Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella. Ef. 5, 26.

Falsedad del llamado sano erotismo, y grave perjuicio para la santidad matrimonial

Queridos hermanos, todo es puro para lo que son puros, dice san Pablo a Timoteo (1, 15), y la primera carta de Juan (3, 3) nos recuerda: que quien tiene la esperanza en ser semejante a  Nuestro Señor, purificase, así como el Señor es puro. Esta pureza es para todos, también para los casados. Ellos también han de vivir la pureza en su matrimonio, por la simple razón que sus cuerpos no son para el placer carnal, sino para transmitir la vida según la voluntad divina. El matrimonio ha de estar orientado a Dios, sin ponerle límites. Y aunque esta no sea la realidad de los matrimonios hoy en día, no por ello dejamos de hablar de la  verdad del santo sacramento del matrimonio

Oímos hablar a pastores de la Iglesia del sano erotismo, verdadero veneno que se introduce en el matrimonio que aspira a seguir al Señor, porque no existe el sano erotismo, es una falsedad; el erotismo es pecado y la puerta a otros  muchos más y graves. Los esposos deben luchar contra el erotismo, desterrarlo de su relación, empezando por erradicar radicalmente la misma palabra. No vale todo en el matrimonio que aspira a perfeccionarse, que se esfuerza en la santidad matrimonial. La meta de los conyugues es el Cielo, y a esa meta han de esforzarse ayudándose uno al otro, venciendo todo obstáculo que lo impida.

Un matrimonio que vive la pureza es un matrimonio orientado a Dios. Hay que desechar toda forma de erotismo, porque éste no entiende de pureza, es más, la desprecia absolutamente. El erotismo nunca podrá entender lo que entiende la pureza: coger la mano un conyugue a otro sin esperar nada más, no esperan necesariamente que haya nada más.

El matrimonio orientado a Dios

La meta del matrimonio es espiritual, por lo que las relaciones entre los conyugues han estar orientadas a Dios y abiertas a la procreación. En este punto, no compartimos la utilización de los medios naturales de contracepción, aun cuando están aconsejados por la Iglesia. La santidad del matrimonio se perfecciona si viven en perfecta castidad en el caso de no querer tener más hijos. Optar por la castidad es lo santo, la utilización de los métodos naturales no deja de ser lo que es, relaciones íntimas cerradas a la procreación. La castidad es camino al Señor, no se debe usar el cuerpo para el placer.

La pureza en el matrimonio implica el respeto entre los conyugues, en su trato, en las atenciones del uno con el otro, en el papel que cada uno tiene el hogar, la preocupación del uno por el otro en sus gustos, aficiones y trabajo. Delicadeza al dirigirse uno al otro. Bien podemos decir: coger la mano y frenar el cuerpo.

La mujer tiene un papel muy importante en orientar al marido hacia la pureza, y es  muy hermoso comprobar como el hombre se contiene en determinados momentos. Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El marido meditando estas palabras comprenderá que debe respetar a su mujer, y sólo podrá entenderlas con una buena y santa formación para el matrimonio católico, de lo que significa este santo sacramento. Lo entenderá en la vida de oración; lo entenderá en el esfuerzo y sacrificio para controlar su cuerpo que ha de estar orientado a Dios. Ambos esposos han de ver, en estas palabras de san Pablo, el misterio del amor de Cristo a su  Iglesia en relación al misterio del santo matrimonio, la grandeza y misterio  de su unión conyugal  unido al misterio de la unión de Cristo con la Iglesia.

La vida sacramental de los conyugues es un pilar fundamental  para la santidad matrimonial y la pureza en el matrimonio. La vida de oración, individual y común, el Santo Sacrificio de la Misa, la confesión frecuente. He aquí el crecimiento de sus almas y la puerta al Paraíso.

El demonio no para, no da tregua,  no, ante el matrimonio que quiere vivir según la voluntad de Dios, que busca la santidad y la perfección en su relación matrimonial. Erotismo, sensualidad, búsqueda del placer sexual, contracepción, todo ello es la destrucción del matrimonio según la voluntad divina, es el antítesis del matrimonio que busca la santidad; ya no es el matrimonio que quiere ser reflejo del Señor en sus vidas.

Los matrimonios santos, en su deseo de pureza y de agradar a Dios, respetan sus cuerpos como templos del Espíritu Santo. No buscan el deseo carnal uno en el otro, sino espiritual. Su única meta es la santidad. No ven sus cuerpos como objetos de placer, sólo ven sus almas que caminan unidas a Dios.

Perfección absoluta en el matrimonio

Cuando el matrimonio llega a la expresión más alta del amor, a la perfección absoluta, surge la belleza de la castidad matrimonial, ambos sólo desean agradar a Dios con su entrega y renuncia. El placer carnal ya no existe para ellos, voluntariamente dan muerte a la concupiscencia, a la carne, renaciendo al Espíritu.

Puede darse este caso excepcional, pero no por ello debe verse extraño,  matrimonios que vivan en perfecta castidad, en mutuo acuerdo y siguiendo una llamada divina. ¿Por qué el Señor puede querer este tipo de matrimonios? Para demostrar que el cuerpo no es para el placer, y porque los quiere para Él en cuerpo y alma. Y en este caso, la castidad de los esposos ha de ser como la castidad y pureza  de los niños, que tanto agrada al Señor. La relación matrimonial se mantiene en todo su sentido y hermosura, en la ayuda mutua de los conyugues y entrega del uno al otro, claro está en la forma especial de vida en castidad.

Los cónyuges que viven la pureza en su matrimonio son los que contemplan al Señor en la Cruz santificando toda su vida matrimonial.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa