Todos somos conscientes de las ventajas que tiene el uso del móvil. En más de una ocasión nos ha sacado de un apuro; pero lo que nos cuesta más es reconocer cuántos problemas nos ha causado y nos seguirá causando el uso abusivo del móvil.

Pocas son las personas que usan el móvil y no han caído más de una vez en el pecado de faltar a la “caridad” respondiendo a una llamada cuando se estaba en medio de una conversación con otra persona; o se han puesto a leer un mensaje de Whatsapp que acababa de llegar mientras se estaba cenando con la familia. En más de una ocasión mi director espiritual me ha tenido que llamar la atención cuando, estando en una reunión, dando una clase… me llaman al móvil e interrumpo lo que estoy haciendo para atender la llamada.

A veces el uso del móvil puede llegar a faltar el respeto incluso a lo más sagrado. Cada vez es más frecuente ver personas a quienes les suena el móvil en la Iglesia y se esconden detrás de una columna para responder.  Y digo yo ¿tan importantes somos o tenemos problemas tan graves que no podemos esperar unos minutos y guardar el respeto que se merece la Santa Misa?

Le presentamos brevemente un resumen de las conclusiones a las que ha llegado el Centro de Estudios Especializados en Trastornos de Ansiedad y un pequeño cuestionario para que nosotros mismos evaluemos nuestra dependencia del móvil.

Conclusiones del Centro de Estudios Especializados en Trastornos de Ansiedad (CEETA)

Si no puedes vivir sin el móvil, si te invade la ansiedad cuando te lo dejas en casa, si lo consultas cada pocos minutos… Si no eres persona sin tu móvil, tal vez padezcas nomofobia (fobia a quedarse sin móvil).

Según datos del CEETA, el 96% de los españoles tiene móvil. Casi 10 millones de españoles utilizan la aplicación para móviles Whatsapp para comunicarse mediante mensajes escritos. Estudios realizados revelan que casi el 53% de los usuarios de teléfonos móviles tienden a sentir ansiedad cuando “pierden su teléfono móvil, se les agota la batería, el saldo, o no tienen cobertura en la red”

En las personas afectadas por esta dependencia, la ausencia del móvil puede crear inestabilidad, agresividad y dificultades de concentración, malestar general, hipervigilancia, inquietud y/o temor a estar “desconectado” o aislado. Estas personas sienten que el teléfono o las conversaciones mantenidas les aportan tranquilidad; necesitan comprobar de forma constante la recepción de mensajes o actualizaciones en sus redes sociales… También consultan permanentemente las noticias y manifiestan una preocupación desmedida por lo que pudiera suceder si no están conectados, pudiendo llegar a sufrir crisis de pánico y agorafobia.  “Las personas que padecen nomofobia expresan que su teléfono es su vida, que lo es todo, y les brinda sobre todo la sensación de sentirse acompañados.

Mujeres y adolescentes son, según CEETA, los colectivos más propensos a “engancharse” al móvil. Los adultos ejercen una influencia importantísima en la vida de los niños a través de su comportamiento. Si los pequeños ven que sus padres no pueden prescindir del terminal ni en los momentos de reunión familiar (cena, celebraciones…), tenderán a imitar ese (mal) ejemplo. Los jóvenes entre 18 y 24 años son los más propensos a padecer nomofobia.

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CUESTIONARIO INICIAL

1.- ¿Cómo usas el teléfono móvil? (Señala sólo una opción)

_ Para llamar, enviar sms y, como mucho, mirar qué hora es.

_ Para lo anterior y como cámara de fotos, GPS, etc.

_ Lo uso para muchas cosas, para jugar, redes sociales, informarme, comprar…

2.- ¿Qué es lo que más valoras en tu teléfono móvil? (Ordena de mayor a menor importancia)

_ Poder acceder a Internet, correo electrónico, redes sociales…

_ Hacer fotos y poder compartirlas.

_ Navegación GPS, callejero, etc.

_ Descargar y/o escuchar música.

_ Jugar videojuegos y otros entretenimientos.

_ Comprar o comparar precios y leer opiniones para decidir la compra.

3.- Marca con una cruz si…:

_ A veces lo dejas en la mesa o en la barra de una cafetería o un bar por si lo usas.

_ A veces lo llevas en el bolsillo de atrás o en el bolso sin cerrar la cremallera.

_ A veces te conectas a tus redes sociales desde una wi-fi pública.

4.- Marca con una cruz si…:

_ Lo sueles tener encendido las 24 horas del día.

_ Se te ha caído al suelo alguna vez.

_ Usas el móvil en lugares como el baño, la piscina o la playa.

CUESTIONARIO PSICOLÓGICO

¿Cuánto tiempo pasa desde que miras el teléfono móvil hasta que vuelves a consultarlo (sin recibir ninguna llamada ni mensaje)?

