El anuncio de un Jubileo de la Misericordia debería ser, en principio, motivo de un inmenso gozo para todo el Pueblo de Dios. En efecto, la Misericordia es una característica esencial del ser y del actuar de Dios, que está presente en toda de la Sagrada Escritura. Desde el Antiguo Testamento, Dios se dio a conocer como Aquel que es «clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad» (Ex 34,6). Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nos manifestó plenamente ese rostro misericordioso del Padre Celestial, por ejemplo en las parábolas de la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo (cf. Lc 15).

A lo largo de los siglos, la Tradición de la Iglesia ha acogido gozosa esa verdad, y la ha comprendido cada vez mejor. En este sentido, son enormemente significativas figuras como las de Santa Teresa del Niño Jesús o Santa Faustina Kowalska –entre tantas otras–, a través de las cuales el Señor nos ha regalado una luz preciosa para profundizar en este misterio riquísimo e inagotable.

Por su parte, el Magisterio de la Iglesia ha acompañado y guiado sabiamente este camino mediante excelentes documentos de extraordinaria altura espiritual y doctrinal, que han posibilitado a los fieles comprender y vivir adecuadamente el don de la Misericordia que Dios nunca deja de ofrecernos. Particularmente, en los últimos tiempos, el Magisterio se ha pronunciado asiduamente en este campo: baste citar como ejemplo las Encíclicas Miserentissimus Redemptor, de Pío XI (1928), Haurietis aquas, de Pío XII (1956), Dives in misericordia, de San Juan Pablo II (1980) y Deus caritas est, de Benedicto XVI (2005).

Sin embargo, aunque es tan evidente que la Iglesia ha acogido plenamente en su Magisterio el don de la Divina Misericordia, la convocatoria del Año Jubilar ha causado en no pocos bastante preocupación. ¿A qué se debe esto? Se debe al hecho de que, a partir del Sínodo sobre la Familia, se ha ido perfilando, cada vez con mayor claridad, una manera de entender la Misericordia de Dios que entra en conflicto con la Verdad Revelada. Se ha creado una contraposición entre Misericordia y Verdad; o, por ser más precisos, entre el don de la Misericordia que Dios nos ofrece y el hecho de que el mismo Dios Misericordioso nos ha revelado una normas morales, los Diez Mandamientos, que son válidas siempre y para todos, en cualquier época, lugar y circunstancia. Se ha creado, por tanto, una contraposición que es ajena al modo de presentar la Misericordia en la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio: la contraposición entre Misericordia y Ley de Dios.

Es preciso señalar –y lo decimos con todo respeto y con pesar–, que algunas de las intervenciones del Papa Francisco parecen dejar abierta la puerta para esa interpretación –sea ésa o no su intención– (1). Así sucede en la Bula Misericordiae vultus, con la que el Papa ha convocado oficialmente el Jubileo, y en la que explica el sentido que quiere dar al Año Santo. Ante esto, se hace imprescindible precisar bien algunos puntos:

Jesús no es legalista, pero enseña inequívocamente que es necesario cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios

magdalenajesusEn la Bula Misericordiae vultus, el Papa se opone a una concepción «legalista» del cristianismo, y ataca a los fariseos y los doctores de la ley que «para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las personas, pero así frustraban la misericordia del Padre» (n. 20). El Papa destaca fuertemente que Jesús es misericordioso, lo cual, además de ser totalmente cierto, es también sumamente hermoso y consolador, sin duda; sin embargo, deja en la penumbra que Jesús es a la vez, de modo innegable, un constante defensor de la necesidad de cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios; de este modo, el Santo Padre favorece –voluntariamente o no– que se establezca la contraposición entre misericordia y ley (2).

Esta insistencia tan reiterada en uno de los aspectos, sin aclarar el otro, genera gran confusión. Ya actualmente son muchos los que niegan la validez inmutable de los Mandamientos divinos. Espoleados por el debate sinodal y apoyándose en las intervenciones del Papa, propugnan que ha llegado la hora de que la Iglesia sea más misericordiosa, que comprenda que hay situaciones personales muy difíciles que no pueden ser juzgadas según una regla general, pues eso supone –dicen– un legalismo intolerable que hace de la Iglesia un juez implacable, más que una madre acogedora y misericordiosa.

