ADELANTE LA FE

La «Iglesia del Pueblo»

Hace 75 años, el 29 de junio de 1943, el Papa Pío XII de feliz memoria, promulgó la encíclica Mystici Corporis Christi en la que el Pontífice saliendo al paso de interpretaciones parciales, explana una síntesis del misterio de la Iglesia para afirmar que ésta es una misteriosa analogía con el Verbo Encarnado: humana, divina, espiritual y temporal.

La encíclica sobre el Cuerpo Místico de Cristo, imprimió una nueva conciencia en la Iglesia y produjo en su época un fervor y un estudio crecientes de la eclesiología, es por ello un documento de alcance verdaderamente histórico.

Santo Tomás de Aquino había afirmado que la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, es la doctrina central de la Iglesia, de ahí que, bien se la pudiera llamar el alma de las demás doctrinas.

El Señor instituyó una verdadera sociedad jerárquicamente constituida, visible, pero con un fin no político sino religioso (cf.: Mt 4, 3-10; 5, 3-12; 6, 33; 16, 26-27, etc.), destinándola a aplicar a través de los siglos los frutos de la Redención (Jn 20, 21; Mt 28, 18-19), de aquí se deduce consecuentemente que la Iglesia es la continuación y prolongación del Verbo Encarnado, su Cuerpo Místico (Rom 12, 4-6; I Cor 12, 12-27; Ef 4, 4), que actúa en cada individuo lo mismo que en la humanidad entera la obra de la redención en la oblación del sacrificio de la Misa y en el ejercicio del triple poder apostólico: magisterio, ministerio, imperio.[1]

El Papa Pío XII enseñó: «el Cuerpo místico de Cristo y la Iglesia católica romana son una sola y misma cosa».[2]

I. Fulton J Sheen, la contra-Iglesia

En su luminoso escrito El comunismo y la conciencia occidental, el arzobispo Fulton Sheen, habla de la contra-Iglesia, una especie de cuerpo místico de Satanás, que «en medio de todo ese aparente amor por la humanidad y de su locuaz charla sobre la libertad y la igualdad, ese diablo tendrá un gran secreto que no le dirá a nadie: no creerá en Dios. Como su religión será la fraternidad sin la paternidad de Dios, engañará hasta a los elegidos. Edificará una contra-Iglesia que remedará a la Iglesia, porque él, el diablo, es el remedo de Dios. La casa tendrá todos los detalles y características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de su contenido divino, Será un  cuerpo místico del Anticristo, que se parecerá en todos los aspectos externos al Cuerpo Místico de Cristo. En su desesperada necesidad de Dios, a quien sin embargo se niega a adorar, el hombre moderno, en su soledad y frustración, ansiará cada vez más ser miembro de una comunidad que le dé amplitud de propósitos, pero a costa de perderse en alguna caga colectividad. Se comprobará una paradoja: Las mismas objeciones con que los hombres del siglo pasado rechazaron a la Iglesia, servirán de motivos para que acepten ahora a la contra-Iglesia».

II. Errores acerca de la Iglesia

Siendo la Iglesia la prolongación de Nuestro Señor Jesucristo en el tiempo y en el espacio existe una singular analogía entre los errores cristológicos y eclesiológicos. Así como hay quienes erraron en sus ideas sobre Cristo negando su divinidad (judíos, gentiles y racionalistas), o rechazando su humanidad (docetas y fantasiastas), o separando las dos naturalezas (nestorianos), o absorbiendo la una en la otra (monofisistas); así en cuanto a la Iglesia, unos niegan su misión divina en el mundo (judíos, paganos, racionalistas), otros niegan su humanidad o visibilidad (Wycleff, Huss, protestantes), o su perfección social externa cimentada sobre el Romano Pontífice (orientales, disidentes, galicianos, Febronio, etc.); otros la separan de la sociedad civil (liberales) y otros la quisieran ver absorbida por el Estado (regalistas).[3]

Aún recuerdo la confidencia que me hizo un sacerdote boliviano, que fue secretario de uno de los obispos, éste hacía de chofer del prelado. En cierta ocasión el Nuncio Apostólico visitaba la diócesis y trasladándose en el vehículo, el obispo consultaba con el Nuncio sobre la necesidad de traer sacerdotes de otras latitudes, a lo que el delegado pontificio le había respondido: no traiga sacerdotes italianos ni alemanes, pues éstos son muy rígidos en la doctrina, traiga franceses, belgas o canadienses que trabajan mucho con la gente obrera y hacen obras, o mejor americanos pues sobre todo éstos, llegan con mucha ayuda material.

