Queridos hermanos, mientras Nuestro Señor Jesucristo ascendía hacía el monte Calvario apareció una mano que calculando bien dónde iba a herirle en la espalda, en la herida que más le dolía, le lanzó con verdadera furia una gran piedra que acertó donde apuntaba, ocasionándole tal dolor que Nuestro Señor cayó al suelo gimiendo de sufrimiento.

Nadie se percató quién era el que con tanta furia y acierto apedreó al Señor, pero Él si sabe quien fue, o mejor, sabe quién es; sabe su nombre y apellidos. Es el sacerdote indigno que le apedrea sin misericordia al negar que la Santa Misa sea un verdadero sacrificio, que no cree en la transubstanciación, que profana la Sagrada Comunión.

Cuando Nuestro Señor cayó el suelo,  quien tiró la piedra no hizo más que reírse de Su caída por lo acertado de su piedra. Es el indigno sacerdote que indiferente sigue con su proceder mientras la Sagrada Hostia está en el suelo; es el que no tiene el más mínimo cuidado de que las sagradas partículas caigan.

Nuestro Señor le mira, porque sabe quién es, como miró a Pedro tras haberle negado; si bien Pedro se conmovió, este sacerdote aún no se ha conmovido, sigue con su ceguera y rabia; pero el Señor no deja de mirarlo con compasión esperando que su hijo predilecto tenga compasión de Él.

El Señor se pregunta: ¿No os basta verme crucificado, que aún me apedreáis? Y os reís. Y nos preguntamos, ¿Por qué se ordenaron? ¿Por qué los ordenaron?

Los que apedrean al Señor beben su propia condenación, se están sentenciando ellos mismos, muy a pesar Suyo. Se sienten seguros de sus burlas y pedradas porque piensan que nadie les va a recriminar; no están solos, se apoyan unos a otros, se cubren unos a otros, se exculpan unos a otros, se protegen unos a otros. Siguen con sus pedradas y con sus risas; y se ríen entre ellos, y se felicitan de lo acertado de sus pedradas. Y se ríen. Y se sienten seguros de sí mismos. Y de esta forma viven su sacerdocio. Y de esta forma siguen bebiendo su condenación. ¡Ciegos!

La última palabra la tiene Jesucristo, Nuestro Señor, no nosotros, no el sacerdote. El Señor calla, aunque aparentemente, y siempre nos espera; pero la última decisión es únicamente Suya. Él es el que decide y juzga, y Su juicio será inapelable y justísimo.

Sigue con Su Cruz a cuestas camino del Calvario, y al llegar al Calvario, la Santa Misa, es crucificado. El Calvario vuelve a vivirse en el Santo Sacrificio. Espera que el corazón de Su sacerdote se enternezca oficiando con dignidad y unción,  tratando Su Bendito Cuerpo y Preciosísima Sangre con el cuidado, respeto y devoción que requieren; que sea hostia con la Hostia, víctima con la Víctima, para gloria de la Santísima Trinidad,  bien de la Iglesia y conversión de los pecadores.

El Calvario es el tesoro más grande que Jesucristo ha dejado a Su Iglesia y al mundo, es la prueba de Su Amor infinito, es el testimonio de hasta dónde llega todo un Dios por el amor a sus criaturas para que no lleguen a perderse eternamente. La Sagrada Pasión se revive en cada Santa Misa. El Señor sigue a cuestas con Su Cruz,  se oye el griterío, y las ofensas, y siguen una vez más apareciendo esas manos que con furia lanzan piedras a la lacerada espalda de Nuestro Señor.

Piedras lanzadas a traición. Indignos sacerdotes que crucificáis y apedreáis al Sumo y Eterno Sacerdote, cuando os mofáis del santo Sacrificio transformándolo en un parodia aberrante, cuando indiferentemente veis caer su Bendito Cuerpo y seguís indiferente, porque no creéis en Su presencia real. ¡Pobre Señor!

No permitas nunca, Dios Padre Todopoderoso, que el maligno enemigo endurezca nuestro corazón y oscurezca nuestro entendimiento para que jamás la mano que lanza la piedra sea la nuestra,  sea la mía.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.