Al argumentar así, olvidan que a la hora de entender el lugar que ocupa la Ley en la fe cristiana, es un error inadmisible que no se haga la necesaria distinción entre leyes humanas y puramente eclesiales –que pueden y muchas veces deben cambiar– y leyes de «derecho divino» como las contenidas en el Decálogo –que no pueden cambiar, y que Jesús no abrogó, sino que confirmó con toda determinación–, como enseñaba el Cardenal Ratzinger siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (3).

Si no se hace esa imprescindible distinción se corre el peligro de deformar la enseñanza de Jesús, como si Él se hubiese opuesto a todo tipo de ley. El Señor se opuso al legalismo de los fariseos, que eran rígidos en la exigencia de la estricta observancia de una gran cantidad de leyes humanas, que podían y debían aplicarse en muchos casos con moderación y discernimiento (4). En cambio, Jesús nunca negó la necesidad de observar la Ley divina contenida en el Decálogo; al contrario, la confirmó totalmente. Recordemos, por ejemplo, su diálogo con el joven rico; ante la pregunta de éste sobre qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, el Señor le responde:

«“Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Él le preguntó: “¿Cuáles?”. Jesús le contestó: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo”» (Mt 19,17-19).

Es falsa, por tanto, una imagen de Jesús que, bajo capa de misericordia, hubiese negado la necesidad absoluta de cumplir fielmente los Mandamientos de la Ley de Dios. Es falsa una imagen de Jesús según la cual Él, por su gran misericordia, permitiese a una persona que está en pecado mortal (por ejemplo un divorciado vuelto a casar, que está en situación objetiva de adulterio) que siguiese en ese estado, admitiendo que puede permanecer en esa situación de pecado grave y, al mismo tiempo, estar en comunión con Él y con su enseñanza (es decir, recibirle en la Comunión eucarística). Cuando Jesús perdonó a la mujer adúltera, no dijo: «Sigue viviendo como hasta ahora, que comprendo tu situación personal»; sino que le dijo. «Vete y en adelante no peques más» (Jn 8,11).

En el Sermón de la Montaña, discurso esencial para entender el mensaje de Jesús, Él afirmó: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). Y es precisamente en ese mismo discurso en el que Mateo sitúa la enseñanza del Señor sobre el adulterio. Jesús fue muy claro y «estricto» en ese punto, mucho más que cualquier doctor de la ley de su época, al afirmar:

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna» (Mt 5,27-30).

También al tratar de la posibilidad del divorcio, Jesús fue mucho más estricto que los doctores de la ley. Éstos tenían dos posturas, básicamente: la más «rigorista» afirmaba que sólo en caso de una falta grave era lícito repudiar a la mujer, mientras que la más «laxa» afirmaba que bastaba una falta no tan grave de la mujer para ello. En cambio, ante el asombro de los discípulos –de entonces, y también de muchos de hoy–, Jesús afirma que no es lícito el divorcio en ningún caso:

«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: “Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10, 2-12).

Los escritos del Nuevo Testamento, fieles a la enseñanza de Jesús, también confirman categóricamente la necesidad de observar la Ley divina contenida en el Decálogo. Es cierto, como afirma el Papa en la Bula Misericordiae vultus que el hombre «no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo» (Ga 2,16). Pero eso ha de entenderse –y hubiese sido necesario recordarlo también en la Bula, para evitar mostrar tan solo una parte de la verdad, generando confusión– unido a lo que afirma el apóstol en la misma Carta: «En Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor» (Ga 5,6). Una fe inoperante, que no es vivificada por la obras, concretamente por el cumplimiento de los Mandamientos del Decálogo, es una «fe muerta», como enseña de manera inconfundible la Palabra de Dios:

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: «Id en paz, abrigaos y saciaos», pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,14-17).

