RORATE CÆLI

La falta de virilidad es la fuente de los problemas del clero y de la sociedad

Homilía del 19º domingo después de Pentecostés: 

Por lo cual, dando de lado a la mentira, hable verazmente cada uno con su prójimo, pues que todos somos miembros unos de otros (Efesios 4:25)

El Libro IV de la Eneida es probablemente el más leído y el más recordado de los doce de esta obra del origen de la civilización occidental. Porque habla del amorío, el amor ciego entre Eneas, el hombre destinado a fundar Roma, y Dido, la fundadora y reina de Cartago. ¿Cuántos miles y miles de estudiantes de latín a través de los siglos han traducido estas líneas de gran pasión, traición y heroísmo? Y lo que la mayoría de estos estudiantes aprendieron del libro IV trata de la terrible elección en la vida de un hombre: la elección entre la comodidad y el amor genuino, en una relación con una mujer cuya grandeza delinea Virgilio, y la llamada a ser el héroe que funda el Imperio Romano y la civilización romana. Eneas holgazanea en Cartago, convirtiéndose en el consorte de Dido. Y esta frivolidad tiene un efecto debilitador tanto en Dido como en Eneas. Ella olvida su llamada a construir Cartago como una de las grandes ciudades de ese tiempo y lugar. Él olvida su llamada a fundar la civilización romana sobre las cenizas de Troya. Y en una escena angustiosa, Mercurio es enviado por Júpiter para recordar a Eneas su destino en los términos más fuertes. Y Eneas, muerto de miedo, se embarca desde Cartago para hacer lo que tiene que hacer. Eneas recupera su virilitas como hombre, una virilitas que le permitirá culminar su destino, dado por los dioses.

Virilitas en latín no significa simplemente masculinidad u hombría. Significa la cualidad del vir, del hombre-héroe. Tanto Eneas[1] como su antagonista definitivo, Turno, son viri, son hombres-héroe, que están dispuestos a sacrificar sus vidas por lo que creen que están llamados a hacer y por lo que dará un significado definitivo a sus vidas, a través del sacrificio personal. A quien piense que la virilitas es una virtud que sólo los hombres pueden mostrar, le ofrezco las grandes santas como santa Mónica, santa Brígida y santa Catalina de Siena, en las que la virilitas fue una marca de su santidad. La más grande de todos los santos, María, es el modelo de virilitas al pie de la Cruz. La virilitas no tiene nada que ver con machismo[2], nada que ver con redes de viejos amigos y aún menos con falta de respeto a las mujeres. La virilitas abarca valor y honor y un deseo de someterse uno mismo a una llamada a la grandeza basada en la verdad, que comprende la negación de uno mismo y la voluntad de entregarse a esta llamada. El vir definitivo y consumado es Jesucristo.

He escrito y hablado muchas veces sobre la falta de virilitas en el clero católico, especialmente entre sacerdotes y obispos. Es precisamente esta falta de virilitas lo que ha hecho posible la depravación moral del clero que ha escandalizado al mundo entero, especialmente con respecto a la pedofilia pero también con respecto a la red homosexual dentro de la Iglesia, que ha permitido el encubrimiento de estos crímenes y las desviaciones financieras en el mismo Vaticano. Pero el drama actual que se desdobla en los Estados Unidos, en lo referente al nombramiento de Brett Kavanaugh para el Tribunal Supremo, también va sobre la falta de virilitas en nuestra sociedad.

Hay una relación entre virilitas y veritas. El vir entiende la verdad y deja a un lado lo que quiere y desea en servicio a la verdad, esa verdad que es la esencia definitoria del objetivo del vir. El vir, a pesar de lo que quiere hacer, decide, a menudo con intervención de lo divino, que debe hacer lo que está llamado a hacer. Los medios han reducido el drama Kavanaugh-Ford a “él dijo, ella dijo”. Pero también muchos han ignorado completamente la misma idea de la verdad al juzgar la situación sobre una base de prejuicios que hacen una burla de la verdad. Cuando asomaron la historia y las alegaciones de la Dra. Ford, el senador Chuck Schumer declaró: “La creo”. No la conocía, no hizo más preguntas, pero declaró que ella decía la verdad. Esto sería totalmente estrafalario, y casi cómico e indigno de crédito, si uno no viera claramente que lo que está en juego en esta situación no es la verdad, sino más bien qué lado de la división política prevalecerá en este nombramiento para el Tribunal Supremo. El interés es elevado, y el interés, para la mayoría de los políticos profesionales, es si prevalecerá o no el liberalismo moral de las decisiones del Tribunal Supremo de las últimas décadas. Por ello en esta lucha, la verdad es una simple palabra, un verbum nudum en el sentido del nominalismo. La reacción del senador Schumer, incluso si no se adopta una actitud cínica, se basa en la idea que el movimiento #MeToo, un producto de la discriminación real y de la violencia sexual contra las mujeres, exige que las afirmaciones hechas por una mujer que denuncia abuso sexual se tomen como verdaderas. Esto no es sólo ilógico sino que niega la misma objetividad de la verdad.

Pero la virilitas hace mucho que se asoció como una parte de una red en la que los chicos serán chicos y los hombres serán hombres, con la suposición silenciosa de que beber mucho y ser un matón y ver a las mujeres como objetos para satisfacer la lujuria es sólo una parte de la escena del chico-hombre. Esto no se pude negar. Y el movimiento @MeToo es el principio del fin de la tolerancia de este comportamiento tan “inviril” y este entendimiento pervertido de lo que significa ser un hombre. Uno no puede creerse la insistencia del juez Kavanaugh en que es inocente de los cargos que le ha hecho la Dra. Ford, sólo porque tenga una buena reputación en la profesión legal y porque mucha gente le crea un hombre decente y honesto. Pero tampoco se le puede llamar mentiroso porque es un hombre por una mujer de una gran indecencia sexual.

Sea lo que sea al final de este drama en el que parece fijado el país entero, el concepto de la verdad mismo ha resultado relativizado y se ha convertido en una palabra cuya vaciedad llenan las estridentes voces en oposición. La pregunta de Pilato a Jesús “¿Y qué es la verdad?”, esa pregunta cínica, no tiene respuesta en el presente estado tóxico y polarizado de esta sociedad. Y, sin embargo, como cristianos, creemos que hay una respuesta a esta pregunta. Pero no tiene nada que ver con juristas, ni con tribunales, ni con editoriales, ni con sabihondos de los medios, ni con políticos. Para el cristiano, la verdad se concreta en una persona cuyo nombre es Jesucristo. Y esta verdad es la verdad definitiva, porque es la verdad de Dios, que es la Verdad. Sin la lente de la verdad que es Cristo, todo se ve a través de la lente de la masa gris de la opinión, del prejuicio y de la manipulación cínica.

En esta atmósfera altamente emocional e irracional que rodea este nombramiento para el Tribunal Supremo, el católico debe ser cauteloso para no olvidar, de modo deliberado o inconsciente, sus obligaciones hacia la verdad con el fin de conseguir en el Tribunal Supremo a alguien que pueda revocar la sentencia Roe v. Wade[3]. Esto es fácil de hacer cuando te enfrentas a la oposición virulenta de la izquierda a revocar la sentencia Roe v. Wade. Bastante lejos de las reclamaciones personales de la Dra. Ford por haber sufrido grande injusticia a manos de un hombre, no puede haber duda de que está siendo utilizada por los que ven el aborto legal como un derecho de la mujer. Pero el católico no puede ser reflejo de este frenesí pro abortista para impedir que un conservador sea designado para el Tribunal Supremo, por un frenesí que nunca se para a considerar el papel de la verdad en todo esto. Cada católico de este país debe sopesar hoy la exhortación de san Pablo en la epístola a los efesios de hoy. Los que irracional y egoístamente apoyan el crimen del aborto como un derecho, los que se lavan las manos cínicamente y preguntan, como Pilato, “¿Y qué es la verdad?” han abandonado la búsqueda de la verdad del asunto, porque la verdad les resulta irrelevante. No es así para los católicos. La verdad de lo que pasó o no pasó entre la Dra. Ford y el juez Kavanaugh puede no salir nunca a la clara luz del día. Se tiene que hacer por tanto un juicio sobre la base de la conciencia de cada uno. Pero esto no debe confundirse con la verdad. Para el católico, la verdad no es una idea. Es una persona y su nombre es Jesús.

Padre Richard G. Cipola

(Traducido por Natalia Martín. Artículo original)

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[1] Virgilio en el original (n. de la t.)

[2] En español en el original (n. de la t.)

[3] La sentencia que declaró por primera vez legal el aborto en EE.UU. (n. de la t.)

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Edición en español del prestigioso blog tradicionalista internacional RORATE CÆLI especializado en noticias y opinión católica. Por política editorial no se permiten comentarios en los artículos
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