ADELANTE LA FE

La inmutabilidad de la Palabra divina

No estéis  en deuda con nadie, sino amaos los unos a los otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la Ley. Pues no “adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás” y cualquier precepto, en esta sentencia se resume: “Amarás al prójimo como a ti mismo. El amor no obra el mal del prójimo, pues el amor es el cumplimiento de la Ley (Rom. 13, 8-10).

Jesús decía a los judíos que habían creído en él: Si permanecéis  en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn. 7, 31)

Sacerdote, bájame de la Cruz

Queridos hermanos, la Palabra de Dios es eterna. Cada día la santa Misa tradicional se lo recuerda al sacerdote cuando lee el Prólogo del Evangelio de San Juan a la finalización de aquella. Ese prólogo lo lee el sacerdote teniendo aún presente el Calvario, a Cristo en su alma y en la Cruz. Esto me lleva a una reflexión, que en realidad es la reflexión del misterio del sacerdocio.

En cada santo Sacrificio, nuestro Señor Jesucristo ejerce Su Sacerdocio ofreciéndose al Padre como víctima propiciatoria por nuestros pecados. Él es el Sacerdote y la Víctima a la vez, y el altar Su Santa Cruz. En cada santa Misa el Señor,  Sumo y Eterno Sacerdote, hace la misma petición a su sacerdote, a mí mismo, al obispo, al cardenal, a su propio Vicario en la tierra:

¿Quieres quitarme los clavos? ¿Quieres crucificarte en la Cruz y recogerme en tus brazos? ¿Quieres bajarme de la dolorosa Cruz y ponerte en mi lugar? Nadie lo notará, porque tú sacerdote, tú obispo, tú cardenal, tú mi Vicario en la tierra,  tú padre Juan Manuel, eres otro YO.

He aquí la grandeza y el misterio del sacerdocio católico. El Señor nos pide estar crucificados para que Él sea aliviado por en nuestro dolor. Él espera de sus sacerdotes que sean el mismo reflejo Suyo entre los hombres. Nuestro sacerdocio es el de Jesucristo,  no tenemos otro. Nuestra vida es la de Jesucristo, no tenemos otra vida. Nuestra palabra es la de Jesucristo, no tenemos otra. No tenemos un sacerdocio propio, no tenemos una vida propia, no tenemos una palabra propia. No nos pertenecemos a nosotros mismos. Estamos obligados a reproducir en nosotros la vida de nuestro Señor Jesucristo, a menos que lo traicionemos como nuevos Judas.

Pesada es la carga del sacerdocio, como pesada es la Cruz de Cristo; inmensa es la responsabilidad del sacerdote, como grande es la responsabilidad de la salvación de las almas, como infinitamente inabarcable es el Amor de Dios manifestado en la santa Cruz. Con esfuerzo, con sufrimiento, con debilidades, con gran fragilidad, hemos de luchar día a día por reproducir en nuestra vida la Vida de Jesucristo,  a la que pertenecemos. Ya no somos los hombres  que éramos,  aquel hombre viejo murió, somos otros Cristo, y en esta realidad vivimos y nos esforzamos por reflejar Su vida en nosotros.

Cada día la santa Misa no recuerda el misterio del sacerdocio, que es el misterio de la Cruz. Cada día el Señor nos llama a subir a ella, a vivir en ella, y desde ella predicar Su divina Palabra. Cuando el sacerdote, temeroso, frágil y débil, intenta, amorosamente, quitar los  santos clavos y recoger en sus brazos el divino Cuerpo experimenta de forma sublime la presencia de Cristo en él. Comprende la omnipotencia de la Palabra divina. Comprende su  sabiduría. Comprende cómo no es posible que ni una tilde de la palabra de Dios quede sin cumplir. El sacerdote crucificado es el mismo Cristo que habla con Sus mismas palabras, que obra Sus mismas acciones, que vive Su misma Vida. El sacerdote crucificado es el sacerdote libre, porque ya no es él, sino Cristo en él.

El Amor es el cumplimiento de la Ley

La Palabra de Dios es eterna, lo sabe el sacerdote crucificado, el que sube a la Cruz para aliviar los sufrimientos de Jesucristo. Recordemos la palabra de Dios a través de San Pablo:

No estéis  en deuda con nadie, sino amaos los unos a los otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la Ley. Pues no “adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás” y cualquier precepto, en esta sentencia se resume: “Amarás al prójimo como a ti mismo. El amor no obra el mal del prójimo, pues el amor es el cumplimiento de la Ley.

La palabra de Dios es clara: el verdadero amor al prójimo consiste en el cumplimiento de la Ley divina. Quien no cumple la Ley de Dios no ama al prójimo. La Ley es clara: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás. Esta es la Palabra de Dios, no hay alternativas, no hay otras vías distintas a la claridad y contundencia de la Ley de Dios.

El que propone una alternativa a la Palabra de Dios no ha subido a la Cruz; es el sacerdote que rechaza bajar a Cristo de la Cruz; es el sacerdote que no quiere crucificarse  y aliviar el dolor de nuestro Señor. Desobedecer Su Palabra es alejarse de  Su Sacerdocio, es alejarse del Calvario, es no querer ser cómplice  de Su Amor crucificado. No predicar la  integridad de la Palabra de Dios es renunciar al sacerdocio de Cristo, a Su Vida y a Su Palabra, para seguir siendo el hombre mundano y carnal que era.

La Verdad nos hará libres

Lo dice San Juan: Si permanecéis  en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. El sacerdote que permanece en la Palabra de Dios es su verdadero discípulo, porque conoce la Verdad, y ésta le hace libre para predicarla. ¿A quién teme? ¿Qué sacerdote, o Pastor, tiene miedo de predicar la Verdad? ¿Qué sacrdote no es verdaderamente libre? El que no vive su sacerdocio en y desde el Calvario, el que se ha alejado de la Cruz de Cristo; el que no quiere quitar los santos clavos a nuestro Señor; el que no quiere crucificarse y recoger al Salvador entre sus frágiles y pobres brazos.

Desde la Cruz el Señor nos habla: Él es Dios. Él es el Salvador. El es el Maestro. Él es el Doctor de la Ley. Él es el Sumo y Eterno Sacerdote. Él es la Palabra hecha carne. La Palabra eterna, inmutable, precisa como espada de doble de filo. En la Cruz ha querido mostrar Su Omnipotencia, Su Sabiduría, Su  Amor infinito.

Solamente desde la Cruz de Cristo podemos vivir nuestro sacerdocio, porque es un sacerdocio crucificado, es un sacerdocio que no nos pertenece porque vivimos el sacerdocio de Cristo. Nuestra única razón de ser es la de reflejar fidelísimamente el Sacerdocio de Jesucristo en nuestras vidas. No tenemos otra opción ni alternativa. Lo hecho,  hecho está. Lo dicho, dicho está. El amor es el cumplimiento de la Ley. La Palabra es eterna. Si permanecéis  en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

El Magisterio de la Iglesia que hemos recibido, fiel a la Palabra de Dios, es claro en materia de moral y del sacramento del matrimonio, el adulterio es pecado mortal, y el que comulgue en pecado mortal comulga su propia condenación eterna. No existe alternativa a la Ley de Dios.

El amor es el cumplimiento de la Ley.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.