En el mismo sentido, afirma la Primera Carta de San Juan:

«En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “Yo le conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe caminar como él caminó» (1 Jn 2, 3-6).

El Magisterio de la Iglesia siempre ha enseñado que es imprescindible cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios

El Magisterio de la Iglesia nos enseña esto mismo con la máxima solemnidad en el Concilio de Trento que, frente a las tesis heréticas de Lutero, afirma la necesidad de la observancia de los Mandamientos de la Ley de Dios.

«Si alguno dijere que el hombre justificado, por perfecto que sea, no está obligado a observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, sino sólo a creer; como si el Evangelio fuese una mera y absoluta promesa de la salvación eterna sin la condición de guardar los mandamientos; sea anatema» (Concilio de Trento, sesión VI, cánones sobre la justificación, 20).

El Concilio Vaticano II, que tantas veces se deforma, utilizándolo como enseña de una reforma de la Iglesia que rompe con todo lo anterior, también confirmó la necesidad de cumplir los Mandamientos:

«Los obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor (…) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación» (Lumen gentium, n. 24).

A su vez, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma:

«Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordial. El Decálogo forma una unidad orgánica en que cada “palabra” o “mandamiento” remite a todo el conjunto. Transgredir un mandamiento es quebrantar toda la ley» (nn. 2078-2079).

La Iglesia no puede prescindir de las enseñanzas de Veritatis splendor y del Catecismo de la Iglesia Católica

El hombre contemporáneo ha venido a negar cada vez más el valor de toda ley moral, considerándola una carga pesada que se opone a su libertad y su felicidad. Esta concepción ha entrado también en muchos sectores de la teología católica, particularmente a través de la «moral de situación», que tiene uno de sus principales defensores en el Cardenal Kasper (5). El Papa Francisco ha hecho varias veces alusión –de nuevo en Misericordiae vultus– al hecho de que la Iglesia no debe poner pesos insoportables sobre la espalda de las personas. Lo cierto es que muchos interpretan esto en el sentido de un apoyo del Papa a las tesis de Kasper: es decir, que la Iglesia no debería insistir en la necesidad de observar los Mandamientos de la Ley de Dios, sino que debería ser más misericordiosa con las personas (por ejemplo, con los divorciados vueltos a casar: la Iglesia debería aplicar el mandamiento de «no cometerás adulterio», tan debatido con motivo del Sínodo de la Familia, de una manera más misericordiosa en ciertos casos particulares, según dicen).

Con la Encíclica Veritatis splendor, San Juan Pablo II vino a iluminar providencialmente todo este campo, mediante un estudio atento de los fundamentos irrenunciables de una verdadera concepción de la teología moral católica. El punto central de la Encíclica –dada «con la autoridad del Sucesor de Pedro» (n. 115)– es el que está en juego en el tema de la Comunión de los divorciados vueltos a casar: la relación entre verdad-libertad-conciencia-ley. Entresacamos algunas enseñanzas del número 84, uno de los más importantes del documento:

«La cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad (…) De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral (…) Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación (…) Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre» (6).

Es imprescindible tener todo esto en cuenta de cara al Sínodo del 2015. Es particularmente importante notar cómo el Papa Francisco tiene el deber de volver a mostrar el valor de la Encíclica Veritatis splendor, cosa que no se ha hecho en ninguno de los documentos publicados hasta ahora  por la Iglesia sobre el Sínodo de la Familia ni tampoco en la Bula Misericordiae vultus, que era una ocasión óptima para ello. Esto resulta del todo sorprendente –quizá deberíamos decir más bien enormemente preocupante– siendo así que las enseñanzas de Veritatis splendor son absolutamente fundamentales para afrontar correctamente los temas más conflictivos que se están tratando (7).

Es imprescindible, para que el Sínodo y el Jubileo de la Misericordia se orienten correctamente, que el Papa, cuando ataca fuertemente las rígidas actitudes legalistas de los fariseos, de tantos «doctores de la ley» también hoy –como ha repetido con frecuencia– deje claro que esto no se puede aplicar a quienes defienden la importancia capital de que la Iglesia no renuncie a las enseñanzas de Veritatis splendor y del Catecismo de la Iglesia Católica. Éste último afirma:

«Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio» (n. 1756; cf. Veritaris splendor, nn. 78-83).

