Toda la historia bíblica es una historia de salvación, una empresa de redención realizada por Dios en Cristo. La Biblia es un mensaje de salvación en Jesucristo, que no llega de repente a la humanidad, sino gradualmente a través de la historia y de los libros del AT, tiempo de la preparación evangélica. Los escritos del NT nos ofrecen la Buena Nueva, verdad definitiva de la revelación divina y tienen como argumento central a Jesucristo, así como el inicio de la Iglesia bajo el impulso y acción del Espíritu Santo.[1]

Plenitud de los tiempos y Nueva Alianza de Jesucristo

El NT recoge el mensaje de esperanza del AT en la plenitud de los tiempos. La finalidad de la elección de Israel- ser instrumento de bendición para todos los pueblos de la tierra-, se ve cumplida en el Salvador surgido de este pueblo elegido. Cristo representa a Israel pues Él es el Elegido de Dios para traer la salvación a todos los hombres. Si en el Pentateuco la elección va unida a la promesa, en el NT se nos enseña que las promesas se han cumplido en y por Cristo.

El Reino ha venido con Cristo: instaura una nueva situación y su llegada definitiva sigue siendo una promesa irrevocable. Las alianzas que ratificaban la elección -con Noé, Abrahán y Moisés-y las promesas -con Abrahán y David- culminan en la nueva y definitiva Alianza sellada con la sangre de Cristo. La «Nueva», sin embargo, resultaría incomprensible sin la «Antigua», que con un contenido propio era preparación de la definitiva. Los efectos de esta Nueva Alianza son muy superiores a los de la Antigua: perdona y borra los pecados; Dios habita entre los hombres; cambia el corazón de los hombres y pone en ellos su espíritu.

La felicidad que Jesucristo nos promete en sus Bienaventuranzas llena la vida del cristiano, alimenta su esperanza en la tierra, tanto en medio de la aflicción y del dolor como en la alegría y prosperidad. El cristiano se sabe “hijo de Dios” en la honra y en la deshonra, en la escasez y en la abundancia, en la salud y en la enfermedad. El discípulo de Jesús se sabe redimido por su Pasión y Muerte, y destinado a una vida eterna con Cristo en Dios. La Nueva Alianza no ha alcanzado aún su plenitud, falta la consumación final, y por eso hay que contemplarla con una mirada escatológica: la alianza, eterna será la felicidad en la definitiva morada de los hombres con Dios (Cfr Ap 21: 3-5).

Y junto a la Nueva Alianza, se revela la Nueva Ley que, fundamentada también sobre la Antigua, se presenta ahora como Ley de Cristo inscrita en el interior del hombre por el Espíritu Santo. En todos estos aspectos, la Ley mosaica o Torah, era y sigue siendo, como enseña san Pablo, el pedagogo que nos lleva a Cristo: una vez más la divina pedagogía prepara -ahora por medio de la Ley- la llegada del Evangelio Cfr Gal 3: 24-25).

Los libros históricos del AT constituyen la verdadera prehistoria de la Iglesia, por la multitud de figuras que la anuncian. Israel, desde la Alianza sinaítica, es constituido como la comunidad de Yáhwéh, que los LXX traducen “ekklesia tou Kyriou” (Iglesia del Señor). El antiguo pueblo de Dios será sustituido por el nuevo, la Iglesia de Jesucristo. Decían ya los cristianos de los primeros tiempos que el mundo fue creado en orden a la Iglesia; la reunión de los hombres en un nuevo pueblo es la reacción de Dios ante el caos provocado por el pecado. La preparación lejana de la Iglesia comienza con la vocación de Abrahán y la inmediata con la elección de Israel como pueblo de Dios. Jesús de Nazaret, al realizar el plan de salvación de su Padre Dios, en la plenitud de los tiempos funda la Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia; es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras. La Iglesia es, pues, el germen y comienzo de este Reino en la tierra.

El Reino o Reinado de Dios trasciende la realidad y el concepto que los hebreos se habían forjado de él. Incluso los Apóstoles de Jesús, pocos días después de la Resurrección del Señor, no habían superado esa visión terrena del Reinado de Dios (Cfr Hech 1: 6-7).  El Reino que Jesucristo ha iniciado en la tierra, no llega a su plenitud sino cuando, al final del mundo presente, vuelva Cristo glorioso, para juzgar a vivos y muertos y haga entrega al Padre del Reino eterno. Es decir, la plenitud de la realidad de ese Reino no se dará en este mundo: se incoa con la primera venida de Cristo en la humildad de la carne, con la que se realiza la Redención  del género humano,  y se instaurará  definitivamente tras su segunda venida o Parusía.

Jesucristo es el Mesías anunciado por los profetas. Dios concreta las antiguas promesas en David y sus descendientes (cfr 2 Sam 7: 4-16), iniciándose así la línea del Mesianismo real: un descendiente de David, el “Hijo de David”, será el Mesías, el Libertador, el Redentor. Buen número de pasajes evangélicos reflejan la expectación popular del “Mesías, Hijo de David”. Jesús es consciente de ser el Mesías davídico, así como el Hijo del Hombre que profetizó Daniel y el Siervo de Yahwéh del libro de Isaías. La fe y el testimonio de los Evangelistas y demás autores sagrados del NT son contundentes. Para los evangelistas, en Jesús, el Mesías anunciado y esperado, se cumplen las antiguas profecías de salvación divina. Tanto su misión como su ser, transcienden sin medida la figura de los rabinos o maestros de Israel.

El mensaje salvífico de los Evangelios

Los Evangelios son, sin duda, el corazón de todas las Escrituras por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador. Han sido siempre tenidos en máximo honor en la vida de la Iglesia: en su liturgia, en la predicación de sus pastores, en la meditación de sus fieles, en el estudio de sus teólogos y en los escritos de los Santos Padres y del Magisterio de los Obispos y de los Papas. La palabra evangelio es la traducción literalista del vocablo griego “euangelion”, que significa Buena Nueva y hace referencia a las antiguas promesas hechas por Dios al pueblo de Israel -contenidas en el AT- que se han cumplido en Jesús de Nazaret.

Los cuatro Evangelios cuentan la vida de Jesús. San Mateo y san Lucas  inician  la  narración  con  noticias  sobre el nacimiento,  infancia y vida  oculta de Jesús. San Juan,  en cambio,  se remonta  en su prólogo  con un  himno a la eternidad  y divinidad  del Verbo en el seno del Padre, exponiendo  la Encarnación  de ese Verbo y su vida entre los hombres.  Después los cuatro -se incorpora san Marcos en este punto- relatan el anuncio del Bautista: la necesidad  de la penitencia para recibir al Mesías esperado y un bautismo  de purificación.  A  continuación,  los  tres  Sinópticos narran  el ayuno y las  tentaciones  de Jesús  en el desierto  durante  cuarenta  días, donde se ve  claramente  la superioridad  de Jesús sobre Juan el Bautista y todos los demás profetas del AT Todo lo anterior viene a ser la preparación  de Jesús para su vida pública  y la formación  de un  grupo particular  de discípulos más cercanos a Él. A través de diversos episodios y enseñanzas se muestra cómo Jesús pasó su vida haciendo el bien (Cfr Hech 10:38).  Curaba a enfermos y libraba del demonio  a posesos;  predicaba  a pequeños  grupos y a multitudes por pueblos,  aldeas y campos; y obraba milagros  con poder divino. Sorprendía que no tuviese necesidad   de  implorar  ese  poder,  porque  lo  ejercía  directamente con su palabra.

Jesús de Nazaret tiene un conocimiento de los misterios de Dios, del modo de actuar divino, del Reino de los Cielos y del más allá, como nadie antes lo había manifestado. Se atribuye poderes y cualidades y exige de los hombres una adhesión a sí mismo que son sólo propios de Dios. Da explicaciones de la Ley de Moisés con la misma autoridad de Yahwéh, aclarando el verdadero espíritu de ésta. Por eso, va creciendo la oposición de los escribas, fariseos y príncipes de los sacerdotes, porque actúa con libertad, sin someterse a la asfixiante casuística de los maestros de la Ley. Esa oposición culminará en la sentencia de muerte dictada por el prefecto romano Poncio Pilato.

Jesús va corroborando sus enseñanzas y la veracidad de cuanto dice con muchos milagros.

Narran también los Evangelios la elección de doce discípulos a los que llama apóstoles; serán los testigos de la actividad de Jesús y a ellos les explica con más detenimiento su doctrina y la significación de muchos de sus hechos. Cuando Pedro confiesa en Cesarea de Filipo que Jesús es el Mesías, estamos en un punto de inflexión del Evangelio. A partir de ese episodio, el relato se centra en el camino que Jesús recorre hasta su Muerte en Jerusalén y su Resurrección. Jesús predice  entonces  estos  acontecimientos  finales  de su vida  en la tierra. Con la narración de los últimos días del ministerio en Jerusalén finaliza en los Evangelios la vida pública de Jesús.

Los relatos de la Pasión, Muerte y Resurrección refieren, apenas sin comentario, los episodios más sobresalientes de ese final de la vida de Jesucristo: los sucesos del arresto, interrogatorios, suplicio y crucifixión en el Calvario; la Resurrección de Jesús al tercer día de su muerte y las diversas apariciones y enseñanzas últimas a sus discípulos. Por último, los evangelistas nos cuentan cómo Jesús, antes de su Ascensión a los Cielos, envía a sus apóstoles a proclamar la Buena Nueva o Evangelio a todas las gentes y a bautizar a los que crean para la remisión de los pecados.

La Iglesia en el libro de los Hechos

El libro de los Hechos presenta la salvación en Jesucristo a través de la Iglesia. Al hilo del relato de la primera propagación del Evangelio -desde los judíos a los paganos-, san Lucas nos presenta el cumplimiento de la tarea apostólica  que Jesús confió a sus Apóstoles: ser sus testigos hasta los confines de la tierra” (Hech 1:8). Los protagonistas escogidos del libro son precisamente san Pedro y san Pablo.

San Lucas en su Evangelio ha destacado la dimensión salvífica de la “Buena Nueva” en Jesús, ahora en Hechos pone el acento de la salvación en la misión de los apóstoles. Ambos libros tienen una trama argumental paralela: en el Evangelio se trata de la proclamación de la Buena Nueva de la salvación desde Galilea a Jerusalén; en Hechos, desde Jerusalén hasta Roma, centro entonces del mundo conocido. Incluso la estructura general de ambos libros es también paralela; en el primero: ministerio de Jesús en Galilea; viajes de Jesús por territorios no judíos, desde Galilea a Jerusalén; ministerio en Jerusalén. En Hechos: propagación del evangelio en Jerusalén y territorios limítrofes; viajes misionales de Pablo por países no judíos; predicación del evangelio en Roma.

El Libro de los Hechos de los Apóstoles es, en su conjunto, una “eclesiología  narrativa”, porque narra el establecimiento de la nueva Iglesia y la propagación inicial del Evangelio después de la Ascensión de Jesucristo. San Lucas, historiador y teólogo, presenta a Jesús como la cumbre de la historia de la misericordia de Dios con los hombres. A través de unos episodios en un marco geográfico y temporal bien determinados- y unos personajes -Pedro, Esteban, Bernabé, Pablo, etc.— enmarca las palabras y los hechos de Jesús en la incipiente vida de la Iglesia.

La Iglesia sale a la luz el día de Pentecostés por la intervención del “viento y fuego” del Espíritu Santo; no es un producto de humana creación, sino del Espíritu de Jesús. El Espíritu Santo es amor, y por ello promueve reconocimiento y crea unidad, como se aprecia ya en la aceptación de la diversidad y en la multiplicidad de lenguas. La Iglesia es, pues, católica desde el momento de su nacimiento, es ya la Iglesia universal. La espera de Pentecostés es significativamente preparada por la permanencia de los discípulos en el cenáculo: Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María la Madre de Jesús y sus hermanos”  (Hech 1:14) Tras la solemne irrupción del Espíritu, aquellos primeros fieles de la Iglesia “perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech 1:42) ; son rasgos del nuevo Pueblo de Dios: palabra y sacramento, o pan y palabra, aparecen aquí como los fundamentos del edificio vivo de la Iglesia. San Lucas, pues, nos ofrece así el panorama de la vida naciente de la Iglesia como instrumento universal de salvación y anticipa los grandes temas y preocupaciones del tiempo postapostólico.

La salvación en las cartas de san Pablo

El epistolario del NT recoge el mensaje de salvación aplicado al tiempo presente. Considerado desde una perspectiva social, cultural e histórica, se encuentra entre dos mundos: el griego y el judío. San Pablo pertenece a estos dos ámbitos tan distintos: sin renunciar a ninguno de ellos, trata de hacer una adecuada síntesis. La fe en Cristo muerto y resucitado, como único camino de salvación, es en las Grandes Epístolas[2]   tema de confrontación con las otras dos vías salvíficas propuestas hasta entonces: la “Ley” de los judíos, y la “Sabiduría” de los griegos. Años después, en medio de sus cadenas, san Pablo alcanza una nueva síntesis del misterio de Cristo. Las Garras de la Cautividad[3] profundizan  en el ser de Jesús: su existencia divina eterna, su venida al mundo, su humillación hasta la muerte en la cruz, su exaltación como Señor y su mediación en la obra de la creación y salvación. Toma aquí conciencia de la proyección “cósmica” de la Redención que lleva a cabo Jesucristo, y de la dimensión  “eclesiológica”  de la salvación a través de la metáfora del “cuerpo”, añadiendo la imagen de la “cabeza” y “los miembros” (cfr Ef 1:2; Col 1:18) . Nadie puede salvarse por sí solo, sino con el auxilio de la “comunidad de salvación”, la Iglesia. Y al reflexionar sobre Cristo, esposo de la Iglesia en la Nueva Alianza, proyecta su luz sobre la naturaleza del matrimonio cristiano.

La noción de salvación es ya fundamental en las “Cartas Pastorales”[4]. A Dios se le nombra como el Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2:4) . Este querer divino constituye  un plan, que ha sido manifestado y llevado a cabo por Jesucristo, el único Mediador (cfr 1 Tim 2: 5-6) , que vino al mundo para salvar a los pecadores (1 Tim 1:15). Estas “Cartas Pastorales” sirven como puente entre el “Corpus Paulino” y las “Cartas Católicas”.  En todas se dan instrucciones sobre la vida cristiana; el ejercicio de la piedad se contempla desde una cristología que apunta a la imitación de Jesucristo como modelo.

Salvación y vida cristiana en las Cartas Católicas

Junto a las epístolas paulinas, y para distinguirlas de éstas, se encuentra el grupo de siete cartas conocidas por «Católicas»: la de Santiago, las dos de San Pedro, las tres de San juan y la de San Judas. Se sitúan por sus contenidos entre el pensamiento paulino y el judeo-cristiano. Iluminan la vida y costumbres de la primitiva comunidad cristiana y proporcionan indicios de su desarrollo doctrinal. Su estilo vivo, abunda en citas y alusiones al AT; hay también algunas pocas referencias a escritos apócrifos y a tradiciones populares.

