¿Tuvo la reforma litúrgica y sacramental una motivación ecuménica? ¿qué se pretendía? ¿realmente se trató de eliminar de la liturgia lo que resultaba molesto a otras iglesias? El presente trabajo trata de responder a estas preguntas. El mismo es nuestra traducción del libro “La dimension oecumenique de la reforme liturgique”, de G. Celier (Editions Fideliter, 1987). En el mismo, el autor sigue una metodología a base de la acumulación de citas de los protagonistas, absteniéndose de emitir opinión propia, por lo que resulta sumamente interesante desde un punto de vista histórico para entender la debacle litúrgica actual y las diferencias con el rito gregoriano.

Adelante la Fe

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INTRODUCCIÓN

El Concilio Vaticano II es “el don que el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia al final de los milenios”1. Ha sido querido por su promotor Juan XXIII y continuado fielmente por su sucesor Pablo VI. Es un Concilio ecuménico en un doble aspecto. “Promover la restauración de la unidad entre los cristianos, como nos recuerda el Decreto sobre el ecumenismo, es uno de los objetivos principales del Santo Concilio Ecuménico Vaticano II”2. Al final del siglo XX, la Iglesia Católica Romana se regocija de que “bajo la acción del Espíritu Santo ha nacido un movimiento que se amplifica día a día, con objeto de reestablecer la unidad de todos los cristianos”3. “Considerando con gozo todas estas circunstancias y penetrado del deseo de reestablecer la unidad entre todos los discípulos de Cristo, el Concilio ha querido proponer los socorros, orientaciones y medios que permitirán responder a esta llamada y esta gracia”4.

Constantemente, los dos Papas citados anteriormente, volverán sobre este aspecto ecuménico del Concilio; y Pablo VI abriendo la segunda sesión, después de la muerte de Juan XXIII, recordaba “que existe un tercer objetivo del Concilio, y que constituye, en cierto sentido, un verdadero drama espiritual. Nos ha sido enseñado, por el Papa Juan XXIII, y es el que concierne “a los otros cristianos””, es decir, aquellos que creen en Jesucristo pero que no tienen la suerte de contarse entre los que están unidos por los lazos de la perfecta unidad de Cristo”5. Después del Concilio, este objetivo prioritario no fue abandonado y dos años antes de morir, hablando para la Secretaría para la Unidad, el Papa Pablo VI decía: “El ecumenismo es la empresa más importante y más misteriosa de nuestro pontificado”6.

Desde los primeros días de su pontificado, el Papa Juan Pablo II recordaba: “la herencia más singular dejada por los pontífices Juan XXIII y Pablo VI7” afirmaba: “La restauración de la unidad entre todos los cristianos, fue uno de los objetivos principales del Concilio Vaticano II y, desde nuestra elección, me siento muy motivado formalmente a promover la ejecución de sus normas, y de sus orientaciones, considerando que era para mi un deber primordial8” “quiero decir a los que Uds. representan y a todos los que están vinculados en la Iglesia Católica al movimiento ecuménico, tal y como fue enseñado en el Concilio Vaticano II, que es irreversible9”. Y repetía el mismo pensamiento en el Viaje a Holanda de 1985: “La Iglesia Católica está irreversiblemente vinculada con la vocación ecuménica. No puede haber la menor duda en ese sentido. Yo quiero asegurar de la manera más formal, como no he dejado de hacer desde mi elección como Pastor supremo de la Iglesia Católica, que el ecumenismo es y será una prioridad importante en la vida de nuestra Iglesia”10.

En esta cuestión ecuménica, “el principal resorte del movimiento hacia la unidad11” es “este esfuerzo sostenido de renovación y reforma12” que “tiene un insigne valor ecuménico13”. También la reforma litúrgica en palabras de Pablo VI debe ser “casi el motor central en este gran movimiento14” de renovación de la Iglesia instaurada por el Concilio, se debe inscribir entre los principales objetivos de la búsqueda de la unidad con los hermanos todavía separados. Sobre todo si se considera con cuidado “que es el misterio de la liturgia la fuente de la unidad15”, porque según palabras de San Agustín, recogidas por la Constitución sobre la liturgia; la liturgia, especialmente la liturgia eucarística, es “el sacramento del amor, el signo de la unidad, el lazo de la caridad16”. Lejos de ignorar este proyecto ecuménico, los artífices de esta restauración litúrgica han tenido el cuidado de acogerlo y han querido inscribir en el corazón de la liturgia esta exigencia estructural y esencial del ecumenismo por la vía del Cuerpo de Cristo después del Vaticano II.

