ADELANTE LA FE

La Justicia de Dios que condena

Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino al arrojarles en el infierno los entregó a las cavernas tenebrosas, donde están guardados para el juicio; y no perdonó al mundo antiguo, aunque preservó a Noé -pregonero de la justicia- con otros siete, cuando desencadenó el diluvio sobre el mundo de los impíos; y a las ciudades de Sodoma y Gomorra las condenó  a la destrucción, reduciéndolas a cenizas  para escarmiento de lo que habrá de suceder a los impíos. 2 Pe. 4-6.

Pecado de los ángeles rebeldes.

Queridos hermanos, la infinita Justicia de Dios puede castigar sin misericordia como lo hizo con los ángeles rebeldes. Lo recuerda el texto de la segunda carta de Pedro anteriormente expuesto, e Isaías 2, 15: Pues bien, al sepulcro has bajado, a las profundidades del abismo; así como Lucas 10, 18: Y Él les dijo: Veía yo a satanás caer del cielo como un rayo. Es conveniente traer a la memoria el pecado de los ángeles, creados por Dios llenos de sabiduría y gracia; pero usando mal de su libre albedrío se ensoberbecieron contra su Creador, por lo cual fueron echados del cielo y arrojados al infierno, perdiendo para siempre el fin y la bienaventuranza para que fueron creados.

Ésta es una verdad de fe católica que nos enseña, en primer lugar, la liberalidad de Dios con los ángeles creándolos con tan esclarecidos dones y gracias. Pues los hizo puros espíritus, inmortales, sin corrupción; intelectuales, libres, sin que nadie pueda forzar su voluntad; sabios, con plenitud de todas las ciencias naturales; poderosos, sobre las criaturas inferiores; santos, con los dones de la gracia y demás virtudes; moradores del cielo; y, finalmente, capaces de ver a Dios claramente, con promesa de esta gloria si perseverasen en su servicio. En segundo lugar, algunos de ellos se envanecieron con los dones recibidos, y oponiéndose contra Dios; sin darle la reverencia y obediencia que debían darle con humildad, empleando su libertad y fuerzas para ofender a quien tanto les había dado.

Por último, en tercer lugar, la fe nos dice el terrible castigo de Dios a los ángeles rebeldes. No les dio lugar a penitencia, privándoles por aquel solo pecado de los dones de gracia que les había dado, y arrojándoles como rayos desde el cielo a los fuegos eternos: Veía yo a satanás caer del cielo como un rayo (Lc. 10, 18). No consideró Dios la hermosura de su naturaleza, ni la grandeza de su estado, ni que eran criaturas suyas hechas a su imagen y semejanza, ni que eran muy sabios, ni que habían sido amigos; porque un solo pecado mortal basta para oscurecer todo esto y es digno de castigo eterno:

Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino al arrojarles en el infierno los entregó a las cavernas tenebrosas, donde están guardados para el juicio (2 Pe. 2, 4).

Visto el castigo de los ángeles rebeldes, ¿cómo no  dejará de castigar Dios a los hombres obstinados en su pecado, que desprecian la misericordia divina, siendo inferiores como son a los ángeles?  Y si lo ángeles con ser mayores que los hombres en fortaleza y sufrimiento, no pueden sufrir el espantable juicio y castigo que en ellos se hace, llevándolo con gran paciencia y rabia, ¿cuánto menos podrán sufrir el juicio los hombres más débiles y miserables?

Temerosos y arrogantes [los impíos arrastrados  por deseos impuros], no temen blasfemar contra los seres gloriosos, mientras que los ángeles -aun siendo superiores en fuerza y poder- no profieren una sentencia injuriosa contra ellos en presencia del Señor. 2 Pe. 2, 11.

Es terrible caer en manos de Dios vivo (Heb. 10, 31), manos tan pesadas que ni los ángeles pueden sufrirlas. El segundo libro de Samuel nos habla al respecto:

Ve a decir a David: Así habla el Señor: Te voy a elegir entre tres cosas la que he de hacer yo a tu elección. Vino Gad a David y se lo comunicó, diciendo: ¿Qué quieres: tres años de hambre sobre la tierra; tres meses de derrotas ante los enemigos que te persigan o tres días de peste en toda la tierra? Reflexiona, pues, y ve lo que he de responder al que me envía (2 Sam. 24, 12-13).

