¡Qué grande y digno de respeto es un sacerdote cuando se presenta ante sus fieles lleno de pureza, libre de bajas pasiones y elevado de lo que es terrenal y puramente humano! Porque sólo de esta forma podrá dedicarse y entregarse, entera y verdaderamente, a los demás, al prójimo, como Nuestro Señor lo hizo.

¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador? (Jn. 8,46) Nadie desmintió al Señor cuando hizo esta pregunta. Aunque le llamaban endemoniado, no pusieron en duda su virtud. ¿Quién puede dudar de la pureza del Salvador, del triple Santo? Cristo es el Santo, el Puro por excelencia. Su naturaleza humana era perfectamente pura, su alma plena de inefable inocencia. Su Corazón palpita por la gloria del Padre y la salvación de las almas.

¿Puede haber cuerpo más puro y virginal que el suyo formado en las entrañas purísimas de la Santísima Virgen María, por obra del Espíritu Santo? Estremece pensar en manchar la pureza de Nuestro Señor.

Todo en Cristo respira pureza, sus palabras, gestos, actos, toda su persona… Y en medio de los candeleros como un Hijo de hombre, vestido de túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; sus pies parecían de metal precioso acrisolado al horno; su voz como voz de grandes aguas. (Ap. 1,13-15). Así nos describe San Juan al Señor.

Jesús promete la visión de Dios a los puros de corazón. Si el corazón es puro, los pensamientos serán elevados, los afectos santos, las palabras castas, los gestos y modales modestos.

A lo largo de su vida pública hablará de la castidad a las multitudes. Pero es a sus discípulos a los que les instruye en las excelencias de la castidad perfecta. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda (Mt. 19, 12).

Su propia vida es ejemplo de esta virtud, vida austera, mortificación, oración, pobreza, fatiga. Él nos ha dejado su ejemplo de vida para ser imitado.

Aun cuanto asistió a bodas y fiestas no perdió de vista en ningún momento su misión del plan de salvación, y así siempre las bendijo y las santificó. Su porte siempre grave, digno, sereno, dueño de sí. Siempre que toma parte de los entretenimientos lo hace para instruir, iluminar y consolar.

La Sagrada Escritura nos da muestra de la reserva extrema que tenía Jesús en su relación con las mujeres. Con la hemorroísa, tras su curación, con la Magdalena para asegurarle el perdón, con Marta para calmar su excesiva premura, etc.

Sacerdote de Jesucristo

¡Sacerdote de Jesucristo, ministro del Todopoderoso, dispensador de los divinos misterios, cuál no ha de ser nuestra pureza! Estamos llamados ha prestar al Cuerpo Eucarístico de Jesús los mismos cuidados que la Santísima Virgen tenía para con el sagrado cuerpo de su divino Hijo.

¡Qué puras han de ser las manos del Sacerdote que tocan cada día este Sagrado Cuerpo, que lo elevan a lo alto para ser adorado por los fieles arrodillados! ¡Qué puros los labios que todos los días le dan el casto beso de la Comunión! ¡Qué pura la mirada que lo contempla tan a menudo y tan de cerca tras el velo del Sacramento!

Si fuera posible, el Sacerdote debería ser más puro que el Ángel y casto como la Santísima Virgen. Pero el Sacerdote es un hombre y la carne lo oprime pesadamente, a veces. ¿Qué puede hacer para permanecer en la gracia de la pureza? Caminar tras las huellas de su Maestro, conformar su vida con los ejemplos de la Suya. Abnegación y sacrifico. Esforzarse en el estudio, la vida de oración, adoración, la búsqueda incesantes de los bienes de superiores, el cuidado de la vida del alma.

El Sacerdote es sacrificador con Jesús, y también es víctima. La víctima ha de ser pura, santa, sin mancha, para que sea agradable a Dios. El sacerdote debe purificarse cada vez más de sus apegos mundanos, de toda satisfacción vulgar, de cualquier placer de los sentidos. El Sacerdote no es un hombre ordinario, es un Cristo, un Ungido, un Bendito, un Elegido.

¿Aquel que todas las mañanas apaga su sed en el cáliz del altar, que bebe la purísima sangre de Cristo, querrá sentir la sed de los placeres de la tierra? ¿Aquel a quien Jesús la casta bebida de su amor, querrá buscar otras delicias?

El Sacerdote encontrará, si quiere, en el amor de su Dios, en el Sagrado Corazón de Jesús su adorable compañía, todo lo necesario para satisfacer las legítimas necesidades de su corazón, las aspiraciones de su alma, la plenitud de su existencia.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa