He leído el artículo “Amoris laetitia: anatomía de una debacle pontificia” del Sr. Christopher A. Ferrara. Soy sacerdote y no suelo publicar mis reflexiones. Si hoy lo hago es por la necesidad de ofrecer un argumento en favor de la verdad sobre el Matrimonio.

El Matrimonio es la unión de un varón y una mujer. Como enseño San Agustín, el Matrimonio conlleva tres bienes: la fidelidad, el sacramento y la prole. Estos tres bienes, estas tres dimensiones del Matrimonio, deben ser entendidas de manera personal, es decir, en este caso, en referencia a la realidad personal trina y una de los cónyuges. El varón y la mujer unidos en santo Matrimonio son a la vez Hermanos (fidelidad), Esposos (sacramento) y Padres (prole). A partir de esta mirada relacional sobre la unión matrimonial en la que “ya no son dos sino una sola carne” (Marcos 10,8) quiero hacer una reflexión con la confianza de ser iluminadora.

La reflexión tiene que ver con la relación personal Hermanos. Se suele decir -y así lo afirman documentos pontificios modernos- que los casados por la Iglesia, divorciados y vueltos a casar por lo civil, es decir, los adúlteros públicos, podrían acceder a los sacramentos -Eucaristía y Penitencia-si viven como hermano y hermana. Sinceramente estimo que esta ha sido una grieta en la exposición de la doctrina de la Iglesia -no en la doctrina misma, que es sólida e inmutable- por la que se ha introducido el error de admitir la posibilidad de la continuidad del pecado mortal de adulterio público.

Como he dicho, el Matrimonio es la unión de tres relaciones personales en la “una caro” de los cónyuges, que es realmente la “una caro” de Cristo y la Iglesia. No es posible “vivir como hermano y hermana” si se vive con una mujer o con un varón que no son la propia o el propio cónyuge. No se trata de una fraternidad como la que profesan dos o más cristianos por el simple hecho de estar bautizados y ser hijos de Dios. La fraternidad matrimonial es una relación personal que solamente puede ser vivida con el cónyuge, pues dicha relación no es de uno ni de otra sino de los dos.
Lo que sí queda al albedrío de ambos es disfrutar de la fraternidad indisoluble de Cristo y la Iglesia, que es la misma de los cónyuges, hasta que la muerte los separe, o no disfrutar de ella.

Decir, por tanto, que adúlteros públicos pueden vivir como hermano y hermana es estrictamente erróneo y confunde a aquellos que viven en tal pecado, pues, sean cuales sean las circunstancias que harían falsamente razonable la persistencia de la convivencia adulterina, les hace comprender que esta convivencia persistente -la objetividad del adulterio público- no es pecado mortal.

Ni el tener hijos en común ni ninguna otra circunstancia son excepción posible al cumplimiento de la ley divina de la indisolubilidad matrimonial, que, en el caso de la dimensión fraternal de la unión conyugal, consistiría en negar el diálogo -como el de Adán y Eva, la cual habló con la serpiente- con el propio cónyuge, diálogo que es único. Disfrutar de la fidelidad conyugal, del diálogo fraterno de los cónyuges, queda al libre albedrío, como digo, de ellos. Lo que es un error es decir que puede existir otro diálogo.

Como acabo de señalar, el único diálogo posible en el paraíso era el de Adán y Eva -pues no había otro hermano u otra hermana “posible” que ellos- y todo diálogo que no fuera ese, como dice el Señor cuando afirma que se debe decir: sí, sí y no, no, viene del diablo (cf. Mateo 5,37).

Esta es la breve reflexión que quiero hacer llegar al señor Ferrara tras haber leído su excelente artículo, para aportarle esta sencilla pero creo iluminadora idea de que ni siquiera la convivencia adulterina puede ser justificada por una falsa y diabólica fraternidad entre los adúlteros y que la añada a su potente argumentación acerca de la verdadera doctrina inmutable de la Iglesia sobre el Matrimonio, recibida de su indisolublemente unido cónyuge Cristo, cuyo diálogo fraternal no admite la intromisión del diablo y que nos salva del error.

Muchas gracias y mucho ánimo y valentía en este momento final en el que el Inmaculado Corazón de María vencerá y pisará para siempre a la serpiente.

Un sacerdote. 

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