A menudo, los ditirambos se me hacen en exceso melindrosos y un tanto impostados, como aquejados de una muy alta dosis de fatal gregarismo o de bobalicón asentimiento; y así, desdeñoso de tales muestras de almibarado proceder, procuro alejarme de su proclamación y abandonar su escritura. Hoy, sin embargo, se me antoja preciso hincar una lanza defensora que, si bien no incurre en los defectos que antes he señalado, sí desea participar de un sincero aliento con un conspicuo compañero de letras —a quien debo, entre otros, que mis muy humildes textos puedan cobijarse a buen resguardo—. Y es que leo con asombro y grandes dosis de preocupación que Monseñor Asenjo, Arzobispo de la Diócesis de Sevilla, ha prohibido al padre Santiago González, a la sazón fundador de Adelante la fe, publicar texto u homilía alguna en cualquier medio escrito o digital, al entender, supongo, que los escritos de éste no se avienen en demasía con la deriva —y el sintagma se me antoja adecuado— que vienen trazando ciertos próceres de la Iglesia católica. Por lo visto, dicha prohibición se ha manifestado de forma verbal —las admoniciones y reprensiones rubricadas acostumbran a ser incómodos y contumaces testimonios, siempre dispuestos a dar buena cuenta de lo que en realidad aconteció—, pero no por ello ha dejado de ser acogida por el joven presbítero sevillano con la encomiable obediencia que alumbra a todo buen servidor, por lo que el sinfín de lectores que acudían a su insigne bitácora sentirán, con su impuesta retirada, una suerte de expolio espiritual, un dolor por el hermano herido que nos reconcome, que nos escarnece, con el que nos condolemos. Supongo, además, que la vis un tanto tradicionalista del joven presbítero sevillano provoca un no demasiado silente rechinar de dientes en aquellos que desean una Iglesia más dúctil —o más dócil— o propenden, hueros de Evangelios, a la comunión con este mundo cochambroso y trastabillado que nos hemos dado, para el que el apegamiento a la doctrina católica se hace en extremo duro y doloroso.

Es por ello que desde que he conocido la noticia no he dejado de plantearme ciertas cuestiones que pudieran elucidar tal resolución y, sin embargo, entenebrecerla, por lo que, aun con las muchas limitaciones con que se enturbian mis muy humildes letras, deseo enumerárselas al amable lector.

Así, creo que es preciso hacer las siguientes preguntas:

¿Es acaso, el padre Santiago González, un heresiarca sin medida? ¿Tal vez un confabulador, ávido de males y conspiraciones? ¿Acaso el malévolo fautor de un contubernio destinado a demoler los sacrosantos cimientos de la Iglesia Católica? ¿Son sus escritos, en suma, una cornucopia de herejías con que el enemigo de la Iglesia se solace sin recato, encantado con tanta abominación?

Bueno, pues tal diría yo que no. Y así, la resolución de Monseñor Asenjo se me hace que responde a otro tipo de cuestiones, quizá más tintadas de un progresismo que en nada se compadece con la Doctrina Católica. Pues, ¿cómo es posible que se consientan las televisivas actuaciones de Sor Lucía Carám, tan temulenta ella de vitriolo y de aspavientos; los corrosivos manifiestos de la hermana Forcades, a la que el aborto se le hace baladí; o esos dibujos abyectos con que se ilustraba la web de Religión digital, birriosa de sustantivo, mientras se castiga con inusitada dureza, en cambio, a un sacerdote que no hace sino educar en la Verdad?

Y es que este secuestro de la verdad al que se somete al conspicuo presbítero y, por ende, a todos sus lectores, no se compadece en demasía con aquello que, en justo cumplimiento de lo explicitado en los Santos Evangelios, debiera ser. Como no se compadece en demasía, tampoco, con esa tan bonancible tolerancia de la que blasonó José María Gil Tamayo, el muy digno portavoz de la Conferencia Episcopal española, cuando, transido por esa solidaridad mentecata que se difundió por el orbe todo, aseguró que los insultantes dibujos del panfleto Charlie Hebdo resultaban ser un muy útil elemento periodístico, de gran valor para la libertad de expresión. En aquel caso, cuanto vituperase al Catolicismo era tenido por muy digno derecho y mirado con conmiseración; en este que nos conturba hoy, sin embargo, quien denuncia a los que ansían deturpar a la Iglesia Católica con las escurrajas guarras del modernismo es preterido o, incluso, castigado con un rigor innatural.

Y, así, como no soy dado a secuestros de la verdad ni a expolios del apoyo espiritual, hoy sí puedo afirmar con total rotundidad: Je suis Santiago González. Mis oraciones, más que nunca, están con él.

Como a modo de coda:

No deseo establecer ciertas ilaciones que, tal vez, pudieran no ser atinadas, pero ahora que termino de perpetrar este artículo no alcanzo a comprender por qué me asalta aquella cita de san Pablo, en su Carta a los Romanos, con la que recrimina cierto fariseísmo: Tú, que enseñas a otro, ¿por qué no te enseñas a ti mismo?

Gervasio López