RORATE CÆLI

Homilía: Los últimos 50 años de la Iglesia han sido los de la lobotomización del clero y del pueblo

Duc in altum. Id mar adentro (Lc. 5, 4)

Esas palabras de Jesús a Pedro y a sus compañeros son su exhortación para que se embarquen en una vida que poco habían imaginado, lejos de sus barcos de pesca y de la tierra y la familia que conocían. Id mar adentro, mar adentro lejos de la seguridad de la tierra, el mar adentro en que las tempestades se levantan repentinas, pero también el mar adentro en el que viven abundantes peces, listos para ser pescados. Los pescadores habían intentado coger peces durante toda la noche pero sin resultado. Nada. Nada porque esta vida suya se había terminado. Así que Jesús les dice que vayan mar adentro y es ahí donde cogen tantos peces que las barcas casi se hunden con la captura. Es en este momento cuando Simón Pedro se da cuenta, aunque de forma rudimentaria, aunque sin claridad, que este es un signo que le señala a él y a su futuro y a su papel como discípulo de Jesús. Y en esa escena maravillosa, conmovedora y dramática se arrodilla a los pies de Jesús: “Aparta de mí, Señor, que soy un pecador”. Qué maravillosa y real es la reacción del entendimiento de Pedro respecto a la pesca milagrosa: declararse indigno de cualquier tarea que Jesús tuviera pensada para él. Un futuro como seguidor de Jesús en el sentido más profundo era, en la mente de Pedro, imposible. Porque era un pecador. Pero la respuesta es bastante clara. No temas. De ahora en adelante pescarás hombres.

Y será en los altos mares de un mundo que Pedro el pescador ni siquiera sabía que existía: el mundo de la Roma imperial, el Imperio Romano y, finalmente, en el corazón del mundo de esa época, la misma Roma, en la que Pedro encontraría la muerte por martirio. Pedro ya no intentará pescar peces. Como discípulo de Jesús y Príncipe de los Apóstoles, predicará y enseñará el Evangelio, bautizará, ofrecerá el sacrificio al partir el pan, la Eucaristía, traerá la Gracia salvadora de Cristo a un mundo que necesita esa Gracia desesperadamente.

Pero lo que define el ministerio de Pedro es cierto del sacerdocio en general. Uno de los pecados cardinales de un sacerdote católico es olvidar, negarse a recordar quién es y convertirse sólo en una parte de la escena clerical en una sociedad secular que ha olvidado de dónde viene, que ha olvidado sus raíces, raíces que no pueden ser arrancadas y tiradas a una pila de basura para ser desechadas, porque esas raíces son divinas. “¡Eh, hijo! ¿Por qué quieres ser sacerdote?” “Bueno, señor, quiero ayudar a la gente, quiero ayudarles a profundizar en su fe, quiero ayudarles como un amigo, quiero comprometerles, especialmente a los jóvenes, para atraerlos a Jesucristo”. Y yo le respondería a este joven: “Entonces hazte ministro protestante. Conozco algunos ministros muy buenos que hacen exactamente lo que tú quieres hacer. ¿Lo sabes, joven? No has mencionado ni una vez la Misa, no has mencionado ni una vez el Santo Sacrificio que define lo que es un sacerdote. Un sacerdote puede ser bueno o malo, un sacerdote puede cuidar a la gente o no, un sacerdote puede llevar encajes, gemelos, sotana y birrete y no identificarse con la parte básica de su grey, identificación que es el corazón del asunto. Vete a hacer otra cosa. Sé un hombre y construye muros de piedra. Eso aumentará tus posibilidades de llegar al cielo”.

Los últimos cincuenta años de la Iglesia Católica han sido el medio siglo de la lobotomización no sólo del clero sino también del pueblo. Noten que distingo ahora entre clero y pueblo. Los que han estado a cargo de la Iglesia en los últimos cincuenta años han sucumbido al terrible vórtice del agujero negro del historicismo que es la marca de la edad presente, marca que ha sido ingerida y digerida por el clero de la Iglesia Católica, especialmente por aquellos a quienes se ha confiado la preciosa Tradición de los Apóstoles, una Tradición que se fundamenta en la Verdad de Jesucristo que no es estática sino que crece orgánicamente en el poder del Espíritu Santo. Creer que el pasado no tiene una relación fundamental con el presente, creencia que es la marca del mundo de hoy, contradice del modo más fundamental tanto la Encarnación como el Santo Sacrificio de la Misa. Y esa terrible discontinuidad ha sido transmitida por el clero al pueblo.