Muestran, en general, una presentación más bien arcaica de la doctrina, del culto y de la jerarquía. Más que una reflexión teológica sobre el misterio de Cristo, hay en estos textos una mirada a las situaciones concretas de las comunidades cristianas en su relación con los diversos ambientes en que se desenvuelven. Dan testimonio de su vida de fe y de su paciente sufrimiento en las pruebas, con la esperanza del día del encuentro con el Señor Jesús. La fe y la moral, vividas frente a un mundo hostil, dominado por el pecado,  apuntan a un modo de pensar y de vivir en perspectiva de salvación. Sólo mediante la fe y el bautismo es posible la conversión, y el paso de las tinieblas del pecado a la luz de la gracia. Jesucristo, el Mesías e Hijo de Dios, ha conquistado el reino de la luz mediante su Pasión, Muerte y Resurrección. Bajo la acción del Espíritu Santo, el cristiano combate  en el mundo presente una pelea que durará hasta el triunfo del Señor en su Parusía. El centro de la moral lo ocupa la Ley del amor, en su doble vertiente hacia Dios y hacia el prójimo, que une a todos los fieles en una sola y gran familia: la Iglesia. La fe y la moral tienen como modelo las enseñanzas de Cristo, que ha interiorizado y plenificado la doctrina del AT.

En suma, los escritos de Santiago, Pedro, Judas y Juan son modelos de exhortación cristiana primitiva. Presentan el designio salvífico divino para que configure la vida cotidiana, destacando la primacía de los valores éticos. En esta “atmósfera pastoral”, sus contenidos podrían resumirse en tres grandes líneas: 1º) testimonio de fe y mensaje salvífica en un ambiente de creyentes; 2º) exhortación a la vigilancia ante las desviaciones doctrinales y morales; 3º) la espera de la venida del Señor.

Salvación y tiempo futuro en el Nuevo Testamento

El Apocalipsis de san Juan cierra la Biblia, iluminando la figura de Jesucristo glorioso, de su Esposa, la Iglesia triunfante, y exhortando a la esperanza en la vida eterna. El tiempo futuro en general y la consumación, en particular, como transciende a toda experiencia humana, no puede ser descrito directamente, sino sólo en forma analógica, por medio de comparaciones e imágenes. De la misma forma que las profecías del AT no eran fáciles de entender hasta su cumplimiento en Jesucristo, así las profecías del NT no quedarán del todo aclaradas hasta la Parusía o Segunda Venida del Señor. Los profetas del AT solían contemplar el futuro como en un solo plano, en el que no se distinguen las distancias del tiempo futuro.

El Nuevo Testamento recoge el mensaje de esperanza del Antiguo en la plenitud de “el fin de los días”. La diferencia más notable entre ambos Testamentos consiste en que la antigua esperanza escatológica en un futuro que no había llegado todavía, con Jesús ha llegado ya: vivimos en “el tiempo del cumplimiento” y, por tanto, “el fin de los días” ha comenzado. El NT distingue, pues, entre una escatología presente y otra futura, pero sin establecer una ruptura entre ambas, ya que el acontecimiento salvífico es uno. Jesucristo exaltado a los Cielos, nos hace partícipes de su gloria y está viniendo sin cesar a nosotros en el tiempo de la Iglesia hasta el día de su manifestación en la Parusía.

Jesús, en su mensaje escatológico proclama el dominio de Dios, prometido por los profetas, de una manera nueva y definitiva, propia de los últimos tiempos. Se anuncia, que Dios está a punto de implantar definitivamente su reinado: Después de haber sido apresado Juan, llegó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio”(Mc 1: 14-15).En suma, el tiempo de la salvación; ha comenzado ya, pero no se ha consumado.

La tensión escatológica también está presente, en general, en las cartas del NT y, en particular, en el Corpus Paulino. San Pablo, ayudado por la gracia, profundiza en la revelación de Jesús (cfr 1ª y 2ª Tes, Rom 11: 25-27 y 1 Cor 15). Cristo, segundo Adán, conduce a la humanidad a una nueva situación; cumple las promesas hechas a los Patriarcas, especialmente a Abrahán; termina con el dominio de la Ley. Ha realizado de una vez por todas la Redención; en Él ha llegado “la plenitud de los tiempos”. Este tiempo favorable es ahora el día de la salvación (2 Cor 6:2) . Los enemigos de la salvación han sido vencidos, pero todavía no de manera plena. La retribución definitiva sólo se producirá en el tiempo futuro, cuando la fe se haya convertido en visión de Dios y reine el amor divino con plenitud de soberanía. La redención sigue siendo, por tanto, objeto de esperanza. Sin esta esperanza escatológica, la vida presente resultaría descolorida y sin plenitud de sentido.

Finalmente, el Apocalipsis de san Juan, recoge esta misma tensión escatológica, pero inserta en un nuevo género literario, que se divulgó en los siglos que rodean la era cristiana. En el género apocalíptico en general subyace un fondo fatalista: el mundo presente, tiranizado por el dominio satánico, es incapaz por sí mismo de regenerarse; sólo una intervención directa de Dios al final de los tiempos cambiará radicalmente su suerte; casi lo único que puede hacer el hombre es rogar a Dios que intervenga para remediar la injusticia del tiempo presente. San Juan, sin embargo, se separa claramente de la literatura apocalíptica del período intertestamentario, para acercarse a los profetas del AT. De hecho, el apóstol califica a su libro como profecía (cfr Ap 1:3) y esta denominación es apropiada porque contempla la historia humana desde el señorío de Jesucristo y, como sucede en los escritos proféticos, la historia se ve como una llamada a la conversión y a la esperanza.

Conclusiones

El mensaje salvífico de la Nueva Alianza se desarrolla en la historia y se estructura en torno a tres ejes: Jesús de Nazaret, la Iglesia y la Parusía. El cristiano lleno de fe vive del cielo en la tierra y del futuro en el presente. Paradójicamente, el Reino de Dios está, a la vez, presente y ausente.

Jesucristo, el Salvador, ocupa un lugar central en los Evangelios que refieren, con autoridad divina, su admirable vida entre los hombres, sus acciones y palabras, su Muerte redentora y su Resurrección gloriosa. Se escribieron con el fin de contribuir a dar cumplimiento al mandato del Señor de que da Buena Nueva llegara a todos los hombres y así pudieran, no sólo por la predicación oral, sino también escrita, alcanzar la fe cristiana y conocer la solidez de la doctrina que han creído.

El libro de los Hechos de los Apóstoles relata la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés; bajo su acción asistimos a la primera expansión de la Iglesia entre judíos y gentiles. La Iglesia será el instrumento de salvación para hacer realidad el Reinado de Dios en la vida presente. Las Cartas paulinas y católicas nos enseñan cómo alcanzar la salvación de Cristo en el  tiempo  de la Iglesia.  Finalmente,  el Apocalipsis  nos  consuela en las tribulaciones, y mantiene viva la fortaleza y la esperanza en la victoria final, al profetizar la segunda venida de Cristo.

La revelación bíblica es una historia de la salvación, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, testimonio espléndido de la acción misericordiosa de Dios con la humanidad. Así, pues, la historia que contempla la Sagrada Escritura es radicalmente teológica y escatológica, porque toda ella gravita entre un punto inicial y otro final fijados por Dios. El Creador realiza su obra desde la eternidad y hacia esa meta la conduce a través del tiempo.

La doctrina escatológica del NT nos descubre parte de ese gran misterio, al que solamente podemos acercarnos mediante representaciones simbólicas: carecemos de datos precisos, que Dios no ha querido revelarnos. Si el Génesis nos habla del comienzo de cuanto existe merced a la acción creadora divina, el Apocalipsis, nos revela la nueva creación, que gracias a la Redención de Cristo, culminará con su Segunda Venida al final de la Historia.


[1] Para la elaboración de este artículo hemos seguido el libro de Josemaría Monforte, “Conocer la Biblia”, Ed. Rialp, Madrid.

[2] Gálatas, 1ª y 2ª a Corintios y Romanos

[3] Filipenses, Filemón, Colosenses y Efesios.

[4] 1ª y 2ª de Timoteo y Tito.

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com