  1. Más de 30 minutos
  2. Entre 10 y 30 minutos
  3. Cada menos de 10 minutos

¿Con qué frecuencia te has pasado más tiempo del que tenías previsto conectado al Smartphone?

 

  1. Casi nunca
  2. Ocasionalmente
  3. Casi siempre

 

¿Desatiendes las labores del hogar, la relación con los amigos, el tiempo en familia… para pasar más tiempo con el Smartphone?

 

  1. Un poco
  2. Moderadamente
  3. Bastante

 

¿Con qué frecuencia pierdes horas de sueño por dedicárselo al móvil?

 

  1. Casi nunca
  2. Ocasionalmente
  3. Casi siempre

 

Si piensas en pasarte 6 horas sin utilizar el móvil, ¿crees que te generaría inquietud o nerviosismo?

 

  1. Un poco
  2. Moderadamente
  3. Bastante

 

¿Te sientes aburrido cuando no estás utilizando el móvil?

 

  1. Un poco
  2. Moderadamente
  3. Bastante

 

¿Te enfadas si alguien te interrumpe mientras estás utilizando el Smartphone?

 

  1. Casi nunca
  2. Ocasionalmente
  3. Casi siempre

 

¿Encuentras dificultad para no consultar el teléfono en lugares donde está prohibido hacerlo (conducción, teatro, clase…)?

 

  1. Casi nunca
  2. Ocasionalmente
  3. Casi siempre

 

¿Has sentido inquietud o nervios al tener que desconectar el móvil durante el resto del día?

 

  1. Un poco
  2. Regular
  3. Bastante

EVALUACIÓN DEL RIESGO

I ENCUESTA INICIAL:

Pregunta 1: 1, 2 o 3 puntos según marque la opción 1, 2 ó 3
Preguntas 2, 3 y 4: Suma puntos, tantos como opciones marque.

II CUESTIONARIO PSICÓLOGO: 0 opciones marcadas = a 0 puntos; 1 = 1 puntos, y así sucesivamente.

PERFIL DE RIESGO ALTO (A): DE 27 A 41
PERFIL DE RIESGO MEDIO (B): DE 13 A 26
PERFIL DE RIESGO BAJO (C): DE 4 A 12

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Hace unos treinta años no existían los móviles y no pasaba nada. Las noticias tardaban a veces semanas en llegar, e incluso en ocasiones meses; pero si eran importantes llegaban y las otras miles de noticias banales se perdían. Ello contribuía en gran manera a nuestra paz de espíritu y nos ayudaba a mantener la atención en los problemas reales del día a día. En cambio hoy todo anda acelerado, hasta la historia que vivimos; y por otro lado, andamos pendientes de miles de problemas que ni nos van ni nos vienen.

Lo único que tiene valor hoy día para muchos es el progreso, el cambio, la noticia de última hora, conocer las primicias antes que nadie. Pero el precio que tenemos que pagar por ello es el no tener tiempo para meditar, para pasear, para estar tranquilamente toda la familia sentada junto a la mesa del comedor hablando o sencillamente jugando al parchís.

Recuerdo que hace cincuenta años, cuando el mundo de la telefonía estaba “empezando” en los pueblos de España, sólo algunas casas tenían teléfono. En mi pueblo, de unos 25.000 habitantes en esa época, había unos doscientos teléfonos. Teníamos que hablar a través de operadora, porque todavía no había marcación automática, y le dábamos el número de teléfono con el que queríamos hablar como si estuviéramos pidiendo un cupón de los ciegos (una lotería muy famosa que se celebra en España todos los días). “Ponme con los dos patitos” (el número 22) o “comunícame con la niña bonita” (que era el 15). Ahora, en ese mismo pueblo hay más de 30.000 móviles, y no porque haya más habitantes –que más bien hay menos-, sino porque a partir de los 9 o 10 años todo el mundo lleva un móvil, si no, dos.

Recuerdo también con cariño, cuando toda mi familia se sentaba a las ocho de la tarde junto a la radio de válvulas -que tardaba en encenderse un par de minutos-  para oír un maravilloso cuento, y luego le dejábamos a mi padre unos minutos para que pudiera oír las noticias de lo que entonces era nuestra patria. Ahora, si se habla en familia, es para hablar de temas “trascendentales”: el nuevo teléfono que se ha comprado fulanito, o quién ha ganado el concurso de Gran Hermano, o cuarenta mil otras “cosas importantes y trascendentales sin las cuales no se podría vivir”.

Si vamos a la consulta de un doctor y tenemos que estar un rato en la sala de espera, lo único que se oye en el silencio, es el febril teclear en los móviles y algún que otro “buenos días” de un alma que todavía sabe hablar y saludar. Este mal se ha extendido entre pequeños y mayores por igual. Vas a una casa porque te han invitado a comer, y como un cubierto más de la mesa, se ve el móvil de la niña o del papá junto al cuchillo o el tenedor, con el fin de no perder un segundo por si llega un mensaje.

