La batalla del tradicionalismo

Un mito moderno es el de la autoestima y el voluntarismo, eso de que por “tener fe” y convencerme de que “me lo merezco”, lo que busco se hará realidad. “Busca tus sueños”, “haz tu vocación”, “escucha tu corazón”,  toda esa serie de frases hechas que han llevado a que muchos jóvenes se estrellen contra las paredes en el convencimiento de que pueden atravesarlas. El cristianismo desde San Agustín enseñó el desprecio de sí mismo y si había una tripa desconfiable, esa era nuestro corazón. Pero sabemos que algo de verdad esconde la farsa de la autoayuda, pues el menosprecio de uno mismo y la falta de confianza nos vuelven pusilánimes.

Jean Paul Sartre trató de salvar la aporía mediante un “menosprecio extraordinario”, le enseñó a toda una generación a solazarse en ser una mérde, un traidor y un perverso, pero de antología, muy a la francesa. Con un dejo de sentido cristiano entendió que no podíamos ser buenos porque sería la aceptación de una subordinación a la idea de una naturaleza y, por tanto, una afirmación sobre la existencia de Dios;  que sólo podríamos ser nosotros mismos en el mal, mal en que debíamos hundirnos concienzudamente y con estilo. Digamos que invirtió la paradoja franciscana de una humildad grandiosa, por una soberbia indignante.

El asunto es que una disposición y un anhelo de grandeza es un componente imprescindible para la salvación (al rezar pedimos “el deseo del cielo”), pero también lo requiere un destino terreno decente. Destino que no suele resultar como nosotros queremos en nuestra ambición un tanto pueril, sino que suele ser premiado por un resultado más duro y tardo de lo que queríamos, pero más grande y profundo de lo que esperábamos o imaginábamos.

Una visión realista de lo que somos y de lo que nos entorna, con todas las deficiencias propias,  no necesariamente debe estar privado de un deseo de ser magnánimos dentro de ellas. La gran puerilidad de nuestros deseos es el recibir el reconocimiento de los hombres, sentir el “grito de la hinchada” (gusto que se dio Barrabás; a A Cristo le tocó el “¡Tolle, tolle!”). 

Entendemos que la resignación a lo poco que somos es un componente necesario para pisar en terreno firme y que la cabeza no se nos vuele,  pero también la grandeza de lo que estamos llamados a ser es parte de esta tierra firme que debemos pisar, siempre que conservemos la magnitud de la deuda que se contrae para ello. Es cierto que muchas veces sentimos que nuestra ordinaria vida, que supo concebir sueños más grandes, se muere de tedio en esta barraca de polvo y quietud en la que nos han arrinconado. Somos uno más en un hormiguero que se agita en la mecánica monotonía de la repetición, que al final no es otra cosa que agitación para ir a ningún lado. Una olla que bulle y no cuece nada. No hemos escrito con nuestra vida una página de gloria, ni de honor, ni de heroísmo, ni de dramático amor. Hemos renunciado de los sueños y nos ajustamos a este modo de ser de las cosas para evitar el dolor del fracaso y del rechazo. Ya el mundo y su historia no sólo ha dejado de ser una aventura que nos espera para dar la nota especial que creímos poder dar, sino que terminamos siendo cultores de la situación de hecho que nos estrecha, del “fait accomplié”, en el que tratamos de sostener el auto aprecio con aquello de  nuestra partecita de anónima abeja; pero no nos engañamos, sabemos que el noble insecto pudo o no pudo ser sin que existiera diferencia alguna.

Renunciar a la grandeza acarrea la maldición de la chatura auto aceptada. A pesar de todas las promesas de placer y diversión que vierten los mass media, pasado el instante, el hombre moderno muere de tedio y sinsentido en una vida que se hace medianamente confortable más por anestesiada que por abundante,  y de la que sólo puede ser salvado por la gracia de la desgracia, situaciones, estas dos, que como suelen ir juntas   pueden ser bastante bien evitadas si logramos sortear la experiencia del amor profundo que en ambos casos es su origen. El amor verdadero es la  trampa cordial que este mundo está aprendiendo a evitar.    

