ADELANTE LA FE

La familia católica tradicional y la buena formación doctrinal

Hoy en día no abundan las familias numerosas como antaño. Son rara avis. Las imposiciones de la vida moderna hacen que parezca heroico, y lo es, lo que antiguamente era muy normal. Las familias numerosas católicas son un grandísimo testimonio de esperanza en el mundo de hoy, cada vez más cerrado al don de la vida.

Dardo Juan Calderón colabora en varios portales católicos como Cabildo y Los cocodrilos del foso. En esta ocasión nos habla de su experiencia como padre de familia numerosa y reflexiona sobre la familia católica tradicional y la importancia de la buena formación doctrinal de todos los miembros del hogar. 

¿Por qué decidió formar una familia numerosa?

¡Lejos está la familia numerosa de ser una decisión o un proyecto! Es justamente todo lo contrario ¡es la destrucción de todos los proyectos! Acontece… cierto que por procedimientos bastante amenos (el Buen Dios sabe lo que hace), pero con efectos sorpresivos y a veces, amargos. Aunque León Bloy decía que “Todo lo que acontece es adorable”, ello es al precio de estar atentos al misterio y al sentido oculto que guarda cada mínimo suceso de nuestra existencia, y solemos no estar tan atentos. El dolor – la más de las veces – enceguece.

Surge de poner la decisión en otras “manos” (o en ninguna), ya que hoy por hoy el tener una familia numerosa o te deja del lado de los irresponsables o de un cierto exhibicionismo religioso, y, como decía un compatriota nuestro (Anzoátegui) “Es bueno ser católico, pero no parecerlo”.  Tratando de escapar de ambas acusaciones hay que pensar que hay un poco de todo, y vero es que indica entrega, y también cierta inconsciencia; pero también está la “suerte”, la salud, las fuerzas, el entusiasmo, las fatalidades y las torpezas.  La familia numerosa no es una virtud en sí misma, ni mejor que la pequeña, es un hecho, una condición que se tiene por múltiples causas, y frente a ella lo que se hace o no virtud es la respuesta que se da a este “acontecimiento”, que puede ser fuente de muchos méritos…  o una catástrofe mayúscula.

Antiguamente era algo muy habitual…

Así es… era propio de una mentalidad cristiana, en primer lugar, por no pecar, y porque los hombres eran más proclives a entregarse a la providencia Divina. Pero también porque criar no era tan difícil; toda una sociedad prestaba ayuda y aún padres mediocres contaban con buenos vecinos, buenos maestros y mejores curas. Los niños nacían dentro de Instituciones Cristianas. Hoy todas las instituciones son anti-cristianas, la misma familia con sus monstruosas deformaciones ha pasado a ser eso la más de las veces (siendo la peor de las perversiones el “matrimonio laico”). No dejemos de ver también el hecho bio-psicológico que el evitarlo implicaba la continencia, siendo que hoy no es necesaria (lo que no es un dato menor).

Pero resaltemos un asunto primordial: el hombre cristiano estaba llamado a participar de una empresa espiritual – no material, aunque implicara lo material – y en estas el número de participantes acrecienta las ventajas, siendo que en las otras es todo lo contrario. Ir solito a un concierto de la filarmónica de Berlín es un fracaso existencial ¡no hay con quién compartir toda esa belleza! y hasta resulta agradable allí, el compartir la bolsa de pochoclo. Pero si se trata de comer una pizza, ya el número puede no dejar nada para compartir, se agota. En una sociedad economicista el patrimonio familiar es sólo material y la repartija debe ser acotada a la medida de las capacidades estomacales, o aun peor, a las expectativas consumistas del “bienestar” en las que todos somos bastante glotones, y en esto, el número pasa a ser un evidente mal, y la más de las veces, ya “otro” es odioso. El primer desafío de la familia es atesorar un patrimonio espiritual.

Dicen que la familia numerosa católica, si está unida, tiene una gran potencialidad a todos los niveles….

No a “todos”. Esto es un subterfugio “optimista” de un catolicismo acobardado, casi un argumento de marketing engañoso. Menos hoy. Hay enormes contrariedades económicas, de tiempos y de espacios, pero unas más enormes sociales o sociológicas. Por otra parte, la dedicación que se debe dar a la educación se hace cada vez más difícil, la sociedad no sólo no ayuda en sus instituciones, sino que complota en contra. El trabajo se duplica, hay que deseducar del mal que reciben y educar luego en el bien, y para ello convertirse en “educador”, cuando uno se preparó para otro oficio. Comienza el trabajo de hacer nacer “nuevas instituciones” católicas, es decir, colegios, capillas… insertarlas en una legalidad socialista e igualitaria que las repugna por no encajar en los esquemas trazados por inicuos, pero aplicados por zotes y perezosos.

No hay que engañarse; yo suelo recordar las palabras del Padre Calmel: “¡¿Optimismo?! … Por mi parte, y si la palabra optimismo presenta algún significado, si evoca una esperanza ardiente que introduce en el corazón una plenitud y una alegría, yo diría simplemente optimismo ante el cielo, pero ante este mundo… ¡coraje!. “Mirad que os envío como ovejas entre los lobos. En el mundo tendréis que sufrir, pero coraje, Yo he vencido al mundo””.

El desafío que se presenta es el obtener un bien espiritual en el que participar y en el que el número es ventaja. Una épica espiritual en que lo económico, las desventajas, sea anecdótico. Pero ya… sólo esto, la simple vida frugal y buena, el partir la pizza en más porciones que las lógicas, repugna al paradigma moderno de la abundancia. Debe suceder, entonces, algo que yo diría “un milagro” en medio de este mundo burgués antinatural y devenido contranatural; el milagro de lo bueno básico, de lo bueno obvio, de lo bueno primordial. Y aquí vuelvo al principio: no es virtud por sí misma, pues a veces, la reacción vital es salir a justificar el uso de medios deshonestos para comprar una pizza mucho más grande. Sin puritanismo, aun sabiendo que las reglas de la honestidad burguesa son una trampa de los usureros, hay que mantener la regla de amor al prójimo, de justicia y de prudencia en lo material. Que el desafío del número no sea respondido con un supuesto derecho a mayor cantidad.

Es un realismo duro que más puede llamar a la abstención que a la emulación del tipo familiar…

Cierto. Pero el “realismo” debe cobrar una nueva faceta, aquello que el Padre Calmel llamaba “Realismo Teológico” ¡tan difícil y tan necesario! Si a pesar de toda esa dura realidad que se observa y que es patente e innegable, concebimos esa “otra” realidad, oculta – pero no menos real, sino más –  de que Cristo está con nosotros, de que nos alimentará como a sus pajarillos y nos vestirá como a sus lirios, el miedo debe cesar. Y aquí nos toca a los padres, en nuestra debilidad, “jugar un papel” muy difícil: teatralizar – como el capitán del buque en tormenta – esa confianza en la medida que no está nuestra fe tan impregnada de vida espiritual como debiera. Es el coraje dentro del miedo, “creer que eres valiente es ser valiente” decía Mark Twain.

La confianza en Dios en medio del tembladeral del mundo que nos hace aparecer – aún ante nosotros mismos- como que estamos jugando una comedia; viviendo alegremente contra el sentido de evidencias irrecusables que nos deberían hacer temblar. “Esta actitud de confianza activa, puede llamarse “realismo teologal” a través de la “comedia interior”” nos dice Calmel. Impedir además otra deformación: que ese realismo racional no nos lance a creernos mártires privilegiados de Dios, cayendo en el abismo del resentimiento disfrazado de hipocresía mística; por el contrario, hay que saberse un poco ridículos en este juego de ser “hijitos de Dios”, y como Santa Teresita “darse a Dios, sonriendo de uno mismo”, con delicado humor. Algo de eso hay en Thibón y la Weil: “no hay mejor momento que el actual” nos dicen, contra toda evidencia. Y es cierto, cierto en esa visión de “realismo teológico”. Insoportable en mero realismo.

¿Cómo veló por dar a sus hijos una buena formación en la doctrina tradicional?

En mi caso fue seguir el envión dado por mi padre, una gran personalidad que marcó nuestras vidas y que forjó un sólido patrimonio espiritual (sólo comparable al exiguo material). Pero la cinética espiritual sufre la fricción social, inevitable. Hacen falta fuerzas “sobrenaturales”, lo que aportaba la naturaleza ya quedaba en manos de la gracia. Nuestras mismas personalidades, menguadas por aquella fricción, no darían por sí el tono necesario.  En Argentina, las personalidades del pensamiento tradicional – ya idas-  fueron en gran medida laicas, y los escasos sacerdotes que se opusieron al espíritu modernista eran parias, lejanos formadores a través de sus obras; pero el sacerdote “de a pie”, el que te bautiza los hijos, el que te confiesa, el que te da la comunión y te prepara en el catecismo, que entra a tu casa con sus criterios sobrenaturales y te obliga al choque con tu mundo, que te incomoda y te recrimina desde la sencillez de los diez mandamientos; ese… no existe ya.

