El pasado 19 de febrero, concluida la manifestación en la Plaza de San Silvestre de Roma, ha tenido lugar en la sede la la Asociación de la Prensa Extranjera la anunciada conferencia de prensa destinada principalmente a los observadores extranjeros. Bajo el título Interrogantes sobre la crisis moral de la Iglesia, los representantes de diversas entidades internacionales de defensa de la vida y de la familia respondieron a las preguntas de un nutrido grupo de periodistas.
Reproducimos seguidamente las respuestas de los dirigentes internacionales que intervinieron en la rueda de prensa:

Rueda de prensa del 19 de febrero de 2019

Intervención de Michael Matt

Director de la revista The Remnant

Los católicos de mi país se llevaron una desilusión el pasado 20 de agosto con la Carta de Su Santidad el papa Francisco al pueblo de Dios, en la que el Sumo Pontífice achaca la culpa de la crisis de los abusos sexuales del clero a lo que él denomina clericalismo.

En primer lugar, se trata de un vocablo que todavía no tiene una definición universalmente aceptada. Clericalismo puede significar una actitud desordenada hacia el clero que lleve a los católicos a dar por descontada la superioridad moral de los sacerdotes. Sostiene el papa Francisco que cuando los clérigos se sienten superiores es cuando están lejos de la gente.

Ahora bien, el Papa señala que el clericalismo puede ser favorecido «tanto por los propios sacerdotes como por los laicos». También el pueblo de Dios puede caer en el clericalismo cuando atribuye a los propios sacerdotes demasiada autoridad sobre su vida diaria. Por lo tanto, al afrontar la crisis, ¿debe empezar la Iglesia por el pueblo culpable de clericalismo o por los sacerdotes?

Las ovejas ya están confundidas por esta falta de claridad.

Desde luego, en cierto sentido parece que sea el clericalismo lo que ejerce el propio Vaticano, en vista de que en esta crisis el propio Papa hace uso de su autoridad como jefe de la Iglesia para desacreditar al arzobispo Carlo Maria Viganò, que se ha visto obligado a ocultarse y cuyo pertinente testimonio no será escuchado en la cumbre que se está celebrando.

Por otra parte, figuras clave de la Iglesia implicadas personalmente en los abusos y encubrimientos han sido rehabilitadas e incluso promovidas por el papa Francisco: desde el ex cardenal Theodor McCarrick al purpurado belga Godfried Danneels, de cuya tentativa de ocultar años de abusos hay constancia en grabaciones, y a pesar de ello apareció en la balconada cuando Francisco fue elegido para convertirse en el próximo pontífice, siendo a continuación seleccionado por el Papa para participar en el Sínodo sobre la familia. También se podría decir que esto es clericalismo al más alto nivel.

Otra cosa que preocupa de las alusiones de Francisco al clericalismo es que en esencia parecería que las haga adrede para no afrontar la verdadera raíz de la crisis, que es la homosexualidad entre los sacerdotes.

Sabemos por el informe de John Jay que el 81% de las víctimas de abusos sexuales son varones de entre 14 y 17 años. Se trata de delitos cometidos por varones contra otros varones, siendo los casos más llamativos los de obispos que abusan sexualmente de seminaristas y de sacerdotes jóvenes.

Hay dos palabras que brillan por su ausencia en la carta del Papa del pasado 20 de agosto: homosexualidad y obispo.

El pueblo de Dios no puede poner fin a la crisis del clero. El pueblo de Dios no puede poner fin a los encubrimientos. Los católicos de EE.UU. están de acuerdo con el cardenal Burke, que en dos ocasiones ha insistido en que sólo el Papa puede hacer frente a la negligencia y la mala conducta de los obispos: «El Romano Pontífice, el Santo Padre, es quien tiene el deber de imponer disciplina en esta situación y quien debe actuar según los procedimientos establecidos en la disciplina eclesiástica. Sólo eso podrá resolver eficazmente la situación».

Intervención de Roberto de Mattei

Presidente de la Fundación Lepanto

Si la cumbre de presidentes de conferencias episcopales reunidos en Roma se limita a hablar de los abusos de menores sin tratar, por ejemplo, de la cuestión de la homosexualidad en la Iglesia, el encuentro estará abocado al fracaso, ya que no abordará las verdaderas causas del problema. Sería hipócrita limitar los escándalos a la pederastia desentendiéndose del azote de la homosexualidad, que además de ser un vicio contra natura constituye una estructura de poder al interior de la Iglesia. Sería igualmente hipócrita limitarse a denunciar los escándalos morales sin remontarse a sus raíces doctrinales, que se retrotraen a los años del Concilio y el postconcilio. Por el contrario, da la impresión de que las autoridades eclesiásticas se preocupan por delitos como la pederastia o la violación, no porque sean una gravísima infracción de la ley divina y natural, constituyendo por tanto una ofensa a Dios, sino porque también suponen una violencia para con el prójimo y están sancionados por el derecho penal de los estados modernos. Pero los estados modernos que condenan la pederastia promueven la homosexualidad, y hoy el día los eclesiásticos tienen miedo de que los tilden de homófobos. Precisamente en estos días hay una operación mediática en marcha para lanzar el libro de Fréderic Martel Sodoma, que sostiene que todo sacerdote que condena la homosexualidad es homófobo, y que todo homófobo es un homosexual reprimido. En consecuencia, el verdadero pecado es el de quien no se declara públicamente homosexual.

En su Regla pastoral, San Gregorio Magno califica a los malos pastores de «perros mudos, que no pueden ladrar» (Is.56,10): «¿Qué es para un pastor el miedo a decir la verdad sino volver la espalda y huir del enemigo con su silencio?» Nuestro llamamiento va dirigido a los presidentes de las conferencias episcopales reunidos en Roma, y a los obispos de todo el mundo, para que alguno de ellos tenga el valor para ponerse de pie y romper el silencio, como ha hecho el arzobispo Carlo Maria Viganò. En caso contrario, nuestro testimonio quedará como una amonestación a los pastores de la Iglesia que, con su silencio sepulcral, fruto del miedo o la arrogancia, reniegan de hecho de la fe y la moral católica. Pero Nuestro Señor Jesucristo nos ha dicho que confesará o negará ante Dios a todo el que haya confesado o negado ante los hombres (Mt.11,32; Lc. 9,26; 13,8-9).

Intervención de Julio Loredo

Socio y fundador de Tradición y Acción por un Perú Mejor

Su Santidad Pío XII calificó la evangelización de las Américas como la mayor epopeya misionera desde la fundación de la Iglesia. De hecho, en menos de cien años todo el continente fue conducido con amor hacia la fe católica por la mano de valerosos misioneros españoles y portugueses , muchos de ellos canonizados. Dicha epopeya fue posible porque tenían bien claro el objeto de su misión: anunciar a aquellos pueblos la Buena Nueva de Jesucristo, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y trayéndolos al redil de la Santa Iglesia Romana, en el seno de aquella inmensa familia espiritual que configura la civilización cristiana.

Aquellos misioneros no hacían concesiones, es decir, no transigían con costumbres paganas entonces comunes entre los indios, como el infanticidio, el canibalismo, el genocidio, la violación ritual, la poligamia y la homosexualidad. La menor concesión habría supuesto el empobrecimiento del mensaje cristiano, y por consiguiente, su fracaso como misioneros. Frente a los abusos sexuales, los misioneros ofrecieron el ideal católico en su integridad, con la seguridad de que la gracia divina haría el resto.

Más allá de toda consideración de orden teológico, moral o canónico, la historia demostró la eficacia de este método. Y yo diría que también en el orden pastoral.

Dicho método fue propuesto de nuevo, más recientemente, por el papa Juan Pablo II cuando, con ocasión del quinto centenario del descubrimiento de América, convocó la XXV Congregación General de la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos. En la exhortación postsinodal Ecclesia in America, el papa Wojtyla fue clarísimo: «Los formadores han de preocuparse de acompañar y guiar a los seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga aptos para abrazar el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión con sus hermanos en la vocación sacerdotal» [Exhortación Apostólica postsinodal Ecclesia in America, 22 de enero de 1999, n° 40].

En modo alguno creo que la abolición del celibato sacerdotal sea el remedio más eficaz contra los abusos sexuales. La medicina más eficaz es la oración y la buena formación de los sacerdotes, invirtiendo el ambiente de laxitud moral, litúrgica y doctrinal que se ha introducido en los seminarios desde los años sesenta. El resto lo hará la gracia divina, en la cual debemos confiar.

Como hijo que reconoce la epopeya evangelizadora del Nuevo Mundo, tal es mi firme convicción, avalada por el testimonio de la historia.

Intervención de Scott Schittl

Representante del portal LifeSiteNews

El papa Francisco afirma que la actitud de la Iglesia hacia la homosexualidad debe ser de misericordia y atención pastoral. ¿Cuál debería ser, para usted, la postura de la Iglesia hacia la homosexualidad.

Ciertamente debe ser una postura de misericordia y atención pastoral. Ahora bien, la verdadera misericordia y atención pastoral tienen que fundamentarse en un interés amoroso y caritativo hacia quienes sienten atracción por su mismo sexo.

No es amor ni misericordia permitir que los hijos se porten mal sin corregirlos. Con frecuencia los padres reconocen que es más fácil cerrar los ojos a la realidad y no prestar la debida atención a un comportamiento erróneo. Pero precisamente por amor y por misericordia deben los padres corregir y disciplinar a sus hijos por el bien de éstos.

Por esta razón la Iglesia, y sobre todo sus pastores –los padres de las almas—tienen que apacentar a su grey, enseñar la verdad por difícil o políticamente incorrecta que sea. Ésa es la verdadera misericordia y atención pastoral.

El Vaticano ha puesto en guardia contra el silencio en torno a la dura verdad sobre la homosexualidad. Cuando el papa emérito Benedicto era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hizo una declaración pública dirigida a los obispos de la Iglesia Católica en la que afirmó que el silencio en las enseñanzas de la Iglesia sobre el peligro espiritual originado por los actos homosexuales es una falsa caridad y que tal actitud no es amorosa, altruista ni pastoral.

El documento de 1986 de la mencionada congregación titulado Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral de las personas homosexuales destacó la importancia de que «se establezca claramente que la actividad homosexual es inmoral».

La instrucción para los obispos de todo el mundo sobre la homosexualidad añade: «se debe dejar bien en claro que todo alejamiento de la enseñanza de la Iglesia, o el silencio acerca de ella, so pretexto de ofrecer un cuidado pastoral, no constituye una forma de auténtica atención ni de pastoral válida. Sólo lo que es verdadero puede finalmente ser también pastoral. Cuando no se tiene presente la posición de la Iglesia se impide que los hombres y las mujeres homosexuales reciban aquella atención que necesitan y a la que tienen derecho».

Aparte de numerosas revistas médicas que han puesto en evidencia la peligrosidad de los actos homosexuales, a veces lo han reconocido también los propios activistas homosexuales.

El 17 de febrero de 2009, la publicación periódica homosexual más conocida del Canadá, XTRA, informó que un grupo de activistas homosexuales habían pedido al sistema sanitario canadiense que prestara más atención al mundo gay. Los mencionados activistas declararon: «Tenemos uno de los niveles de salud más bajos de este país. (…) Los homosexuales del Canadá tienen una expectativa de vida inferior a la del canadiense medio, así como niveles más altos de alcoholismo y drogadicción, suicidio, depresión y acceso insuficiente al tratamiento contra el sida. (…) Muchos problemas de salud son endémicos entre nosotros».

Y concluye diciendo: «Ahora que podemos casarnos, todos dan por sentado que no pasa nada. Muchos fallecimientos en nuestro colectivo se ocultan, no nos enteramos. Los que trabajamos en primera línea de socorro somos testigos de ello, y estoy harto de ver cómo se mueren mis colegas».

Aparte cualquier otra consideración, salud incluida, la vida depende de dónde pasaremos la eternidad: en el Paraíso o en el Infierno. Ante esta clara realidad, ¿acaso no es una verdadera obra de caridad advertir a quienes tienen tendencias homosexuales o cualquier otra aberración sexual que se están jugando la vida eterna?

Una fascinante visión de esta realidad llegó en 2008 por parte del ateo anticatólico Penn Jillette, presentador de un programa de TV muy popular en Norteamérica titulado Penn & Teller, que pronunció estas duras palabras: «Si crees que existen el Cielo y el Infierno, y que alguien puede terminar en el Infierno, o que a pesar de ello no van por el camino de la vida eterna, y te parece que no vale la pena decírselo porque te pondría en una situación embarazosa (…), ¿cuánto tendrías que odiar a esa persona para no tratar de convertirla? ¿Cuánto habría que odiar a esa persona para creer que puede existir la vida eterna, y no decírselo?

Las palabras de este enemigo de la Iglesia constituyen una amonestación a todos los católicos y dirigentes cristianos que por miedo a ser políticamente incorrectos y perder el respeto de los hombres guardan silencio ante el peligro sexual excluido del proyecto divino.

Intervención de John Smeaton

Presidente de la Society for the Protection of the Unborn Child

El papa Francisco responde a la pregunta de un periodista que afirma que en América Central las muchachas se quedan embarazadas a temprana edad. Pregunta al Papa si la Iglesia tiene la culpa de ese problema por oponerse a la educación sexual?

El pontífice da comienzo a su respuesta diciendo: «Yo creo que en los colegios se debe enseñar educación sexual. El sexo es un regalo de Dios; no es un monstruo, sino un regalo de Dios que hay que amar». Cuando en un contexto así el Papa dice que el sexo no es un monstruo, yo diría que no ha entendido bien el problema planteado en la pregunta del reportero, así como que el Santo Padre lo hace a propósito por tres razones:

En primer lugar, para seguir sosteniendo, con estilo melodramático, el programa de educación sexual promovido en su encíclica Lumen Fidei y en el Sínodo de la Familia de 2015.

