ADELANTE LA FE

La inocencia es el mayor adorno del alma

Queridos hermanos, la inocencia es el mayor adorno del alma, su vestidura más hermosa y valorada; las galas más valiosas de las que se puede proveer el alma santa, y la que quiere firmemente serlo. Dios se complace en los corazones puros y en las almas inocentes. La inocencia arrebata para sí el  sacratísimo Corazón de Jesús.

Bienaventurados los limpios de corazón, nos dice nuestro Salvador, porque ellos verán a Dios. Sólo los limpios de corazón, los puros, los inocentes verán a Dios; nadie manchado con el pecado podrá  verlo, ni acercarse a Él, que es la infinita pureza e inocencia. Lo saben en el Cielo, y lo saben en la tierra las almas castas a las que se comunica Dios, dándoles inteligencia de los más sublimes misterios y de lo oculto que hay en la divinidad.

Los puros, los castos, los inocentes, son amados por Dios especialmente, porque se esfuerzan en vivir unidos  a Él, renunciando a todo lo que les aparte de la Ley divina; se sacrifican lo que fuere necesario por ser fieles a la pureza. La fe siendo oscura, es luz para ellos, pues está iluminada por las gracias especiales de Dios. Pero para quien es verdaderamente oscura, de forma especial, es para los corazones impuros y corrompidos por la lujuria; para esas almas sepultadas en el lodo de la carne; para esas almas para las que el deleite carnal las embrutece; para quienes el placer hace totalmente terrenas y carnales.

La luz de la fe entra fácilmente a alumbrar un corazón exento de esas espesas nieblas, de esos vapores impuros y malignos que exhala la corrupción. La impureza, la lujuria, ciega los ojos del alma, ofusca el entendimiento y debilita la voluntad, dejando al alma a merced del deseo, que como tirano la esclaviza. La impureza apaga la luz sobrenatural de la gracia, y deja el espíritu y el corazón en una espantosa noche. Noche donde el alma no es capaz de ver sino a través de su propio deseo, que se ha apoderado de ella, y aunque quiera no puede desasirse de la violencia con se siente zarandeada.

¿De dónde ha nacido esa exaltación de la concupiscencia de la carne que vemos hoy en la propia Iglesia? No de corazones puros e inocentes, sino de corazones emponzoñados de lujuria. Pero, incluso si nos fijamos en las herejías y su origen, podemos comprobar la relación entre el hereje y la impureza, y de esa relación proviene la corrupción absoluta de sus costumbres.

La impureza lleva a la pérdida de la fe. Vemos en la actualidad  cómo los que mantienen sus posturas favorables al adulterio, homosexualidad, uniones libres, anticonceptivos, etc., se alejan de la fe católica, propiciando una fe acomodada a la situación de cada persona. El mismo sacerdote o religioso incómodo con el celibato argumentará a favor del celibato opcional. El origen y causa de la constante involución dentro de la Iglesia, ya sean herejías, celibato opcional, aceptación del adulterio, relaciones homosexuales, reinterpretación de las Sagradas Escrituras en aquellos pasajes que incomodan, tiene su origen en la corrupción del corazón, en la perdida de la inocencia. Ese es el primer móvil. Si la ley de la continencia, para el sacerdote o religioso, se hace muy pesada entonces la fe perderá su vigor, y se debilitará. Si los mandamientos de la Ley de Dios son una carga por lo que supone de vivir la pureza y castidad, de igual forma la fe acabará perdiéndose, desapareciendo su brillo inicial, y la corrupción de costumbres tomará su lugar.

Qué gran testimonio de fe podemos dar con la pureza de nuestras costumbres, aun sin decir nada, sin hablar, dando testimonio con nuestra modestia. Qué estragos tan terribles hace en el alma una pasión violenta; bien pronto el alma traspasará cualquier límite, decencia, interés propio,  honra, salud…, todo se sacrifica a una pasión que domina. Ella corrompe las bellas cualidades naturales, aniquila la más racional educación, embrutece el espíritu más eminente y apaga los sentimientos más cristianos.

Dichosos los que caminan en las sendas de la inocencia, sin otra guía que la Ley del Señor, dice el Salmo 118, 1.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.