Impulsos de Dios

El Señor tiene siempre la iniciativa, a Él debemos el trazado de nuestra vida a través de sus impulsos, los impulsos de Dios. En la vida del sacerdote estos impulsos son decisivos para su ministerio sacerdotal. Pero a cada uno de estos impulsos, el Señor espera la respuesta de su sacerdote, espera su colaboración, espera que el impulso sea reconocido por aquel. De ahí la importancia tan grande del discernimiento espiritual, de la dirección espiritual, con el fin de identificar esos impulsos de Dios. El Señor espera en la espera todo del sacerdote.

La respuesta a los impulsos de Dios no es fácil en no pocas ocasiones. Aunque los reconocemos y tenemos la inteligencia suficiente sobre ellos, seguirlos puede suponer, en ocasiones, una fuerte inquietud en el alma del sacerdote por lo que implica de cambio substancial en su vida sacerdotal. Pero el Señor nos pide decisión por nuestra parte, fortaleza para no sucumbir a la presión que nos rodea que, siendo contraria a los impulsos de Dios, pretende atenazarnos para no cambiar.

Hemos de ser conscientes de la fuerza que el “mundo” ejerce en el sacerdote, los espejismos que el mundo presenta ante el sacerdote son tentación constante para “vaciarle” del espíritu y llenarle de la carne. El Señor es amante celoso por sus hijos predilectos, y viene en su ayuda poniendo en sus corazones Sus divinos impulsos. Cada uno es responsable ante Dios Todopoderoso de seguir o no los impulsos. Es nuestra responsabilidad ante Dios, con el agravante que eso conlleva.

El Señor prepara y predispone a sus sacerdotes con Sus impulsos, quien los siga fielmente sentirá la liberación de las ataduras de la carne, del mundo, sentirá el gozo de vivir su sacerdocio dependiendo sólo de su Maestro, de su Jefe, en la fidelidad a la Iglesia. Y lo que es muy importante, vivirá su sacerdocio con una sed insaciable de asemejarse al Sumo y Eterno Sacerdote, sin desistir en ningún esfuerzo para conseguir esa semejanza.

Los latidos de Dios

Estamos ante una comunicación más íntima del Señor con el sacerdote. Es como “sincronizar” el corazón del sacerdote con el del Señor. Es seguir los dictados del Sagrado Corazón. Es vivir el sacerdocio según los latidos del Sagrado Corazón. El corazón del sacerdote se funde en el abismo de Amor del Corazón Divino, resplandeciendo en aquel los dones de Éste.

Los latidos del Sagrado Corazón de Jesús producen tal purificación en el alma del sacerdote que éste está unido a su modelo sacerdotal de forma tal que ya no puede separarse una “tilde” de la Verdad que es Él, de Su Palabra, de Sus Mandatos. En definitiva, de Sus órdenes, es decir, la Voluntad del Padre Eterno.

Con los latidos de Dios el sacerdote siente especialmente en el momento cumbre de su vida sacerdotal: el Santo Sacrificio de la Misa, es aquí donde los latidos de Dios se sienten de tal forma que ya no hay vida en el sacerdote sin su Santo Sacrificio, pues su vida es su Sacrificio diario, el único Sacrificio, el del Calvario en el altar.

Los latidos de Dios mueven la vida del sacerdote, toda ella está dirigida por el Señor; ya deja de ser hombre y pasa a ser el sacerdote de Dios, no tiene vida propia, su propia voluntad es la Voluntad de Dios, ya no tiene gusto propio, su gusto es el gusto del Señor, ya no tiene deseos propios, porque son los deseos de mi Señor.

¡Cómo bendice el sacerdote el día que siguió los impulsos de Dios! Desde aquel día, sin saberlo el sacerdote, el Señor lo fue preparando para que sintiera y vivera según Sus latidos.

Agua viva

Dios Uno y Trino, en su infinita Misericordia y Amor al sacerdote, no se para en mostrar únicamente Sus latidos, aún le da más. Los impulsos, los latidos, han sido el camino necesario, la perfecta preparación para la última fase de unión del sacerdote con Dios Trinitario, para la transformación del sacerdote verdaderamente en Cristo. Ahora, a través del sacerdote fluye el agua viva de Dios. Dios actúa enteramente en él.

El alma sacerdotal está fundida con el alma sacerdotal de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Ya no existe el sacerdote, es el mismo Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien actúa en él.

El Poder de Dios Padre, la Sabiduría de Dios Hijo y el Amor de Dios Espíritu Santo, purifican el alma del sacerdote; y ya el alma sacerdotal anhela únicamente el Cielo, sintiéndose apresado en el mundo. Pero, nadie como él para iluminar este mundo, para transformarlo y santificarlo. La fortaleza del Padre Eterno, la Sabiduría del Hijo y el Amor del Santo Espíritu Divino, hacen del sacerdote agua viva que vivifica y da vida allí donde hace acto de presencia. Señala sin temor alguno lo pecaminosos del mundo, da respuesta de sabiduría divina a los falsos argumentos del mundo, y con amor divino comprende la debilidad que hay en el mundo y se presta a ayudar y corregir según la Ley de Dios.

Como el Maestro, el sacerdote vive en la continua Santa Misa que no termina, vive en el continuo Sacrificio redentor del altar, vive en la continua Pasión, Crucifixión, Agonía, Muerte y Resurrección del Señor que no termina para la salvación de los pecadores.

Ave María.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa