Hay almas que escondidas del mundo acompañan a Nuestro Señor en su Sagrada Pasión. Son las almas estigmatizadas. San Francisco de Asís, el Padre Pío, Santa Gema Galgani, han sido conocidos y populares santos estigmatizados.

¿Por qué las almas estigmatizadas? Porque  a través de ellas el Señor derrama su Misericordia, sobre la Iglesia y la humanidad. Y lo hace en forma de “flujo interior” enfervorizando a muchas almas, a las que el Señor guía y reúne.

La persona estigmatizada, en su “aislamiento”, es testigo y testimonio de la Obra de Misericordia del Padre Eterno operada en su Hijo por el Espíritu Santo. La Pasión redentora de Nuestro Señor Jesucristo sigue presente en estas almas victimas, absolutamente necesarias para que Su sufrimiento siga siendo  fuente de Misericordia Divina.

Estas almas viven en su cuerpo la dolorosa Pasión del Señor, el dolor de la perforación de sus manos y pies, el dolor de la corona de espinas, los flagelos, la lenta agonía de Nuestro Señor en la Cruz.

El Señor “vive” en cada uno de nosotros y únicamente daremos testimonio de ello si hemos muerto al pecado, al mundo, a la carne. La Pasión del Señor, el Calvario, es fruto de vida eterna, de verdadera vida para el mundo, pero no como lo entiende el mundo aborreciendo la Cruz de Cristo, sino según la Verdad de Dios, según la Obra perfectísima de todo lo creado, donde no es compatible el pecado ni mácula de imperfección.

De la Sacratísima Llaga del costado del Señor sigue fluyendo –a través de las almas estigmatizadas-  sus divinos rayos de Misericordia. Nada ofende más a Dios Todopoderoso que el pecado, y nada más horrendo y diabólico que querer unir pecado y Misericordia. El sufrimiento de las almas estigmatizadas – a veces humanamente inconcebible –  es fuente de “agua viva” para la Iglesia y el mundo, es sanación, curación para las almas atormentadas por las pasiones, hundidas en el lodazal del pecado.

Nunca entenderemos la Misericordia infinita de Dios y cómo sigue actuando en la Iglesia y en el  mundo. La Misericordia Divina es la constante llamada al pecador para purificarlo, para volverle a la “vida”. La impureza del cuerpo y el alma es infecciosa pus que sólo la Misericordia de Dios transforma en pureza de agradable olor. Las almas estigmatizadas son quienes con mayor perfección aman y viven la pureza de cuerpo y alma. Su pureza desprende los destellos resplandecientes que el flagelado y atormentado Cuerpo de Nuestro Señor desprendió en su Sagrada Pasión.

Los estigmatizados son “Cristo sufriente” en el interior de la Iglesia, son verdaderas almas víctimas transformadas en la Víctima que diariamente se ofrece en cada Santo Sacrificio del Altar. Son el recuerdo constante, aunque oculto, de la Obra de Misericordia de Dios. El Señor redimió a la humanidad en el  árbol de la Cruz. Olvidar la Cruz es olvidar la Misericordia.

La Misericordia de Dios obra en el pecador no sin dolor, y a veces, casi insoportable; es el dolor de quien debe alejarse de su vida de pecado renunciando a un amor humano pecaminoso, a relaciones no bendecidas por Dios, a deseos que no surgen del  amor a Dios; es el dolor de quien está unido a lo carnal, a lo mundano, a lo material. Pero ese dolor, necesario en el pecador, será transformado por la Misericordia Divina en fuente de Gracia inagotable. El pecador vuelve a la “vida”, lo hará uniendo su dolor al sufrimiento de Cristo en la Cruz.

Las almas estigmatizadas unen su dolor al de Cristo sufriente para que la Misericordia siga actuando, atrayendo a las “ovejas” perdidas. Saben estas almas que no todas las “ovejas” perdidas vuelven al redil; las hay que rechazan la Misericordia de Dios al no querer renunciar a su vida de pecado. ¡Ay! de estas pobres las almas que tendrán sentencia condenatoria para toda la eternidad. Las almas estigmatizadas sufren con el Señor la perdida eterna de estas almas en pecado. Este sufrimiento se une al propio que ya tienen.

Las Sacratísimas Llagas vivas de Nuestro Señor siguen manando Misericordia en las llagas de los estigmatizados,  para indicarnos que su Sagrada Pasión es la fuente viva de la Misericordia, que el Santo Sacrificio de la Misa es la Obra de la Misericordia donde su Bendito Cuerpo y Preciosísima Sangre se ofrecen como alimento  vivo a los renacidos a la Vida.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.