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La lógica retrógrada de Traditionis Custodes

Por Phil Lawler

En la medida en que Traditionis Custodes ofrece alguna explicación para su abierta hostilidad hacia los tradicionalistas católicos, esa explicación radica en la afirmación de que las comunidades tradicionalistas han causado divisiones dentro de la Iglesia. Por lo tanto, el Papa Francisco sugiere (y la Congregación para el Culto Divino insiste aún más severamente) que el tradicionalismo debe ser suprimido.

Esa lógica es retrógrada. No fue el movimiento tradicionalista -y mucho menos la liturgia tradicional- lo que exacerbó las divisiones dentro del catolicismo. Fue la actual dirección del Vaticano, la misma que ahora busca un chivo expiatorio al que culpar.

Durante varias décadas después del Concilio Vaticano II, los católicos que podrían, a falta de un término mejor, ser clasificados como «conservadores» -y me incluyo entre ellos- miraban con recelo a los tradicionalistas. Incluso The Wanderer, un periódico que nunca se asoció con el liberalismo, consideraba a los Tradicionalistas demasiado negativos. Defendíamos la liturgia del Novus Ordo, confiando en que todo iría bien una vez que se eliminaran los excesos de los años 70, que ciertamente no fueron autorizados por el Concilio Vaticano. Nos resistíamos a la idea de que el propio Concilio hubiera introducido problemas; creíamos firmemente que era la mala interpretación deliberada del Concilio la que había sumido a la Iglesia en el caos.

Por encima de todo, los católicos «conservadores» anhelábamos, trabajábamos y rezábamos por la «reforma de la reforma» en la liturgia. Creíamos firmemente que, una vez que se corrigieran las modas y las novedades y los abusos manifiestos, podríamos restaurar la reverencia y la dignidad de la Misa. Imaginábamos -y si teníamos suerte, ocasionalmente encontrábamos- una Misa realmente celebrada según las directrices establecidas por la Sacrosanctum Concllium, y la encontrábamos hermosa.

Sin embargo, durante todos esos años, la liturgia que experimentamos en las parroquias ordinarias no mejoró. Los abusos no se corregían; las novedades seguían proliferando. Por lo general, podíamos encontrar una parroquia en la que la liturgia se celebraba más o menos correctamente, pero esa situación podía cambiar de la noche a la mañana con la llegada de un nuevo párroco o una directiva del zar de la liturgia diocesana. Cuando viajábamos, solíamos entrar en una iglesia desconocida con gran inquietud, sin saber qué tipo de misa íbamos a encontrar.

Junto con el deterioro de la liturgia, vimos el colapso de la enseñanza católica ortodoxa, la huida de las normas morales de la Iglesia y el éxodo (especialmente de los jóvenes) de las bancas. Todos estos desastres ocurrieron después del Vaticano II. Pero no eran, repetíamos, causados por el Concilio. La culpa la tenía la mala interpretación del Concilio.

Gracias a Dios, pudimos mirar a Roma en busca de liderazgo, de enseñanza ortodoxa, de inspiración. El Papa Juan Pablo II y luego el Papa Benedicto XVI nos dieron abundantes indicaciones de que la Iglesia no había cambiado en lo esencial. Desgraciadamente, a nivel parroquial, las cosas no mejoraron notablemente. La liturgia era descuidada, la catequesis más descuidada; los jóvenes seguían alejándose. Esperábamos, deseábamos y rezábamos para que llegara el momento en que toda esa clara enseñanza papal se filtrara a las iglesias locales. Como debe ser, estábamos seguros, porque ¿no era el Papa la autoridad final sobre lo que el Concilio enseñó, y lo que la Iglesia enseña?

Y entonces llegó el Papa Francisco.

Lentamente al principio, y luego a un ritmo espantosamente acelerado, el Papa socavó nuestra confianza en la autoridad papal. Una y otra vez apoyó opiniones y causas liberales que habíamos descartado como interpretaciones erróneas del Vaticano II. El Papa no mostró ningún interés en restaurar la reverencia a la liturgia católica; de hecho, se burló regularmente de quienes lo hacían. La «reforma de la reforma» estaba muerta en el agua.

El Papa Benedicto nos había persuadido de que debíamos leer el Concilio con una «hermenéutica de la continuidad», comprendiendo que las enseñanzas de la Iglesia en la década de 1960 debían ser necesariamente compatibles con sus enseñanzas en la década de 1660 o en la de 560. Pero ahora un nuevo Papa nos decía, en un lenguaje inequívocamente claro, que se había producido una ruptura en la continuidad, al igual que, según proclama ahora, se ha producido una ruptura radical en la tradición litúrgica de la Iglesia.

Ya no podíamos rechazar simplemente estos argumentos, cuando venían del Sumo Pontífice. Teníamos que tomarlos en serio, y preguntarnos: ¿Existe realmente una discontinuidad radical entre el catolicismo preconciliar y el postconciliar? Porque si así fuera, nos veríamos obligados a plantear una segunda y grave interrogante: ¿Se ha desviado la Iglesia de la auténtica tradición católica? O, dicho de otro modo, ¿había algunos aspectos de las enseñanzas del Concilio que requerían, al menos, una aclaración, si no una corrección directa?

Así que nos planteamos estas preguntas, que nuestros amigos tradicionalistas ya se habían planteado durante años. Las respuestas nos impulsaron aún más hacia los Tradis. No podíamos ignorar que, independientemente de nuestras diferencias pasadas, los Tradis tenían las mismas creencias fundamentales que nosotros, las mismas creencias que ahora eran atacadas en todas partes. No podíamos ignorar que las comunidades tradicionalistas crecían, en un momento en que las parroquias se reducían y las diócesis se «reestructuraban» cerrando las puertas de las iglesias desocupadas. Sobre todo, no podíamos ignorar que la Misa tradicional en latín se celebraba con reverencia y transmitía la rica herencia de nuestra fe.

En la última semana he hablado con media docena de católicos que, como yo, han empezado a asistir regularmente a la Misa Tradicional en Latín. En todos los casos, su movimiento hacia la TLM* comenzó durante el actual pontificado. No nos movimos hacia el tradicionalismo porque los Tradis atacaran al Papa; sería mucho más exacto decir que nos movimos en esa dirección porque el Papa nos atacó.

Si el Vaticano está buscando una explicación a las crecientes divisiones dentro de la Iglesia, y particularmente a la última escalada de las «guerras litúrgicas», la búsqueda debería comenzar, por desgracia, en el Trono de Pedro. Y las divisiones no se curarán con la guerra no declarada del Vaticano contra el tradicionalismo.

*TLM: Misa Tradicional en Latin por sus siglas en ingles.

Phil Lawler es periodista católico desde hace más de 30 años. Ha editado varias revistas católicas y ha escrito ocho libros. Fundador de Catholic World News, es el director de noticias y principal analista de CatholicCulture.org.

Traducido por EFC. Artículo original

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