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La carlanca

1.- EL MAYORAL DEJA ABIERTAS LAS PUERTAS DEL APRISCO AL ANOCHECER.

La Diócesis de Sigüenza-Guadalajara está organizando una serie de reuniones de los párrocos de cada pueblo con sus feligreses a fin de comenzar la organización de una serie de “Comunidades Cristianas”.

El motivo, parece ser, es que la falta de vocaciones que viene sufriendo la Iglesia Católica en los últimos decenios, ha empujado a muchos de los pequeños pueblos españoles y, en particular de Guadalajara, a la imposibilidad de tener una misa dominical en cada parroquia.

Las nada menos que 470 parroquias atendidas desde esta diócesis se han venido “salvando” hasta ahora gracias a la dedicación de estresados párrocos que acababan una misa en un pueblo y volaban, casi literalmente, al siguiente para poder asistir cada domingo a todos sus fieles en las celebraciones eucarísticas.

Parece ser que esto no se va a poder seguir desarrollando de este modo, al haber llegado muchos de estos párrocos a edades avanzadas y no disponer de la necesaria simiente de renuevo en nuestras vocaciones.

La solución planteada por el Obispado y trasladada ya a muchos de los fieles por sus correspondientes párrocos es la creación de una serie de “comunidades cristianas” (nótese que no se las denomina “comunidades católicas”), reguladas por principios organizativos prefijados (con un organigrama dependiente del párroco en la distancia) con el fin de celebrar actos paralitúrgicos, es decir, actos de celebración de la palabra sin consagración, remedos de la eucaristía pero que tratan de suplir la supuesta imposibilidad de celebrarla. Sólo una vez al mes, el párroco acudiría a cada pueblo para celebrar Misa y dejar consagradas nuevas Formas para las siguientes tres semanas.

En primer lugar cabe destacar la sorpresa de que la propia iglesia vaya contra su catecismo (ligado a su código de derecho canónico correspondiente), estableciendo como norma pastoral lo que parece es una excepción. En efecto, (y salvando nada menos que el tercer mandamiento esculpido en piedra por el propio Dios y dado a Moisés en el Monte Sinaí), el artículo 2181 reza de este tenor:

2181.- “La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.”

Sólo en el artículo 2183 se marca una excepción, que se debe entender como una solución excepcional a una causa excepcional, no como una regla para todos los domingos:

2183.- “Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias” (CIC can. 1248, §2).

Se habla, en efecto, de que la falta del ministro sagrado es una causa grave, lo que hace indicar que la liturgia de la palabra se trata de una solución de urgencia, no de una solución continuada para solventar la falta de vocaciones.

En segundo lugar, es destacable que existan otras alternativas para no condenar a los fieles residentes en pequeños pueblos al pecado mortal guiado por el propio obispado. Podríamos pensar que, de no quedar otro remedio, quizás se debería escoger el “mal menor”. Pero existiendo la posibilidad (no sondeada por el obispado, desde luego) de organizar expediciones de fieles a parroquias situadas en la misma comarca para asistir a la misa dominical de un modo centralizado y rotatorio, es sorprendente que se haya optado por este remedo de eucaristía sin ningún valor preceptivo.

Máxime cuando esta solución ya fue adoptada antaño como remedio a la falta de sacerdotes en activo. En efecto, en la postguerra, dada la inmensa sangría que supuso la represión religiosa durante la Guerra Civil (destacable es el asesinato de más de 4.000 sacerdotes y se calcula que de unos 10.000 religiosos en total), ya se instauró durante unos años y dependiendo de la reubicación de los sacerdotes en ese período, la “migración dominical” de fieles de unos pueblos a otros, centralizando la eucaristía en pueblos rotatorios. Generalmente, una vez al mes había misa en un pueblo concreto, mudándose la gente los otros tres domingos a pueblos vecinos.

Si nuestro censo sacerdotal se aproxima ya al de ese período, ¿por qué no recurrir a las soluciones de antaño que garantizaban la eucaristía para todos los fieles, máxime cuando ahora los medios de comunicación y transporte son infinitamente mejores? ¿Simplemente por no incomodar a los fieles, o por otros propósitos menos claros?

