La Iglesia, por voluntad e institución divina es –debe ser- “el alma de la sociedad”, como acuñaron los Santos Padres hace ya tantos siglos. En cierto modo, y valga la comparación en su sentido más recto, como la mujer es “el alma” de la familia.

En consecuencia, la Iglesia debe “vivificar” a sus hijos, en primerísimo lugar; al modo como, en el conjunto de la persona, el alma “vivifica” al cuerpo. Y debe vivificar a sus hijos en dos órdenes de cosas:

  1. En primer lugar, llevándole a conocer, seguir y amar a Jesucristo, el modelo que se nos ha dado –“aprended de Mí”, dirá el mismo Jesús-, de modo que Su vida vivifique la nuestra; hasta el punto de poder decir, cada uno, lo mismo que san Pablo: “Ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí”; y también, “mi vivir es Cristo”. Esto es la “santidad”, que es el otro nombre de la vida cristiana: “vida en Cristo”.
  1. En segundo lugar, enseñando a los cristianos a vivificar las instituciones y los ámbitos de su vida ordinaria y corriente, con sus trabajos, sus penas, sus alegrías, sus compromisos, su vida familiar y social,…: todos y cada uno de los “mundos” en que el cristiano vive, y donde debe manejarse, siempre, como “hijo de Dios”: como Cristo. Esta es la vocación y la misión de los laicos, en la Iglesia y en el mundo, respondiendo a lo que Jesús mismo nos señaló: “Vosotros sois la sal de la tierra”, “vosotros sois la luz del mundo”, “un poco de levadura hace fermentar toda la masa”.

Además, la Iglesia como institución, y especialmente la Jerarquía, atenta precisamente a esos ámbitos en los que han de manejarse los hijos de Dios, los cristianos, y atenta a su vocación de iluminar las conciencias de “todos los hombres de buena voluntad” –católicos o no-, debe, con su Magisterio, y atendiendo a la Tradición de su misma Historia –de su misma Vida- debe dar la doctrina correspondiente sobre las situaciones, viejas –y que se resisten a morir, o que rebrotan periódicamente- o nuevas –las “aportaciones” de las sociedades en las que se ha echado a Dios, y que se manejan “ut si Deus non daretur”- que se producen o reproducen.

De ahí las cartas pastorales de los señores obispos, o de los documentos de las distintas congregaciones, o del magisterio –ordinario y extraordinario- del mismo Papa, en las que se entra, iluminando las conciencias y los corazones de todos, a estas situaciones, nuevas o viejas, que “inventamos” los hombres cuando no queremos aceptar que sea Dios quien nos diga “haz esto”, “pon esto aquí, y eso allí”, “esto está bien o esto está mal: es un pecado”, etc.

Ahora bien, se plantean entonces dos cuestiones: ¿la Iglesia debe entrar a todos los trapos? Y, cuando entra a alguno, ¿desde qué postura debe hacerlo?

  1. ¿Debe entrar a todo? La respuesta, claramente y en mi opinión, es NO. Rotundamente.
  1. ¿Cómo debe hacerlo? NO AL MODO DEL MUNDO, no con los presupuestos mundanos, y nunca con los tiempos que pretende marcarle el propio mundo.

NO debe entrar a todo. Como Cristo no entró a todas las cuestiones, especialmente no entró a aquellas en las que sus interlocutores no se acercaban con rectitud. Por ejemplo: le plantean los fariseos y principales eclesiásticos del mundillo judío: “Dinos con qué autoridad haces esto”, como si no les bastase verlo y oírlo; quieren Su explicación, para retorcer sus palabras y así pretender tener con qué acusarlo. Y va Jesús, con todo su Corazón lleno de Amor –divino y humano-, y les contesta: “Yo también voy a haceros una pregunta, y si me la contestáis, Yo también os contestaré a la vuestra: ¿el bautismo de Juan, de dónde venía, de Dios o de los hombres?”. Deliberan los judíos, y como todas las respuestas que se les ocurren les deja en mal lugar, se salen por la tangente y le contestan: “No sabemos”. Y Jesús les dirá: “Pues Yo tampoco os digo con qué autoridad hago esto”. Y se marchó. Punto. No entró, no contestó: porque no hacía ninguna falta.

Como no contestó a Herodes. Ni palabra. Como no entró al tema de la mujer adúltera y la Ley de Moisés, que los judíos pretendían enfrentar a la Suya, la Ley del Amor. Como no entró, con Simón el fariseo que le había invitado a comer, al tema de la mujer pecadora, sino que le entró a Simón.

