Queridos hermanos, he leído unas declaraciones del cardenal W. Kasper en las que dice, referente al próximo documento postsinodal, que “marcará el inicio de la mayor revolución en la Iglesia en 1500 años”. Es decir, que no sólo nos encontraremos con una gran “novedad”, sino que además con más novedades que se irán sucediendo; pues así hay que entender las palabras: “inicio de la mayor revolución”.

No sé a qué se referirá el Señor Cardenal, o quizá sí. Pero en realidad no me inquieta, ni hasta me preocupa, ni curiosidad tengo. Por la sencilla razón, mis queridos hermanos, que la única revolución, si hemos de emplear este término, que verdaderamente me preocupa, aconteció hace algo más de 2000 años, y ocurrió en el  monte Calvario, Nuestro Señor Jesucristo murió crucificado. Y ya antes nos había dicho que cuando sea levantado en el árbol  de la Cruz atraería a todos hacia Él. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, murió en la Santa Cruz, consumando la Redención, para la salvación de todos los hombres. Esta es la verdadera, única, e importante revolución que hemos de anunciar, que la misma Iglesia católica ha de anunciar continuamente.

Cada mañana, en la Santa Misa tradicional, la Santa Madre Iglesia me confirma en la verdad del Sacrificio de Jesucristo que la Santa Misa hace presente. Y  este sacrificio expiatorio y propiciatorio me confirma, cada bendito día, en la verdad de la fe católica que se contiene en la Santa Misa. Este Santo Sacrificio,  verdadera revolución, es el mismo del Gólgota, pero siempre nuevo y actual. Es un misterio. Cada día las mismas ceremonias, o rúbricas, pero siempre nuevo todo lo que acontece, siempre mi alma sacerdotal renueva su vocación y deseo de perfección y santificación.

Nada puede asemejarse a este acontecimiento de hace algo más de dos mil años. Es de tal magnitud e importancia que la tradición venerable de la Iglesia católica lo ha mantenido celosamente guardado y custodiado en la Santa Misa tradicional.

El Santo Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo nos recuerda que la cruz es nuestro camino a seguir para la Resurrección; sólo participando de la Santa Cruz podremos salir vencedores de la tentación de maligno, que nunca cesará en su combate para hacernos perder el estado de gracia. La Santa Misa tradicional nos mantiene aferrados a esta verdad, nos protege y nos “pertrecha” para el combate espiritual.

Si algún futuro documento de la Iglesia nos enseñara algo distinto a la Verdad recibida de la tradición, a la Verdad del Magisterio, ya sea en el Santo Sacramento del Matrimonio, de la Penitencia, o de cualquier otra materia en la que la Iglesia ya se haya definido, no podremos considerarlo enseñanza verdadera de fe católica. Me confirma en esto mi Santa Misa tradicional, me lo dice cada mañana cuando me sitúo ante el altar de Dios. Cuando ante la mirada atentísima de Dios Padre Todopoderoso, ante la presencia del Cordero Divino, ante el Santo y Divino Espíritu de Dios, ante la Corte Celestial y ante la Santísima y Purísima siempre Virgen María, me santiguo dando lugar al Santo Sacrificio.

La Santa Misa tradicional me  confirma en la fe católica para poder decir con firmeza que el adulterio es pecado mortal, como lo son las relaciones de sodomía, como pecado mortal es el uso de  anticonceptivos, y las relaciones prematrimoniales o las uniones civiles. Que el papel de la mujer en la Iglesia no está en el presbiterio. Que el celibato sacerdotal es intocable e irreformable. Que la Sagrada Comunión en la mano es fuente de sacrilegios. Que…

Qué paz siente el alma en la Santa Misa tradicional, en ella está lo que el mismo Dios Todopoderoso quiere que hagamos y vivamos para  Su Gloria, bien de Su Iglesia y de los pecadores. De la misma forma que todo en ella está medido, estipulado y ordenado, de igual manera las verdades de  fe que  nos  presenta tienen la misma claridad y firmeza.

Escribo estas líneas el Viernes de Dolores, que la liturgia tradicional mantiene, recordando el Purísimo Corazón de la Santísima Virgen traspasado de dolor al pie de la Santa Cruz.

O vos omnes, qui transítis per viam, atténdite, et vidéte, si est dolor sicut dolor meus.

¡Oh vosotros los que por aquí pasáis: Mirad y ved si hay dolor comparable con mi dolor! (Lam. 1, 12).

Qué dolor añadido cuando nuestra Santísima Madre contempla a tantos Pastores de su Iglesia alejándose de la Verdad de Su Hijo, que es la Verdad de la tradición, del Magisterio que hemos recibido.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa