¿Por qué la batalla final se ha de librar contra la familia y el matrimonio? Porque destrozada la familia se destruye la fe. La fe ya no se propagará. La fe ya no se vivirá, no progresará, no aumentará, no se “contagiará”. Será la semilla caída en pedregal.

Peo aún más, la destrucción de la familia, del matrimonio, es un ataque directo a la fe católica de tal forma que ya será irreconocible. Ya no se sabrá qué es la fe. El ataque al matrimonio tradicional católico es un ataque directo a Dios Padre Todopoderoso, que ve en el  matrimonio el reflejo del desposorio de su  Bendito Hijo, el Cordero de Dios, con su Iglesia, en el Santo Espíritu Divino.

El ataque que se está fraguando contra la familia es una blasfemia contra la Santísima Trinidad. Una blasfemia desde las alturas de la Iglesia católica.

Pero para llegar hasta aquí se ha recorrido un camino necesario de transitar, es más, del todo absolutamente necesario, y que la inmensa mayoría en la Iglesia no lo ha advertido suficientemente en toda su gravedad: la profanación del Bendito Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, la profanación de su Santo Sacrificio.

Adormecidas las conciencias de tantos fieles y pastores ante el constante sacrilegio  del Cuerpo de Cristo, ya sea en su Santo Sacrificio del altar, o en la Sagrada Comunión en la mano, el “asalto” a la familia tenía el camino abonado. Faltaba únicamente esperar el momento oportuno y los líderes adecuados. Y es que muchos hace tiempo que han traicionado a Cristo en su corazón.

No poco historiadores cuando tratan de dar una explicación al gran número de clérigos, religiosos, obispos que siguieron a Lutero tras su rebeldía y herejía, dan como respuesta que todos los que le siguieron hacía tiempo que había traicionado al Señor en su corazón, y únicamente faltaba la persona adecuada y el momento oportuno para manifestar tal traición.

Estamos atónitos ante la escasa reacción, testimonial de  algún que otro prelado, de parte de aquellos que suponemos defienden la familia tradicional, el matrimonio católico, la fe católica. Tenemos noticias de aquellos que “atacan” sin máscara alguna, pero ¿dónde están los que defienden? ¿Cómo es posible que tantos pastores de almas estén tan callados, mientras muchos fieles “arden” en preocupación e inquietud? ¿No hay palabras de algún buen pastor que les aliente y sosiegue? ¿Será posible que los fieles católicos que viven la fe recibida no tengan pastores que les confirmen en la fe?

Las consecuencias de la tragedia, en la que ya estamos inmersos, serán de proporciones nunca vistas. Las familias quedarán dividas en sus miembros, unos seguirán la verdadera fe, otros miembros seguirán la falsa que se avecina. La división será drástica.

Las mismas comunidades eclesiales se dividirán. Las parroquias se dividirán. Los fieles se dividirán. La destrucción de la familia, del matrimonio es la “destrucción” de la Iglesia, ya muy debilitada por la profanación del Cuerpo de Cristo. Aunque bien sabemos que la Iglesia siempre prevalecerá, pero lo que si ocurrirá es que será irreconocible. Muchos desorientados no sabrán encontrar la verdadera Iglesia.

Consumada la herejía, es decir, la proclamación de  los dones de las relaciones homosexuales, de los aspectos positivos de las uniones libres y relaciones prematrimoniales, de la Sagrada Comunión para los divorciados y vueltos a casar, ¿qué quedará del Santo Sacrificio de la Santa Misa, del Novus Ordo? Quedará abolida en no pocas iglesias. ¡Estremece, no sólo pensarlo, sino escribirlo!

Todos los indicios, que se suceden día a día, indican que el plan trazado sigue su curso con éxito, el silencio de quienes deberían hablar lo confirma. ¿Qué hacer? Expresar mi humilde opinión por obligación y exigencia de mi ministerio sacerdotal, por el bien  de nuestra Madre la Iglesia, por el bien de tantos católicos que angustiados no encuentran una orientación y por el bien de la fe católica a la que nos debemos, y me debo, por encima de nuestra propia vida.

¡Pobre Jesús!, tan solo en lagar donde sigue siendo “exprimido” y su Preciosa Sangre sigue derramándose a chorros, y tantos de sus ministros la pisotean.

Ave María.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa