes y a nuestras almas, como reflejo de una presencia especial de Dios, pues son apropiados para el misterio, el objeto de la festividad o el periodo litúrgico.

Con la festividad de la Pascua, el color blanco predomina sobre el morado, reservado para los periodos de penitencia. Algunas veces, durante la misma ceremonia, el sacerdote ha de cambiar sus vestiduras. Por ejemplo, durante la procesión del Domingo de Ramos, se reviste de vestiduras rojas, el color de los reyes, ya que Cristo es aclamado por una festiva multitud. Sin embargo este color no sería apropiado para la misa siguiente, centrada en la narración de la Pasión.

Al principio de esta misa el sacerdote, por tanto, recibe las vestiduras moradas. Lo mismo ocurre durante la Vigilia Pascual,  que empieza con vestiduras moradas, cerca del sepulcro, y termina con vestiduras blancas mientras alabamos al Señor resucitado.

¿Por qué recordamos estos hechos en la mañana de la festividad de la Ascensión?

Puede parecer extraño, cuando el Evangelio acaba de evocar el regreso de Cristo a los Cielos en presencia de sus discípulos, y mientras el cirio pascual, la señal de su presencia en la tierra, se apaga ahora, que la Iglesia no nos invite a ponernos las vestiduras blancas del tiempo pascual, y que tomemos de nuevo el morado de la tristeza y del duelo. Fiel a las enseñanzas de su Señor, la Iglesia probablemente recuerda las misteriosas palabras pronunciadas después de la Última Cena:

“Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado […] Sino que, por haberos dicho esto, vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya” (Jn 16, 5-7)

Como los apóstoles, probablemente habríamos preferido que Cristo se quedara con nosotros, apropiándonos de las palabras de los peregrinos de Emaús: “Quédate junto a nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” (Lc 24, 29). Y, en verdad, el Señor obedeció a los dos discípulos, y eso les hizo bien. Se les reveló al partir el pan.

De igual modo, podría parecernos bueno que el Señor se quedara en la tierra y que su presencia visible permaneciera a través de los siglos. Pero entonces ¿qué sería de nuestra fe? ¿Y cómo encontraría la humanidad del Hijo de Dios, ya glorificado e inmortal, una morada adecuada en este mundo, donde todo desaparece y pasa?

En cuanto a los peregrinos de Emaús, el Señor hace para sus discípulos en esta mañana de la Ascensión, como siempre, lo que es bueno para ellos: “Es por vuestro bien que me marcho”. ¿Pero cómo puede esta marcha ser buena, si la ausencia del Señor no se ve contrapesada por algo aún mayor que su presencia humana? Él lo había prometido: “No os dejaré huérfanos” (Jn 14, 18).

Esta marcha, por tanto, tiene lugar con el ojo en un regalo: “Porque, si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito (o también el Consolador); pero, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7).

Como prueba de que la enseñanza del Señor tenía dificultad para entrar en las gruesas molleras de sus discípulos, les podemos oír preguntar en este preciso momento: “Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” (Hch 1, 6).

Nos quedamos asombrados por esta pregunta. Y sin embargo, cuando la evolución de nuestro mundo pone alguna tensión severa en nuestra fe, ¿no estamos entre los primeros que preguntan “Señor, ¿cuándo vas a restaurar en este mundo, en nuestro país, una sociedad cristiana?” ? Los designios de Dios no son los designios de los hombres. Tenemos que volver a la respuesta del Señor: “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 7-8).

Cada vez que pensamos que el Señor está tardando, es con seguridad más urgente hacernos preguntas sobre nuestra propia fe, nuestra disposición a recibir la gracia del Espíritu Santo, nuestra propia tardanza en el camino de la conversión.

La respuesta de Cristo invita precisamente a los discípulos, a los que les gustaría ver a Dios hacer algo, a empezar por su propia conversión, para recibir la gracia del Espíritu Santo y así convertirse en testigos creíbles hasta los confines de la tierra. Dios es fiel. Estemos seguros de que, incluso ahora, sigue actuando de este modo.

La fiesta de la Ascensión es, por lo tanto, una fiesta de gozo, porque no es tanto el recuerdo de la partida de Cristo como una Anunciación: el anuncio de una visitación en los corazones de los apóstoles, en nuestros propios corazones también, la visitación del Espíritu Santo.

La palabra anunciación nos remite al día de la primera Anunciación, la que fue llevada por el ángel Gabriel a una doncella llamada María. En el momento en que ella abrió su corazón a la palabra divina que le traía el ángel, una apertura que se manifestó por su “sí”, el Espíritu Santo la cubrió con su sombra, y ella concibió por esta misteriosa acción.

Durante la segunda anunciación, es a los apóstoles, y después de ellos a todos los hombres y mujeres, a quienes promete el Señor la venida del Paráclito. Esta venida no puede ser completada más que por una concepción, o al menos una renovación: el fortalecimiento de la vida de la gracia en nosotros, y la fructificación de esa vida a nuestro alrededor. Al Espíritu Santo, de hecho, se le invoca como el que renueva la faz de la Tierra.

Nos queda ahora poco más de una semana para prepararnos para esta venida del Espíritu. Imitemos a los apóstoles: se recogieron en la habitación superior, en oración y silencio.

Amén, aleluya

Artículo original: https://rorate-caeli.blogspot.com/2019/05/fontgombault-sermon-for-ascension-2019.html

Traducido por Natalia Martín

RORATE CÆLI
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