En la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación Dei Verbum, el Concilio Vaticano II enseña lo siguiente acerca de la relación entre la Escritura y la Tradición:

“Existe una estrecha conexión y comunicación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, porque ambas, manando de la misma fuente divina, confluyen, en cierto modo, en una unidad y tienden hacia el mismo fin. Porque la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto está consignada por escrito bajo la inspiración del Espíritu divino, y la Sagrada Tradición toma la Palabra de Dios confiada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles y la transmite a sus sucesores en toda su pureza, de modo que, conducidos por la luz del Espíritu de verdad, puedan, al proclamarla, preservar esa Palabra fielmente, explicarla y hacerla más ampliamente conocida. Por consiguiente, no sólo en la Sagrada Escritura encuentra la Iglesia la certeza sobre todo lo que ha sido revelado. Así pues, tanto la Sagrada Escritura como la Sagrada Tradición deben ser aceptadas y veneradas con igual sentido de lealtad y veneración. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen el sagrado depósito de la Palabra de Dios, que ha sido confiado a la Iglesia”[1].

Cuando hablamos de la Escritura está claro (o suficientemente claro) que nos referimos a los contenidos de la Biblia, el canon de los escritos establecido por la Iglesia.  Pero cuando hablamos de Tradición, ¿a qué nos referimos, exactamente? ¿Dónde -para decirlo de modo más concreto- nos encontramos con la Tradición, o nos topamos con ella? ¿Cuándo es que estamos en su presencia? ¿Cómo sabemos que se trata de la “Sagrada Tradición” – ¡que el Concilio dice que es parte de la Palabra misma de Dios!- y no de meras “tradiciones humanas”, que pueden tanto ser como no ser de Cristo, el Señor?  

Dom Mark Kirby, Prior del Monasterio de Nuestra Señora del Cenáculo, en Irlanda, habla de “la antiquísima ley que fundamenta y moldea tanto la doctrina como la vida moral católicas: Lex orandi, lex credendi, lex vivendi[2]. Esto es un modo vigoroso de decir “la ley de la oración” (cómo oramos) moldea la “ley de la fe” (cómo creemos), la que, a su vez, da forma a la “ley del vivir” (cómo realmente conducimos nuestras vidas).

LEX ORANDI

Dom Mark comenta lo siguiente sobre el primero de estos componentes:

“La lex orandi es la puesta por obra de la sagrada liturgia, y está compuesta no sólo de textos, sino de todo el conjunto de signos sagrados, gestos y ritos por los que, mediante el sacerdocio de Jesucristo, los hombres se santifican y Dios es glorificado. La sagrada liturgia misma -que es el Santo Sacrificio de la Misa, los otros sacramentos, el Oficio Divino y los varios ritos y sacramentales que encontramos en los libros litúrgicos oficiales de la Iglesia- es la theologia prima de la Iglesia… La teología primordial de la Iglesia no es algo inventado por hombres eruditos, sino que se encuentra en el dato de la liturgia, que es el órgano primordial de la auténtica tradición de la Iglesia”.

Esta conclusión resuena en la elocuente declaración del P. Louis Bouyer:

“Es en la celebración de los misterios de la liturgia, y en toda la vida nueva, mística y comunal que fluye de ella, que la Iglesia conserva en unidad la conciencia, perpetua y perpetuamente viva, del depósito inmutable de la fe que se le ha encargado”.

Más sucintamente, Pío XI declara: 

La liturgia es el órgano principal del Magisterio ordinario de la Iglesia[3].

