La liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar cada 9 de noviembre la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, llamada “madre y cabeza de todas las Iglesias de la Urbe [Roma] y del orbe” (según reza una inscripción en su entrada).

En efecto, esta basílica fue la primera en ser construida después del edicto del emperador Constantino, el cual, en el año 313, concedió a los cristianos la libertad de practicar la religión. Allí se construyó la basílica, el baptisterio y la residencia en que habitaron los Papas durante siglos. Honrando el edificio sagrado, se quiere expresar la veneración a la Iglesia romana, viendo en ella la Iglesia que “preside en la caridad” (Ignacio, Ep. ad Rom. inscr) y el centro “al que, por su más poderosa principalidad, se unen todas las Iglesias, es decir, cuantos fieles hay, de dondequiera que sean” (Ireneo, Adv. haer., 3, 3, 2).

Como es sabido, el templo de ladrillos y piedras es símbolo de la Iglesia que ya los apóstoles san Pedro y san Pablo, en sus cartas, presentaron como “edificio espiritual”, construido por Dios con las “piedras vivas” que son los bautizados, sobre el único fundamento que es Jesucristo: la “piedra angular”

I. “¡Qué terrible es este lugar; no hay aquí otra cosa que la Casa de Dios y la puerta del cielo!

Estas palabras (Gén 28, 17) fueron pronunciadas por Jacob al despertar del sueño en el que había visto “una escalera que se apoyaba en la tierra y cuya cima tocaba en el cielo; y ángeles de Dios subían y bajaban por ella” (v. 12). El versículo fue utilizado en el introito de la Misa de la Dedicación de una Iglesia, y aparece también grabado sobre piedra en la entrada de numerosos templos esparcidos por todo el mundo.

Cuando Jacob despertó de su sueño, exclamó: “Verdaderamente Yahvé está en este lugar y yo no lo sabía” (v. 16). Expresión muy natural y muy conforme con el instinto religioso de mirar a Dios habitando en los cielos, como en su propia morada pero también en ciertos lugares de la tierra en los que particularmente se revela y se hace sentir a los hombres. Al levantarse, erigió un monumento con la piedra sobre la que se había apoyado para dormir y Jacob llamó Betel a aquel lugar situado al norte de Jerusalén y ya santificado por Abrahán (Gén 12, 8). “Esta piedra que he erigido en monumento será casa de Dios” (Gén 28, 22).

Para nosotros Betel es figura de nuestros templos, que son verdaderas casas de Dios y puertas del cielo.

¡El templo, casa de Dios!

Ya el rey Salomón al edificar el templo de Jerusalén manifestaba su extrañeza ante esta aparente paradoja: “Pero ¿es verdad que Dios habita sobre la tierra? He aquí que los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte ¿cuánto menos esta casa que yo acabo de edificar?” (1 Re 8, 27).

San Juan Crisóstomo ve en la escala del sueño de Jacob una figura del Verbo encarnado que juntó el Cielo con la tierra. Y Jesús dirá a la samaritana: “Pero la hora viene, y ya ha llegado, en que los adoradores verdaderos, adorarán al Padre en espíritu y verdad; porque también el Padre desea que los que adoran sean tales. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad” (Jn 4, 23-24). En el Nuevo Testamento, en que la Iglesia está edificada sobre la firme piedra de Pedro, el Verbo encarnado está presente en nuestros templos por el misterio eucarístico y está aquí para inhabitar en las almas en gracia y para obedecer al Padre.

Por eso dice San Pablo que el Templo de Dios en que Él habita somos nosotros. Y utiliza el Apóstol la comparación con un edificio para describir a la Iglesia: “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu” (Ef 2, 20-22). Para San Pedro “también vosotros cual piedras vivas, edificaos [sobre Él] como casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2, 5). Y San Jerónimo, recordando sin duda este pasaje de San Pedro, dice: “Para ser parte de este edificio has de ser piedra viva, cortada por mano de Cristo”.

Volvemos, una vez más, a la misma paradoja: Dios —a quien no pueden contener los cielos y la tierra— es, sin dejar de ser infinito y eterno, el Verbo encarnado que habitó entre nosotros. Y los cristianos, llamados al culto espiritual, nos servimos —al mismo tiempo— de templos de piedra que son casa de Dios y puerta del cielo. Morada del Dios encarnado en la Eucaristía y lugar donde alcanzamos la gracia que nos lleva al Cielo mediante la oración y los sacramentos.

II. Si esto es así en todos los templos cristianos, ocurre de manera privilegiada en la Catedral, iglesia madre y sede del Obispo. Como es bien sabido [1], la iglesia Catedral debe su nombre a la cátedra, sede solemne reservada al Obispo; se trata pues, de la iglesia correspondiente a la autoridad episcopal que se extiende sobre la diócesis.

En su evolución histórica, la Catedral es el resultado de una lenta transformación ocurrida en los siglos de la Edad Media, cuando se pasa del conjunto de edificios denominado “grupo episcopal” a una sola iglesia: la catedral. De ahí la propia naturaleza multiforme del edificio catedralicio tal y como lo conocemos hoy y en el que se concentran aquellos espacios más directamente vinculados al culto y a la administración del Cabildo, al mismo tiempo que se produce la multiplicación de construcciones en su entorno para responder a las diversas necesidades.

La función de la iglesia Catedral se transformó al tiempo que se hacía cada vez mayor el protagonismo de la actividad pastoral de las parroquias y, a partir del siglo XIII, de las órdenes religiosas. Pero, al mismo tiempo, varias circunstancias ofrecían al obispo la ocasión de mantener el lazo que une a las parroquias con la iglesia madre de la diócesis (así es como los textos de la época llaman a la Catedral): pensemos en las asambleas sinodales o en la Misa crismal de cada Jueves Santo en la que se bendicen los óleos usados después en la administración de los sacramentos y de los que cada cual se lleva una parte a su parroquia en señal de comunión. Las asambleas sinodales, tan importantes en épocas como la de la reforma católica, eran una ocasión en que la lectura de los cánones, la predicación del obispo o de su delegado y la participación en la liturgia de la Catedral servían de medio para ofrecer a los curas de parroquia unos modelos que les sirvieran de punto de referencia. Observamos, además, que la Catedral actuó como elemento de conservación de la identidad y de la historia diocesana, tal como demuestra la presencia entre sus muros de reliquias, tumbas de obispos y de las figuras y linajes locales más ilustres.

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Terminemos, por último, recordando cómo la unión con el propio obispo y su sede, centro de toda la diócesis nos une a la Iglesia local. A través de ella nos unimos a la Iglesia universal. Además, remontándonos en el tiempo hacia el pasado, enlazamos con la fe de los Apóstoles y, finalmente, con Cristo mismo piedra angular del edificio que es la Iglesia.

Que el respeto, la piedad y la modestia con que los fieles nos conducimos en la Catedral sean expresión de estas verdades que profesamos y que a ellas correspondan el esplendor y el cuidado material del templo para que podamos decir, con Jacob: ésta es la casa de Dios y la puerta del cielo.

Padre Ángel David Martín Rubio

[1] Cfr. CORBIN, Alain (dir.), Historia del cristianismo, Ariel, Barcelona, 2008, pp.172-176.