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Se ha sostenido, no equivocadamente, que la acostumbrada disposición a caracterizar la inmigración como un fenómeno positivo, puesto al amparo de la temeraria inoportunidad de consideraciones críticas y de razonados disensos, recalca el delirante visionarismo de la mitomanía progresista, fomentadora de al deseducación espiritual y moral típica de sociedades que, creyendo ilusamente conjurar las dolorosas perspectivas de un inexorable ocaso con fútiles vaniloquios redundantes de pacifismo y de tolerancia, vegetan patéticamente en un clima de vil y cansada resignación.

El compromiso brillantemente profuso de la cultura moderna para predeterminar soluciones perfectas y definitivas del drama histórico se ha introducido en la espectral desolación de ingeniosas ficciones que la razón desrazonadora ha concebido sub specie de “sociedad sin clases” y de “mercado mundial”.

Semejantes abstracciones, portadoras de una socialidad desanimada por la ausencia de toda luz espiritual, son artificiosamente concebidas por la estirada arrogancia de un pensamiento que desconoce el carácter absoluto de las verdades divinas, que sobrepasan su objetiva finitud.

Su virulencia de vanas excogitaciones, generadas por una racionalidad vagante entre las tinieblas de su miserable presunción antropocéntrica, no se ha extinguido en absoluto: resurge prepotentemente en calidad de eficaz apoyo cultural, dirigido a justificar los opacos y escuálidos horizontes previstos para un género humano que acoge con superficial optimismo el deliberado intento de anular las diferencias entre los pueblos y las razas en una promiscua y magmática uniformidad, sometida al predominio de fáciles oligarquías, solícitas de dar pronto estatuto legal a toda pulsión en conflicto con el orden natural.

La sistemática violación del principio que establece una relación ineludible entre un pueblo y su tierra, perpetúa la explotación de los pueblos africanos y asiáticos, atraídos por las bien publicitadas sugestiones de un “bienestar”, que ha surtido el efecto de erosionar las bases de la convivencia civil en Europa, descompuesta por la indolente inconsciencia de su penosa situación de realidad continental espiritual y políticamente invertebrada.

El ventilar hipótesis y proyectos de integración de los inmigrantes, representa la perdurable y piadosa ilusión de sociedades íntimamente desintegradas, dirigidas por regímenes fantomáticos, que se enorgullecen como de un progreso de la traición al patrimonio religioso y moral del Catolicismo y de su fecundo influjo civil.

Falsificando claramente la naturaleza teologal de la caridad cristiana con abstractas proclamaciones de amor compasivo por la suerte de la humanidad desgraciada, la jerarquía modernizante, depositaria del inagotado e indomable “espíritu del Concilio”, se prodiga en la realización de las esperanzas pseudo-mesiánicas de un ecumenismo que, en su inspiración ideológica y en sus resultados prácticos, coincide plenamente con las directivas y los intentos promovidos por la masonería.

Su abdicación del papel de custodia de la Religión revelada conlleva la disponibilidad a secundar las estrategias de cuantos querrían eliminar incluso su recuerdo frente al asomarse del cada vez más amenazador cerco de los secuaces del visionario Mahoma, que podrán cómodamente afirmar el dominio de sus falsas creencias, como daño y castigo de un Occidente que se ha desembarazado con culpable despiste de sus auténticas y preciosas raíces.

Los auspicios deuterovaticanos que preveían una reducción potencialmente anti-institucional del alardeado “pueblo de Dios” y su feliz convergencia con el radiante futuro de una humanidad finalmente pacificada por las conquistas del progreso técnico y científico, encuentran puntuales respuestas en los planes desestabilizadores de la globalización, que se connota genéticamente con la satánica imitación del principio romano y cristiano de la universalidad.

La minimización del sentido sobrenatural del Evangelio, adulterado y ambiguo instrumento de promoción “social” de las casusas sospechosas de sus más acérrimos enemigos, señala la desolación de nuestro tiempo, que, cautivado por una astuta propaganda favorable a la “construcción” de aberrantes “derechos humanos”, aparece privo de los principios fundamentales de la caridad y de la justicia.

Es oportuno reafirmar que las connotaciones deshumanizadoras del mundo actual, horrendamente alterado por el mercantilismo calculador de las oligarquías democráticas y capitalistas, son originadas por una aversión metafísica por el prodigioso misterio de la obra sabia y admirable de Dios Creador y Señor; esto sirve para desmentir sin apelación el fácil y optimista futurismo que se esforzó en censurar la clarividente previsión de los autorizados (y calumniados) “profetas de desventura”.

“… Cardenales, Obispos y Sacerdotes recorren el camino de la perdición y con ellos arrastran a muchas almas… Cada vez se le da menos importancia a la Eucaristía… debéis evitar con todas vuestras fuerzas la Justicia divina que pesa sobre vosotros… Soy yo vuestra Madre la que, por intercesión de San Miguel Arcángel, os invito a enmendaros…”.

Las proposiciones apenas citadas están tomadas del último Mensaje que la Virgen Madre confió a las pequeñas videntes de Garabandal el 18 de junio de 1965 previendo los resultados subversivos del “aggiornamento” obrado por el Concilio, que concluiría el 7 de diciembre de aquel mismo año; la Reina de los Ángeles indicaba con luminosa claridad las razones últimas por las cuales brotó la desarmante política de los vértices de la Iglesia respecto a las intrigas del secularismo y los remedios sobrenaturales necesarios para reafirmar la dignidad del sacerdocio y hacer posible la consecución de la salvación eterna.

Confiemos en que la celeste protección de San Miguel Arcángel, afortunadamente readmitido en las iglesias después de una prohibición forzada, promulgada durante más de medio siglo, nos ayude a cumplir las maternas exhortaciones de María Santísima, Auxilium Christianorum.

Cruce Signatus

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

SÍ SÍ NO NO
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