Para la salvación del alma, la confesión lo es todo. O confesión o condenación. La confesión es la obra que Dios dispone para adentrarnos en su  Misericordia. Cada confesión es un juicio particular de Dios, en espera del día del Juicio Final. Cada día de nuestra vida es una oportunidad de Dios a nuestra alma. ¿Estoy preparado si el Señor me llama hoy a su presencia? ¿He entregado todo lo que me va a pedir o me he reservado para mí? Estas preguntas deberían estar presentes cada día de nuestras de vidas. Tendremos que dar cuentas de de nuestras acciones, de nuestras omisiones, de lo que Dios nos da como talentos.

El Magisterio de la Iglesia es claro en el tema de la confesión.

  • La confesión ha de ser individual e íntegra de todos los pecados graves cometidos desde el bautismo. Debe confesarlos según su especie y número.
  • La confesión completa de los pecados graves es por institución divina (definido en el Concilio de Trento) parte integrante del Sacramento, y por tanto, no está confiada a la libre interpretación de los pastores (dispensa, interpretación, costumbres locales, etc.).
  • La confesión de los pecados graves no se puede restringir a una acusación genérica de los pecados, o a una confesión limitada a uno o más pecados considerados más significativos. Esta práctica es reprobada por la Iglesia.
  • Para recibir la absolución y recibir la penitencia oportuna por parte del ministro del Sacramento, el fiel ha de tener conciencia de los pecados cometidos, dolor por ellos, voluntad de no recaer más y confesarlos.
  • Está claro que no pueden recibir válidamente la absolución los penitentes que viven habitualmente en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación.

He resumido algunos aspectos de la enseñanza de la Iglesia (Carta apostólica Misericodia Dei. S. S. Juan Pablo II. 7 de abril 2002) en esta materia para el fin del objeto de este artículo.

La Bula de convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia, por parte del Papa Francisco, del 15 de abril del 2015, Misericodiae Vultus, contiene lo siguiente, relacionado con la confesión, en los puntos 17 y 18.

  1. No harán preguntas impertinentes [los confesores], sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda de perdón.
  2. Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento de la misericordia.

Estos párrafos referidos a la confesión requieren un pequeño comentario. Se presta a interpretaciones subjetivas, pues palabras como: impertinentes, interrumpirán y percibir son equivocas, y en materia de tanta relevancia como es la confesión pueden inducir a confusión y a una praxis errónea, por parte del penitente y del confesor, en el uso del Sacramento de la Penitencia.

Primero. No harán preguntas impertinentes.

La Iglesia ha enseñado la discreción en el Sacramento con el uso de los confesionarios, y en éstos el uso de rejillas para las mujeres con el fin de preservar su intimidad y prevenir tentaciones. Recuerda al confesor la delicadeza y discreción en las preguntas, sobre todo las que afectan a temas del sexto mandamiento. Pero esta discreción y delicadeza nada tienen que ver con la obligación del penitente de confesar uno a uno sus pecados graves, especificando su especie y número, y la obligación del confesor de preguntar en el caso que el fiel no confiese de forma genérica.

Si el fiel confiesa diciendo simplemente que ha pecado contra el sexto mandamiento, el confesor debe decirle que diga el pecado  en particular. Se debe nombrar el pecado. Esto es importantísimo, porque de esta forma se vence la vergüenza del pecado, fruto de la vergüenza original, hay una derrota del maligno al verse  descubierto. Cuando el fiel nombra por su nombre el pecado sale fortalecido de la confesión, con más fuerzas para resistir la tentación.

Si la interpretación de la frase, No harán preguntas impertinentes, se refiere a que el confesor no preguntará al penitente el nombre del pecado, sino que aceptará la confesión genérica, tal interpretación es contraria al Magisterio, y por tanto falsa.

Segundo. Sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo.

La confesión ha de ser íntegra de todos los pecados graves cometidos desde el bautismo, especificando su especie y número. Se reprueba la confesión genérica de los pecados.

Si la interpretación del sentido de esta frase de la Bula es que el confesor le dirá al penitente que no es necesario que diga sus pecados o que no siga diciéndolos, tal interpretación es contraria al Magisterio, y por tanto falsa.

Tercero. Porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda de perdón.

El penitente para recibir la absolución debe tener conciencia de los pecados cometidos, dolor por ellos, voluntad de no recaer más y confesarlos.

Si la interpretación del sentido de esta frase de la Bula es que basta con que el confesor perciba la intención del penitente de pedir  perdón para que reciba la absolución, tal interpretación es contraria al Magisterio, y por tanto falsa.

Cuarto. Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento de la misericordia.

Todos están llamados a percibir el llamamiento de la Misericordia de Dios, nadie está excluido. Pero hay quienes quieren excluirse de la Misericordia Divina, y lo  hacen voluntariamente. Estos son los que viven habitualmente en situación de  pecado grave, como son lo que tienen relación de adulterio, los que están casados civilmente, los que mantienen relaciones extraconyugales, quienes tienen relaciones homosexuales, etc.  Ningún fiel que vive de forma habitual en estado de pecado grave sin intención de cambiar su situación puede recibir válidamente la absolución.

Si la interpretación del sentido de esta frase de la Bula es que  aquellos que viviendo en situación habitual de pecado grave  pueden recibir la absolución, sin arrepentirse de su pecado y cambiar su situación, esta interpretación es contraria al Magisterio, y por tanto falsa.

Los confesores somos responsables de las almas que el Señor nos acerca. Responderemos en el tribunal del Juicio Final ante Dios Padre Todopoderoso de nuestra actuación con las almas, de haberlas guiado o no por la verdad del Sacramento y  de la Iglesia.

Queridos hermanos, el penitente ha de confesar uno a uno sus pecados graves, especificando su especie y número. Ha de sentir dolor por ellos y  deseo de enmienda. Está en juego la salvación o condenación de nuestra alma para toda la eternidad.

Hemos de confesar como el hijo pródigo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa