La auténtica conversión es el desprecio al pecado.

Queridos hermanos, la auténtica conversión a Dios, Uno y Trino, sólo puede tener lugar cuando el alma siente verdadero horror por el pecado en su propia vida al comprender lo que el mismo Dios ha hecho por ella. Cuando el alma entiende en toda su profundidad y gravedad el significado de la muerte redentora y expiatoria de Nuestro Señor Jesucristo en la Santa Cruz, que ha sido por sus propios pecados; cuando el alma es capaz, aunque sólo sea  una intuición, de llegar a comprender el dolor físico inaudito que Jesucristo soportó para expiar los pecados, y qué decir el dolor espiritual por las perdidas eternas de tantas almas, sólo entonces se producirá en ella la auténtica conversión.

Convertirse es renunciar al pecado con todas las fuerzas del alma. Es la firme decisión  no volver a pecar en lo que resta de vida; es no querer ofender a Dios en lo más mínimo; es estar dispuesto a todo antes que volver a pecar.

Únicamente experimentaremos el amor de  Dios cuando meditando en el Calvario podamos entender hasta dónde Dios nos amó para que no perdiéramos el alma por el mal uso de nuestra libertad. El amor de Dios sólo lo experimentaremos desde del Santa Cruz; sólo alzando la cabeza hacia Él y contemplando su cuerpo flagelado y ensangrentado, viendo en cada herida las huellas de nuestros pecados, sólo entonces nos asombraremos del amor infinito de Dios.

La predicación de Nuestro Señor se centró en anunciar el Reino de Dios, la conversión a Él, que es el camino, la verdad y la vida. Quien no come  mi cuerpo y bebe mi sangre… les dijo a los atónitos judíos, y duros de corazón; y en el perdón de los pecados, vete y no peques más.

Nadie puede decir que ha experimentado el amor de Dios y vivir en pecado, sin renunciar a Él. Nadie puede permanecer en el pecado cuando se ha encontrado con Jesucristo crucificado; es tan imposible como que el sol no se ponga por la tarde y no salga por la mañana. Contemplar a Cristo crucificado, sentir su agónica respiración, cruzar nuestra mirada con la suya, detenerse en cada una de sus terribles llagas de su cuerpo, todo y más, produce tal impresión en el alma que sólo la mera idea de volver a pecar o de permanecer en la vida de pecado que lleva, le produce tal angustia que no podría literalmente vivir.

Queridos hermanos, insisto, nadie que se ha encontrado verdaderamente con el Amor de Dios puede desear volver a pecar.

 En el Calvario el Señor nos dice lo que espera de cada uno.

En la Santa Cruz, en la Santa Misa, el Señor nos revela todo lo quiere de nosotros. Es Su despedida. Es Su Testamento para cada uno de nosotros. Nos mira por última vez y nos dice lo que necesitamos y lo que espera de nosotros.

No fantaseamos si lo que ponemos a continuación puede ser verdaderamente un diálogo del Señor con el alma. Mira, hijo, hasta dónde he llegado para que no peques más. Contémplame y dime si quieres volver a pecar, si quieres seguir en tu vida pecaminosa. ¿No te basta lo que he hecho por ti, no te es suficiente que todo un Dios muera crucificado para que no peques más? No te escudes en que te han dicho tus pastores de que Dios te quiere con la vida que llevas. Actúan como asalariados.   Mírame y piensa si de verdad te quiero en la situación en que estás de pecado. Contémplame  en la Cruz y óyeme,  y encontrarás la verdad para tu vida y la  salvación de tu alma.

El Señor nos advierte de la presencia del maligno; estuvo rondando a la Santa Cruz. Nos lo dice: ahí está, a tu lado; pero no has de tener miedo si estás conmigo. Nos lo dice y nos advierte en el Santo Sacrificio.

Es una gran tragedia para el alma pensar en que no existe el demonio, ni  la condenación eterna

¿Dios es demasiado bueno, no puede castigar eternamente?

¡No pocos así piensan! Y bajo este falso  pretexto prefieren servir a sus pasiones e inclinaciones concupiscentes antes de renunciar a sí mismos y seguir al Señor. Pero nada es más contrario a la  verdad y doctrina de nuestra Madre Iglesia. El castigo eterno no es contrario a la Bondad de Dios. Dios todo lo ha creado por amor; ha hecho al hombre a su divina semejanza y colmado de dones, y le ha pedido fidelidad al amor divino. ¿Puede Dios permanecer indiferente ante la rebeldía del hombre, como si fuera un ser privado de amor y sentimientos?

Creemos en la Justicia divina porque creemos en las ternuras de su Sagrado Corazón. Nos es Dios quien condena y atormenta, son los mismo réprobos los que no queriendo arrojarse a las llamas del eterno Amor, se precipitan en las de las Justicia eterna.

Sólo un alma verdaderamente convertida renuncia explícitamente a las seducciones del demonio, coge su cruz y sigue al Maestro camino del Calvario; glorificando a Dios por el conjunto infinito de sus perfecciones, por su justicia, por su poder y santidad, por su misericordia y Amor infinito. El Amor que crea, que da, que perdona, que vivifica. El Amos que manda, que reprende, que castiga.

Ave María Purísima.

 Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.