ADELANTE LA FE

La gravedad cuasi infinita del aborto

En numerosas ocasiones he escuchado, como sacerdote, la confesión de una mujer que se acusaba de haber cometido aborto. Cuando me llega esta situación, mi estómago se revuelve y tengo que hacer un acto vigoroso de autocontrol para no decirle lo primero que me viene a la mente: ¿cómo ha sido usted capaz de tal crimen? Lo normal es que cuando una mujer se acusa de aborto, ya viene arrepentida y dolorida por el crimen cometido. De todos modos, y esto depende de cada caso, siempre es bueno hacerle tomar conciencia de la gravedad del hecho; pues algunas veces he visto que se confiesan y no parecen darse cuenta de la gravedad del crimen cometido.

También he conocido casos en los cuales, una mujer, después de confesarse de haber cometido aborto, me vuelve a las varias semanas diciéndome que no se siente perdonada; que el crimen cometido le sigue dando vueltas por la cabeza, y por las noches sueña con el niño que mató. La razón de este pesar, que dura en muchas ocasiones de por vida, se debe a la gravedad del crimen cometido; crimen que no tendría perdón, si no fuera por el amor infinito de Dios; pero crimen tan grave, que se llevará en la conciencia de por vida y que luego habrá que purgar durante muchos años, los que Dios quiera, hasta que la justicia de Dios se aplaque. ¿De dónde le viene la gravedad especial a este pecado?

En muchos artículos se nos ha hablado de la gravedad del aborto provocado en cuanto que es un crimen; pues es el asesinato de un niño no nacido. Este asesinato tiene una gravedad especial como consecuencia de un doble hecho: primero, porque es el asesinato de un niño que nunca se pudo defender, y segundo, porque se le priva del cielo y como consecuencia de la visión de Dios.

Pero vayamos por partes. Primero de todo decíamos que es un asesinato; ya que es provocar voluntariamente la muerte de un ser, que aunque en estado inmaduro, ya goza de cuerpo y de alma; es decir tiene todos los derechos propios de un ser humano: entre ellos el derecho a la vida.

Este ser humano es matado como consecuencia de la conducta criminal de unos padres que prefieren seguir viviendo “su vida” a la vida de un nuevo ser; vida, que es sagrada, pues fue otorgada por Dios en un acto directo de su libre voluntad, ya que fue Él quien en el primer instante de la concepción creó el alma y se la infundió.

Si todo crimen en un pecado horrendo, pues es acabar con una vida que Dios había creado, la gravedad del crimen del aborto es todavía mayor, pues ese niño no tiene modo alguno de defenderse. La Iglesia, consciente de ello, castiga este pecado con la excomunión; es decir con la expulsión del seno de la Iglesia católica.

Si ya por este solo hecho, el aborto es un pecado horrendo, si a ello le añadimos que privamos para siempre a este nuevo ser del gozo del cielo, hace que ese pecado sea todavía mucho más grave.

El nuevo ser, que Dios había creado para que un día pudiera gozar del cielo para toda la eternidad, por ese vil crimen de los padres, es privado del bautismo y como consecuencia, de la posibilidad de salvarse.[1]

Los padres, no tienen derecho alguno sobre la vida de ese nuevo ser, ya que no les pertenece; y menos todavía,  tienen derecho sobre su destino final; ya que éste es el resultado de una voluntad libre manifestada por la nueva criatura a lo largo de su vida. Este niño, no sólo es privado del derecho a la vida aquí en la tierra, sino también del premio que podría haber gozado si hubiera vivido según las leyes de Dios. ¿Quiénes son los padres para privar del cielo a un niño? Se adueñan de un poder que ni el mismo Dios ha querido tener; pues somos nosotros, por nuestra libre voluntad, y siempre con la ayuda de Dios, los que nos salvamos o condenamos.

Es pues tal la gravedad del aborto que no es extraño que una mujer que haya cometido tal pecado se siga acusando de por vida. Es ese mismo pesar lo que le va purificando el alma; y al mismo tiempo le sirve de continuo recuerdo para tener siempre presente la gravedad del hecho que cometió.

¿Cómo puede una mujer volver a ser feliz si sabe que ha privado del cielo a una criatura suya?

Y en el caso de aquella mujer que haya cometido el aborto y luego se haya arrepentido sinceramente: que entregue su vida a Dios; que intente ser una verdadera santa; que viva una seria vida de ascesis y sacrificio, para que así, poco a poco, pueda ir cicatrizando de su alma la inmensa pena de haber cometido tal pecado; y si en esta vida no terminara de pagar, tendrá que hacerlo durante muchos años en el Purgatorio. Y si por alguna razón no se arrepiente y confiesa, tenga por seguro que lo que le espera es la muerte eterna en el infierno.


[1] Puede ver ampliamente justificada esta afirmación en el artículo “¿Qué ha ocurrido con el Limbo?, publicado en esta web hace unos años. Aquí les dejo el link: https://adelantelafe.com/que-ha-ocurrido-con-el-limbo/

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com
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