Miércoles 18 de Diciembre de 2013, 1:53 de la madrugada.

Hace tan solo unos minutos que he llegado a casa, después de uno de los días más duros que he vivido en mi vida.

Uno de esos días que te dejan con la vista perdida mirando al horizonte, con miles de preguntas en la cabeza, con toda la historia de tu vida frente a los ojos, con un mar de pensamientos que no parecen tener conexión unos con otros. Con una extraña paz al mirar el misterio de la vida que me mantiene en vela a pesar del cansancio acumulado del trabajo del día pasado.

Esta mañana todo parecía tan diferente, haciendo mis planes con la agenda… Creía que este Martes terminaría en una estupenda cena con unos amigos después de un día lleno de apostolado en una aldea perdida en el mapa, Misa solemne, recogida de alimentos para Cáritas… Pero no somos dueños de nuestras vidas, ni siquiera de nuestras horas.

Justo antes de la Santa Misa recibo la llamada de mi padre que me dice que el pequeño Manuel de cuatro años, hijo de mi primo Agustín, está muy malito en el hospital.

Me voy para el Sagrario y allí rezo la coronilla de la Misericordia por el pequeño y su familia, el Santo Rosario, la Misa con todo mi corazón puesto en ellos.

Y a las diez menos diez de la noche mi primo Agustín me llama y me dice: Mi niño se va.

En ese momento las piernas no me daban abasto para caminar con más fuerza, cogí el coche del garaje y los semáforos rojos se me hacían eternos. Tenía que cruzar toda la ciudad para llegar donde estaba el pequeño Manuel.

A San José le pedí que me concediera un aparcamiento cerca del hospital infantil y así fue. Aparqué, cogí la maleta que siempre llevo en el coche con todo lo necesario para dar la Unción de Enfermos y salí corriendo hacia la entrada del hospital.

Al cruzar el umbral de la puerta principal vi a mi prima Isabel llorando y a mi prima Rocío que me decían, corre primo que se nos va. Camino del ascensor me encuentro de frente con los padres de Manuel, estaban destrozados, casi no se mantienen en pie por el peso del dolor. Los abracé en un gran silencio y continué la marcha hasta la zona de enfermos en estado crítico.

Estaba muy nervioso, al llegar vi al pequeño Manuel inconsciente lleno de tubos, cables… No entendía nada.

Su respiración era muy leve, sus pulsaciones muy bajas… No podía preguntar qué era lo que pasaba porque sabía en mi interior que tenía muy poco tiempo. Saqué la estola morada, el agua bendita, el crucifijo, el óleo… Y me dispuse a celebrar el Sacramento de la Unción de los enfermos. Las lagrimas a penas me dejaban respirar. Me parecía que todo me daba vueltas. El tiempo se me hacía eterno. Y por fin pude ungirlo en la frentecita y en sus hombros. Caí de rodillas y allí recé el Padre Nuestro y el final de la oración.

Que duro es ver morir a un niño. Que difícil tener que preparar el alma de un niño para el encuentro con el Padre. Que fuerte ver la agonía de un pequeño luchando por vivir. Que misterio el ver como entre tus manos se va una vida tan corta como la de un niño de cuatro años.

No podía mantenerme en pie, necesitaba estar de rodillas. Rezamos unas cuantas personas la Coronilla de la Misericordia. Y al terminar, una lágrima caía por la mejilla del pequeño Manuel y comenzó su final en la tierra.

Es muy duro ver morir a un niño entre tus manos. Es una impotencia, un dolor, una rebeldía… No puedes hacer más que rezar y llorar. Y esa preguntan: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

De repente entran los padres del pequeño. Su madre y su padre no dejan de darle besos y besos. Que angustia en sus rostros, ese miedo en sus ojos, esa incertidumbre y esa pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Al niño le vuelve a caer una segunda lágrima por su mejilla. Y comienza la parte más dolorosa que no puedo contar en estas líneas.

Yo sentía que me desmayaba, todo me daba vueltas. La respiración me faltaba. Me tuve que ir a una pared de la habitación. En pocos minutos el pequeño Manuel nos dejaba. Cuando volví a acercarme, fui a darle un beso y ya estaba frío. Los médicos nos piden que tenemos que abandonar la habitación por unos momentos.

En ese instante todo se vuelve silencio. Los médicos, el personal del hospital, los amigos… Todo es un silencio que cala hasta las venas. ¡No puede ser! Esto tiene que ser todo una pesadilla, no puede estar ocurriendo. Cierro los ojos para poder desaparecer y al abrirlos veo que todo es real, que todo es verdad. El pequeño Manuel se ha muerto.

No os podéis imaginar lo que llega a sentir un sacerdote en estos momentos. Yo sabía que ahora venía otra dura realidad: Todos quieren respuesta al ¿POR QUÉ?

Todos me conocen, soy un sacerdote de Jesucristo, un “representante” de Dios en la tierra.

En ese momento le pedí a Dios que por favor me diera fuerzas.

En momentos así es muy difícil hablar de Dios. Yo pensaba para mi: no hables, tu acompaña, tu calla y acompaña…

Pero para mi sorpresa todos quería que hablara, que les diera sentido al sin sentido que estaban viviendo. Y solo pude decirles: Sé que esto es muy duro, y que probablemente no queráis que os hable de Dios. Os comprendo. Pero solo os puedo decir que todos venimos con una misión a este mundo, cada uno tiene un tiempo y el pequeño Manuel ya la ha cumplido. El sigue viviendo, pero en la eternidad. Tenéis un intercesor junto a Dios que os quiere, os ve, os siente y os escucha. Nosotros tendremos que purgar mucho posiblemente aquí en la tierra o en el purgatorio. Pero Manuel seguro que ya está camino del cielo. Ahora tenemos que pedirle que nos ayude.

De repente vi que las miradas empezaban a cambiar y que empezaban a consolarse con las mismas palabras que yo les había dicho. El Dolor parecía mitigarse y sobrevenía un clima de aceptación y paz en medio de tal dolor.

En ese momento me di cuenta lo importante que es encontrar el sentido a las cosas que vivimos cada día. La vida tiene un sentido. La muerte tiene un sentido. El trabajo tiene un sentido… Y ese sentido es la vida de nuestras vidas: somos forasteros en esta tierra.

En los ojos del pequeño Manuel vi los ojos de Cristo en la Cruz entregando su vida. No tenía duda de que allí, entre mis manos estaba Cristo. Tan cierto como cuando celebro la Santa Misa cada día. Los ojos de ese niño escondía la verdadera mirada de Cristo muriendo en la Cruz.

Ya nada ha vuelto a ser igual desde aquel día. Hoy sé que no somos más que pobres criaturas muy amadas por Dios. Y Que tenemos un tiempo aquí en la tierra para ganar o perder la felicidad más grande que jamás hayamos soñado. No perdamos el tiempo, es oro puro.

Padre Francisco Javier Domínguez