Y NO debe entrar AL MODO MUNDANO, un mundo que pretende marcarle la agenda a la Iglesia, de tal modo que vaya siempre por detrás, que vaya siempre con la lengua fuera, y que asuma los temas con los que pretende tener con qué acusarla. Y esto es un desastre para la Iglesia, que no está para esto. Como tampoco lo estaba el Señor.

Por ejemplo: cuando Jesús expulsa a los vendedores y cambistas del Templo, después de derribarles las mesas y las jaulas y corralitos de distintos formatos, no lo hace “dialogando” con los interesados precisamente, sino a latigazos, con una mazo de cuerdas. Eso sí, no se calla el motivo: “porque habéis convertido la casa de mi Padre en una cueva de ladrones”.

Y esto ES MISERICORDIA: en concreto, doble, y de la buena: “enseñar al que no sabe” y “corregir al que yerra”. No es misericordina, ni buenismo, ni indiferencia, ni adormecer las conciencias, ni cooperar al mal, ni no distinguir blanco o negro. Aquí todo es claro, recto, directo y, en el fondo, sencillo: porque se pone por delante la Verdad de Dios a las triquiñuelas de los hombres.

Tampoco Jesús se corta un pelo para entrar a lo impresentable del judaísmo; en concreto, que habían sustituido los mandatos de Dios por mandatos de los hombres. Y claro que entra al trapo, pero poniendo las cosas en su sitio: “Decís vosotros… Pero Yo os digo…”. Y lo dice. Con la DIACONIA DE LA VERDAD por delante, que es la que SALVA: y éste es el servicio –la misión- de Jesús y de su Iglesia.

Y en esta misma línea, les denunciará tantas veces que “teniendo ojos no veis, teniendo oídos no oís, y teniendo entendimiento no entendéis”. O los pondrá a caldo, especialmente a las autoridades religiosas, ante su ceguera –afectada- y su perversa intención: “Sepulcros blanqueados”, “nubes sin agua”, “raza de víboras”, palabras que deben sonar igual de mal en todas las latitudes y en todas las culturas. Pues las dice la MISERICORDIA EN PERSONA. La misma Persona que morirá en la Cruz, henchido de Amor, por todos, pecadores.

Y es que, en algunos temas, da la impresión de que hay personas de Iglesia, de la Jerarquía más en concreto, que parece que han descubierto –ayer mismo- la homosexualidad; o que hay “católicos” divorciados y arrejuntados con otra, incluso con hijos; o que hay parejas homo/lesbis/trans que se mercan un crío y “dicen” que “lo quieren bautizar”… Y claro, van esas personas de Iglesia, de la Jerarquía incluso, y pierden todo lo perdible por “dar solución” a esas personas. Una “solución” que, como no cabe en la Iglesia, a no ser que deje de ser lo que es, no tienen ningún inconveniente en romperla o corromperla.

Y así pretenden, “dentro de la Iglesia”, que se cree una legislación precipitada –en primer lugar-: hay prisas, como si hubiese millones de gentes en esa situación; disparatada –en segundo-, porque la discriminación positiva es tan injusta como la discriminación, sin más, pero más disparatada aún porque en la Iglesia no se discrimina a nadie; que lleva a la confusión de las conciencias –en tercero-, tanto de las personas concernidas, como de todas las demás: porque pretenden que lo que ha sido siempre pecado, ya no lo vaya a ser, por ejemplo; y que rompe a la misma Iglesia –en cuarto lugar- en su ser, en su misión, en su doctrina, y en su colegialidad.

Y a esto, lo llaman “pastoral”. ¿Pastoral? ¿Cómo sinónimo de Buen Pastor? ¿Imitando a Cristo, “el” Buen Pastor? Me da que a los que practican estas “pastorales” Jesús les dedican unas palabrillas poco alagadoras, sinceramente. ¿Les sonará la contraposición que hace entre el Buen Pastor, que entra por la puerta, que conoce a sus ovejas y éstas conocen su voz, y le siguen…, y el “mercenario”, y el “salteador”…? ¿Lo habrán leído alguna vez? Es posible que sí. El problema, como siempre, es qué se aplica uno a sí mismo. Y hay que ser muy honrado uno mismo con uno mismo para decirse la verdad, y rechazar los autoengaños.

Padre José Luis Aberasturi y Martínez