La gran usina publicitaria, luego de mostrarnos hasta el hartazgo en sus películas que todo esfuerzo por imponer un orden político y moral (asunto que motorizó a los hombres en toda la historia anterior y por los cuales se entregaba la vida) termina en algún horrible “holocausto”; desde Roma hasta los grandes movimientos del siglo XX, pasando, por supuesto, por el oscurantismo de la religión medieval que es la que con su aspiración “católica”, heredada de la romanidad (para peor, ahora privada de ecumenismo y elevada a religión “única”) ha inspirado todos los intentos de imponer tiránicamente un “pensamiento único”;  canta las loas de las empresas triviales y absurdas en pos de satisfacer las mejores intenciones de aquellos que no han podido ser totalmente “convertidos” al egoísmo de la vida de consumo (el american way of life),  como las del medio ambiente, el cambio climático, la no discriminación, la gestión de los residuos y aún la muy “cristinga”  defensa de la vida; donde enrola esas pobres almas que han logrado concebir el altruismo y la filantropía como últimos valores que justifican el riesgo de ser.

Las gentes han sido imbecilizadas y han dejado de pensar en un orden social por los graves peligros que ello implica, al punto de que sólo pensarlos los hace pasibles de imputaciones penales. No hace mucho habían dejado solamente de opinar, por consejo del “bon gout” liberal, inglés y masón; el que nos aconseja no importunar a los demás en las cenas con temas controvertidos y usar Frac en los casamientos. Pero la inteligencia y la fe sólo sobreviven si son expresadas a viva voz y mejor aún si al hacerlo corremos un riesgo.

El hombre puesto al servicio de sí mismo o al de una filantropía intrascendente, no es más que un sobreviviente o un servidor de la supervivencia y no existe degradación más aguda de la condición humana que la de tener como valor supremo la vida. Es completamente absurdo y desnaturalizante tener ese valor cuando se es, justamente y por definición: “un mortal”. Es la más grande estafa del siglo poner como valor supremo aquello que sabemos con toda certeza que nos será quitado, que es de una fragilidad alarmante no sólo en cuanto vida biológica, sino de vida que valga la pena vivir con cierta felicidad o con honor; fragilidad del ideal que al no poder sortearla nos pondrá en guardia contra todo y contra todos, matando la convivencia. Y me atrevo a decir que esta desnaturalización de la muerte, o de la vida que conlleva la muerte, es la razón de las inexplicables expresiones antinaturales en las conductas de estos seres sobrevivientes; pues si hay un conjuro contra la muerte, si hay un pacto fáustico contra ella, pasa por negar la naturaleza. Si puedo hacer de un varón una mujer, pues hay esperanzas de hacerme inmortal (esto, así, no lo dijo Harari, pero es la conclusión de su mercenario capirote existencial-intelectual).

No hay animal más cruel e innoble que el que responde al instinto de conservación (el “noble bruto” se entrega hasta la muerte), siendo que por otra parte, no hay ser más previsible y manipulable que este. Sin entrar en un conspiracionismo, no es muy difícil ver que el experimento social de la pandemia covid19 fue un apabullante acelerador de la mentalidad de “sobreviviente”, absolutamente necesario para vaciar las mentes de todo valor que no sea la propia vida corporal, como en los campos de concentración. “La cuarentena es una modalidad viral del campo de internamiento, en el que impera la pura supervivencia… de buena gana sacrificamos a la supervivencia todo lo que hace a la vida digna de ser vivida…  pero acá…  el régimen despótico es la “ideología de la salud”… Hasta los sacerdotes guardan distancia social y llevan mascarillas protectoras. Sacrifican completamente la fe a la supervivencia… La virología derroca a la teología… En vista del virus la fe degenera en farsa.” (La sociedad paliativa. Byung-Chul Han. Herder)       

El héroe actual debe por sobre todas las cosas sobrevivir (el que murió, perdió, muere el malo) y en todo caso el sacrificio debe ser corto y la salud devuelta rápidamente.  Hollywood nos vende soldados heroicos de una semana y luego la vuelta a casa. Nada de las penurias de un Alvar Nuñez atravesando sólo la América durante diez años. Ya no hay amores eternos, ni vocaciones religiosas a perpetuidad.  Nada amerita un esfuerzo muy largo, todo esfuerzo debe culminar en un premio. (Volviendo a la curiosidad del Frac, es una vestimenta diseñada para llevar medallas que cuelgan de una cinta, replicando la V (corta) de la cinta con la V invertida de la cola. Me da cierta risa ver a ordinarios burgueses entregando la nena ataviados como para recibir el premio Nobel. Yo siempre propuse el chiripá con botas de potro, faja pampa con facón cruzado de vaina picaza, torera de batán y sombrero panza de burro, ¡pero les parecía ridículo! ¡¿No entiendo por qué más que aquello?!).    