Ninguna autoridad eclesial puede negar la enseñanza de Jesús, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia

Si no se deja claro que la acusación de legalismo no es aplicable a quienes defienden la existencia de actos intrínsecamente malos (entre ellos el adulterio), no se está atacando, en realidad, a los doctores de la ley y a los fariseos, sino al mismo Jesús de Nazaret, que confirmó inequívocamente la obligatoriedad de cumplir la Ley divina contenida en el Decálogo. Y además, quien así argumenta está cargando contra toda la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, como hemos visto; está acusando de legalismo farisaico, en concreto, a San Juan Pablo II y a Benedicto XVI, autores del Catecismo de la Iglesia Católica y de Veritatis splendor.

A veces surgen intensos debates sobre si el Papa Francisco es promotor y partidario de los cambios que se propugnan o si son otros los propulsores y no él. Pienso que ése no debe ser el punto fundamental de la reflexión y el debate. Si el Santo Padre favorece esos cambios o no es algo que se tendrá que manifestar con claridad, inevitablemente, en el espacio de unos meses. Mientras tanto, para no perder un tiempo que puede ser vital, se debe debatir con intensidad, a mi modo de ver, sobre el punto clave: ¿qué aspectos de la doctrina y disciplina de la Iglesia son absolutamente irreformables, de modo que nadie, ni siquiera un Sínodo, un Concilio o el Papa, tienen autoridad para cambiarlos?

Juzgo que se debe afirmar categóricamente que uno de esos aspectos irreformables es el de la obligatoriedad de cumplir los Mandamientos del Decálogo, y, con ello, la existencia de actos intrínsecamente malos, que nunca pueden ser aprobados por la Iglesia, entre los que se cuenta el adulterio:

«La razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos (intrinsece malum): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias (…) La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: “¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios” (1 Co 6, 9-10)» (Veritatis splendor, nn. 80-81).

Si alguna autoridad eclesial, fuere la que fuere, quisiera negar esta verdad con ocasión del Sínodo de la Familia del 2015 y del Jubileo de la Misericordia, todos los miembros de la Iglesia tendríamos la obligación de oponernos a ello con la máxima firmeza. De lo contrario, estaríamos renegando gravísimamente de aspectos esenciales del depositum fidei.

Carlos José González

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Aquellos lectores que estén interesados en profundizar más en el estudio teológico de la cuestión, pueden encontrar una reflexión sobre ello en el estudio:

miradaatentaHacia el Sínodo de la Familia del 2015: Una mirada atenta. ¿La suprema potestad magisterial del Romano Pontífice es ilimitada? (Puede descargarlo aquí en formato PDF)   

 

 

NOTAS

[1] Aunque esta nota se alargue, permítanme los lectores citar, como ejemplo, dos intervenciones del Papa, a fin de que cada uno pueda juzgar por sí mismo si parece objetivo o no afirmar que las palabras del Santo Padre generan confusión:

La primera, en la homilía en Santa Marta el 15 de diciembre de 2014:

«Pío XII nos liberó de aquella cruz tan pesada que era el ayuno eucarístico: Tal vez alguno de ustedes lo recuerdan. Ni siquiera se podía tomar una gota de agua. ¡Ni siquiera! Y para lavarse los dientes, se tenía que hacer sin tragar agua. Yo mismo de muchacho fui a confesarme de haber hecho la comunión, porque creía que una gota de agua había ido dentro. Es verdad ¿o no? Es verdad. Cuando Pío XII cambió la disciplina –“¡Ah, herejía! ¡No! ¡Ha tocado la disciplina de la Iglesia!”– tantos fariseos se escandalizaron. Tantos. Porque Pío XII había hecho como Jesús: ha visto la necesidad de la gente. “Pero pobre gente, ¡con tanto calor!”. Estos sacerdotes que celebraban tres Misas, la última a la una, después de mediodía, en ayunas. La disciplina de la Iglesia. Y estos fariseos eran así  –“nuestra disciplina”– rígidos en la piel, pero como Jesús les dijo, “putrefactos en el corazón”, débiles, débiles hasta la putrefacción. Tenebrosos en el corazón».