El americanismo conocido también como herejía de la actividad, o de las obras, surgió a fines del siglo XIX. Activismo, que vitalmente consiste en optar por la acción antes que por la oración. El americanismo nació de las ideas y de los métodos del Padre P. Hecker, sacerdote americano que conociendo la psicología, la mentalidad y el carácter de su pueblo exuberante, ávido de absoluta libertad individual, insensible a las abstracciones teóricas y amante en cambio del pragmatismo, arrastrado por las riquezas naturales del país en un sentido hedonista de la vida, había tratado de adaptar, sin excesivas preocupaciones dogmáticas, la religión católica a ese espíritu.

El Papa León XIII, conocido del peligro de esa tendencia, a través de la Carta Apostólica «Testem benevolentiae» pone de relieve los principales errores del americanismo: necesidad de una adaptación de la Iglesia a las exigencias de la civilización moderna, sacrificando algunos cánones anticuados, mitigando la primitiva severidad, orientándose hacia un método más democrático: conceder más amplitud a la libertad individual tanto en el pensamiento como en la acción, teniendo en cuenta que más que la organización jerárquica obra sobre la conciencia del individuo directamente el Espíritu Santo (influjo del protestantismo); abandonar o no dar mucha importancia a las virtudes pasivas (mortificación, penitencias, obediencia, contemplación) y preocuparse principalmente de las virtudes activas (acción, apostolado, organización); favorecer entre las congregaciones religiosas las de vida activa.

León XIII concluye el documento pontificio con estas graves palabras: No podemos aprobar estas opiniones que constituyen el llamado americanismo.[4]

Una vez finalizado el Concilio Vaticano II la eclesiología sufrió un proceso de protestantización y politización, buscando una redefinición de la Iglesia, una recreación (Boff), una nueva eclesiología, proceso en el que a la llamada «Teología de la Liberación» la cupo un papel descollante propiciando una Iglesia-comunidad revolucionaria.

Así, bajo la falacia de modelos de Iglesia, cada vez con más asiduidad se oye proclamar la tesis del nuevo modelo de Iglesia acorde a nuestros tiempos y sobre todo a las circunstancias, tesis que propugna una Iglesia que nace del pueblo y asume rasgos más flexibles, en su doctrina, en su disciplina, que la Iglesia oficial jerárquica, institucionalizada.

III. La «Iglesia Popular»

La revolución emplea el método de la gradualidad en la aplicación de su objetivo, así con la gradualidad de la estrategia y radicalidad en la meta, fue emergiendo la tesis de una «Iglesia del pueblo».

«El tercermundismo configura una Iglesia paralela que intenta instrumentar todo lo cristiano al servicio de una revolución social de inspiración marxista»,[5] se asocia a los movimientos de cristianos hacia el socialismo y congéneres: «Dada la primacía de la acción revolucionaria, los cristianos (…) aceptan la autonomía de la ciencia y la acción revolucionaria. En este sentido, hay que purificar la fe. La construcción de la sociedad socialista es una tarea no religiosa y supone un cristianismo sin religiones».[6]

A pesar de que la «Iglesia del Pueblo», actúa bajo distintos nombres, (por ej. Iglesia carismática, Somos Iglesia), fue con ocasión de la Conferencia en Puebla (enero 1979), que su presencia se hizo más evidente, ésta repudia la Iglesia tradicional por ser institucionalizada, jerárquica y dogmática, considerándola un «aburguesamiento» del cristianismo. A la Iglesia que viene desde arriba, del Cielo, de parte de Dios, por Revelación y Encarnación del Verbo, opone una Iglesia que sale del pueblo, que es creación libre del pueblo (por «pueblo» se entiende, siguiendo al marxismo, solo el estrato más bajo de la sociedad, es decir, las masas incultas, analfabetas y de precaria situación económica). Es el mismo pueblo el que debería formular su propio «credo», proponer los ritos y ceremonias religiosas y escoger sus dirigentes. Esta vez incluso se acordaron los marxistas de la existencia del Espíritu Santo, sosteniendo que El actúa por intermedio del pueblo.[7]

