El Señor nos dice, queridos hermanos, en estos dos versículos a cada uno de nosotros:

Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que no la volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de los Cielos. Lc. 22, 15-16.

Es muy importante que conozcamos qué ha querido transmitirnos Nuestro Señor. Para ello vamos a tener en cuenta cada uno de los versículos por separados, pero unidos ante tal revelación hasta el día venidero.

. – V. 15: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.

Ardientemente, nos desvela el fuego del Espíritu Santo en la presencia constante del Espíritu Bendito de Dios Padre en Nuestro Señor, que hace que tenga el deseo de cumplir con la  Santa Voluntad de Nuestro Padre Todopoderoso. Al estar el Espíritu Santo en Él y con Él, de ahí el deseo constante, ardiente,  de obedecer, cumplir, con lo que desea el Todopoderoso.

Es preciso, queridos hermanos, que comprendamos muy bien el sentido de esta bendita  palabra, que en sí resume el conjunto de los dos versículos. Esta bendita palabra hemos de hacerla nuestra, hacerla vida en cada uno de nosotros, sólo así, llegaremos a comprender la profundidad y grandeza del Misterio de la Institución de la Sagrada Eucaristía, del Sacrificio visible que dejó Nuestro Señor Jesucristo a su Santa Iglesia hasta el fin de los tiempos. Sacrificio redentor, expiatorio y reparador del Cordero Divino.

¿Deseamos que el Señor esté ardientemente en nosotros?  ¿Somos sinceros ante esta respuesta? ¿Tenemos un deseo ardiente, constante, de hacer la voluntad de Dios? Para ser sinceros tenemos que tener propósito de verdad, para responder a estas preguntas como almas que desean el encuentro absoluto ante Dios. ¿Invocamos el Santo Nombre de Dios? No, porque no dejamos que a nuestras almas venga a habitar el Santo Espíritu de Dios. Por este motivo, no tenemos el ardiente deseo de cumplir la Voluntad de Dios. ¿En ti qué habita, alma de Dios? ¿Es deseo personal? Si esto es un sí, debes prepararte para la cuaresma que empieza en tu vida. Tendrás que plantearte para cambiar, ¿no crees?

De la misma forma que nos independizamos de nuestros padres, y no entendemos que tengamos que consultarles, por la autoridad que rigen en nuestras vidas, de la misma forma tomamos la postura de autosuficiencia de no querer dirigir nuestra vida ante Dios. No queremos ser dependientes de Él, no queremos cumplir la voluntad de Nuestro Padre  Dios.

El Señor es perfecto hombre, perfectísimo, menos en el pecado, pero el Espíritu Santo nunca lo dejó porque siempre quiso estar unido al Padre Dios Todopoderoso. Pero nosotros no deseamos estar con el Padre, por esta razón andamos en las tinieblas.

Debemos entender, queridos hermanos, que hemos de querer lo que Nuestro Padre Dios desea de nosotros. El deseo de Dios es mi querer, querer cumplir con su Santa Voluntad. Esta es la Verdad que hemos de comprender perfectamente para hacerla vida en nosotros, y así llegar a penetrar el misterio de Amor que fue la institución de la Sagrada Eucaristía.

Resumimos, diciendo que Ardientemente: es el deseo que el Espíritu Santo amorosamente crea en Él, Nuestro Señor, para llegar a cumplir la voluntad del Padre Eterno.

  1. He deseado comer esta Pascua.

Nuestro Señor se está dirigiendo a sus discípulos,  les habla de la Santa Cena.  Esto también es para ti como hijo de Dios. Les está revelando, en la Santa Cena, el Sacrificio de su Santísimo Cuerpo y su Preciosísima Sangre. La Pascua perfecta. Les revela, a sus discípulos toscos e ignorantes, que Él, el Cordero de Dios se ofrece en Sacrificio Divino. También te lo dice a ti.

La Santa Cena es una revelación de entrega absoluta del Cordero Divino en Su Santísimo Cuerpo y Preciosísima Sangre. Y esa entrega llega hasta hoy en día.

¿Entendemos, queridos hermanos, que la entrega del Santísimo Cuerpo y la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor es hasta hoy día en cada Santa Misa Tradicional?

  1. Con vosotros.

El Señor compartió con sus discípulos,  comparte y compartirá también contigo y conmigo. Comparte con cada uno de nosotros. Lo comparte en el tiempo, en el ahora, en el momento. Comparte, y la hace vivir, con cada uno de nosotros en la Santa Misa Tradicional.

  1. Antes de padecer.

El Señor hace referencia a su Santísima Pasión. El Huerto de los Olivos. El Señor atado a la columna. El Señor con la corona de espinas. El Señor con la Santa Cruz a cuestas. La muerte del Señor en la Santa Cruz. Antes de morir tuvo el padecimiento en su Santísimo Cuerpo, el sufrimiento de su Sacratísimo Corazón, la agonía, la entrega de su Santísimo Espíritu ante el Padre Todopoderoso, y su muerte en Cruz. Y si aún su entrega al Padre no fuera absoluta, la Lanzada donde recibimos hasta la última gota de su Preciosísima Sangre y de su Bendita Agua del Costado Divino.

