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La guerra perdida de Afganistán (II)

(Eugenio Trujillo Villegas, Sociedad Colombiana Tradición y Acción – Septiembre 6 de 2021) Quedó registrada para la historia una de las más emblemáticas fotografías del siglo XXI. En ella, el General Chris Donahue, comandante del ejército americano en Afganistán, sube al avión militar que lo llevó de regreso a los EEUU, siendo el último militar en abandonar ese país. Segundos antes, también el embajador americano había abordado el mismo avión, de tal forma que tanto el poder militar como el poder político, dejaban a sus espaldas la que será una de las mayores tragedias del presente siglo.

Una vez más, los EEUU sufren la humillación y la vergüenza de haber perdido una guerra. A pesar de tener todos los elementos materiales para ganarla, ésta se perdió porque no se tuvieron en cuenta los más elementales conceptos culturales del pueblo afgano. Los EEUU quisieron imponer en Afganistán un modelo social, cultural y político semejante al que tenemos en Occidente. Pretendían que las belicosas e ingobernables tribus afganas vivieran en democracia, que abandonaran el comercio del opio, que sus hombres se fueran a los bares a beber cerveza después de una jornada de trabajo, o que sus mujeres usaran jeans y minifalda. 

Después de 20 años de ocupación no pudieron entender que su sistema de vida es diametralmente opuesto al nuestro, y que su religión islámica fundamentalista jamás permitirá ninguna coexistencia. Y tampoco quisieron entender que además de la guerra militar que estaban librando, había una guerra religiosa y cultural mucho más profunda que no se combate con armas. Al igual que tampoco lo entendieron cuando libraron la pasada guerra de Irak, ni tomaron medida alguna para evitar precipitarse en el agujero negro a donde ahora fueron conducidas sus tropas y sus dirigentes políticos.

 

EEUU abandona su arsenal militar en Afganistán

Además, para deshonra de los americanos, al abandonar el país dejaron en manos del enemigo uno de los mayores arsenales militares del mundo. Centenares de helicópteros y de aviones de combate; miles de tanques, de vehículos de guerra y de transporte de tropas; sofisticados equipos de comunicaciones; bases militares perfectamente dotadas con los más modernos y eficientes equipos; centenas de miles de fusiles; complejos sistemas antimisiles; y vaya uno a saber cuántas cosas más. Además, algo imperdonable, también los listados de quienes fueron sus amigos y colaboradores en Afganistán, lo cual es nada menos que una sentencia de muerte para sus antiguos aliados.   

Según los boletines de guerra americanos, esas armas fueron desactivadas antes de ser abandonadas, lo cual no se lo cree ni el autor de ese infame comunicado. Sólo el tiempo nos dirá toda la verdad, cuando esas armas sean usadas para esparcir por todo Occidente los radicalismos fanáticos del Islam, que siempre ha proclamado como su objetivo supremo la destrucción de la religión, la cultura y la Civilización Cristiana.

Sin duda, los próximos atentados terroristas que sacudirán a las naciones europeas y a los EEUU, se harán con esas armas abandonadas en Afganistán. Por ahora, lo único que conocemos son las manifestaciones de júbilo de los talibanes, que han proclamado ante el mundo su nuevo e inesperado poder bélico.

Es inadmisible que este colosal armamento haya sido abandonado por una simple falta de previsión. Sencillamente, los responsables del ejército más poderoso y experimentado del mundo no cometerían semejante torpeza, a no ser porque desde lo más alto del poder político, es decir desde la Casa Blanca, se les ordenó entregar ese arsenal a los talibanes. Esa tuvo que ser una orden directa del presidente Joe Biden, que algún día tendrá que explicar ante el mundo las razones por las que dejó esas armas a sus enemigos. Con ellas, los talibanes harán temblar al mundo, pues el Islam no esconde sus planes de conquista y sus hordas salvajes están listas para emprender la destrucción de los principales símbolos culturales de nuestra civilización.

 

El Islam amenaza a Occidente  

Así como los EEUU fueron ciegos durante el conflicto de Afganistán, también Occidente está ciego con respecto al Islam. Por siglos, esta religión fanática ha sido el azote de los cristianos, pues nos consideran los principales enemigos de Mahoma. Su fanatismo religioso les impone como creencia fundamental que deben exterminar todo aquello que sea un reflejo del cristianismo.

¡Y eso es lo que han venido haciendo desde hace 1.400 años! Solo que en estos últimos tiempos, entraron en escena algunos factores de suma importancia. Uno de ellos es la auto demolición de la Iglesia Católica, que ha ido abandonando casi todas sus misiones fundamentales. Por ejemplo, la de enfrentar las herejías y mantener inmaculada su propia doctrina, con el pretexto de un falso ecumenismo, queriendo hacerse simpática ante sus adversarios. También, la renuncia a evangelizar y convertir a los no cristianos para llevarles el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, de acuerdo al mandato dado por Él a sus apóstoles, que será válido hasta el fin de los tiempos.  

A esta tragedia se le suma un hecho de trascendental importancia, que es la riqueza sin límites a la que llegó el mundo árabe por causa del petróleo, que desde el siglo pasado se convirtió en el principal combustible del mundo. Con el dinero del petróleo, los árabes y el mundo islámico pasaron de la pobre vida tribal a la más extraordinaria de las opulencias, con la cual influyen en forma preponderante en todas las cuestiones actuales.

Para nadie es un secreto que el Islam pretende la conquista de Europa. Millones de musulmanes se han trasladado a ese continente, bien sea porque su riqueza se los permite, o por el efecto devastador de las guerras civiles de África. Mientras los cristianos de Europa abandonan sus iglesias, los musulmanes construyen allí centenares de mezquitas. En cualquier ciudad de Occidente se permite construir esas mezquitas, pero en ningún país musulmán se permite la construcción de una iglesia cristiana.

Debemos pedir a Dios que se apiade de la Iglesia, de Occidente y de nuestra Civilización, para que al menos el látigo de Mahoma despierte de una vez por todas a nuestro decadente y somnoliento mundo. Como ha sido frecuente a lo largo de la historia, solo el terror de la persecución nos hará recordar la necesidad de defender nuestros principios, que ahora están amenazados con las armas americanas que la traición les dejó de regalo en Afganistán.

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