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La Iglesia y Asmodeo (1)

Nota: Traeremos este gran trabajo para ustedes en los próximos días, en cinco partes. Un especial agradecimiento a la contribuyente Francesca Romana, cuyas traducciones son incomparables, por la extensa labor relacionada con esta serie:

Por Don Pietro Leone

Un spiritu fornicationis
Libera nos, Domine
(invocación de las letanías de los Santos)

Un detalle desde el altar por Matthaeus Gruenewald Ysenheimer representaba un demonio andrógino asaltando una iglesia

Sor Lucia de Fátima escribió al cardenal Caffara que el enfrentamiento final entre el diablo y la Iglesia estaría en el ámbito del matrimonio y la familia. Un estudio desapasionado de la historia reciente de la Iglesia nos sirve para asegurar que el conflicto ya ha comenzado, es decir, con la entrada a la Iglesia del demonio Asmodeo: el espíritu de fornicación.

La cuestión que queremos abordar en este ensayo es cómo la Santa Madre Iglesia, que ha resistido durante 2.000 años, ha sido capaz de superar, y de hecho ha purgado y ensalzado todas las sutilezas de los herejes por todos los actos de violencia, de crueldad e inhumanos de sus perseguidores y abstrusos, ahora está sucumbiendo a algo tan básico y tan primitivo como la concupiscencia de la carne.

Para intentar responder a esta pregunta, vamos a exponer brevemente lo siguiente:

1) La actitud  de la Iglesia tradicional con respecto a la sexualidad, en contraste con lo que ocurre en el mundo.

2) La actitud frente a la sexualidad de la Iglesia contemporánea (o más bien de los hombres de iglesia modernos) desde el tiempo del Concilio Vaticano II hasta la llegada del papa Francisco; y finalmente

3) La actitud manifiesta en la Exhortación Amoris Laetitia.

 I

LA SEXUALIDAD A LOS OJOS DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO

A) La naturaleza de la Sexualidad

A los ojos de la Iglesia, la sexualidad tiene una finalidad: es una facultad de la persona humana orientada a la procreación. Desde la procreación exige la existencia de un matrimonio y una familia para su correcto uso, la sexualidad pertenece dentro del matrimonio y la familia, y la sexualidad, por tanto, está dentro de la ética matrimonial.

A los ojos del mundo, por el contrario, la sexualidad no pertenece necesariamente al matrimonio ni sólo está dentro de la ética matrimonial, sino que tiene su propia ética, es decir la ética sexual. Para la Iglesia la partícula elemental es el matrimonio; para el mundo es la sexualidad.

Para el mundo, una vez más, la sexualidad no tiene una “finalidad”, u orientación, como tales. Más bien, al ser sentimiento de amor, es un fin en sí mismo y habla por sí mismo; no necesita justificación, incluso si el agente se impulsa a actuar en contra de la razón. De hecho el concepto de “finalidad” es desagradable para los hijos del mundo [1], porque su ideología (visión del mundo) es esencialmente subjetivista y egocéntrica. En pocas palabras, sólo están interesados en su propia finalidad (o deseos), y no la de Dios, que, según ellos, es muy posible que no exista en lo absoluto.

Su concepción de la sexualidad varía desde lo superficial hasta la sabiduría mundana: desde la concepción simplemente de algo que da placer, solo o con otro, independientemente de la edad, del otro sexo o estado civil; a la concepción del amor entre dos adultos, hombres y mujeres, pero que normalmente no se limita al matrimonio solo. La sexualidad, según ellos, tiene su propia dinámica: crece, se marchita y muere, da placer pero también tristeza; se atribuye a una persona y luego a otra; es tan variable y tan agridulce como la vida misma.

B) La evaluación de la Sexualidad

La Iglesia enseña que la sexualidad, al ser una facultad sensitiva es, por nuestra naturaleza humana caída, y como consecuencia del pecado original, desordenada. Por lo tanto, como todas las demás operaciones de los sentidos y las emociones, debe ser controlada y mantenida a raya por la virtud cardinal de la moderación, que en el ámbito de la sexualidad es conocido como ‘castidad’. El matrimonio, al proporcionar el contexto para el uso correcto de la sexualidad, se denomina “el remedio de la concupiscencia”. Para aquellos que están casados, la castidad significa moderación del uso y los placeres de esta facultad; para los solteros significa abstinencia total.

Aparte de la castidad, hay otra virtud que la Iglesia defiende en el terreno sexual, que es la modestia, o la sensación de vergüenza, ‘pudor’. Esta virtud se refiere a la conducta, la vestimenta y al habla. De hecho la sexualidad no es discutida por los católicos comprometidos, excepto con el mayor tacto y discreción.

Para el mundo, por el contrario, la sexualidad  es considerada como buena en un sentido INCONDICIONAL, dado que pertenece a la naturaleza humana, que también la ve como buena en ese sentido. “Dios me hizo de esta manera”, que se acostumbra a decir acerca de cualquier deseo que los afligen.

El mundo no está interesado en la modestia. Preconiza la licencia completa en el ejercicio de la sexualidad, en la vestimenta, y en el discurso. Es franco y abierto cuando se trata de esto, su tema favorito. Chistes, dobles sentidos, historias de exteriores, “conquistas”, y los escándalos son alegremente pregonados como si fuera un seguro índice de masculinidad y emancipación [2].

C) El abuso de la Sexualidad

En la medida en que está ordenado a la procreación, a la creación de seres a la imagen y semejanza de Dios, para la conservación de la raza humana y para la población del cielo, la sexualidad está ordenada a un gran bien, y, por consiguiente, su abuso es un gran mal. Por esta razón, la Iglesia enseña que todos los pecados sexuales, todos los pecados contra la pureza, son motivo de materia grave: ya sea solo o con otro, si ambos son solteros, o uno o ambos están casados con otro, si son de diferente o del mismo sexo, si el pecado es del orden natural o no natural. Si se han cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento, tales pecados, si no confesó antes de la muerte física, se merecen la muerte eterna del infierno. La Santa Comunión en estado de pecado mortal es un pecado mortal de sacrilegio.

Para el mundo, por el contrario, esta visión es muy exagerada, puritana, mojigata, psicológicamente ensimismada, inhibida, represiva, ‘aguafiestas’, moralizante, farisaica, ‘sólo para las monjas’, ‘ totalmente medieval’, ‘irremediablemente anticuada”. Los hijos del mundo se defienden de las críticas de impureza diciendo que “no están dañando a nadie”. Esto lo dicen para suscribirse al hedonismo, que constituye la suma total de toda su ética sexual [3].

En conclusión, entonces, la Iglesia enseña que:

A) La sexualidad tiene una finalidad y es ordenada a la procreación.

B) La sexualidad es en sí misma desordenada; dentro del matrimonio es permitida como ‘remedio’ de la concupiscencia; debe ser moderada por el ascetismo: Por la castidad y la modestia.

C) Su uso indebido es gravemente pecaminoso.

El mundo enseña, por el contrario, que:

A) La sexualidad no tiene una finalidad particular. Su uso es agradable y un medio para expresar el amor entre dos personas, no necesariamente casados el uno con el otro.

B) es ilimitadamente buena, y puede ser utilizado y hablado con licencia completa.

C) su moral está determinada por los cánones del hedonismo.

 La parte 2 para será publicada, pronto.

[Artículo original. Traducción del inglés al castellano: Juan Carlos Luna Sánchez. Traducción del italiano al inglés: Francesca Romana]
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