ADELANTE LA FE

Jesucristo habla al corazón del sacerdote

El que a vosotros oye, a Mi me oye, y el que a vosotros os desprecia a Mi me desprecia (Lc. 10, 16).

Queridos hermanos, Nuestro Señor Jesucristo espera todo de sus sacerdotes porque TODO les ha dado. El sacerdote es siempre sacerdote –Sacerdos in eternum– como eterno es el sacerdote del Señor. No hace distinciones entre sus sacerdotes, de cada uno lo espera TODO. Habla al santo y al más deplorable; el santo ha sabido ser fiel a la gracia, el empedernido pecador se cierra a ella. Mira a todos con igual Amor, quizá a los más alejados con mayor predilección. Es éstos les habla constantemente a su corazón, aunque no quieren escuchar, pero el Señor no se cansa, sigue a la puerta llamando a su sacerdote porque sabe que está en peligro su alma y la de muchos que se acercan a él, está necesitado de la gracia que rechaza. El Señor no le niega nada, no deja de darle TODO. Paciente espera la conversión de su amado sacerdote.

Nuestro Señor habla al corazón del sacerdote de una forma especial, como especial es la relación que tenemos con Él; relación única, singular y sobremanera privilegiada, aunque no exenta de grandísima responsabilidad y de pesada carga. Son muchos los dones que nos ha dado y mucho más lo que nos pedirá el día de la cuenta. Más la carga del sacerdocio es ligera cuando se lleva de la mano del Sumo y Eterno Sacerdote. ¿Cómo? Amándole. ¿Cómo se le ama? Haciendo su santa voluntad. ¿Cómo se hace su santa voluntad? Viviendo en su presencia constantemente. Pero, ¿cómo se vive constantemente en su presencia? Negándose a uno mismo. ¿Cómo se niega a uno mismo? Ejercitándose en ello constantemente, proponiéndoselo, haciendo examen de conciencia a menudo, desconfiando de uno mismo; acudiendo a nuestra Madre del Cielo y  al Santo Patriarca. Y sobre todo, acudiendo al encuentro diario con el Señor en la oración, y  manteniendo vivo el sagrario del alma donde tenemos al Prisionero de Amor con nosotros y así no dejar de mantener nuestra constante relación con Él. El Señor nos quiere espirituales, desprendidos, castos y puros, pobres, es decir, un reflejo de Él mismo.

Muchos no escuchan al Señor porque no echan de ellos el ruido del mundo que les ensordece; el Señor habla de forma distinta a como lo hace el mundo, por lo tanto no podemos esperar oírle como si oyéramos a alguien que nos habla; debemos prepararnos para oírle, debemos adornar nuestra alma para ello, preparar nuestro corazón para no perder lo más mínimo de sus Palabras. Sí, el sacerdote debe prepararse para oír al Señor; debe vestirse de justicia para oír al que es suma  Justicia y Amor. El Señor llama a su sacerdote, pero si éste no está vestido de santidad no podrá oírle. ¡Cuánto se pierde le sacerdote que no escucha al Señor, por preferir la concupiscencia del mundo! Si tuviera la gracia de poder sentir cómo se dirige el Señor a él, aunque fuera unas decimas de segundo, el sacerdote explotaría de alegría, su cambio sería radical; pero el Señor no da estas gracias a quienes no están dispuestos a recibirlas. Pero el sacerdote que en su debilidad aclama al Señor, es correspondido; dándose el Señor en la medida que el sacerdote va correspondiendo a la gracia. El Señor, con amor indecible, espera que sus sacerdotes salgan del lodo del pecado, de la fragilidad del temor y  duda, del peligro de la tibiez, y sean sacerdotes según Su Corazón.

Nuestro Señor no deja de hablar al corazón del sacerdote, y lo hace de forma constante, sin cesar; está llamando una y otra vez a su sacerdote para recordarle lo que es, para fortalecerle en su debilidad, para ilustrarle en su duda, para advertirle seriamente en su pecado. Jesucristo no cambia, no se amolda a nuevos tiempos ni a personas, ni a modas, ni costumbres, porque Él es el que es, y todo lo demás es lo que no es. Lo que no es debe amoldarse al que es, debe sujetarse al que es; debe transformarse según la voluntad del que es. De igual forma el sacerdote no cambia, no se amolda al mundo, ni a las modas, ni a las nuevas tendencias, porque el sacerdote es reflejo del que es por excelencia; por lo cual, el sacerdote es lo que siempre ha sido: la presencia de Cristo en la tierra. Nunca el sacerdote de Jesucristo será uno más, un hombre como los demás; no lo será como no lo es. Quien en sus manos tiene el Cuerpo de Cristo mucho a meditar en ello, mucho a de cuidar vivir su sacerdocio santamente, mucho a de llorar sus pecados, como  ninguno, llorar su tibieza y avergonzarse de su cobardía. No podemos tener el Cuerpo de Cristo en nuestras manos, y pensar que nuestra vida es como la de los demás, ¡Ay de los que así piensan y viven!

El Señor bien conoce a cada uno de sus sacerdotes, los conoce de forma individual, sabe lo que son y lo que pueden  ser, lo que puede esperar de cada de uno; y así, a cada uno exige según sus posibilidades y dones, aunque a todos les exige la santidad, toda la que quedan. Nos quiere santos, nos quiere puros, nos quiere castos, nos quiere desprendidos del mundo y sus atractivos, nos quiere fieles a su Palabra.

Nos quiere Pastores según Su Corazón. Por esta razón no deja de hablarnos constantemente al corazón.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.