Por esta reforma litúrgica, cuyos frutos no dejan de crecer, se podrá realizar de una manera privilegiada lo “que después de Juan XXIII y Pablo VI, Juan Pablo II no dejaba de repetir: que la dimensión ecuménica es necesariamente la dimensión de todo ser, de toda la vida, de toda la pastoral de la Iglesia17”. “La Iglesia, siendo católica y ecuménica, es más que ecumenista. Tiene esta característica en todo su ser. Es una de sus dimensiones. Si el ecumenismo requiere especialistas, no es en si misma una especialidad”18, “Nos no hemos cesado de repetir, que si el ecumenismo requiere especialistas, no es en si misma una especialidad, más bien es una cierta cualidad o una cierta dimensión de la vida de toda la Iglesia”19.

Vamos a intentar, en las páginas siguientes, escrutar más profundamente esta dimensión ecuménica de la renovación cultual emprendida desde hace veinte años y comprender en qué medida y con qué amplitud “la reforma litúrgica católica lo logra en un sentido profundamente ecuménico”20.

LA CONSTITUCIÓN SOBRE LA LITURGIA

Desde el inicio de la discusión de la Constitución sobre la liturgia que fue, como se sabe, el primer esquema de estudio de los Padres Conciliares, la orientación ecuménica de la reforma litúrgica futura, fue claramente buscada, según el espíritu del Concilio Vaticano II, como un principio de base. “Los protestantes, según escribía H. Fesquet el primer día de la discusión, quedaron sorprendidos por la calidad de este documento, por su carácter cristocéntrico y por sus numerosas referencias escriturísticas. El alcance ecuménico de la reforma litúrgica es evidente”21. El Pastor J. Rilliet empleaba siempre las mismas palabras para los lectores del Tribunal de Ginebra: “El esquema sobre la liturgia en conjunto, nos parece bueno, me lo han dicho los observadores no católicos que he podido reunir, muy superior a los seis anteriores que nos han sido comunicados. (… ) La adopción en la liturgia de la lengua popular, está conforme con nuestros propios principios. Muchos prelados desean la simplificación de los ritos y entre ellos los que se podrían llamar los ecumenistas del Cardenal Bea”22.

Muchas de las intervenciones de los Padres del Concilio fueron en este sentido y señalaban con gozo esta orientación que ellos aprobaban sin vacilar. Comentando el debate, E. Marcus destaca muy justamente: “El Concilio, en relación a la liturgia, claramente ha tenido consciencia de su vocación ecuménica. En palabras del Cardenal Feltin: “El argumento fue presentado entre las razones dadas por los Padres: Es uno de los criterios, una de las referencias más constantes.” Pensamos que en este sentido ha sido un éxito”23. Y como “se ha tomado consciencia desde hace mucho tiempo que la liturgia es uno de los puntos teológicos más esenciales para el acercamiento con nuestros hermanos separados24”. Hay que decir que: “El trabajo conciliar ha abierto un evidente camino ecuménico”25.

“Los Cardenales Frings, Lercaro, Montini, Döpfner y Doi señalaron que, en su conjunto, el esquema respondía a las necesidades del momento, porque estaba conforme con la recomendación del Papa que pedía al Concilio ocuparse del aspecto pastoral y práctico de la misión de la Iglesia en el mundo. A lo que añadían que existía también un aspecto ecuménico”26. “Aquí también hay una constatación que ha podido hacer todo liturgista que haya tenido la suerte de asistir a las discusiones conciliares en esta materia: La perspectiva litúrgica es, desde ese momento, una fuerza de cambio, totalmente impregnada del movimiento pastoral, misionero, espiritual, ecuménico, teológico, es decir, grandes movimientos que, en la hora actual, animan el cuerpo místico de Cristo (…). Otro Padre, con autoridad, habló en nombre de la Secretaría para la unidad de los cristianos, de lo que ha llamado el nuevo método del diálogo ecuménico con los hermanos separados. Es suficiente para medir la importancia de la perspectiva litúrgica y hacer comprender que el primer capítulo sobre la Constitución de la liturgia toca de cerca igualmente el problema. No sorprende que los observadores (no católicos) se han sentido tan interesados por las discusiones sobre la liturgia, cuando debiera parecer que estaban ajenos a estas preocupaciones”27.