Todas las batallas, los odios y los amores son por un rato, ese corto lapso que dura nuestra menguada fuerza. Nada que posponga el gozo para muy tarde ni alargue el sacrificio hasta lo insoportable.   Aún los mejores no resisten, ni creen que pueda exigirse el resistir un esfuerzo de largo aliento.  Mucho menos un esfuerzo generacional o peor aún, histórico. De toda la historia. Y es por esto que la lucha esencial de nuestras vidas, la lucha del bien contra el mal, no puede ser comprendida ni aceptada. Se le exigen “tramos”, tramos acotados de lucha y tiempos de festejo, tiempos de tregua, tiempos de acuerdos. Si el mal nunca se acaba y es tan extenso, estamos perdidos. Hay que hacerse a la idea de que gran parte de él no es tan malo como para no poder tomarse vacaciones. El mismo Diablo debe descansar en algún momento. Si el mundo en el que vivimos está tan impregnado de malicia, malicia con prisa y sin tregua, ¡no vale la pena vivir!

Hay que estar loco para decir como Simone Weil: “No puedes haber nacido en un tiempo mejor que este, donde todo está perdido”, donde toda empresa política ha sido reducida a la mala solución de trivialidades que nunca verán cortadas sus causas, que renacerán y lo tendrán ocupado en un círculo vicioso de estupideces; impedido el hombre, no digo de “enfrentar”, sino de “simplemente repensar” un sistema maligno que se impone como la única manera de “acabar con los enfrentamientos”. Acabar gracias a la coincidencia y complicidad en el mal; en un poquito de mal, o en un mucho de mal. Donde la misma religión se ha encolumnado tras este ideal masónico y filantrópico, totalmente falso, que no ha hecho desaparecer ni los problemas, ni los enfrentamientos, ni los pecados; sino que los ha hecho a unos más triviales e insolubles, a los otros más absurdos e inconducentes y a los pecados más bajos y obscenos. La suerte de que todo lo accesorio esté perdido, es la suerte de estar abocados sólo a lo esencial.  “¿Los yunques y crisoles de tu alma – trabajan para el polvo y para el viento?” (Alfredo Bufano)

Sólo queda el Tradicionalismo Católico. La única empresa que exige este tipo de espíritu de grandeza. Porque implica tomar partido en una batalla que viene desde el fondo de la historia, que excede con mucho nuestro momento y de la que muy probablemente no veremos el final. Cuyo destino final de grandeza no alcanzamos a abarcar del todo, pero que tiene mucho que ver con hombres que creen que han nacido para el cielo. Que sólo puede enfrentarse desafiando la chatura y la puerilidad de ser pagados con el grito de la hinchada, soportando el desprecio y el olvido.

La historia no es una carrera de obstáculos que hay que sortear y de cuyo esfuerzo podemos descansar en cada rellano. Es una batalla permanente contra un mismo obstáculo que no da tregua ni vacaciones, que no hace acuerdos, ni permite festejos. Más probable la derrota la encontraremos en las treguas, las vacaciones, los acuerdos y los festejos. Un obstáculo que se disfraza de situaciones nuevas pero que es siempre el mismo. Que se solapa o se descubre según las fuerzas que enfrenta. Que se hace público o privado. Que se hace súcubo o íncubo.

Ese mal que permanece siempre el mismo pero que no es por su virtud, ni porque él tenga  esa consistencia y esa tenacidad, sino que lo es porque su Enemigo es Eterno y a él no le han dado la posibilidad de morir o ser arrojado todavía al olvido del infierno. Y esta idea, difícil de entender, es la que tienen bien presente nuestros enemigos que no se equivocan al señalarnos como la causa de todo disenso (de toda “grieta” se dice ahora). La gran piedra de escándalo es Cristo, la razón de todos los enfrentamientos es Dios. Sin Él el mundo descansaría librado a la pendiente de su perdición; las rencillas – ya liberadas de una causa profunda, tanto la de coronar a Cristo como la de matarlo – con el “olvido de Dios” serían solo malignas y asquerosas trivialidades (¿no lo están notando?). No habría millones de asesinados por una idea de orden social que, por más erróneo que fuera, llevaría cierto componente de sacrificio que mal que mal, en algo redime; sino que ahora serían miles de millones las víctimas por el sólo placer de poder fornicar evitando la naturaleza y ahorrar para un viaje a fin de año o cambiar el modelo del móvil. El mal se libraría hasta de Sartre y su propuesta de pecar en grande; bajaría suavemente al infierno por los vericuetos del tubo digestivo del Diablo, en la tibia comodidad de un bolo fecal que demora su expulsión a la gran letrina. Nuestra voluntad de combatir por el bien no sólo protege el destino sobrenatural de los electos, sino que le aporta al más cruel enemigo una fisonomía todavía humana y por ello redimible.