El Señor se entregó al Padre Eterno por mediación del Santo Espíritu Divino de Dios, y a nosotros, indignos, hasta la última gota del Agua de Su Santísimo Cuerpo.

Ardientemente el deseo del Señor entregándose como Víctima expiatoria, propiciatoria y reparadora,  se consuma en cada Altar.

.-  V.16: porque os digo que no la volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de los Cielos.

En este segundo versículo, queridos hermanos, Nuestro Señor nos revela –porque os digo–  que cumple el deseo del Padre Eterno –no la volveré a comer-, y ese deseo tendrá su cumplimiento cuando se manifieste la voluntad del Padre. Aquí Nuestro Señor cumple el deseo de Su Amadísimo Padre.

El Señor espera el final de los tiempos, que será cuando el Padre lo permita. Y entonces vendrá como Sumo y Eterno Sacerdote y Juez. Ya no vendrá como el Cordero Divino, sino como Justo Juez de vivos y muertos.

El cumplimiento del deseo será visible ante toda la humanidad. Será el mismo Nuestro Señor Jesucristo quien celebre la Santa Misa ante el Padre Eterno para la reparación final.

Queridos hermanos, en cada Santa Misa, el Padre Eterno nos juzga, y su Misericordia espera pacientemente y benévolamente que renunciemos al pecado. Pero cuando sea el tiempo del Juicio, ya no habrá nada que decir, sólo oír la sentencia divina. En la sentencia hay una condena, y en la condena hay una reparación del alma -Purgatorio.

¿Qué creemos qué es la Justicia Divina?  Es la Obra de AMOR  de  DIOS PADRE TODOPODEROSO que es el SACRIFICIO de SU HIJO, el CORDERO DIVINO. El santo temor de Dios sentido y vivido en la Santa Misa Tradicional nos prepara para la reparación perfecta, para tener un solo deseo de reparar con el deseo de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo; y prepararnos para el Juicio Final, para la SANTA MISA final oficiada por el Sumo y Eterno Sacerdote y Justo Juez.

La Santa Misa Tradicional es reparadora.

Queridos hermanos, ¿podemos comprender el Sacrificio  del Cordero Divino en la Santa Misa Tradicional?

El ardiente deseo de Nuestro Señor está presente en cada Santa Misa Tradicional, unidos también al nuestro.

¿Cómo vivir este Santo Sacrificio reparador perfectísimamente? Ante la Santa Misa Tradicional. En  ella nos situamos ante el Cordero Divino, ante Dios Padre Todopoderoso. La miseria humana ante Dios. Nuestro Señor repara, aún  hoy, sufre y desea que se cumpla la voluntad del Padre, para volver a ofrecer su Bendito Cuerpo en cada Santo Sacrificio del Altar.

¿Por qué ante la Santa Misa Tradicional? Necesitamos desear reparar. ¿Qué es reparar para ti?  Es querer compensar con nuestro sufrimiento al ser conscientes de  las ofensas cometidas contra Dios, Uno y Trino. ¿Somos conscientes de las ofensas cometidas contra Dios? Si. ¿Qué hacemos contra esto? Vivir  la Santa Misa Tradicional. ¿Por qué? REPARAMOS.

En la Santa Misa Tradicional encontramos la esencia de Dios Uno y Trino, participamos en plenitud del Santo Sacrificio, en primer lugar,  respeto. Primordial para poder reparar ante Dios, ante Su Santísimo Hijo, ante al Santo Espíritu de Dios. Para llegar el alma que es de Dios ante el altar –Introibo ad altare Deo– ha de saber lo que es respeto a Dios. En segundo lugar, sacrificio. Se es partícipe de él desde el primer momento en que uno se santigua, al inicio de la Santa Misa, hasta la bendición final y las oraciones finales. Y en tercer lugar, el amor. Qué Obra más grande, más inmensa, ser partícipes del Amor de los Amores, vivir ante el Agnus Dei.

 ¿Cómo debo reparar?

Primero.- Reconocer que estoy ante Dios.

Segundo.- Ir con contrición (dolor de los pecados)  del alma.

Tercero.-  Compensar (equilibrar el mal que he cometido y compensarlo con el bien que quiero hacer). Hasta que nuestra  alma no sienta la necesidad de querer reparar por el daño del pecado cometido contra Dios, no podremos compensar con la reparación.

Cuarto.- Confesión ante el sacerdote.

¿Cómo puedo reparar?

Primero.- Decencia en el vestir.

Segundo.- Estar recogidos ante Dios.

Tercero.- No hablar.

Cuarto.- Respetar todo lo sagrado del lugar.

Quinto.- Observar (porque cuando observo quiero limpiar con mi vista lo que ofende a Dios).

Sexto.- Ofrecimiento. Ofrecemos a Dios el daño que hemos recogido.

Séptimo.- Oración. La oración lo es todo.

 Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa