La mala costumbre de escribir

Sin que se pudiera saber si era primero el huevo o la gallina, todo movimiento religioso, político, artístico y hasta los de las más vanas ocupaciones, tenían su “órgano de expresión”. Una revista o un periódico en dónde sus partidarios irían, a la vez que expresando las ideas sostenidas y perseguidas, afinando los instrumentos conceptuales de su accionar, poniéndolos en tela de juicio, polemizando con propios y ajenos y atestiguando en él sus aciertos y sus errores. Sus amorosas predilecciones y sus odios más acervos. Desnudando el alma ante amigos y enemigos. Promoviendo la acción, explicando la acción.

Esto es ya una rareza, nadie escribe. Nadie lo hace de verdad.

Esa buena costumbre siempre dio elementos de tarea a los historiadores que, buceando en estas publicaciones, daban cuenta del pensamiento de un grupo en una época, a veces con lujo de detalles en sabrosas discusiones y la influencia de ese grupo en el todo y en los hechos. Pero no sólo la historia se veía servida, sino también la filosofía y la literatura, pues en tren de imponer las propias ideas o cosmovisiones, no podían dejar de influir la calidad de su lógica, el fundamento de su ética y la estética de su esgrima. Lo poco que ahora se escribe hay de desecharlo, pues no dice nada.    

El escribir era una espada, un arma más de la batalla, pero un arma noble como el reducido gladius que acortaba la distancia del combate. Quien la blandía ponía su cuerpo y su nombre en primera línea, se sentía la respiración forzada del contrincante, se ofendía y se honraba cara a cara. Se daba testimonio y se concitaba la fe, para bien o mal. A veces no tenemos suficientemente claro que nuestra religión nos pide una fe en palabras escritas, dichas algunas vez, si, pero escritas y firmadas al pié, dando fe de ellas. Jugando con ellas sus vidas. Que ser fiel es ser fiel a unas Escrituras y que ser Traidor fue entregar esas escrituras, renegar de ellas. “Tener fe” hace referencia a la Palabra.

Escribir siempre fue jugarse el pellejo, ponerse en peligro para poder salvarse. Fue dar la palabra y dejar testimonio de ella para que nos pueda ser reclamada la traición. Muchos han creído que escribir es un ataque, cuando es algo mucho más arrojado, es tirar la llave por la ventana, es quemar las naves antes del ataque. Es una puesta en juego total. El martirio pudo ser porque la Verdad estaba escrita. Dar la palabra es escribirla. Escribir es sangrar.

Pero esta buena costumbre ha cesado. La mentira y el miedo han acabado con ella. Nadie quiere quedar entrampado en un documento, los “movimientos” ya no tienen “órganos de expresión” porque sería fatal tanto para preservar sus mentiras como para preservar sus verdades, las primeras deben ser dichas y luego negadas, las segundas preservadas en el silencio. Decirlas los obligaría a pensar, a tener un pensamiento, nada más horroroso, nada más inadecuado ante una realidad tan cambiante. Las verdades mueren en la interioridad o en la intimidad de los hombres buenos, por miedo a dejarlas dichas; miedo de que nos sean reclamadas, o miedo de que sean atendidas y hieran. Miedo a quedar solos con ellas. A que haya ofendidos y peor aún, ¡a que haya honrados!. Los hombres han dejado de hablar para sólo murmurar. Nadie quiere quedar prisionero de sus dichos.

Hubiera sido bueno que todo esto implicara un ahorro de tinta y papel, de imágenes en las pantallas, pero no. Se inventó una forma de hablar sin hablar y de escribir sin decir nada. El academicismo obligó a escribir sin opinar, sin ofender, sin honrar, sin pensar, sin arriesgar. Nada de lo escrito concita la fe de quien lee. Pilas de “papers” se acumulan en un archivo o en la nube, sin que digan nada por lo que se pueda, no digo morir, sino jugar un billete. Cuando alguno de estos escribas de la nada se agotan de hablar sin decir, y se tientan de escribir algo… no lo firman, que es lo mismo que no escribirlo. Lo lanzan como se arroja un disparo de lejos y sin apuntar, apenas al bulto, sin importar a quien le cae, con el sólo objeto de herir y no tener que pagarlo. Sólo les inspira el daño ajeno si está a salvo el propio.

Hasta no se escribe por “caridad”. Las pobres gentes no soportarían el peso de lo escrito. Lo escrito es de una gravedad que la vida banal ya no tolera. Se puede mal entender lo hablado, a las palabras se las lleva el viento. Los sermones hacen felices a todos porque nadie escucha, o porque pueden ser malinterpretados, ya que no serán repetidos. No pueden ser releídos. No se nos puede señalar el renglón traicionado. La palabra hablada permite la falta de atención, carece de densidad. Ante lo dicho no se necesita oponer una denegación o un rechazo, la simple inatención, perfectamente explicable en el tráfago de esta vida, justifica una fe difusa. Una fe nebulosa. Ponerlo por escrito es dejarlos sin excusa, y eso es insoportablemente cruel, lo dicho deja libre la conciencia del que debe testimoniar la verdad, pero pronto nos deja tranquilos, se olvida. Nadie quiere ser perdonado, todos quieren ser excusados: “No se me dijo con claridad”, “estaba muy ocupado en tantas cosas” “no quedó taxativo”. El mismo hablar se vuelve sibilino para no causar sufrimiento, para no provocar el rechazo, para no despertar una conciencia inadvertida que duerme el dulce sueño de la vida.   

Una Verdad escrita es agresiva. Es incivilizada. Es abrupta. Es incorrecta. Hay que dar más tiempo a la Verdad, mucho más, mucho más aún. Hay que darle el tiempo necesario para cuando ya no quede casi tiempo. La Verdad es para el que agoniza, no para el que vive. La Verdad es bochornosa.

Quien escribe sangra y hiere. Agoniza mientras lo hace y está muerto cuando luego del punto final, suscribe. El que lee asiste al lecho de un moribundo que ya habla desde la eternidad. Asiste al drama de un condenado o al éxtasis de un salvo, y se encuentra en el incómodo sitio del Juez.

Enseñar a leer ya es imposible. Se trata de recibir noticias incómodas y para colmo,  fijar en ellas la atención. Se trata de perder la dulce excusa de la distracción.

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

Del mismo autor

LA PESTE (Así de simple)

 Malebranche quería convencernos de que Dios causa directamente todas las cosas...

Últimos Artículos

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco»

I. El Evangelio del pasado Domingo nos presentaba a...

Mater mea, fiducia mea

En Roma, en la capilla del Pontificio Seminario Mayor,...