Pero es que si subimos de nivel y nos vamos por ejemplo a la Cámara del Congreso o del Senado, el espectáculo es bochornoso. Personas que están cobrando por cuidar de su país se pasan gran parte del tiempo conectados a internet, respondiendo mensajes, hablando por teléfono o jugando con la tableta. Y si nos vamos al mundo clerical el problema no es menor. El obispo tal está en una reunión con su clero, cuando de pronto le suena su móvil y aunque se estuviera hablando de los éxtasis de Santa Teresa, con un mero “disculpen un momento”, se detiene todo para atender la llamada. Desgraciadamente el problema no tiene mayor trascendencia por la sencilla razón de que los sacerdotes que estaban atendiendo a la charla estaban haciendo exactamente lo mismo que su querido obispo.

Y yo me pregunto ¿Qué nos está pasando? ¿Qué le está ocurriendo a la humanidad? Y bien digo a la humanidad porque el problema es global. Vas andando por la calle y si te cruzas con veinte personas lo más normal es que más de diez estén hablando con su móvil. Hace unos meses estuve de viaje en una zona muy pobre de Sudamérica visitando lugares que antaño habían sido mis parroquias y mi sorpresa fue cuando en medio de zonas selváticas veía a los indios con su teléfono de última generación pegado a la oreja y a los chicos esperando el autobús para ir al colegio, y mientras que llegaba, en lugar de estar hablando del examen que iban a tener o de fútbol,  aprovechaban el tiempo dándole el último repaso al móvil.

Tanto móvil nos ha hecho perder hasta las más mínimas normas de cortesía. Yo le llamo al móvil el gran impertinente pues se suele metre en medio de la conversación de dos personas sin pedir ningún permiso.

Hace un par de años me ocurrió un caso muy curioso. Había ido al banco porque tenía que hacer unas gestiones. Me puse en la cola para ser atendido por uno de sus empleados, pero la cola no bajaba nunca. Cuando al empleado no le sonaba el móvil que tenía que atender rápidamente, sonaba el fijo. Después de estar esperando más de un cuarto de hora sin que la cola se moviera tuve una diabólica idea. Me fui detrás de una columna del banco y llamé por teléfono a ese empleado, automáticamente fui atendido. Sé que fui poco caritativo con los demás que estaban esperando en la cola, pero no me quedó más remedio. Si me llego a esperar a que me tocara turno puede que todavía estuviera esperando. Y es que ante una llamada no sabemos decir que no; en cambio cuando tenemos a alguien presente, éste puede esperar.

Esta móvil-manía o móvil dependencia no es sino un signo más de la superficialidad en la que vivimos. Una superficialidad que nos invade, rodea y conquista. Y lo peor no es eso, lo peor es que además nos incapacita para un trabajo serio e incluso para una vida espiritual profunda. Es imposible que una persona que ha sido atrapada por su móvil pueda luego tener una vida de intimidad con Dios. Son dos mundos totalmente opuestos. Podría ocurrir que tanto nuestra vida espiritual como nuestra vida laboral y de relaciones con los demás estuvieran bastante bloqueadas como consecuencia del móvil.

El abuso del móvil nos ha llevado a vivir únicamente en el ya. Nos urge conocer lo último que ha ocurrido; y además hemos de ser los primeros en conocerlo. Nos sentimos deprimidos, tristes e incluso despreciados, cuando alguien no responde nuestro mensaje de Whatsapp inmediatamente.

Si deseamos progresar realmente en nuestra vida espiritual, una de las cosas que tendremos que revisar, entre muchas otras, será nuestra “dependencia del móvil”. La solución es muy sencilla: disciplinarse y volver a poner nuestro mundo en orden. Las cosas importantes primero y lo demás, cuando haya tiempo, si es que valen realmente la pena.

Así pues, disciplinemos nuestro uso del móvil, limitemos nuestra “necesidad” de conocer las noticias, protejamos nuestra intimidad perdida con tantas redes sociales…, y valoremos más los inmensos tesoros que nos rodean: Dios, la familia, el silencio, la amistad, la lectura, el paseo, gozar de la naturaleza…

Los periódicos han de anunciar públicamente cuando Apple Store, Movistar, Facebook o cualquier otra red deja de funcionar pues si no enseguida hay demandas judiciales. Frente a estas tragedias tan grandes, el que Cristo muera en la cruz, estemos en pecado mortal o un país agonice moralmente son puros escrúpulos de vieja o anécdotas del pasado.

Despertemos pues de nuestro letargo y pongamos cada cosa en su lugar. A Dios primero, y después de Dios todas las cosas que hay importantes en la vida. Y para ayudarnos a vivir mejor, usemos el móvil con la cabeza y dentro de un debido orden.

Padre Lucas Prados

 

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com