En segundo lugar, emplea la melodramática expresión «el sexo no es un monstruo» para desviar la atención del hecho de que sus enseñanzas son contrarias a la doctrina de la Iglesia Católica, que ante todo vela por mantener la inocencia de los niños y los jóvenes.

Y en tercer lugar, el papa Francisco el papa emplea esa melodramática expresión de «el sexo no es un monstruo» para desviar la atención de los aspectos profundamente negativos y escandalosos de la educación sexual promovida por funcionarios de la Iglesia Católica en el Vaticano y por innumerables prelados católicos. Lo cierto es que los programas de educación sexual promovidos por funcionarios de la Iglesia en todo el mundo desde el Concilio para acá son un monstruo. Un monstruo de muchas cabezas que devoran los derechos de los padres como educadores primarios de sus hijos, corrompen la inocencia de los niños y les infunden una idea errónea del verdadero significado de la sexualidad humana.

El programa de educación sexual del Vaticano se llama Punto de encuentro. Lo redactó el arzobispo Paglia, ex director del Pontificio Consejo para la Familia. El Dr. Rick Fitzgibbons, psiquiatra y profesor adjunto del Pontificio Instituto Juan Pablo II para el Estudio del Matrimonio y de la Familia, en la Universidad Católica de EE.UU., lo describe de la siguiente manera:

«El programa Punto de encuentro es un abuso sexual de los adolescentes católicos de todo el mundo y demuestra que desconoce la tremenda presión sexual a la que están sometidos los jóvenes de hoy, la cual se traducirá en confusión a la hora de aceptar las enseñanzas de la Iglesia. Anticipa una crisis futura de la Iglesia, sobre todo para los jóvenes y las familias católicas, que alcanzará proporciones mucho mayores que la escandalosa crisis de los abusos sexuales que últimamente ha gozado de tanta difusión en la prensa.

»Es igualmente perjudicial para los jóvenes que no se los prevenga de los peligros a largo plazo del comportamiento promiscuo y del uso de anticonceptivos. Como profesional que se ha ocupado tanto de sacerdotes abusadores como de víctimas de la crisis de los abusos, lo que me ha parecido más preocupante es que las ilustraciones pornográficas utilizadas en este programa son similares a las empleadas por los corruptores de adolescentes adultos».

La expresión del Papa «el sexo no es un monstruo» es una línea de argumentación engañosa que desvía torpemente la atención de que la tal vez sea la más grave crisis que afronta la juventud de hoy: la corrupción a la que son sometidos en las aulas por medio de programas de educación sexual promovidos en todo el mundo por las autoridades seculares y eclesiásticas.

Intervención de Jean-Pierre Maugendre

Presidente de Renaissance Catholique

Es indiscutible que la Iglesia necesita una reforma. Ahora bien, es necesario saber cuáles serán los principios rectores de dicha reforma. Es más, ineludiblemente, los principios muestras sus consecuencias lógicas. No parece que los organizadores del próximo sínodo tengan intención de volver a los principios que han llevado a la Santa Iglesia de Dios a la trágica situación que atraviesa en la actualidad. Es de temer que no tenga siempre vigencia la reflexión llena de sentido común de Jacques-Bénigne Bossuet, a la sazón obispo de Meaux, a fines del siglo XVII: «Dios se ríe de los hombres que se lamentan de los efectos que favorecen las causas». ¿Cuáles son las causas que lamentamos actualmente?

Mientras que el 80% de los actos de pederastia denunciados últimamente son de naturaleza homosexual, un silencio ensordecedor acompaña la constatación de esta realidad. Sólo la verdad hace libres (Jn.8,32). Esta verdad es que «los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. No pueden recibir aprobación en ningún caso (CEC § 2357). Hace Cincuenta años, en una obra recientemente republicada, Jean Madiran denunció La herejía del siglo XX, que en su opinión, era la de los obispos que habían renunciado a enseñar la ley natural, que no es otra cosa que la ley de Dios. A quien acaba de preguntarle «¿Qué debo hacer para entrar en la vida eterna?», el Señor empieza por contestarle: «Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos», y le recuerda el Decálogo. (cf. Mt.19,16-19).  Como afirma la sabiduría popular, quien calla otorga. Con un silencio cómplice, la Iglesia parece haberse adaptado a una banalización de la homosexualidad. No tiene nada de nuevo. Desde hace 2000 años la Iglesia se ve en la tentación de ajustarse a la mentalidad del mundo, a pesar de la amonestación de San Pablo: «No os conforméis a la mentalidad de este siglo» (Rm.12,2). El espíritu de reconciliación con el mundo ha vaciado de su sustancia a los dogmas, ha destruido la liturgia, reducido la moral a un vago sentimentalismo, aniquilado el espíritu misionero y reducido a la Iglesia a aspirar un vago movimiento de animación espiritual de la democracia universal.

Toda supuesta reforma de la Iglesia estará destinada al fracaso si no es ante todo una reforma que además de ser cristocéntrica se centre primordialmente en Jesucristo. En este sentido es urgente restituir el sacerdocio católico a su realidad propiciatoria y oblativa. Los simples laicos, abajo del todo, somos testigos abatidos y heridos por la desacralización del sacerdocio católico. Al joven que le preguntó el camino, el Santo Cura de Ars le prometió enseñarle el camino al Cielo. Ésa es la única reforma de la Iglesia a la que aspiramos: la que nos indique con toda precisión y claridad el camino al Cielo y proporcione al pueblo cristiano los medios para salir de este camino sembrado de asechanzas.

Intervención de Arkadiusz Stelmach

Vicepresidente del Instituto Piotr Skarga

Vengo de Polonia, país que debe su existencia a la Iglesia Católica. De un país que, en virtud de un acto real, eligió a la Santísima Virgen María Reina de Polonia.

Como todo el mundo católico, los polacos estamos tristes por la situación de la Iglesia y de la civilización cristiana. En efecto, la Iglesia y la civilización cristiana han sido destruidas por más de cinco siglos de revolución gnóstica e igualitaria.

Asistimos actualmente a una dramática contienda entre la Revolución y la Contrarrevolución en el seno de la Iglesia Católica. Observamos cómo el dragón rojo, en una nueva forma de comunismo y de marxismo, ha penetrado arteramente en la Iglesia causando una devastación no conocida hasta la fecha.

Desgraciadamente, tampoco mi amada Polonia está exenta de este flagelo. Vivimos como parte de la Iglesia Católica. Luchamos contra la crisis de fe, la cual se manifiesta en la gran disminución de las vocaciones sacerdotales y de la práctica de la religión, sobre todo entre los jóvenes, así como en el azote de la inmoralidad y en la promoción de la homosexualidad y la ideología de género. Por desgracia, nuestros seminarios y universidades no se han librado de la terrible ideología progresista que socava eficazmente la doctrina, las enseñanzas y la labor pastoral de la Iglesia.

Hace un año, el Instituto P. Piotr Skarga, al cual represento, llevó a cabo una campaña totalmente única, Polonia semper fidelis, en defensa de la indisolubilidad del matrimonio católico y del Santísimo Sacramento. Fue la expresión de la preocupación de los católicos polacos ante una doctrina peligrosa y poco clara sobre la indisolubilidad del sacramento del Matrimonio contenida en el documento pontificio Amoris laetitia. El episcopado polaco recibió mas de 145.000 cartas, en su mayor parte por correo tradicional. En ellas, los fieles de Polonia formulaban un llamamiento a la Conferencia Episcopal para que se conformara a la doctrina de la Iglesia Católica sobre la indisolubilidad del matrimonio e impidiese además que los católicos divorciados que vivían en uniones no sacramentales recibieran la Sagrada Comunión.

Es una pena que todavía no hayamos recibido respuesta alguna del episcopado polaco a nuestra campaña. Desgraciadamente, los últimos meses nos han traído más información sobre el alcance de la crisis y la confusión reinante en la Iglesia.

Las cartas del arzobispo Viganò poniendo al descubierto los escándalos de abusos sexuales contra menores y seminaristas, así como las tentativas de democratizar y destruir la estructura jerárquica de la Iglesia, nos causan la mayor preocupación.

Lamentablemente, todo ello coincide con los ataques cada vez más furiosos contra la Iglesia polaca por parte de enemigos externos. Triste ejemplo de ello es la película Clergy, que presenta una imagen deformada y unilateral de la Iglesia como una organización corrupta.

Esta trágica situación que atraviesa la Iglesia nos exhorta a ser fieles a la doctrina y las enseñanzas católicas tradicionales. En mi país, Polonia, la Madre de Dios, la Bienaventurada Virgen María, y en Ella hemos cifrado nuestra esperanza en los momentos más oscuros de nuestra historia. Por eso, debemos estar con Ella y profesar: Credo in Unam, Sanctam, Catholicam Ecclesiam, en la Iglesia que no destruirán las puertas del Infierno.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)