Queridos hermanos, considerar este pecado de los ángeles nos ha de ayudar a comprender el amor de Dios para con cada uno de nosotros, cuántas gracias nos ha dado, beneficios, dones de todo tipo, y, por el contrario, cuánta ingratitud la nuestra cometiendo tantos pecados; y bien merecido tendríamos el castigo de Dios, como el de los ángeles, y aún más. Porque el pecado de ellos fue solamente uno, y los nuestros muchos; el de aquellos fue un pecado de pensamiento en materia de soberbia, los nuestros son de pensamiento, de palabra y obra en materia de soberbia y de lujuria, de ira y de tantos vicios más; el de los ángeles no fue injurioso a la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, por ésta no se derramó por ellos; pero los nuestros son injuriosos contra esa Sangre del Hijo de Dios que se derramó por mí en la Cruz.

Pecado de los primeros padres.

Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista, y deseable para alcanzar por él  sabiduría y cogió de su fruto y comió, y dio también de él a su marido, que también con ella comió (Gn. 3, 6).

Nuestros  primeros padres habiendo sido creados en el Paraíso y en justicia original, quebrantaron el mandamiento de Dios comiendo la fruta del árbol que les había prohibido so pena de muerte, por lo cual fueron echados del Paraíso, e incurrieron en la sentencia de muerte y en otras innumerables miserias, ellos y sus descendientes.

Lo mismo que con los ángeles, puede decirse de nuestros primeros padres; pues cuán ingratos fueron con un Dios que tanto les benefició con tantas y tan grandes gracias. El castigo de Dios fue terrible, echándolos del Paraíso, privándolos para siempre de la justicia original, sujetándolos a la muerte y a todas las miserias del cuerpo corruptible, en las cuales incurrimos todos sus hijos, porque todo pecamos en él:

Por tanto, así como  por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron. Rom. 5, 12.

Y por esa causa nacemos hijos de la ira:

Entre estos también todos nosotros vivimos en otro tiempo en la concupiscencia de nuestra carne, siguiendo los deseos de la carne y de los malos pensamientos, puesto que éramos  por naturaleza hijos de la ira como los demás. Ef. 2, 3.

Qué terrible, espantos, horrendo y terrible es el pecado mortal, pues uno solo priva a tantos bienes, lleva consigo tantos males y provoca tanto la ira de Dios, siendo como es más inclinado a la misericordia que al rigor de la justicia.

La penitencia de Adán y Eva fue muy larga, el resto de su vida,  y amargo fue el bocado dado a la manzana, y cuánto les costó, lágrimas, sufrimientos y miles de infortunios que el estado de corrupción traía consigo. Pero al fin por la penitencia alcanzaron el perdón.

Muchos han sido condenados por un solo pecado mortal.

El infierno está lleno de almas, entre las cuales muchas están allí por un solo pecado; unas por perjurio, otras por pensamientos pecaminosos consentidos, otras por pecados de palabra o de obra; todos eran personas como nosotros; muchos cristianos como cada uno de nosotros, que gozaron de los mismos sacramentos y misas, y homilías y libros sagrados, y quizá en algún momento fueron santos y agradaron mucho a Dios. Pero muchos descuidando su vida de santidad terminaron cayendo en el pecado mortal, y por los justos juicios de Dios les cogió la muerte en tal pecado y fueron condenados por él justísimamente; porque como dice Santiago (2, 10):

Porque quien observa toda la Ley, pero falta en un solo mandamiento, se hace reo de todos.

Y, además, no habrá misericordia alguna para aquellos que no la han tenido en la tierra. La sentencia es terrible:

Porque quien no practica la misericordia tendrá un juicio sin misericordia (Sant.2, 13).

Cuántas gracias hemos de dar a Dios Todopoderoso que nos ha preservado de bajar a los tormentos eternos, diciendo con el profeta David:

Pueda yo darte gracias, Señor, mi Dios, con todo  mi corazón, y glorificar tu nombre por toda la eternidad. Por tu gran misericordia para conmigo, por haber sacado mi alma del profundo averno. Sal. 85, 12-13.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.