Después de la promulgación de la Constitución (el 4 de diciembre de 1963) los comentaristas fueron unánimes en evocar y a alabar ese aliento ecuménico que lo atraviesa: “Un acontecimiento misionero y ecuménico, como destaca Th. Maertens en relación al parágrafo treinta y seis, parece precisar netamente la redacción de ese parágrafo”28. “Esta primacía dada a la Palabra es una de las características más destacadas de toda la Constitución y una de las que tienen un mayor alcance ecuménico”29. H. Küng comentando la obra realizada durante la primera sesión del Concilio, destacaba: “Las decisiones más notables concernientes a la reforma litúrgica, en si mismas, tienen, todas ellas, una gran significación ecuménica”30. Y el Pastor Rilliet precisa: “La atención de los protestantes respecto a este importante documento se concentra sobre todo en los principios definidos del culto. El texto votado el 4 de diciembre de 1963 reúne claramente la misa católica con los cultos luteranos, reformado y anglicano. La adopción de la lengua vulgar recoge una exigencia de Lutero y de los otros reformadores que la aplicaron desde el siglo XVI. La importancia más destacada de la Biblia y de la predicación va en el mismo sentido”31.

El objetivo ecuménico para conseguir la reforma se describe explícitamente en el preámbulo de la Constitución, como manifiesta J. Rilliet: “En la introducción, el texto se define a si mismo como pastoral y ecuménico”32. Aquí tenemos el prólogo: “Como el santo Concilio se propone hacer progresar la vida cristiana más y más entre los fieles; es mejor adaptar a las necesidades de nuestra época las instituciones que están sujetos a dichos cambios; y favorecer todo lo que puede contribuir a la unión de los que creen en Cristo y fortificar todo lo que concurre a llamar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Estimaba que incide, de una forma particular, en velar por la restauración y el progreso de la liturgia”33. El comentario del Padre Roguet destaca este objetivo ecuménico delineado en esta frase: “contribuir a la unión de los que creen en Cristo”: “Si el Concilio se ocupa de la liturgia, dice el Preámbulo, es porque atiende a esta cuestión entre sus objetivos inmediatos, y sus objetivos más remotos. Los objetivos inmediatos son la renovación de la vitalidad cristiana y la adaptación de las instituciones a las necesidades actuales (el famoso aggiornamento). Los objetivos más remotos son el retorno a la unidad de los cristianos no unidos a la Sede Apostólica y la expansión misionera de la Iglesia”34. Es interesante destacar, en el Preámbulo, en el parágrafo primero, los objetivos que justificaron la promulgación de esta Constitución por el Concilio: hacer progresar la vida cristiana, adaptar a nuestro tiempo lo que está sujeto a cambios, favorecer la unidad, fortificar a la Iglesia en su tarea misionera”35. “El objetivo inmediato de la nueva Constitución está claramente afirmado desde el Preámbulo: Se trata de la restauración y el progreso de la liturgia. Más este esfuerzo de renovación se inscribe en una perspectiva más amplia en todos los trabajos del Concilio, del cual el problema pastoral y ecuménico se afirma progresivamente. Se trata, en efecto, de hacer crecer la vida cristiana, de adaptar a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones susceptibles de cambio, de llevar a la unidad a todos los que creen en Cristo y finalmente de intentar reunir a todos los hombres en el seno de su Madre la Iglesia”36.

