Finalmente (diciembre de 2018), Edizioni Effedieffe han traducido y publicado íntegramente en lengua italiana De la Cábala al Progresismo de don Julio Meinvielle (Buenos Aires, †2 de agosto de 1973), “obrero militante y combativo de la Ciudad de Dios”, como era comúnmente llamado en Argentina.

En el libro, el Autor demuestra que la Historia humana está compuesta sustancialmente de dos corrientes de pensamiento, a las cuales las demás son reconducibles como mutaciones accidentales. La primera es la Tradición católica, revelada por Dios a Adán, a los Patriarcas y a Moisés, conservada y transmitida por la antigua Sinagoga mosaica (verdadera Iglesia de Dios del Antiguo Testamento) y denominada también Cábala verdadera por no haber sido pervertida por los Rabinos y por los Fariseos. La segunda es la Cábala falsa y espuria o Gnosis, que tiene su origen en la Cábala verdadera y pura (o Tradición católica) y fue seguidamente pervertida por la malicia del hombre tentado por Lucifer; el “Non serviam” y el “Eritis sicut dii” constituyen, en efecto, el corazón de la Gnosis o Cábala espuria.

El origen de los errores antiguos y modernos se encuentra en la falsa Cábala, la cual ha influenciado – como demuestra Meinvielle – además de al Fariseísmo, a la entera filosofía moderna (de Descartes en adelante) y también a muchos de los teólogos progresistas que participaron en el Concilio Vaticano II (Rahner, Küng, Congar, Chenu, Daniélou, de Lubac, Von Balthasar, Schillebeeckx…).

La Tradición católica se funda en el ser, en aquello que es inmutable, en el acto. La Cábala spuria, en cambio, se basa en el devenir, en el cambio, en la evolución y en el mito del progreso hasta el infinito: Dios mismo, por ello, no es, sino que se hace o deviene. De aquí nace la oposición “per diametrum” de dos modos de vida: el católico, que es contemplativo, por el cual el hombre, por medio de la inteligencia y la voluntad intenta conocer y amar a Dios, y el cabalístico-gnóstico, que es sobre todo mágico, práctico y técnico. El mundo actual, casi completamente cabalizado, ha hecho al hombre esclavo y “mecánico”, dirigido sólo a actuar, a hacer, a afanarse por producir, y completamente incapaz de contemplar con amor al Acto puro (que, además, como nos recuerda Nuestro Señor en el Evangelio, es “lo único necesario”, a lo cual debe subordinarse toda actividad práctica, que, si bien no debe despreciarse, no debe ni siquiera tener el primado en la jerarquía de los valores de la vida humana).

Con la Cábala spuria (rabínico-farisaica) la creatura (como ya Lucifer) tiene la presunción de hacerse semejante a Dios con su propio esfuerzo y mediante una técnica intelectual (gnosis). No es Dios el que salva gratuitamente, por pura misericordia suya, sino que es el hombre el que es el perfeccionamiento y el punto omega hacia el cual “dios” tiende panteístamente.

La Cábala spuria se basa en las tres concupiscencias: el amor desordenado de los placeres sensibles, de los bienes perecederos y materiales, y de sí mismos. La Tradición católica, en cambio, se funda en el espíritu de los Consejos evangélicos: amor del sufrimiento, desapego de los bienes de este mundo y desprecio de sí mismos, aceptando los propios límites para ser elevados por Dios a participar de su vida íntima y divina de manera infinita, como conviene a una creatura, mediante la gracia santificante, que es “semen gloriae et incohatio vitae aeternae” (Santo Tomás de Aquino).

San Agustín nos enseña que “La Ciudad de Satanás está formada por aquellos que se aman a sí mismos hasta el punto de despreciar a Dios; la Ciudad de Dios, por el contrario, por aquellos que, por amor a Dios, se desprecian a sí mismos”. Nos toca a nosotros tomar la decisión: ¿de qué ciudad queremos formar parte? ¿Qué Tradición queremos seguir, la luciferina o la cristiana?