Nos parece que es lógico preguntarse: en el contexto eclesial actual, ¿qué punto podría suscitar esta larga reflexión del Papa relacionada con la disciplina, la doctrina y un temor por parte de algunos a algo tan grave como la «herejía» si no es el del acceso a la Comunión de los divorciados vueltos a casar? Si el Papa Francisco no tenía intención de referirse a este punto, pensamos que debería ser más cuidadoso, pues corre el grave riesgo de que se piense –no sin fundamento– que habla con extraordinaria dureza de aquellos que no hacen otra cosa que sostener lo que ha dicho el Magisterio de la Iglesia con enorme autoridad y con tanta reiteración, durante todo el pontificado de sus inmediatos predecesores.

Continuó el Papa su exposición haciendo una contraposición entre la falsa sabiduría de los doctores de la ley –o los teólogos, como ha señalado en otras ocasiones– y la verdadera sabiduría de la gente sencilla, que posee «olfato de la fe»:

«Pero la gente sencilla» –observó el Papa– «no se equivocaba», no obstante las palabras de estos doctores de la ley, «porque la gente sabía, tenía ese olfato de la fe».

Y concluyó su homilía con esta oración:

«Pido al Señor la gracia de que nuestro corazón sea sencillo, luminoso con la verdad que Él nos da,  y así podremos ser amables, perdonador, ser comprensivos con los demás, de corazón amplio con la gente, misericordiosos. Jamás condenar, jamás condenar. Si tú tienes ganas de condenar, condénate a ti mismo, que algún motivo tendrás, ¡eh!».

Es difícil no ver que muchos interpretarían esta homilía en relación con el tema de la Comunión de los divorciados vueltos a casar, de manera que el Papa abre así la puerta para que se establezca una contraposición entre ser misericordioso y pedir la observancia de la ley de «no cometerás adulterio».

La segunda intervención, en la homilía del 17 de marzo, en la Casa Santa Marta. El Papa hizo una reflexión –que está en clara consonancia con pasajes claves de Misericordiae vultus– sobre la curación del paralítico de la piscina de Betesda. En este contexto, afirma que hay miembros de la Iglesia que, como los doctores de la ley, se oponen a la acción misericordiosa de Jesús, porque va en contra de la ley. Pero la aplicación que hace el Papa parece favorecer, de nuevo, la interpretación de que se está refiriendo al tema de la Comunión de los divorciados vueltos a casar. Dijo así el Papa:

«Un hombre –una mujer–  que se siente enfermo en el alma, triste, que ha cometido tantas equivocaciones en la vida, en un determinado momento siente que las aguas se mueven, es el Espíritu Santo que mueve algo, o siente una palabra o… “¡Ah, yo querría ir!”… Y se arma de coraje y va. Y cuántas veces hoy en las comunidades cristianas encuentra las puertas cerradas: “Pero tú no puedes, no, tú no puedes. Te equivocaste aquí y no puedes. Si quieres venir, ven a la Misa el domingo, pero permanece ahí, y no hagas nada más”. Y lo que hace el Espíritu Santo en el corazón de las personas, los cristianos con psicología de  doctores de la ley lo destruyen».

¿A qué otra situación que no sea la de la Comunión de los divorciados vueltos a casar se podría aplicar esto –«tú no puedes, tú no puedes, te equivocaste aquí y no puedes»? ¿No puedes qué? ¿No puedes comulgar? No hay ningún otro tema en el panorama eclesial que parezca justificar una homilía así. O, cuando menos, el Papa se expone claramente a que muchos lo interpreten así. Si la intensa y candente polémica actual estuviese centrada en alguna ley humana-eclesiástica serían más comprensibles estas intervenciones del Santo Padre. Pero la discusión versa sobre la Ley divina contenida en el Decálogo: todos discuten sobre eso y nadie sobre ningún otro punto . He ahí la cuestión.