No es solamente en el preámbulo de la Constitución en el que se refleja la opción ecuménica: Todo el texto está impregnado de lo mismo. “El consentimiento al pluralismo litúrgico es, sin duda, uno de los aspectos del movimiento litúrgico católico y de la constitución que lo consagra, lo que se verifica con el mejor propósito, como se afirma en el Sacrosanctum Concilium, “favorecer todo aquello que contribuya a la unión de todos los que creen el Cristo”. El poder dado a los Obispos en materia litúrgica y el respecto a las diversas formas existentes de plegaria revisten aquí una particular importancia. Pero no es solo el aspecto ecuménico de la Constitución: Existe también la participación activa de los fieles, la dimensión escatológica, la comunión bajo las dos especies, la concelebración, etc… y por encima de todo, la insistencia sobre la importancia de la liturgia de la Palabra, de la Biblia, de la predicación”37.

Así la Constitución, que fue como el resultado y la consagración del “movimiento litúrgico”, asociaba indisolublemente la reforma litúrgica y ecuménica. En esta cuestión fue fiel al gran soplo que animaba el movimiento litúrgico. “No se hace justicia, dice, en efecto Don Botte, al movimiento litúrgico y se le juzga exclusivamente sobre los detalles de la reforma litúrgica. Ha sido desde el principio un movimiento de ideas inspirado por una cierta visión del misterio de la Iglesia y ha ejercido una gran influencia sobre la teología, también fuera del catolicismo. No es una coincidencia que su fundador, Dom Beauduin, se ha convertido en el más entusiasta artífice del movimiento ecuménico”38. En efecto “es sorprendente constatar cuantos pioneros del movimiento litúrgico han sido al mismo tiempo del ecumenismo católico y de la eclesiología”39. “Por los campos de Dom Lambert Beauduin como por los de Taizé, para dar dos ejemplos, la renovación ecuménica ha florecido en renovación litúrgica”40. Es natural, necesario, que siguiendo al movimiento litúrgico, que había inspirado dichas opciones, la Constitución sobre la liturgia esté vinculada con el camino del ecumenismo.

(Continuará)

G. Celier

[Traducido para Adelante la Fe por María Teresa Marín]

1 Juan Pablo II, “Balance de un año de ministerio”, Discurso al Sagrado Colegio y a la Curia Romana, DC 1970, 20 de julio de 1980, p. 668.

2 U.R. 1.1. COV. p 605, o DCC 1, p. 193.

3 C.f. U.R. 1.2. COV. p.606 o DCC p. 194.

4 C.f. U.R. 1.4, COV, p 606 o DCC p. 195

5 Pablo VI, “Discurso para la apertura de la segunda sesión del Concilio”, 29 de septiembre de 1963, DC 1410, 20 de octubre de 1963, col. 1355, o DCC 6, p 114.

6 Pronunciando esta alocución (de noviembre de 1976 delante de la Secretaría para la Unidad) Pablo VI añadió entonces de una forma espontánea una frase que no figura por escrito: “El ecumenismo la empresa más importante y la más misteriosa de nuestro Pontificado”. R. Beaupère, “El ecumenismo: la empresa más misteriosa” ICI, 530, 15 de diciembre de 1978, p. 24. Esta confidencia sorprendente que yo también escuché a Pablo VI el 12 de noviembre de 1976: “El ecumenismo es la empresa más sorprendente de mi ministerio Papal”. J.E. Desseaux, “La llamada ecuménica” en “El Concilio: Veinte años de nuestra historia”, bajo la dirección de G.Defois, Desclée, 1982, p. 51.

7 Juan Pablo II, “Redemptor hominis” DC 1761, 1 de abril de 1979, p. 302.

8 Juan Pablo II, “Alocución para la Secretaría para la Unidad de los Cristianos”, DC 1753, 3 de diciembre de 1978, p. 1017

9 Juan Pablo II: “La vinculación de la Iglesia Católica con el mundo ecuménico es irreversible. Alocución a los delegados cristianos no católicos”, DC 1571, 5 de noviembre de 1978, p. 923.

10 Juan Pablo II: “La Iglesia Católica está irrevocablemente vinculada con la vocación ecuménica”, encuentro con los responsables de las diversas confesiones cristianas el 13 de mayo de 1985 en Utrecht, ORF, 21 de mayo de 1985, p. 13.