La alta jerarquía de la Iglesia ha dejado las puertas abiertas del aprisco. Incita a las ovejas a incumplir los preceptos cuando es, por regla general, totalmente innecesario al haber soluciones alternativas.

La “solución” paralitúrgica se lleva haciendo en algunos pueblos de España desde hace más de 20 años. Eso no quiere decir que debamos recurrir a ella sin agotar otras vías que garantizan la asistencia a la misa dominical. Si el dispendio de contar con medios de transporte del propio obispado no es permisible, al menos se debería intentar contar con los medios de transporte de los propios fieles para organizar el traslado dominical a núcleos próximos donde se centralice un domingo de cada mes la eucaristía, y para no cargar siempre a los mismos, rotar la misma cada domingo como se hizo en la postguerra. Si el obispado nos hubiese preguntado antes de plantear los recursos paralitúrgicos, la mayoría de los fieles nos habríamos ofrecido para ayudar a los miembros de la comunidad que no tengan medios propios (ancianos sin familia y niños, sobre todo), o para economizar rotando coches. Todo antes de no asistir al Santo Sacrificio cada domingo.

2.- EL COLADERO PARA LAS OVEJAS MODORRAS. LA PARALITURGIA.

Las celebraciones dominicales en ausencia de sacerdote se han realizado en ocasiones puntuales desde hace siglos, siempre hasta que un sacerdote era asignado a una nueva parroquia o cuando había circunstancias particulares que obligaban a la ausencia puntual del párroco. Se ha tratado de situaciones puntuales, no adoptándose esta medida como un caso generalizado ante la ausencia de vocaciones.

Fue a propuesta de las necesidades de algunas comunidades de los Estados Unidos, durante el año 1988, cuando el Vaticano redactó el “Directorio para celebraciones dominicales en ausencia de presbítero”, estableciéndose las primeras pautas para estos oficios, siguiéndole en 1991 el documento “Reunidos en una fe firme: declaración del Comité de los Obispos para la Liturgia en ausencia de presbítero” y en 1994 el ritual llamado “Celebraciones dominicales en ausencia de presbítero: Manual del dirigente”, aprobados todos por el Vaticano.

En los dos últimos documentos se cita, textualmente, lo siguiente:

Se tiene que hacer todo lo posible para participar de la Eucaristía dominical, incluso si esto significa que los fieles de una parroquia en particular tengan que viajar a una parroquia cercana.

dejando bien a las claras que la adopción de oficios paralitúrgicos es una medida excepcional para el caso en que el traslado a parroquias cercanas sea imposible del todo punto.

La Congregación para el Culto Divino, en el “Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero”, en el párrafo 20, prescribe así:

Entre las muchas formas celebrativas que se encuentran en la tradición litúrgica, es muy recomendada la Celebración de la Palabra de Dios.

El mismo directorio dice:

Cuando en algunos lugares no fuese posible celebrarla los domingos, véase primero si los fieles no pueden trasladarse a la Iglesia más próxima y participar ahí de la celebración del misterio eucarístico.

Es necesario que los fieles perciban con claridad que tales celebraciones tienen simplemente carácter supletorio, y no la consideren como la mejor solución para las actuales dificultades o como una concesión hecha por comodidad. Por eso, las celebraciones dominicales, en la ausencia del presbítero, “nunca pueden realizarse los domingos en aquellos lugares donde la Misa ya fue o será celebrada en ese día, o fue celebrada en la tarde del día anterior”.

La celebración dominical en ausencia del presbítero es orientada por un diácono que la preside o, en su ausencia, por un laico designado por el párroco.

El documento ofrece también una guía de la celebración:

1.- Ritos iniciales: Saludo, acogida, introducción en el espíritu de la celebración, rito penitencial. Quien preside concluye los ritos iniciales con una oración.

2.- Lectura, Salmo y Evangelio.

3.- Compartir de la Palabra de Dios.

4.- Profesión de Fe.

5.- Oración de los fieles.

6.- Momento de alabanza. (No debe tener, de ninguna manera, la forma de la Celebración Eucarística).

7.- Oración del Señor: Padre Nuestro.

8.- Saludo de Paz.

