ADELANTE LA FE

Introducción de la Primera Carta a Timoteo

(S.E. 28)

En las ediciones del Nuevo Testamento, a las cartas de San Pablo dirigidas a comunidades cristianas, siguen las dirigidas a personas concretas. También en este último grupo se ordenan de acuerdo con su extensión. Primero van las dos Cartas a Timoteo, sigue la Carta a Tito y se termina con la breve misiva dirigida a Filemón.

A las tres primeras, dos dirigidas a Timoteo y una Tito, se las conoce comúnmente como Cartas Pastorales. Esta denominación se introdujo a principios del siglo XVIII por razón de sus destinatarios inmediatos y del contenido. Van dirigidas a dos colaboradores del Apóstol, que están al frente, respectivamente, de las comunidades locales de Éfeso y Creta. Su contenido es eminentemente pastoral, pues se prescriben normas y consejos para la buena marcha de aquellas comunidades, amenazadas por el influjo de falsos maestros. Contienen también orientaciones sobre la organización de las iglesias y la función de los ministros. Las tres, además, están redactadas con un estilo sencillo y en tono familiar, que denota la preocupación del autor por formar a quienes desempeñan la tarea del Buen Pastor en las comunidades cristianas. Sin embargo, cada una de ellas presenta también algunas características propias en las que conviene reparar.

1.- Estructura y Contenido

La Primera Carta a Timoteo se escribe para defender la “sana doctrina” —esto es, la que verdaderamente lleva a la salvación y fue recibida mediante la predicación de San Pablo— frente a las desviaciones que conducen al error, y para mostrar las consecuencias que se derivan de la doctrina del Evangelio con vistas a la organización de la Iglesia.

Tras unas palabras de saludo (1: 1-2), en la primera sección se urge a Timoteo a defender la recta doctrina frente a las enseñanzas de los falsos doctores (1: 3-20). A continuación, una vez asentada la solidez de la doctrina de la fe, se enumeran algunas de sus manifestaciones prácticas. Puesto que lo principal es la relación con Dios, en la sección segunda el Apóstol instruye a su discípulo acerca del modo de dirigir rectamente el culto, especialmente la oración y la participación en las asambleas litúrgicas (2: 1-15). Las instrucciones de la tercera sección se refieren a las cualidades exigibles a los que ejercen un ministerio en la comunidad cristiana, que han de ser adecuadas no sólo para la edificación de todos los fieles, sino para ofrecer una imagen real y atractiva de la Iglesia ante los de fuera (3: ,1-16). Por último, con un tono aún más familiar que antes, de modo que resulta difícil encontrar un esquema sistemático en el orden de exposición, el Apóstol exhorta y aconseja a Timoteo sobre el modo de comportarse y relacionarse con los demás: ancianos, viudas, presbíteros, esclavos, gente pudiente, falsos maestros; a todos ha de dispensar una cuidadosa atención (4: 1-6,19). La carta termina con unas breves palabras de despedida en las que se insiste de nuevo en la idea fundamental: la custodia fiel del depósito de la doctrina recibida (6: 20-21).

2.- Ocasión de la Carta

En esta carta Timoteo aparece al frente de una comunidad cristiana implantada en Éfeso que tropieza con los obstáculos propios de los comienzos. El ambiente pagano, las doctrinas desviadas de algunos falsos maestros y las costumbres relajadas de ciertos cristianos preocupan al Apóstol. Timoteo recibe el encargo de mantener la doctrina recibida y estimular la vida cristiana de los fieles.

En otros escritos del Nuevo Testamento se menciona la actividad de Timoteo como colaborador de San Pablo. De él se dice que lo acompañó “como un hijo con su padre” (Fil 2:22). Según el testimonio de los Hechos de los Apóstoles, Timoteo era hijo de padre gentil y madre judía, piadosa cristiana (Cfr Hech 16:1). En su segundo viaje misional, Pablo, a su paso por Listra, recibió excelentes referencias de este joven cristiano. Después de haberlo circuncidado, lo llevó consigo como colaborador y ayudante en la fundación de las iglesias de Filipos y Tesalónica (Cfr. Hech 16:12). Se menciona que estuvo en Berea (Cfr. Hech 17:14), y que desde Atenas el Apóstol lo envío a Tesalónica (Cfr. 1 Test 3:2). De nuevo aparece en Corinto junto a Pablo, y lo acompaña por Éfeso, Macedonia y Asia Menor, en su tercer viaje. En las Cartas de la Cautividad, se dice que estuvo junto al Apóstol en la cárcel (Col 1:1). La Carta a los Hebreos habla de su puesta en libertad, aunque no detalla el tiempo ni las circunstancias (Cfr. Heb 13:23).

De su carácter cabe destacar la fidelidad con que siguió a San Pablo. Debía de ser muy joven cuando el Apóstol ruega a los cristianos de Corinto que lo traten con respeto (Cfr. 1 Cor 16:11), y no debía de tener muchos años cuando recibió la misión de presidir la iglesia de Éfeso (Cfr. 1 Tim 4:12; 2 Tim 2:22).

En esta carta se mencionan algunos pormenores acerca de la actividad de San Pablo de los que no se habla en otros escritos del Nuevo Testamento. En concreto, se dice que el Apóstol dejó a Timoteo en Éfeso cuando marchó a Macedonia (Cfr 1 Tim 1:3), y que confiaba en regresar pronto junto a él (Cfr 1 Tim 3:14; 4:13). No es fácil encajar esas actividades en ninguno de los viajes del Apóstol narrados en Hechos, pues cuando San Pablo partió de Éfeso hacia Macedonia en su tercer viaje no parece que Timoteo se quedara en esa ciudad, sino que acompañó al Apóstol, como se ha señalado. Además, el relato contenido en Hechos de la despedida emotiva de los presbíteros de Éfeso, como si nunca más volvieran a ver a San Pablo (Cfr. Hech 20:25.38), induce a suponer que el Apóstol no iba a regresar nunca a esa ciudad. No obstante, lo que se dice en esta carta mueve a pensar que el Apóstol regresó a Éfeso cuando quedó libre de su prisión en Roma, y que sería en esa ocasión cuando habría que buscar el marco de referencia para esta carta y para la destinada a Tito.

Al margen de esos datos concretos, la carta refleja el ambiente histórico de una comunidad cristiana de origen paulino a la que han llegado predicadores de doctrinas que se apartan del “depósito de la fe” recibida del Apóstol, por lo que se hace imprescindible discernir la sana doctrina de esas corrientes perturbadoras.

Esta carta, así como la segunda a Timoteo y la dirigida a Tito, tienen ciertas diferencias con relación al resto del corpus paulino: el vocabulario y el estilo son peculiares; predomina en su contenido lo moral o práctico frente al tono más teológico de otras cartas; la organización jerárquica y los errores a los que se alude parecen más propios de un periodo algo posterior a la vida del Apóstol; finalmente, existen dificultades a la hora de encuadrar su fecha de composición en la vida de San Pablo. Por ello, algunos han puesto en duda la autenticidad paulina de estas cartas. En cualquier caso, con independencia de que su autor fuera un secretario o un discípulo más o menos cercano a San Pablo, el sentido y la autoridad son del Apóstol.

3.- Enseñanza

El tema central de la Primera Carta a Timoteo es la salvación dispensada por la Iglesia, que prolonga y actualiza la acción salvadora de Cristo. Esta cuestión se desarrolla desde puntos de vista distintos pero complementarios. En primer lugar, desde una perspectiva teológica, en torno al acontecimiento de Cristo, que es núcleo principal y fundamento de la vida cristiana. Pero también, desde un plano más orientado a la práctica, como el ordenamiento de la actividad que desarrollan los miembros de la Iglesia, de acuerdo con la propia vocación y, en particular, la de aquellos a los que se ha encomendado algún ministerio al servicio de la comunidad.

3.1.- Jesucristo y la salvación

La idea básica de las Cartas Pastorales —y que, por tanto, aparece frecuentemente también en ésta— es la salvación: a Dios se le nombra como “el Salvador” (1 Tim 1:1; 2:3; 4:10), que con infinito amor “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2:4).

Este plan divino ha sido manifestado y llevado a cabo por Jesucristo, el único Mediador (1 Tim 2:5), que “vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tim 1:15). La fe en estas verdades es la que conduce a la salvación; esta es pues, la “sana doctrina” (1 Tim 1:10) del Evangelio predicado por San Pablo (Cfr. 1 Tim 1:11.15-16).

Frente a ella siempre late el peligro de las falsas doctrinas que apartan de la fe verdadera a quienes las acogen (Cfr. 1 Tim 1: 3.6; 4: 1-2; 6: 3-5). De hecho, una de las más delicadas cuestiones que hubieron de afrontar las primeras generaciones de cristianos en Éfeso y otras iglesias fue el discernimiento de la fe genuina entre las numerosas interpretaciones particulares que se predicaban entre ellos, impregnadas ya de nociones específicas de las tradiciones judías, ya de elementos propios de la religiosidad helenística que eran ajenos al mensaje cristiano.

3.1.- La Iglesia

El tono cordial y a la vez exigente de la carta testimonia hasta qué punto la Iglesia es una familia, la casa de Dios (1 Tim 3:15), no sólo en la doctrina, sino también en la realidad práctica. Esa Iglesia es “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3:15) y por eso le corresponde conservar el depósito recibido.

De modo especial esa responsabilidad recae sobre aquellos que, como Timoteo, han recibido la gracia del ministerio mediante la imposición de las manos (Cfr. 1 Tim 4:14) para que enseñen a mantener la fe (Cfr. 1 Tim 18-19) y pongan orden en la comunidad cristiana (Cfr. 1 Tim 1:3).

Cuando se escribió esta carta aún no estaba establecida la terminología de los diversos ministerios, ni definidos plenamente los cometidos de los órdenes sagrados en la jerarquía de la Iglesia, como aparecería posteriormente en los escritos de San Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II. En la carta se menciona al “obispo” (epískopos) (1 Tim 3:2) —aquel que estaba al frente de una comunidad particular—, a los “diáconos” (diákonoi) (1 Tim 3:8), a los “presbíteros” o «ancianos» (presb´yteroi) (1 Tim 5:17), e incluso al grupo de las “viudas” (1 Tim 5:9). De acuerdo con el ministerio recibido, cada uno tenía la misión de presidir, ayudar, o enseñar, y siempre, de ofrecer testimonio de vida cristiana coherente.


Nota: La introducción a esta carta está tomada de la Sagrada Biblia, Ed. Eunsa, Navarra.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com
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