Un escritor anónimo contemporáneo deduce las implicaciones de este especial estatus:

“La liturgia es el manantial o fuente primaria de nuestro conocimiento de la Revelación… Es el contexto ordinario, normal, en que los fieles cristianos se encuentran con las divinas realidades de un modo tal que participan de ellas contemplando y orando. Las encíclicas y los concilios cumplen el propósito primario y didáctico de informar al intelecto de las verdades individuales de la fe, algo que es necesario para la vida cristiana. Pero la liturgia hace lo mismo y aun más. La liturgia es el lugar en que la formación del intelecto produce su fruto, la fe hecha vida. La liturgia es la fe puesta en práctica. Es el lugar en que los cristianos reciben la revelación, creen en ella y obran de acuerdo con esa fe mediante la adoración directa de su Creador… La liturgia es, también, un medio a través del cual la Revelación es comunicada. En realidad, como ya dijimos, es el contexto definitivo y primordial en que, para los cristianos, tiene lugar esta comunicación y recepción, debido precisamente a que es el acto central del culto cristiano. El culto es el principal acto de la religión: todos los demás actos son vanos a menos que estén dirigido hacia el acto de culto”[4].

Debido a esta íntima conexión entre el modo cómo oramos, lo que creemos y cómo nos conducimos en nuestra vida, es que los santos siempre han exhibido un amor ardiente por la liturgia y todo lo que se relaciona con ella: las frases y gestos de ésta han llenado su imaginación, y han experimentado un sentimiento de temor reverencial y de humildad frente a esta sagrada herencia, y han aconsejado prudencia al intervenir en ella. Un sabio benedictino de nuestros tiempos, Dom Bernard Capelle (1884-1961), al cual se le pidió, por una comisión vaticana, expresar su opinión sobre la reforma litúrgica, escribió en 1949:

“No debe cambiarse nada a menos que se trate de algún caso de necesidad indispensable. Esta es una sapientísima norma, porque la liturgia es verdaderamente un testamento y un documento sagrado -no tanto escrito como vivo- de la Tradición, que debe tratarse como un locus de teología y una purísima fuente de piedad y de espíritu cristiano”[5].

También podemos comenzar aquí a ver la conexión entre lo que he argumentado sobre el Apocalipsis (la centralidad cósmica del culto y la liturgia celestial de la Iglesia triunfante, paradigma para la Iglesia militante en la tierra) y lo que aprendemos en el libro Los signos sagrados, de Romano Guardini, acerca del lenguaje de los símbolos, mediante los cuales llegamos a comprender a Dios y a relacionarnos con Él, y por los cuales expresamos lo que es más interior y más elevado de nosotros mismos.

Reuniendo las ideas precedentes, Dom Daniel Augustine Oppenheimer nos muestra las exigencias éticas y espirituales que la sagrada liturgia hace al creyente:

“Antes que nada… el antecedente primordial es la humildad frente a la fuente misma. Ya está en acción el principio ascético de la fe, que entiende que la traditio litúrgica no es ‘un viejo pedazo de tela’, para usar la famosa expresión del cardenal Ottaviani, disponible para libres imaginaciones o cortes arbitrarios o remodelaciones. Los textos, gestos, signos, símbolos, música, todo el conjunto de la cultura litúrgica, todo eso posee una cohesión, un sentido, una profundidad y un carácter interiores. La liturgia merece reverencia en sí misma porque es santa y es la fuente principal de la Revelación”[6].

LEX CREDENDI Y LEX VIVENDI

Refiriéndose ahora al segundo y al tercer miembro de la “antiquísima ley”, Dom Mark escribe:

“La lex credendi es la articulación de lo que ya está dado, contemplado y celebrado en la lex orandi. La doctrina de la Iglesia emerge, con toda su brillante pureza -con el veritatis splendor– del manantial de su liturgia. La doctrina de la Iglesia, su theologia secunda, es fruto de su experiencia litúrgica. […] La lex vivendi es la vida moral católica, una vida animada por las virtudes teologales, una vida de obediencia a los mandamientos divinos, caracterizada por las virtudes cardinales, iluminada por las Bienaventuranzas, enriquecida por los Siete Dones del Espíritu Santo, y desplegada en los Doce Frutos del Espíritu Santo. La lex vivendi se refiere a todo lo que enseña a los hombres a vivir rectamente, a todas las cuestiones éticas y sociales, y a la búsqueda de aquella santidad que, ya ahora, contemplamos en los santos que la Iglesia nos presenta”.

