ADELANTE LA FE

Jesucristo, vida del alma

Queridos hermanos, las infinitas y abundantísimas gracias que en cada Santo Sacrificio de la Misa fluyen a “borbotones” de las sacratísimas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, rodean y “aprisionan” –si se puede decir esta palabra- a cada alma, atrayéndola, con lazos de Amor infinito, a Su Sagrado Corazón, cuya Preciosísima Sangre se derramó aún cuando dejó de latir Aquel. Este adorable Corazón nunca dejó, ni deja, de entregarse a todas las almas.

Estas gracias, abundantísimas e infinitas, nos atraen a la intimidad del Amor infinito; es la intimidad de Dios y el alma; es el trato particular del Señor con su alma amada en el retiro y la soledad. Es ahí, en el apartamiento del mundo y de su ajetreo,  que el Dios Amor espera comunicar sus deseos a su alma. Es en ese coloquio, único y exclusivo, donde Dios quiere ser su verdadera vida.

Dios lo quiere todo del alma, no sólo una entrega parcial u ocasional. Dios quiere ser Todo en su alma, y no se conforma con menos; y espera que Él lo sea todo para ella. La Obra de Salvación no ha sido más que para rescatar al alma del abismo del pecado y llevarla a Su Seno, a Su unión, a Su trato para transformarla de la fealdad del pecado a la hermosura de la Gracia.

Si el Señor es la vida del alma, entonces el alma ha muerto a todo lo que le impida el señorío de Cristo en ella. Esta “muerte” en ella es camino arduo y difícil para el alma, si no hay un desprendimiento sincero y decidido de todo impedimento a la presencia soberana de Cristo en el alma. Muchas almas no se desprenderán de su mundanidad, y harán que se frustre toda presencia divina en ellas. Pobres almas que no son capaces, por no proponérselo con firmeza, de romper las cadenas, pesadas y dolorosas, del mundo; cadenas que las retienen en el lodazal de lo mundano, y por ello, pecaminoso, impidiéndolas elevarse a las alturas de la Gracia para vivir en plenitud. El alma ofuscada y rendida a los atractivos del  mundo, deseos de la carne y engaños del demonio, vive su vida “arrastrando sus pies” por ese camino pedregoso de la carne, opuesto al camino llano y frondoso del espíritu.

Jesucristo es la verdadera vida del alma; todo Su Sacrificio de Amor infinito es para atraer a sus almas y darse todo en ellas. ¡Y tantas almas andan ciegas! Cuántas sufren e imploran la ayuda divina, pero no abren su vida al Señor para que las gobierne y guie. Temen ofrecerse plenamente, y hasta desconfían; les asusta “lanzarse” al “abismo de Amor infinito” que les espera. ¡No conocen este abismo de Amor!

Desgraciadamente el alma no quiere renunciar a sus vanidades, y con ellas pretende en vano llegar a Dios; vano e inútil esfuerzo, que sólo conduce a la frustración. La angustia en el alma se agudiza más, y la oscuridad lo llena todo en ella. Pero Jesucristo espera, y espera,  a que su alma se decida por Él, sin reservas, en plenitud de desprendimiento y amor.

Nos has creado para Tí.

Nos has creado para ti y nuestro corazón no descansará en paz mientras no repose en ti (San Agustín). ¿Cómo puede el alma hacer suya esta frase de San Agustín? ¿Cómo puede llegar a tal convencimiento? Sólo hay un modo: entrar en contacto con Dios, con Jesucristo, y Éste crucificado, y descubrir hasta qué punto nos ama, y de qué manera nos ama el Padre Celestial. Iniciar la relación personal con Nuestro Señor Jesucristo en la intimidad de la oración; empezar a caminar en el trato íntimo y personal con Él.

Muchas almas se “desilusionan” de  su trato con el Señor, se sienten desanimadas, tienen el convencimiento de que el Señor no las escucha, pues, tantas veces han pedido y no han tenido respuesta alguna. Pero estas almas no saben que el Señor siempre responde, y cuando es necesario, de  forma inmediata; lo triste es que estas almas no saben reconocer las respuestas del Señor; y no las reconocen por no estar habituadas al  trato con Él. El Señor responde a cada alma de forma particular, según su capacidad, y según el trato e intimidad con el Señor. Siempre responde, pero no reconocemos la respuesta. De qué forma tan maravillosa y divina,  el Señor, va “agudizando” el entendimiento del alma, en el trato asiduo de la oración, para que vaya conociendo, y familiarizándose, con Su “habla”  única y excepcional.

Va a ser responsabilidad del alma que el trato íntimo progrese elevándola; todo dependerá del desprendimiento que esté dispuesta a hacer de sí misma, las propias renuncias, de la generosidad de su entrega; pues, sin la menor duda, siempre está en el alma el obstáculo para la relación con el Señor. Cuando el alma es generosa y  desprendida, y con amor, confianza y firmeza se dispone a hacer de Jesucristo la Vida de su vida, entonces es tal la generosidad del Señor que ya el alma empieza “gustar” lo que es la verdadera Vida, que ya no es lo que ella experimentaba.

Desde el momento en que el alma inicia su relación de oración y trato íntimo con el Señor, da lugar a los preámbulos de una futura unión  que no hará más que ir transformándola, en la medida que ella se entregue, y esté dispuesta a renunciar y a sacrificarse.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.
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