Escalofriado por tan hórrido e innatural asunto, leo que en esa Alemania que nuestros próceres tanto alaban bullen y descuellan, con entusiasta efervescencia, las más inicuas y abyectas enseñanzas que la ideología de género ha dado en regurgitar, para solaz y beneplácito de los miramelindos que ansían el advenimiento de un nuevo orden mundial, mucho más descacharrado que el hodierno. En este caso, la escurraja cerebral de tan insignes educadores adquiere forma de masturbación, pues tal es la disciplina que han decidido impartir a los indefensos párvulos germanos, ya amputados de niñez y de inocencia.

Hoy, tal parece que se me antoja abstruso y casi inasible el comprender qué mefítica perversión se ha enquistado en las mentes de esos próceres tan europeos, pues es tal su hediondez, tal el asco que provoca, que parece haber brotado de una suerte de cloaca guarra —y discúlpeseme el abundamiento escatológico—, siempre patinada de excrementos y de podredumbres. Por excretar, incluso, más perversiones, los padres de los párvulos educandos germanos ven, supongo que con gran horror, cómo su sagrada potestad paterna es abrogada y arrumbada al lodo con que se recubren los más fundamentales derechos en este mundo hodierno; pues quien ose impedir que sus hijos sean instruidos en tan necesarias disciplinas —y nótese, por favor, el tono irónico del sintagma—, en estricto apegamiento a los principios innegociables que tanto postuló el Papa emérito Benedicto XVI, comprobará cómo dos probos y musculados funcionarios policiales los aherrojan de inmediato y enchironan como por arte de ensalmo, como así ha sucedido en más de una ocasión. Y es que en este mundo nuestro tan vesánico, de continuo llanto y rechinar de dientes, esa descabellada ideología de género ha de alcanzar y abrazar a todos, para eterna demolición de la lógica naturaleza humana y endiosamiento de un hombre cada vez más descacharrado.

Cobra así, todo esto, un evidente carácter diabólico, que el gobierno de la virago Merkel, preso de intereses economicistas y del sostenimiento de su relativista alianza con el SPD, no duda en asperger por doquier aun a costa del íntimo y casi irreversible daño que inflige a la sociedad.

Entretanto, los cochinotes estos de la ideología de género aprovechan coyunturas y aseguran, con inverecundo desparpajo, que no es el sexo que nos ha sido dado el que habrá de definirnos, sino la caprichosa opción sexual que hayamos elegido al albur de esa birriosa libertad individual que ellos mismos nos inculcan —libertad, desde luego, que nos obliga a hociquear entre las muchas variaciones sicalípticas que se nos presentan y rendirnos, ya como sepultados, a la más rampante insania—; y es que son los cochinotes estos quienes, temulentos de un afán estragador —estragador de la naturaleza, de la familia; estragador del hombre, en definitiva— trastocan lo constitutivo y lo mudan por lo irreal; lo cierto por lo guarro; la educación, por la más abyecta y deletérea corrupción, convirtiendo los más benéficos discursos tradicionales en una farfolla cochambrosa que oculta o entenebrece los principios. Y así, hueros de valores, corrompidos hasta el tuétano de los más finos huesecillos, dislocan las fértiles mentes de nuestros hijos y les incitan a mudar sus naturales apetencias, a manosearse sin rebozo y a que indaguen en sus más recónditas intimidades, vaciándolas para siempre de frenos y cortapisas.

A la postre, estos calamitosos postulados no son más que hitos de un camino a transitar, hitos que establecen, topografían o calibran la tan perniciosa deriva en que nos hallamos, rumbo a la defección de cuanto somos, rumbo a la humillación de Dios y al non serviam luciferino, sin percatarnos, ilusos de nosotros, de que el reinado que nos prometen tan solo se aposenta en los infiernos.

Gervasio López