9.- Comunión Eucarística: En las comunidades donde se distribuye la Comunión, durante la Celebración de la Palabra, el Pan Eucarístico puede ser colocado sobre el altar antes del momento de acción de gracias y de la alabanza, como señal de la venida de Cristo, Pan Vivo que descendió del cielo.

10.- Ritos finales.

Se trata, pues, de un remedo de la eucaristía sin valor preceptivo. Lo malo es que el Obispado no ha evaluado la posibilidad de efectuar traslados y la implantación de este tipo de paraliturgia conducirá, sin duda, a una acomodación de los feligreses ante la creencia de que este rito de la palabra es sustitutivo de la Santa Misa.

El Obispado lo presenta como la única opción posible a la falta de vocaciones, un hecho casi consumado al que parece que los fieles de los pequeños pueblos alcarreños están conducidos sin remedio como si no existieran más alternativas. He ahí el engaño. Ni es la única solución ni es una solución duradera establecida por la Iglesia como alternativa, se trata de una excepción en tanto en cuanto se resuelve la presencia permanente del párroco.

Si a esta falta de información veraz por parte de los mayorales del rebaño se une que la Reforma llevada a cabo por Lutero dio una mayor centralidad a la Sagrada Escritura degradando la naturaleza y el alcance del Santo Sacrificio (de hecho, el Concilio Vaticano II puso Palabra y Sacrificio al mismo nivel), no es descabellado pensar que se trata de una estrategia dirigida hacia la luteranización del rito para asimilar como algo inevitable la trivialización del momento central de la Eucaristía por parte de todos los fieles, dando un nuevo giro y centrando los actos exclusivamente en la Palabra, sin Consagración alguna. No se puede decir que la “Consagración diferida” llevada a cabo por el párroco cada mes pueda sentirse igualmente presente los otros tres domingos sin su presencia, sin Transubstanciación, y rebajando la importancia de la presencia del Cuerpo de Cristo, que es dado en reparto por manos no consagradas al más puro estilo protestante de “cena alegre conmemorativa entre amigos”. Con el tiempo, este cáncer (diseñado inicialmente como un parche ante ausencias excepcionales del párroco) se hará norma y se establecerá en detrimento no ya de la misa tradicional (que por supuesto), sino del Novus Ordo Missae, como un tercer paso en la degeneración de la Santa Misa, una nueva vuelta de tuerca puesta en bandeja como algo inevitable ante los feligreses que, como ovejas atónitas, aceptarán lo que el mayoral y los pastores digan ante el callado silencio de los mastines. No es de extrañar que esta estrategia siga unas pautas ya marcadas desde el Concilio, dado que en la elaboración del Novus Ordo se contó con la colaboración (llamémosle así) de los protestantes y el resultado final fue claramente ecumenista.

Evidentemente, en las grandes ciudades es más difícil de justificar la falta de vocaciones y la imposibilidad de traslado a parroquias cercanas para asistir a la Misa dominical, pero son los núcleos pequeños (aquellos en los que, por otra parte, se concentra la mayor masa de cristianos viejos, conocedores de los ritos tradicionales) el objetivo para dar esta puntilla al corazón mismo del legado de la Nueva Alianza. Abriendo ese portillo en el aprisco, sin duda la masa de ovejas (desconocedora de los precipicios que la esperan) se apuntará a la excursión.

3.- EL MAYORAL ALIENTA A LAS OVEJAS A SALIR DEL APRISCO TRAS EL OCASO. EL DOCUMENTO “DEL CONFLICTO A LA COMUNIÓN. CONMEMORACIÓN CONJUNTA LUTERANO-CATÓLICO ROMANA DE LA REFORMA EN EL 2017.

Toda esta nueva preparación en nuestros pequeños pueblos se está llevando a la par que, a bombo y platillo, se nos habla desde el consejo de pastores del rebaño de una aproximación a las ovejas díscolas. No invitándolas a volver al redil, sino incitando a las que aún quedan en el aprisco para salir alegres al encuentro de sus hermanas. Ver al Mayoral y a algunos pastores dando palmas con los cayados es un espectáculo que jamás pensamos llegar a contemplar.

El análisis del documento “Del conflicto a la comunión” puede aportarnos luz acerca de la tendencia actual hacia el ecumenismo a cualquier precio y cómo se ha acometido este problema por el actual Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (PCPUC), que ha elaborado este escrito al alimón con la Federación Luterana Mundial (FLM). Dicho documento se inicia con la siguiente declaración de intenciones:

Lo que sucedió en el pasado no puede cambiarse. Lo que sí puede cambiar con el paso del tiempo es lo que se recuerda del pasado y el modo en que se ha de recordar. El recuerdo hace presente el pasado. Aunque el pasado como tal es inalterable, la presencia del pasado en el presente sí es alterable. Con vistas al 2017, la clave no está en compartir una historia diferente, sino en contar esa historia de manera diferente.

Y lo que parece ser un inicio loable hacia un acercamiento, según avanza el documento se convierte en lo que ya se ha anunciado: una reinterpretación de la historia, un intento burdo de machacar las conclusiones de Trento para que nadie pueda recordarlas. Con un enrevesado lenguaje y con una relativización patente de las diferencias, consigue cuadrar un círculo sin mucho esfuerzo. Se centra en la búsqueda de similitudes, ignorando por completo que lo que nos separa afecta demasiado a los cimientos de la fe católica como para obviarlo en el análisis de acercamiento ecuménico:

El diálogo demuestra que quienes participan en él hablan idiomas diferentes y entienden el significado de las palabras de forma distinta; hacen distinciones diferentes y piensan con modelos de pensamiento distintos. Sin embargo, lo que aparenta ser un desacuerdo en la expresión no es siempre una discrepancia en la sustancia. Para poder determinar la relación exacta entre artículos de doctrina respectivos, los textos deben ser interpretados a la luz del contexto histórico en que surgieron. Eso le permite a uno ver dónde existe verdaderamente una diferencia o discrepancia y dónde no.

El escrito se centra en demonizar el Concilio de Trento no sólo como una respuesta a la Reforma protestante, sino como un movimiento de condena a las divergencias protestantes que generó la idea de que el catolicismo era opuesto al protestantismo. La petición inicial del documento de analizar la historia de la Reforma poniéndola en el contexto histórico de la época parece no ser ahora necesaria al ver con la luz del siglo XXI las motivaciones del Concilio de Trento, en particular poniendo Trento ante la lupa del Vaticano II. Hurtan, así, los redactores del documento, el análisis del contexto histórico de Trento y, sin embargo, analizan a la luz de la historia y de un modo coetáneo las motivaciones de Lutero. Esta sutil añagaza no sólo invalida el documento, sino que pone a la luz que el objeto del mismo es criminalizar la actitud de la Iglesia ante la reforma luterana y justificar históricamente a Lutero. Lo sorprendente es que esto haya sido redactado al alimón al 50% por elementos católicos, poniendo bien a las claras la connivencia que con los luteranos ha puesto en marcha la maquinaria católica desde el Vaticano II en aras de un supuesto ecumenismo, que no conduce sino a culpabilizar las actitudes históricas de la Iglesia desde un punto de vista actual y a justificarse desde la visión coetánea de Lutero, en una carrera hacia el suicidio identitario católico, postrado ante el protestantismo efervescente actual.

Incluso se llega a analizar los principales rasgos de la doctrina de Lutero para decir en cuáles de ellos la Iglesia podría (o debería, según ellos) hacer un esfuerzo de acercamiento. Desde el inmovilismo de quien se equivoca, se trata de acercar posturas de quien está en lo cierto. De hecho, se trata de poner en boca de la Iglesia Católica los preceptos del luteranismo intentando hacer ver que se parecen mucho y así, del “Sólo por la gracia” se minimiza el “…aparte de las obras”, (con lo cual ya no sería sólo por la gracia). Incluso llega a enunciar, relativo a la Eucaristía:

Esta declaración en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de «transustanciación».

Cuando la transubstanciación pasa de ser una realidad permanente a “una terminología conceptual”, algo pasa. Y así con todos y cada uno de los anatemas luteranos. El cambio de análisis es maquiavélico. Lo sorprendente es ver que quien se sabe en lo cierto y en la fe verdadera trate de entrar en ese juego, poniendo el fin del acercamiento por delante de los medios.

Si podemos justificar casi uno por uno los problemas de la historia de la Iglesia del XIX a la luz de los mechados masónicos que la trufaban, podríamos igualmente enumerar uno a uno los problemas de la Iglesia Católica de la segunda mitad del XX y lo que va del XXI por su marcada tendencia a diluirse en la herejía protestante, estando el cardenalato lleno de beligerantes defensores de Lutero. Debemos plantearnos si, al fin y al cabo, no es lo mismo, si no se trata de una misma estrategia y los amigos del humanismo, el anticlericalismo y los supuestos valores de la Revolución no se han servido de una fuerte andanada protestante para, conseguidos su objetivos, demoler el engendro resultante más fácilmente.

Lejos de intentar hacer “proselitismo” (ese tan criticado por el Papa Francisco pero que es verdadera herencia pentecostal, auténtica revolución trasfundida del Espíritu Santo), lejos de intentar llevar como pastores a las ovejas perdidas al redil salvífico, parte de la iglesia actual trata de establecer un totum revolutum entre ovejas perdidas y rebaño de Cristo en el que la única consecuencia será, si Dios no lo remedia, la perdición de multitud de almas: aquellas que no hayan sido convertidas y esas otras (que quedarán más sangrantemente, en el “debe” de aquellos pastores que las descuidaron) que se perdieron del rebaño siguiendo a las descarriadas. Lo que, en esta ocasión llama poderosamente la atención no es sólo la negligencia de los pastores, sino la connivencia de los mismos con el lobo; la tendencia pastoril de los últimos decenios de animar con su cayado a las ovejas que tiernamente pastan a salvo en la empalizada para que salgan al trote y busquen nuevas aventuras sintiendo el aliento de los lobos en sus ijares.

Si por ecumenismo entendemos perder nuestras esencias para aproximarnos al errado; si por ecumenismo entendemos caer en los anatemas de Trento; si por ecumenismo pensamos que el errado es el que forma parte del Cuerpo Místico de Cristo y no los que consiguieron dividirlo, entonces, el ecumenismo como tal entendido es diabólico y conducirá sin duda a la perdición de muchas almas y a la permanente división de la Iglesia. Entendamos esto en su auténtica dimensión: documentos como “Del conflicto a la comunión” tratan de instaurar una visión torcida desde el luteranismo, juegan con el lenguaje introduciendo el relativismo en una doctrina que responde a la Verdad y siembran la duda sobre el recto Magisterio de la Iglesia para intentar justificar interpretaciones heréticas como posibles dentro de un “Magisterio flexible” o incluso dentro de la Palabra.

Se afirma lo siguiente:

En esta ocasión, los luteranos también habrán de recordar las afirmaciones degradantes que expresó Martín Lutero contra los judíos.

Pero sin aplicar lo mismo sobre las múltiples declaraciones degradantes de Lutero a los católicos romanos y al propio papado. No obstante se agradece que, al menos, (según dicen) los luteranos actuales ya no estén de acuerdo en identificar al Papa con el anticristo (¡sólo esa declaración han logrado arrancar los del PCPUC!)

En su conclusión sobre los cinco imperativos ecuménicos, el documento “Del conflicto a la comunión” enuncia:

“El caminar ecuménico hace posible que luteranos y católicos puedan apreciar juntos la visión de Martín Lutero y su experiencia espiritual acerca del evangelio de la justicia de Dios, que es a la vez su misericordia.”

Poner el punto de vista en el luteranismo en lugar de en el catolicismo, nos empuja a ver qué puntos en común tiene el catolicismo con el luteranismo. Sin embargo, eso no ayuda para nada a intentar rebajar las torcidas y heréticas interpretaciones teológicos y magisteriales que fueron instaurados por Lutero y sus seguidores y que los colocaron del lado de la herejía. Cuando un padre ve que su hijo comete graves errores, puede ser un buen punto de inicio intentar acercarse a él mediante los puntos en común que existan entrambos, pero en la mente del padre estará como objetivo siempre su deber responsable de darle vista al hijo para valorar su propia realidad, para darle visión de sus tropiezos y aportarle la capacidad de retomar el camino adecuado. Jamás un padre responsable se acercará al hijo errado tratando de cometer los errores del hijo para convencerle de ellos. Eso supondrá el suicidio de esa familia.