Dios, por medio de la Revelación, ha transmitido a la humanidad, desde el primer hombre, la Verdad sobre los misterios de su vida íntima (cfr. Suma Teológica, II-II, q. 2, a. 7). Sin embargo, la Revelación oral primordial comunicada por Dios a Adán fue deformada y falsificada por la rebelión y por la malicia del hombre. Desgraciadamente de la Tradición oral judía, bajo la instigación del espíritu del mal, tomó origen una Tradición espuria, la gnóstico-cabalista. Se parte de un “dios” indeterminado que contiene en sí los contrarios (…mal y bien…), que se convierte en mundo y hombre. El hombre, en la concepción gnóstico-cabalista, sería el culmen del proceso emanativo del universo.

Adán recibió la Revelación de los Misterios de Dios mismo, como afirma Santo Tomás: “… En el principio, Dios hablaba con los primeros hombres del mismo modo como habla con los Ángeles…” (Suma Teológica, II-II, q. 2, a. 7). Antes del Pecado Original, Adán tuvo conocimiento explícito de la Encarnación del Verbo y de la Santísima Trinidad (cfr. S. T., II-II, q. 2, a. 7); con él, por tanto, comienza la verdadera Tradición, que propone al hombre las verdades naturales y sobrenaturales necesarias para la salvación. Esta Tradición fue comunicada al hombre en tres diversas “economías”: 1ª) Tradición primordial (Adán); 2ª) Tradición oral escrita o Ley mosaica (Moisés, 1280 a. C.); 3ª) Tradición evangélica o Ley nueva.

A ellas corresponden tres “contra-economías”: a) Cábala primera o luciferina y Cábala primordial o adámica post-peccatum; b) Cábala oral farisaica (175, a. C.); c) Tradición escrita anti-mosaico-cristiana (Talmud, siglos III y V d. C.).

El pueblo elegido una vez, poseía, por ello, antes aún de la Ley escrita de Moisés (1280 a. C), una Tradición primordial oral, que fue más tarde confiada a un cuerpo especial de 70 doctores, puestos bajo la autoridad suprema de Moisés y de sus sucesores (los Sumos Sacerdotes).

La Tradición de la Sinagoga antigua y verdadera se dividía en dos ramas: el Talmud (todavía no corrompido), que – como una especie de teología moral –, fijando el significado de la Ley escrita, definía lo que era permitido, obligatorio o ilícito, y la Cábala (todavía no corrompida), que constituía la enseñanza dogmática y mística y trataba de la naturaleza de Dios, de sus atributos y que, como teología especulativa y dogmática de la Antigua Ley, pasando oralmente de generación en generación, daba el significado espiritual de lo que Moisés habría después puesto por escrito.

La Cábala es una ciencia “acroamática” o esotérica, adjetivo que califica a toda ciencia secreta de los antiguos, que se enseñaba sólo a los iniciados. El adjetivo opuesto es exotérico: fuera de, público, no secreto. El adjetivo “acroamático” o esotérico designa, por ello, toda ciencia misteriosa que es necesario explicar de viva voz y que no se puede aprender en los libros.

La esclavitud del pueblo elegido en Egipto (1300 a. C.) y la esclavitud en Babilonia (alrededor del 586 a. C.) provocaron, en el seno de Israel, una inmensa perturbación y la Tradición cabalista ortodoxa acabó cayendo en el olvido. Más tarde, cuando se cumplió el tiempo, la culpabilidad de los doctores de la Sinagoga consistió en el celoso cuidado que tuvieron de ocultar al pueblo la llave de la ciencia o la exposición tradicional de los Libros sagrados, por la cual Israel habría reconocido al Mesías.

Hacia los últimos tiempos de Jerusalén (150 – 100 a. C.) el culto fue invadido por el Fariseísmo. La atención de los doctores se dirigió, por lo tanto, a la teología talmúdica. La Tradición talmúdica, desnaturalizada entonces en su parte esencial, recibió la impura mezcla de las fantasías rabínicas.

He aquí resumida la naturaleza y la importancia capital del presente libro, que recomiendo vivamente a vuestra lectura y a vuestro estudio profundizado para comprender cuál es la verdadera naturaleza y la raíz de los errores y de los males que nos circundan para poder preservarnos de ellos.

B. B.

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

SÍ SÍ NO NO
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