Por ello, estas intervenciones del Santo Padre, crean mucha confusión, pues favorecen que muchos establezcan la contraposición entre ser misericordioso y pedir la observancia de la Ley de Dios contenida en el Decálogo. Como explicamos en el cuerpo del artículo, es fundamental distinguir entre leyes humanas o puramente eclesiales, que pueden ser modificables, y leyes de «derecho divino», que no son modificables en ningún caso.

[2] Pienso que algunas expresiones de Misericrodiae vultus favorecen esa desacertada contraposición entre misericordia y Ley. Por ejemplo, éstas que se hallan en el número 20: «Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley (…) va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia».

[3] Decía así el Cardenal Ratzinger: «La epikeia y la aequitas canonica tienen gran importancia en el ámbito de las normas humanas y puramente eclesiales, pero no pueden ser aplicadas en el ámbito de las normas sobre las que la Iglesia no posee ningún poder discrecional. La indisolubilidad del matrimonio es una de estas normas, que se remonta al Señor mismo y, por tanto, son designadas como normas de «derecho divino». La Iglesia no puede ni siquiera aprobar prácticas pastorales –por ejemplo, en la pastoral de los sacramentos– que contradigan el claro mandamiento del Señor» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Ed. Palabra, pp. 30-31).

[4] En el diálogo entre Jesús y los fariseos contenido en el capítulo 15 del Evangelio según San Mateo podemos ver clarísimamente como Jesús se opone a la observancia escrupulosa de sus tradiciones humanas; pero, a continuación, confirma firmemente la maldad de los pecados contra la Ley de Dios contenida en el Decálogo: pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias:

«Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?”. Él les respondió: “¿Por qué quebrantáis vosotros el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición? Pues Dios dijo: ‘Honra al padre y a la madre’ y ‘El que maldiga al padre o a la madre es reo de muerte’. Pero vosotros decís: “Si uno dice al padre o a la madre: ‘Los bienes con que podría ayudarte son ofrenda sagrada’, ya no tiene que honrar a su padre o a su madre”. Y así invalidáis el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición. Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, diciendo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos” (…) ¿No comprendéis que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y se expulsa en la letrina?, pero lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre, porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias. Estas cosas son las que hacen impuro al hombre. Pero el comer sin lavarse las manos no hace impuro al hombre”» (Mt 15,1-20).

[5] Por ejemplo, en la ponencia que impartió a los Cardenales a petición del Papa Francisco, en febrero de 2014, el Cardenal Kasper defendió tesis propias de la moral de situación. Hemos analizado este aspecto en nuestro estudio, Hacia el Sínodo de la Familia del 2015: Una mirada atenta, pp. 15-20. Entre otras cosas, el Cardenal alemán argumenta cómo la Iglesia impone cargas pesadas a los fieles por su legalismo: «Un segundo paso, en el seno de la Iglesia, consiste en una renovada espiritualidad pastoral, que se despide de una avara consideración legalista y de un rigorismo no cristiano que carga a las personas con pesos insoportables, que nosotros clérigos no queremos llevar y que ni siquiera sabríamos llevar». No se puede negar que hay afirmaciones del Papa Francisco que se asemejan muchísimo a éstas.

[6] Es también particularmente luminoso el número 104 de Veritatis splendor, que extrae una conclusión que es imprescindible recordar de cara al Sínodo del 2015:

«En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor».

[7] Recordemos de nuevo que la Encíclica Veritatis splendor es un documento magisterial de enorme autoridad. Se trata de una Carta Encíclica de carácter doctrinal, dada «con la autoridad del Sucesor de Pedro». No en vano, el Cardenal Ratzinger afirmaba que esta encíclica era la más importante del Pontificado de San Juan Pablo II. Nadie en la Iglesia tiene autoridad para prescindir, sin más, de un documento del Magisterio de tan alto rango (cf. Hacia el Sínodo de la Familia del 2015: Una mirada atenta, pp. 63-65).