¿Realmente queremos ir hacia el suicidio de nuestras comunidades católicas?

Poner el punto de mira en el acercamiento a cualquier costa, acabará por hacernos cometer multitud de errores, acabará por alejarnos del mensaje de Cristo. Acabará por hacernos traicionar la Nueva y Eterna Alianza establecida por Cristo en la Última Cena. Asistiremos a un pueblo alejado del núcleo central eucarístico, convirtiendo el milagro diario de la Transubstanciación en un triste remedo, en una vulgar cena alrededor de una mesa con la palabra interpretada libremente como en una tertulia.

Podemos dar las vueltas que queramos al ecumenismo. Podemos hacer las conmemoraciones conjuntas y los congresos que deseemos. Pero el punto final de todos ellos será que nunca habrá acercamiento hasta que ellos no se muevan de sus herejías, o los católicos desvirtúen los cimientos de la transubstanciación, de la interpretación de las Escrituras, dejen de reconocer la necesidad imprescindible de las obras para la salvación, pasen a degenerar el alcance del Bautismo redentor del pecado original, o modifiquen sustancialmente el ministerio sacerdotal.

Si con este paso a activar las comunidades cristianas en los pequeños pueblos estamos ya, de facto, andando por ese segundo camino, nos encontramos, sin duda, en vías de caer por el precipicio. Quizás cumpliendo, paso por paso, las predicciones apocalípticas de San Juan.

¿Realmente los obispados han reflexionado acerca de las consecuencias que estas nuevas implantaciones van a tener en las comunidades católicas de los pequeños pueblos? ¿Dejarán nuestros pequeños pueblos de ser reductos de la fe de nuestros mayores? ¿Quiere la estructura de la Iglesia Católica actual atacar los cimientos de la fe transmitida por nuestros ancestros y vulnerarla hasta en su tuétano más invariado (la celebración del Santo Sacrificio)?

Deberíamos abrir un período de reflexión antes de dar pasos que no van a tener vuelta atrás. Sabemos que finalmente, Cristo siempre vencerá. Pero no deberíamos ponérselo tan difícil desde dentro.

4.- LLAMA EL PASTOR DESDE LAS PEÑAS, Y YA SE HA PUESTO EL SOL. LA DECLARACIÓN CONJUNTA DE LUND. EL MASTÍN Y SU CARLANCA.

Sólo voy a poner la vista en el último párrafo de la reciente pero tristemente famosa Declaración Conjunta de Lund, porque el grueso de lo dicho para el documento “Del conflicto a la Comunión” vale para la Declaración Conjunta de la ceremonia del 31 de Octubre. (Vamos a obviar las escandalosas afirmaciones del Santo Padre acerca de que Lutero no se equivocó en la doctrina de la justificación. Menos mal que no se ha pasado por el arco las conclusiones de Trento Ex Cathedra, tomaremos sus afirmaciones como una más de sus pequeñas crisis puntuales):

Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros.

Como parte de la comunidad católica de un pequeño pueblo, no siento necesidad alguna de ser valiente en ninguna nueva aventura. Máxime si esa aventura va de la mano de algunos cristianos que siguen empeñados en reafirmarse en sus errores; errores que condujeron a un cisma y, a buen seguro, a la pérdida de muchas almas para Dios.

Ya soy valiente cada día no escondiendo mi religión, intentando (con muchos tropiezos y muchos pecados) revelar con mis obras y con mi fe que no me conformo con refocilarme en el pecado, creyéndome ya salvado o ya condenado. Ya soy valiente yendo a contracorriente en esta sociedad descreída y falta de valores morales.

Ya soy valiente cada día defendiendo mi fe ante los ataques de la colonización islámica. Esta colonización se hace mucho más patente y problemática en los pequeños pueblos españoles, muchas veces despoblados de “cristianos viejos” por su tránsito al cementerio y reemplazados casi instantáneamente y a bajo coste por mahometanos de nueva generación con altas tasas reproductivas. Créanme que la amenaza no es imaginaria, que sólo hay que darse un paseo por las plazas de nuestros pequeños pueblos para verlas llenas de ociosos musulmanes mientras sus mujeres paren y nosotros trabajamos para mantenernos a todos.

