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La coronación de Carlomagno: natividad de la Cristiandad

Si hay un momento para la gracia y la conversión en el corazón, es la Santa Navidad, el día de la Natividad del Señor; el día a partir del cual se cuentan los años en el mundo. El ambiente familiar de este día enternece los corazones más pétreos, pero es ante todo la belleza de la liturgia la que es capaz de conmoverlos, como le sucedió al escritor francés Paul Claudel (1868-1955) el 25 de diciembre de 1886. Claudel era un estudiante de dieciocho años que había abandonado la práctica de la religión y callejeaba por París inquieto e insatisfecho consigo mismo, cuando el día de Navidad por la noche entró en la catedral de Notre Dame mientras el coro entonaba lo que más tarde descubriría que era el Magnificat.

 «Me encontraba de pie entre la multitud –cuenta Claudel– junto a la segunda pilastra a la entrada del coro, a la derecha, al lado de la sacristía. En ese momento tuvo lugar el suceso que  domina    mi vida entera. En un instante, me conmoví  y creí. Creí con tal fuerza, con semejante elevación de todo mi ser, con una convicción tan poderosa, con una certeza que no dejaba lugar a la menor duda, que desde aquel momento ningún razonamiento, ninguna circunstancia de mi agitada vida, han podido afectar ni trastornar mi fe. De repente fui herido por el sentimiento de la inocencia, de la eterna infancia de Dios: ¡fue una revelación inefable! Al intentar –como hago con tanta frecuencia– reconstruir  los momentos que siguieron a aquel instante extraordinario, vuelvo a encontrar los elementos siguientes que, con todo, formaban un único relámpago, una única arma de la que se sirvió la Divina Providencia para abrir   definitivamente el corazón de un pobre hijo desesperado: “¡Qué felices son los que creen!” ¿Sería cierto? ¡Lo era! Dios existe, está aquí presente. Es alguien, un ser personal como yo. Me ama, me llama. Me deshacía en lágrimas y sollozos mientras las tiernas notas del Adeste fideles acrecentaban mi emoción […]».

Aquella tarde, en un abrir y cerrar de ojos, Paul Claudel comprendió con innegable claridad que ante la vida de cada uno de nosotros se presenta una alternativa: elegir entre el amor de Dios y la condenación eterna. Todavía lo recuerda: «Es cierto –lo confieso con el centurión romano– que Jesús era el Hijo de Dios. Se dirigía precisamente a mí, a Paul, y me prometía su amor. Pero, al mismo tiempo, si no lo seguía, no me dejaba otra opción que la eterna perdición. No había necesidad de explicárseme qué es el infierno: ya había cumplido condena allí. Aquellas pocas horas bastaron para hacerme entender que el infierno está dondequiera que no está Cristo. ¿Qué me importaba el resto del mundo ante aquel Ser nuevo y prodigioso que se me había revelado?»

La vida de Paul Claudel se convirtió en la tentativa de ser fiel a la gracia de aquella Navidad de 1886, «el día de Navidad, en el que nació la alegría», como escribirá en su más célebre obra, La anunciación a María (1912).

El aspecto social de la Santa Navidad

Pero la fiesta de la Santa Navidad no sólo posee un significado individual y familiar; tiene, y ha tenido a lo largo de la historia, un significado social. Dom Guéranguer (1805-1875), el gran abad de Solesmes, nos recuerda en El año litúrgico tres momentos de la Santa Navidad vinculados a la historia de Europa, a sus más hondas raíces cristianas.

El primero de dichos momentos es el bautizo de Clodoveo, que según la tradición tuvo lugar el 25 de diciembre de 496.

Clodoveo era el rey de los francos, pueblo todavía pagano, mientras el cristianismo se iba difundiendo por una Europa sumida en el caos y la anarquía tras la caída del Imperio Romano de Occidente veinte años atrás. Se había casado con Clotilde, princesa católica del pueblo de los burgundios. Con la ayuda de Remigio, el santo obispo de Reims, fue ella quien condujo a Clodoveo a la religión católica, conquistando su corazón. Clodoveo se bautizó en la Nochebuena del año 496.

San Gregorio de Tours, historiador de los francos, escribe que Clodoveo «se acercó a la pila bautismal como un nuevo Constantino para liberarse de la lepra antigua y disolver en el agua fresca las inmundas manchas que había adquirido a lo largo de mucho tiempo. Mientras Clodoveo entraba en el baptisterio, el santo de Dios pronunció estas solemnes palabras: “Inclina humildemente la cabeza, sicambrio; adora lo que quemaste y quema lo que adoraste”».