El orden en que están puestos estos tres elementos no es en absoluto algo accidental: como hemos visto, la liturgia nos entrega la fe que profesamos o, en otras palabras, profesamos nuestra fe en y a través de la liturgia. El culto divino, en la forma en que nos ha sido legado por los apóstoles y sus sucesores, es lo primero, llena nuestras mentes y corazones, y nos muestra el camino; a continuación, en segundo lugar, viene la articulación teológica y la explicación de la fe, como internalización de lo que hacemos cuando celebramos los sagrados misterios -y reflexionamos sobre ellos-. Una vez que nos hemos vuelto en oración hacia el Dios viviente, que es Alfa y Omega, el Primero y el Último, reconociéndole la primacía que se le debe (la lex orandi), y una vez que hemos recibido de sus labios la verdad, dándole a ésta primacía en nuestras almas (lex credendi), ya podemos recibir nuestras “instrucciones para el camino” para nuestra vida en el mundo, para el cumplimiento de lo que es recto en el amor virtuoso de nosotros mismos y de nuestros vecinos (la lex vivendi). Dom Mark expresa bellamente este orden:

“La restauración de la doctrina católica a toda su belleza y riqueza, y la consiguiente recuperación de la disciplina católica como algo que sana y da vida, comenzarán con la restauración de la sagrada liturgia”.

Otro escritor, que escribe con pseudónimo, nos ofrece una vigorosa meditación sobre el super-realismo de la liturgia que, porque realmente contiene lo que representa, nos pone en contacto directo, inmediato, con las realidades últimas:

“La liturgia no sólo nos enseña la fe y nos transmite la gracia, sino que revive y renueva en el tiempo los sagrados misterios de Cristo para los fieles. Al hacerlo, nos encontramos con Cristo, los ángeles y los santos, y logramos un atisbo de la superior realidad espiritual del Señor mientras vivimos en la tierra, haciendo borrosas las líneas que separan lo eterno de lo temporal. Nos vamos de la liturgia y de la ‘cena espiritual’ de Cristo habiendo no sólo aprendido lo que creemos, sino también cómo creer cuando Él vuelva al mundo, fuera del templo… ¿Cómo nos orientamos hacia Dios y no hacia el pecado? ¿Cómo vemos el mundo y Dios como Él desea que veamos? Es la liturgia la que nos muestra cómo, además de ser el espacio para los sacramentos en que el Espíritu Santo actúa y hace inmediatamente accesible para el fiel la obra de Cristo… El propósito de la liturgia, especialmente durante los grandes tiempos del año, es unir a los fieles con Dios para que puedan conocerlo y salvar sus almas. Dios los une a Sí mismo y con su nueva Jerusalén, la Iglesia, y con su Cuerpo, también la Iglesia”[7].


[1] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum (1965), núm. 9.

[2] Todas las citas de Dom Mark están tomadas de su artículo “Liturgy, Doctrine, and Discipline: the Right Order”. Véase también el artículo de Joyce Little, “Lex Orandi, Lex Credendi:Many Young Catholics Find Liturgy Incomprehensible and Irrelevant. Is it?”.

[3] Citado por el cardenal George Pell en The Translation of Liturgical Texts (y por muchos otros autores).

[4] The Maestro, “Liturgy,Revelation and Tradition”.

[5] Citado en el excelente artículo de Pawel Milcareck Balance instead of Harmony.

[6] Dom Daniel Augustine Oppenheimer, Asceticism and Tradition.

[7] The Rad Trad, “Liturgy &Tradition: Sensus Fidelium”.

(Traducido y publicado con permiso por Asociación Litúrgica Magnificat Una Voce Chile)

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).