Todo el mal del Concilio se puede resumir en ello, en el abandono de las vocaciones y en la denigración y destrucción del cura de a pie; el cura de la parroquia que antes formaba parte de la familia, que vigilaba en personas concretas el cumplimiento del reglamento mínimo que dicta Dios en su Ley de Amor. Se convierte ahora en un actor social que guiaba un “espíritu colectivo” conforme a la dinámica de sus propias derivas. Faltaba ese extraño oficial de la tropa, simple (o simplón si quieren).

Igualmente, su esposa e hijos participaron de la Liturgia de siempre…

“La Misa de Siempre” fue la “bandera”. Un objetivo concreto que con evidente injusticia se nos negaba y le daba razón a la “rebeldía”. Pero una liturgia implica y expresa una doctrina, hay un “simbolismo”, un “sacramento” dentro de ella, pero hay también un “embolismo” de ese sacramento en sus estrofas, y hay un “oficiante” tras el cual nos “formamos” (en ambas acepciones) y que la testimonia con su vida; sino, es magia desencarnada. Y descubres que no era primordialmente la liturgia la que te habían quitado… ¡Era la Iglesia lo que te faltaba!  Una pequeña Iglesia como modelo a escala, con su jerarquía, sus verdades, su liturgia, su existencia palpable, sus fieles, sus samaritanos y sus hebreos, los débiles y los fuertes, el trigo y la cizaña. Para el hombre antiguo no había otra Iglesia que su parroquia; los medios modernos nos hacen creer que la Iglesia está en Roma y nos desesperamos ante la debacle, siendo que muchas veces la tenemos saludable a cuadras de la casa y no recurrimos a Ella.

Creo que aquella pequeña grey de los últimos tiempos es una familia junto a un sacerdote; es esa unión la que la hace fértil y viva; la reproducción biológica es para la reproducción espiritual y esta nace de la unión familia-sacerdote, como la anterior del matrimonio. Los movimientos laicos, con sus bienes, han demostrado largamente su esterilidad en vocaciones religiosas (¡los obreros de la viña!); no duran más allá de las personalidades que las sostienen y, como dice Gómez Dávila, suelen caer en “regocijantes pendejadas”.

¿Podría comentarnos el bien que hizo a la familia conocer la FSSPX? 

La FSSPX “se hizo familia” (con los problemas que supone; no quiero sonar publicitario. “Ama a tu vecino, pero no derribes la cerca”). Monseñor Lefebvre no hizo un movimiento litúrgico sino un arca de salvación del sacerdocio católico y, casi de carambolas, salvaba las familias, asunto que se hizo prontamente evidente; y hubo que “inventar” el “Priorato”, con su “jurisdicción extraordinaria” (que no es otra cosa que la vieja Parroquia), lo que cerraba el círculo virtuoso que realimentaba el sacerdocio. ¡Claro que para hacer curas santitos se seguía la defensa de una mejor liturgia! de una mejor teología (el tomismo), y todo el enfrentamiento jurídico más la polémica teológica con los novadores. Había que revitalizar la Iglesia en el nexo familia-sacerdocio, porque el Concilio – más allá de sus errores – la había literalmente castrado.

Hubo emprendimientos parecidos que fallaron al no encontrar las respuestas adecuadas; aquellos elementos que solidifican el actuar de esos curas, que los apuntalan y que los defienden del embate para no volver a perderlos en el papel denigrante y artificial que se les impone desde una iglesia publicitaria y sociológica. “Rol” para el que la mayoría no había nacido, ni para eso habían sido “llamados” al sacerdocio, sino para la “santidad” personal, quedando en manos de Dios la difusión de esa Luz. Eran hombres cuya vocación era la vida comunitaria y la obediencia y fue fácil manipularlos con la amenaza de la soledad y el motín, que no sólo fue amenaza, sino concreta y cruelísima tortura en muchísimos casos.

Pero lo más llamativo y desconsolante son los emprendimientos tradicionalistas laicos, que, llevados por una desconfianza anticlerical producida por el modelo del cura moderno – ya denigrado, deformado y confundido –  han llegado a concebir una resistencia sin sacerdotes (¡¿?!). ¡¿Sin Iglesia?! ¡Fuera de ella no hay salvación! A ellos los espera después del estallido de las “personalidades”, el realismo desesperante de una Roma podrida.

El primer esfuerzo de eso que llamamos “realismo teológico”, ¡es justamente ver en el sacerdote a Cristo!; ¡claro que es contra toda evidencia irrecusable! Que para verlo debemos jugar una “comedia interior”. Si jugamos a que Cristo está presente en ellos y por ellos en nuestras vidas, ¡¿cómo prescindir de Él?! La FSSPX nos daba aquello que en la familia faltaba: el cura, la parroquia, es decir… la Iglesia. Volvía a montar la “obra” sobrenatural en su escenario natural.

Importancia del sano ambiente cristiano y las buenas compañías para que germinen las vocaciones.

El ambiente cristiano es la Iglesia, ningún otro. El Reino de Dios. Las instituciones que se forman en su derredor y apuntan hacia Ella. El mal ambiente son las instituciones que se niegan a esta direccionalidad, que se montan en sus criterios terrenos aún dentro de un planteo natural (¡ni qué decir cuando son expresamente contrarios!). El mal ambiente es laico. La tarea de obtener “ambientes” propicios para la crianza es la de reconstruir Iglesia; no la imposible tarea de recuperar Roma, sino la Iglesia de su entorno.

El mal ambiente es el colegio laico, la universidad laica, el club laico, el trabajo laico; que quizá haya que frecuentar por necesidad, pero de los que hay que huir en espíritu como manda el evangelio vivir en este “mundo”. Estos “malos” ambientes, lo que de más malo tienen es el hacer imposible esa “comedia interior”, ese juego de vivir frente a las realidades espirituales y en su presencia a plena luz del día. Una vida espiritual en una interioridad que se esconde avergonzada, pronto desfallece; debe darse en el gesto, en la acción, en el testimonio abierto dado con entusiasmo y “descaro” juvenil. Al hacernos “razonables” vamos a perder la “juventud”, aquella que recuperamos cuando al comienzo de la Misa, el Sacerdote – teatralmente –  sube al Altar de Dios, “al Dios que alegra mi juventud”, a representar un drama que en realidad y contra toda evidencia, ocurre.

Cesar en la vida a esta “representación” interior que se hace ridícula comedia ante los ojos del mundo, es perder la vida espiritual. Es entregarse al juego contrario; aceptando vivir – aún por momentos-  como si Dios no existiera, como si Cristo no estuviera entre nosotros, y comenzar a morir en una realidad que pronto se deshace en la nada y depara desilusión.

Importancia de la oración para que la familia persevere en el buen camino. 

Rezar en familia es educar en la “comedia interior”, en el “realismo teológico”, es conversar con ángeles. “Nuestra conversación es en el cielo” decía San Pablo.  Es imprescindible ¡y es impresionante como se da tan naturalmente lo sobrenatural entre los niños con esta conversación! “Sed como niños”. Es recitar el guión de una comedia que los adultos no alcanzamos a creer del todo por una fe escasa, pero que sabemos que resultará la única realidad con una fe propuesta a la voluntad y al coraje que no desfallece.

La oración es aportar “activos” a ese patrimonio familiar, cuyas mejores joyas son las afirmaciones indiscutibles y dogmáticas de la fe que se reiteran en cada cuenta del Rosario, tal como vuelve el avaro a recontar sus monedas, y que evitan esa peste familiar que es “la discusión; que es el nombre que se pone la muerte cuando quiere viajar de incógnito”, decía Donoso Cortés.

¿Quiere añadir algo más? 

La familia numerosa es un imposible si pensamos con sereno realismo. Es necesario jugar a que Cristo está entre nosotros, jugar a que el Sacerdote es Cristo, jugar a que no hay mejor tiempo que este. Y hay que reír de nuestro ridículo papel sin sentirnos víctimas sufrientes. Más en tiempos de crisis, en que, como en aquellas de los santos que nos pinta un San Juan de la Cruz, se seca el amor y sin embargo se dirige a la Hostia con gesto provocado de fe a pesar que las evidencias le gritan que allí … ¡¡hay sólo pan!!…  y en aquel juego dramático recupera la caridad por un acto de arrojo. Hay que jugar a que la Iglesia no ha defeccionado, que está allí, incólume, pura, santa; contra toda evidencia. Hay que apostar a la “confianza activa a través de la comedia interior”, y en esta “parodia divina”, redescubrirla.

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc...y últimamente en Agnus Dei.
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