11 Cf UR. 6. 1. COV. p. 616, o DCC I pág. 205.

12 Cf. UR. 4.2. COV. pág. 612 o DCC I pág. 201.

13 Cf. UR. 6.2. COV. pág. 616 o DCC I pág. 205.

14 Pablo VI: “La reforma litúrgica”, audiencia general del 13 de enero de 1965, DC 1441, 7 de febrero de 1965, col. 202, o EPS LIT. 577.

15 “Acaba de aparecer”, Cel. 146, junio de 1980, pág. 65.

16 “Sacramentum pietatis, signum unitatis, vinculum caritatis”, San Agustín, en “In Joannis Evangelium Tratactus, XXVI, VI, 13; P.L. 35, 1613.Citado en SC 47, cf. COV pág. 172 o DCC V pág. 72 o EDIL 47. Cf. Igualmente Santo Tomás: Summa Theologica, III, 73, 3, in corpore; Officium Sanctissimi corporis et Sanguinis Christi, oratio super oblata.

17 J.E. Desseaux: “El llamada ecuménica”, en “El Concilio. Veinte años de nuestra historia” bajo la dirección de G. Defois, Desclée, 1982, pág. 45.

18 J. Salaün, “Introducción general”, in DCC VI, pág. 22.

19 Y. Congar, “Introducción” al decreto Unitatis redintegratio en DCC I, pág. 177.

20 M. Thurian: “El nuevo ordo de la misa tiene un sentido profundamente ecuménica”, La Cruz, 30 de mayo de 1969, pág. 10.

21 H. Fresquet: “El periódico del Concilio”, Robert Morel Editor, 1966, pág. 52.

22 J. Rilliet: “Vaticano II, fracaso y renacimiento”, Ediciones Generales S.A., 1964, pág. 57, 58.

23 E. Marcus: “El Concilio y la liturgia”, P y L 7, 1º de octubre de 1963, pág. 688. El texto del Cardenal Feltin proviene de “La semana religiosa de Paris” de 1º de diciembre de 1962.

24 E. Marcus, ibid. pág. 687.

25 E. Marcus, ibid. pág. 687.

26 X. Rynne: “La revolución de Juan XXIII”, Grasset, 1963, pág. 88.

27 C. Vagaggini: “El capítulo primero del esquema sobre la liturgia”, DC 1391, 6 de enero de 1963, col. 78.

28 Th. Maertens: “La Constitución de la santa liturgia del Concilio Vaticano II”, P y L, 1º de enero de 1964, p. 81.

29 A.M. Roguet: “La liturgia en el corazón de la Iglesia”, VS 503, marzo de 1964, col. 312.

30 H. Küng: “Vaticano II después de la primera sesión”, DC 1402, 16 de junio de 1964, col. 829.

31 J. Rilliet: “Vaticano II decadencia y resurrección” Ediciones generales S.A., 1964, p. 178.

32 J. Rilliet: Ibid. p. 175.

33 COV, p.149 o DCC V, p. 49 o EDIL 1.

34 A.M. Roguet: “La liturgia en el corazón de la Iglesia”, VS 503, marzo de 1964. Cf. Igualmente LMD 77, primer trimestre de 1964, p. 1.

35 M.D. Bouyer: “La reforma de la liturgia. La Constitución del Vaticano II sobre la liturgia”, NPL 48, enero 1964, pág. 1.

36 J. Bouvy: “Una liturgia para la salvación del mundo”, NRT 1, enero de 1964, pág. 17.

37 J.P. Jossua:” La constitución Sacrosanctum Concilium en el conjunto de la obra conciliar”, en LAV, pág. 136.

38 B. Botte: “El movimiento litúrgico. Testimonio y recuerdos”, Desclée 1973, pág. 200.

39 “Comentario completo de la Constitución conciliar sobre la liturgia” LMD 77, Primer trimestre de 1964, pág. 14

40 A. Aubry: “¿Ha pasado el tiempo de la liturgia?”, Cerf, 1968, pág. 10.