Hoy existe un tradicionalismo que, negándose a sí mismo,  pretende un desenlace, una tregua, un acuerdo. Que piensa que ya no se puede aguantar más, que este asunto no puede ser tan largo, que es necesario cerrar un ciclo y comenzar otro, que es necesario receptar una situación de hecho que se ha hecho inamovible y luchar por el resto (llámese democracia en el ámbito político o “parte” de la reforma conciliar en el religioso). Que quiere vacaciones. Que ya son muchos los caídos. Que no podemos eternizar la misma postura. Que esto nos aísla y nos deja solos.

Pero nada puede cambiar la persistencia de Dios ni la obstinación del Demonio, la una por efecto de Su perfección y la otra por causa de su condena. Lo que puede cambiar en el Demonio es la estrategia. Lo que puede es hacernos creer que nos da tregua.  Lo que puede es hacernos creer que estamos pidiendo mucho. Lo que puede es embobarnos o acobardarnos. Embobarnos no dejándonos ver la profundidad del mal que se ha instalado;  o acobardándonos pensando que todo está perdido, cuando todo está ganado. Cristo ya ganó y a nosotros nos toca compartir su victoria, pero también, y primero,  su calvario.

Pero no es una batalla contra el mal, sino por el bien. El tradicionalismo es una batalla sin cuartel desde los primeros apóstoles hasta el último de los elegidos  por la supervivencia de la Verdad en el alma de los fieles, de Toda La Verdad, íntegra. Su sueño y su anhelo es librar esa batalla. Su autoestima es saberse capaz de dar esa batalla porque le basta la Gracia. Su fe es saber segura la gloria. Su honor es continuar el esfuerzo de los siglos. Ser camarada de todas las campañas heroicas, verídicas e íntegras, y ajenos a las defensas de las medias tintas.

El Papa actual ha producido en sus maneras un doble efecto. Por una parte, es tan evidente su contradicción y tan profunda su negación, que nos promueve a quedarnos más o menos tranquilos con las anteriores puestas conciliares, llevándonos a la aceptación de gran parte del mal. Son sus formas tan repugnantes que nos hace camaradas hoy de nuestros enemigos de ayer. Nos hace creer que el no ir para más mal es volver hacia el bien; caprichos de la relatividad del mal que nos produce el espejismo de los movimientos.

Por otra parte toda su coprolalia nos distrae. El problema no está en la forma que toma el mal, ni la solución que podemos concebir contra él, sino en la eternidad inmóvil del bien. En el punto fijo. Es el bien la medida de nuestra acción y no el mal, que sólo inspira la reacción. La reacción, por más buena y certera que sea,  es sólo un bando histórico. Su cálculo es efímero. Tenemos “grandes apologetas” de nuestra religión, críticos de Francisco,  que prescinden (y hasta reniegan) de la dogmática (pienso en cierto “caminante”). 

Tampoco Francisco es la medida del horror ni lo que él cause es el colmo de la aberración.  Ni el próximo Sínodo es la batalla sino una maniobra de distracción. Sólo es un nuevo intento, tan malo como los otros, tan tonto como los otros, tan ineficaz frente a Cristo como los otros. Un golpe más al Cristo de la Pasión. ¿Cuál peor o más doloroso? No lo sabremos si fue el látigo o la desidia. La acusación criminal o la defensa timorata.  

No se trata de escapar de Francisco como de la peste buscando algún mal menor.  Este es el consuelo de la chatura, la propuesta de la falta de ánimo. Quien niega un ápice de Dios lo niega todo.  No debe el próximo Sínodo asustarnos y obligarnos a ser camaradas de los que enterraron la liturgia romana, de los que volvieron ambiguo nuestro lenguaje de claridad, de los que ocultaron y renegaron nuestras glorias, de los que depreciaron los tesoros y rebajaron el vino. 

Quiero que entiendan que las batallas por los males menores son falsas, y que aún la batalla contra el mal es secundaria. Principalmente porque en las cosas de Dios no tenemos la medida del mal sino alcanzamos a concebir la medida del bien. Quienes en este plano definen males menores no saben de lo que hablan. El norte cristiano es la perfección y si ya nos suena esto una exageración o una presunción,  una especie de “discriminación” soberbia de nuestros iguales los pobres mediocres, es porque hemos elegido la chatura.

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

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