El bautismo de Clodoveo fue el de un pueblo que entró con él en la historia: los francos. Según Dom Guéranger, el supremo Dios de la historia dispuso que el reino de los francos naciese el día de Navidad para subrayar la importancia de un día tan santo en la memoria de los pueblos cristianos de Europa. Clodoveo, el feroz bárbaro, con la humildad de un cordero, fue sumergido por San Remigio en la fuente bautismal de la salvación, y salió purificado para inaugurar la primera monarquía católica entre las nuevas que aparecían: el reino de Francia, el más hermoso según se ha dicho después del de los Cielos.

Conversión de Inglaterra

Transcurridos cien años de la conversión de Clodoveo, subió al trono pontificio un gran papa, San Gregorio Magno. Según se recuerda, en 596 Gregorio quedó conmovido al ver un grupo de jóvenes rubios hermosos como los ángeles en el mercado de esclavos de Roma. Preguntó quiénes eran, y le respondieron que anglos.

«Non Angli, sed  Angeli», no son anglos sino ángeles, repuso el Pontífice, y en ese momento decidió encomendar a los monjes benedictinos la evangelización de Inglaterra. Un grupo de cuarenta monjes, dirigidos por Agustín, más tarde conocido como San Agustín de Canterbury, zarpó rumbo a la isla de los anglos a fin de comunicarles el Evangelio.

Tras convertir al rey Adalberto al Dios verdadero, se dirigió a la ciudad –ya romana– de York, donde hizo resonar la Palabra de Vida, y un pueblo entero se unió al monarca para recibir el bautismo. Así sucedía en aquellos tiempos: el bautizo de un rey era el de todo un pueblo, unido a su soberano con vínculos indisolubles de fidelidad. Se fijó el día de Navidad para la regeneración de aquellos nuevos discípulos de Cristo, y se escogió el río que pasaba bajo los muros de la urbe como pila bautismal para una hueste de diez mil catecúmenos, sin contar las mujeres y los niños. El rigor invernal no supuso un obstáculo para los nuevos y fervientes discípulos del Niño de Belén, que se sumergieron en las gélidas aguas a fin de purificar su alma.

«De las heladas aguas –escribe Dom Guéranger– salió lleno de gozo y resplandeciente de inocencia un ejército de neófitos. El día mismo de su natalicio, Cristo añadió otra nación a su imperio».

San Agustín de Canterbury evangelizó la Gran Bretaña, y de Inglaterra e Irlanda partieron más tarde, tras las huellas de otro gran misionero –San Bonifacio–, los monjes que evangelizaron Germania.

Coronación de Carlomagno

Otro ilustre acontecimiento habría de embellecer nuevamente la conmemoración de la Natividad: en la solemnidad natalicia del año 800, con la coronación de Carlomagno en Roma, nació el Sacro Imperio Romano, para el cual estaba reservada la misión de propagar el Reino de Cristo en las bárbaras regiones nórdicas y la de mantener la unidad de Europa bajo la dirección del Romano Pontífice.

Corría el año 800. Era el día de Navidad. En la basílica romana de San Pedro entró un hombre de porte majestuoso que rayaba en los sesenta años, y cuya desmesurada estatura denotaba la fuerza indomable del guerrero, mientras sus blancos cabellos y su barba transparentaban una afabilidad fuera de lo común. Saltaba a la vista que no era un hombre cualquiera. Aquel hombre era Carlomagno, rey de los francos, el pueblo de Clodoveo, a quien el Papa había llamado a Roma para que pusiera su espada al servicio de la Cruz luchando contra los lombardos.

El rey que gobernaba a los francos en el año 800 había sometido ya a los aquitanos y los lombardos. Había atravesado igualmente los Pirineos para contener en España el peligro inminente de los moros. Había reprimido la represión de los sajones y los bávaros. Y estaba en plena lucha con los ávaros. Carlos era algo más que un guerrero: bajo su influencia, las artes y las ciencias florecieron en toda Europa. Profundamente amado por sus súbditos, venerado por sus soldados, extendió la benéfica influencia de la religión católica por las tierras que conquistó.

Y en aquel momento, Carlomagno, heredero de Clodoveo, entró en la basílica de San Pedro en plena Nochebuena, noche fría por los rigores del invierno pero cálida por el ambiente de emoción que imperaba en la basílica. El rey de los francos, se arrodilla, inclina la cabeza y adora a Dios hecho hombre implorando misericordia por sus pecados. Dándose golpes en el pecho, recurre a la intercesión de la Virgen María sin reparar en que alguien se le acerca en respetuoso silencio. No se trata de un simple sacerdote o un prelado; es un pontífice, un santo pontífice. Cuentan las crónicas que «en cuanto se puso en pie después de orar, durante la Misa, ante el Altar de la Confesión del apóstol San Pedro, el papa León III se le acercó y colocó sobre sus descubiertas sienes una corona. Una corona nueva; no de rey, sino de emperador».

El santo papa León III impuso la corona imperial a Carlomagno. Atónito, el mundo volvía a ver a un César, a un Augusto. No un sucesor de los césares y los augustos de la antigua Roma, sino a alguien investido de aquellos gloriosos títulos por el Vicario de Aquél a quien las Escrituras califican de Rey de reyes y Señor de señores. El pueblo romano lo aclamó con estas palabras: «Viva Carlos Augusto, coronado por Dios, gran e indiscutible emperador, suya es la victoria». Entretanto, los francos entrechocaban sus lanzas y sus espadas mientras proclamaban: «¡Natividad, Natividad!», clamor que desde los tiempos de Clodoveo evocaba la irrupción de su pueblo en la historia.

Dos días antes de la coronación, un monje de San Sabas y otro del Monte de los Olivos de Jerusalén habían ofrecido al monarca de los francos como obsequio del Patriarca «las llaves del Santo Sepulcro, las del Calvario y las de la ciudad del Monte Sion junto con una bandera». Se trataba de un homenaje simbólico, un nuevo halo de santidad para la cabeza del rey que había extendido su protección más allá de los mares y habría de defender a los cristianos de Palestina, Siria, Egipto y Tunicia.

Aquella Navidad, en la catedral del Vicario de Cristo,  nació el imperio católico de Occidente, pilar de la civilización cristiana medieval, así como 800 años antes el Niño Jesús había nacido en la misma fecha y fue puesto sobre un pesebre.

Al fundar la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, Jesucristo había puesto en ella un germen con la capacidad de generar una gran civilización. Con la expansión de la Iglesia y la conversión del pueblo a lo largo de ocho centurias, la semilla germinó y se desarrolló formando una realidad concreta para florecer finalmente en el año 800 en el Imperio Carolingio, bendecido y ratificado por numerosos sucesores de San Pedro. Se inauguró una época en la que, como enseña León XIII en la encíclica Inmortale Dei, «el sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades», y «organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza».

Otro pontífice, Juan Pablo II, en la conmemoración de los 1200 años de la coronación de Carlomagno, recordó que «la gran figura histórica del emperador Carlomagno evoca las raíces cristianas de Europa, remitiendo a cuantos la estudian a una época que, a pesar de los límites humanos siempre presentes, se caracterizó por un imponente florecimiento cultural en casi todos los campos de la experiencia. Al buscar su identidad, Europa no puede prescindir de un esfuerzo enérgico de recuperación del patrimonio cultural legado por Carlomagno y conservado durante más de un milenio».

Carlomagno no sólo fue grande por sus guerras victoriosas de un extremo al otro de Europa, sino ante todo por su labor de restauración jurídica, cultural y artística inspirada en los principios del Evangelio. En una época de decadencia y desorden, puede considerárselo el fundador de la Europa cristiana. Con el primer emperador cristiano, Occidente cobra por primera vez conciencia de sí mismo y entra en la escena de la historia teniendo conocimiento de su propia identidad cristiana y romana.

La coronación de Carlomagno fue además un acto público y simbólico de trascendencia universal que habría de expresar durante más de un milenio el concepto de la soberanía cristiana. La fuente de la autoridad está en el representante de Dios en la Tierra, porque no hay autoridad en la Tierra que no proceda de Dios. En ese sentido, la coronación de Carlomagno se puede considerar la fecha natalicia de la Cristiandad.

Lo que en otro tiempo fue la Cristiandad agoniza hoy bajo los embates de enemigos externos e internos, mientras aguardamos con impaciencia un nuevo día de la Natividad, un día de nacimiento y resurrección para nuestras almas y para toda la sociedad; el bendito día, anunciado en Fátima, del triunfo de la Iglesia y del restablecimiento de la sociedad cristiana.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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