También soy valiente intentando mantener la fe de mis mayores incólume ante tanto proselitismo luterano. Gracias a Dios, la carlanca ancestral que rodea mi cuello todavía no les ha dejado hincarme el diente a fondo.

Soy valiente para luchar por las tradiciones de nuestros ancestros, tradiciones fundadas en una sólida red de valores católicos; lo soy por mantener a mis hijos en una fe que cada día se ve más atacada, más ridiculizada, más depauperada. Por decirles cada día que lo que han visto y oído no es cierto, por enseñarles que la verdad no es relativa, y que el bien y el mal existen y no son interpretables. Soy valiente al pensar lo difícil que lo tendrán si logro inculcarles que hacer caso a su conciencia es más importante que hacer caso a lo que les dicen desde la masa.

¿Realmente mi pastor me llama a salir a la aventura, cuestionando la fe de mis mayores, sabiendo que el lobo acecha y que mi alma y la de mis hijos estaría en peligro?

Mi respuesta para ese pastor, es clara: NO.

Mi obediencia cristiana no ha de implicar acompañar a quienes siguen a un pastor errado. Aunque eso implique la soledad lejos del rebaño, nuestro deber es guardar el aprisco en espera de quienes quieran regresar, y el intentar convencer a nuestros hermanos de rebaño de que el silencio es connivente, y que callar es colaborar.

Alabo, desde luego, la labor de hacedor de puentes de nuestro Pontífice. Pero a veces los puentes son para recibir a gente que ha estado aislada, para meter en el otro estribo un soplo de aire fresco (el aire siempre fresco e inmarcesible del mensaje de Jesucristo), y tratar de ventilar otros lugares tras quinientos años de perseverancia en el error y la herejía. En esta ocasión, permítame que no sea yo quien cruce al otro lado, porque sé bien lo que me espera.

Por supuesto que los luteranos tendrán siempre mi oración y mi apoyo para intentar que vuelvan a la fe verdadera, para que no sólo sea el bautismo el único sacramento que nos una en el Cuerpo Místico de Cristo, sino todos ellos. Pero no pienso moverme hacia el precipicio, ni voy a salir a despeñarme porque el mayoral de la comarca (no sé si ebrio de su propio ego, no sé si despistado, no sé si cumpliendo un secreto plan de Dios fuera de mi entendimiento  -quiero creer esto último-) quiera darme con su cayado en el lomo para que, valiente, creativa y alegremente, acabe despeñando mi alma al Averno o muriendo entre las fauces de los lobos.

Aunque viendo cómo el mayoral se ha cepillado de un plumazo a un gran número de tradicionalistas de la Congregación para el Culto Divino del Vaticano, creo que todo (el ecumenismo a cualquier precio, la purga de la tradición y el uso común de las que deberían ser excepcionales paraliturgias) sigue un plan diseñado paso a paso con frío cálculo y con un solo objetivo: enrasarnos con el protestantismo, caiga quien caiga.

A este respecto, creo que ya urge elegir nuestro papel: si el de ovejas o el de perros pastores. Yo prefiero ladrar a los lobos en la madrugada, pertrechado con la carlanca de clavos (que no es otra que la fe de nuestros mayores), en lugar de esperar quedamente las fauces babosas en un aprisco al que mi pastor ha dejado con las puertas abiertas, o lanzado alegremente a la aventura.

La carlanca de mi fe (de esa fe que pretenden destrozar en los pequeños reductos que son nuestros pequeños pueblos) me protegerá en el último momento, y cada día me dará confianza y fuerzas para ladrar cuando huela a lobo, y para decirles a mis amigas las ovejas que el pastor está despistado, que no salgan a por las descarriadas, que recen por ellas porque volverán.

¿Hay más mastines en este rebaño? Ya es hora de tomar nuestro papel y no tener miedo a decir lo que la sociedad calla. Al fin y al cabo, eso es ser cristiano. Tenemos la carlanca de acero y púas de la fe de nuestros ancestros. No hay que tener miedo.

Que el Espíritu Santo ponga cordura en las palabras y los actos de nuestros pastores. Amén.

MP




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