Se colocan en una actitud de impugnación permanente frente a lo que despectivamente califican como Iglesia establecida o instalada. Sus principales características son: 1) la actitud de impugnación constante ya señalada; 2) considerarse no un mero movimiento o grupo entre otros sino, por el contrario, constituir el verdadero rostro de la Iglesia; 3) se jactan de poseer una asistencia especial del Espíritu Santo, el cual les acuerda carismas especiales para la realización de su misión profética de transformación de la Iglesia, 4) exigen una transformación radical tanto en lo dogmático (formulación de los dogmas, etc.) como en lo pastoral (liturgia, sacramentos, catequesis, etc.); 5) postulan la colaboración con el marxismo en todas sus formas como condición indispensable de toda «encarnación» de los valores cristianos en el orden temporal; 6) impugnan con particular vehemencia toda «verticalidad» en el Magisterio eclesiástico y en el gobierno tanto del Papa como de los obispos; 7) critican sistemáticamente todo esfuerzo en pro de la instauración de un orden temporal cristiano y propician en cambio una «liberación de estructuras demasiado pesadas» y los «cambios estructurales».[8]

Sus profetas son: Louis Evely y Hans Küng.

La famosa frase de Loisy «Cristo predicó el Reino y en su lugar apareció la Iglesia», vuelve a cobrar actualidad.

«La Iglesia tiene que ser la comunidad revolucionaria y quebrantar las leyes que destruyen las personas»[9].

«Del Cuerpo Místico de Cristo, digamos que, una vez anulada por la Teología de la Liberación toda dualidad de naturaleza y gracia, una vez absorbida la gracia en la historia “total” de la humanidad, ese Cuerpo (la Iglesia) ya no tiene razón de ser: es cósmico y lo abarca todo».[10]

«La Iglesia de los pobres significa una Iglesia de clase, que ha tomado conciencia de las necesidades de la lucha revolucionaria como etapa hacia la liberación, y que celebra esta liberación en su liturgia».[11]

Gustavo Gutiérrez es claro: hasta ahora la Iglesia «ha sido construida desde dentro», en función de fines propios «lo que nos dio el llamado eclesiocentrismo». Desde ahora hay que «pensar a la Iglesia desde fuera», lo que significa construirla «desde abajo, desde el pobre, desde las clases explotadas».[12]

La actual situación de la Iglesia en Chile, en este contexto, marca un punto de inflexión hacia el objetivo radical de una Iglesia Popular bajo las premisas de la Teología de la Liberación.

Entre tanto continúan minando los fundamentos de la Iglesia, y colocando otras piedras en vez de aquellas que la Iglesia ha tallado en fidelidad a su Fundador. El orgullo, la popularidad, el aplauso, solidaridad y bullicio de los liberacionistas, por no mencionar otros factores, son voces tentadoras y muy malas consejeras.

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[1] Cf.: PIETRO PARENTE, ANTONIO PIOLANTI y SALVATORE GAROFALO, Diccionario de teología dogmática.

[2] PAPA PIO XII, Encíclica Humani generis, n°. 21.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] SACHERI, A. CARLOS, La Iglesia clandestina, p. 8.

[6] Los Cristianos y el Socialismo, Primer Encuentro Latinoamericano, 1973, p, 209.

[7] Cf.: PORADOWSKI, P. MIGUEL, El marxismo en la teología.

[8] SACHERI, A. CARLOS, La Iglesia clandestina, pgs. 60 y 61.

[9] CONE, JAMES, Teología negra de la liberación, p. 162.

[10] BOFF, LEONARDO, Iglesia, carisma y poder, p. 241.

[11] Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la liberación”, X, 10.

[12] GUTIÉRREZ, GUSTAVO, La fuerza histórica de los pobres.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines
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