Existe una idea entre los católicos tradicionales de que todo lo que hay que hacer para asegurar la vitalidad y la validez de la fe católica y de su práctica para el futuro es celebrar la Misa Romana Tradicional y predicar sermones cuyo contenido se conforme al catecismo de Baltimore. Error. Uno de los grandes errores del pasado fue ignorar la explosión del saber científico que ocurrió al final del siglo XIX y el primer cuarto del XX y retirarse en el cálido refugio del tomismo y la escolástica. Por supuesto que Santo Tomás de Aquino es un antídoto contra las miasmas de la cultura secular en que vivimos. Pero uno no puede basar su fe en el retorno al tomismo o a la filosofía tradicional sin prestar atención, luchar y llegar a alguna respuesta real de la fe a la explosión de avances científicos y tecnológicos de los últimos setenta y cinco años. Lo que esto significa es que debemos tener sacerdotes y obispos que sean intelectualmente capaces de afrontar no sólo nuestra cultura secular y la explosión tecnológica, sino también de entender en primer lugar lo que son las bases de esta cultura secular y tecnológica en la que vivimos. La empresa científica tiene sustancia. Y es desde esa sustancia de donde procede el mundo en que vivimos. Pero la propia base de la cultura secular en que vivimos, y que es tan desdeñosa de nuestra fe católica, es insustancial, carece de sustancia. Y bien, cuando la Iglesia afirma esa insustancialidad en el nombre de la inculturación, de afirmar la misma cultura que desdeña lo que la Iglesia ha enseñado en el nombre de Jesucristo durante dos milenios, y todo esto en el nombre de la diversidad y de la misericordia, sabemos que nos enfrentamos a una crisis igual a la de la crisis de la herejía arriana de los primeros seis siglos de la Iglesia.

Duc in altum. Desde luego. Pero es difícil en un tiempo dentro de la Iglesia en que se niega el altum, cuando la profundidad real del mar que nos amenaza con la extinción, pero al mismo tiempo nos ofrece el prístino origen de la vida, este altum es negado en favor del charco de la cultura del realizarse y del consumarse, que contradicen de la forma más profunda las mismas palabras y enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué cura se atreve a predicar ya sobre las muchas palabras duras de Jesús? ¿Esas palabras: si no coméis mi carne, yo soy la Verdad, ninguno va al Padre sino por mí, vosotros raza de hipócritas, es más fácil a un camello?

La vida litúrgica de la Iglesia después del Concilio Vaticano II ha sido de insipidez y de gran pérdida de la fe, o más bien de un desentenderse por parte de dos generaciones de una fe percibida como algo en lo que no merece la pena pensar. Pregunten a los católicos jóvenes, tanto a los que van a misa como a los que no, qué significa que la Misa es un sacrificio. No tendrán respuesta, porque no tienen ni idea del mismo concepto de sacrificio en el contexto del culto de la Iglesia. Son el producto de chistes emocionales que son la base de reuniones casi protestantes de jóvenes que se imaginan que son católicos porque tienen Adoración como parte de los fines de semana que se llenan con Jesús. ¿Dónde está Flannery O’Connor cuando la necesitamos para desenmascarar esta pálida imitación del Protestantismo? ¿Dónde hay obispos y sacerdotes que enfrenten esta superficialidad que se cubre como evangelización y que nos insten a duc in altum, a ir mar adentro y aceptar el riesgo de ahogarnos, ese ahogamiento que puede ser la fuente de la vida eterna? ¿Dónde están los jóvenes que correrán el riesgo de la fe en una edad sin fe y que lo harán sabiendo las profundidades del clericalismo del sacerdocio, que se enmascara en charlas de misericordia? ¿Dónde están las chicas y chicos que tienen el valor de sumergirse en el altum de la vida religiosa, ese lugar en que solos en estos tiempos pueden ayudar a la Iglesia a recuperar su memoria y su conocimiento y, en consecuencia, su valor para cumplir su misión?

Estos hombres y mujeres están en esta congregación. Lo sé. Y es porque no sólo ellos sino cada uno de los que estamos aquí ha partido mar adentro cada domingo en la solemne celebración de esta Misa. Este es ciertamente el altum, lo profundo, la profundidad que nos alimenta el cuerpo y el alma, la profundidad que nos pone en contacto con los que se han sumergido mar adentro, los que llamamos santos, la profundidad de la música de la Iglesia que resuena con su propia historia sagrada, la profundidad, la infinita profundidad de la Cruz de Jesucristo. Vos et ego. Ducamus in altum.

Homilía del 4º domingo después de Pentecostés. “”

Padre Richard Cipola

(Traducido por Natalia Martín. Artículo original)

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