ADELANTE LA FE

La restauración de la cultura cristiana

Definir el término cultura ha sido un asunto que ha traído de cabeza a los estudiosos de todo tiempo y latitud. Y ha sido en los últimos cien años cuando, negando la mayor a los devotos del progreso ininterrumpido, se ha acabado aceptando una explicación imprecisa y espaciosa, alejada de la etimología del término.

Al afirmarse que cultura son los modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo de una determinada sociedad, se ha perdido la relación entre significado y significante.

En este sentido, hemos olvidado que cultura procede de cultivo, siendo así cultura el cultivo del hombre. De esta manera, para poder fijar con claridad, exactitud y precisión el significado de la palabra cultura, hay que determinar primero en qué consiste la acción de cultivar, y saber en consecuencia cuál es la finalidad de la misma. Y la mejor manera de verlo es mediante el símil o la analogía.

Pensemos así pues en el término agricultura. Agricultura es el cultivo del agro (campo). Y cultivar los campos, como es sabido, requiere conocer y aplicar un conjunto de técnicas y conocimientos relativos a la labranza de la tierra. ¿Pero con qué propósito? Con el fin de dar a la tierra y a las plantas las labores necesarias para que fructifiquen. Entonces, para cultivar los campos hay que poner los medios necesarios para hacer que den fruto, removiendo la tierra haciendo en ella surcos con el arado, sembrando buena semilla, estercolando y fertilizando, etc. Si no se llevaran a cabo estas actividades, los campos acabarían yermos, cubiertos apenas por inútiles plantas herbáceas; en una palabra, sin su cultivo, los campos se volverían salvajes.

Pues bien, algo parecido ocurre con el ser humano. Esto es, con el ser que procede del humus, de la tierra, del suelo. Porque como ser orgánico, el hombre también necesita ser cultivado. Ésta es la perspectiva óptima, la del hombre como tierra que recibe los efectos del cultivo, de la labranza. Consecuentemente, y aunque parezca extraño —siendo sin embargo lo más lógico—, el hombre necesita ser «subyugado», recibir el yugo del arado, someterse a una regla, ser tutorado para mantenerse derecho (de igual modo que las plantas son enderezadas por medio de cañas o tutores), ser encaminado por buenos hábitos y tradiciones benéficas, que serán, en definitiva, los fundamentos por los que dará a conocer a los hombres su buena o mala educación, y a partir de los cuales dará buenos o malos frutos.

Por consiguiente, lo contrario del hombre culto es el hombre salvaje. De manera que la barbarie cultural de nuestra época se debe a que el hombre ha venido a ser como un bancal abandonado, pasto de malas hierbas y estéril. Porque no se ha dejado arar, porque ha rechazado ser removido para volverse fértil, porque ha sido engañado o se ha engañado a sí mismo acerca de la autonomía del hombre y de lo que ocurre cuando éste no se deja domar y prefiere vivir a su aire.

Dicho esto, se puede decir que en términos cristianos hay hombres cultos (cultivados) indoctos y hombres cultos ilustrados. Su grado de instrucción, por tanto, no modifica la esencia, lo que poseen en común. Al cristiano sin letras y al cristiano leído, al doctor en teología y al campesino, les empareja su fe, es decir, el hecho de haber sido arados con idéntica reja por un mismo amo, el hecho de haber sido sometidos a un mismo yugo, suave y ligero, pero fiel y fructífero.

Ciertamente, no superaremos jamás la aridez de esta época, calcinada por el relativismo, hundida bajo las malas hierbas del escepticismo, y trastornada por el influjo de las tecnologías inhumanas, sin recuperar el ambiente de silencio y oración propio de los que viven en los monasterios, sin huir de la masa y de las malas compañías, sin despreciar las novedades, principios, criterios y modas de este cosmos corrompido, y sin romper el televisor y tirarlo a la basura.

En definitiva, la restauración de la cultura cristiana con la que soñó John Senior está al alcance de todos aquellos que deseen que Jesucristo sea quien marque los surcos de su vida.

Luis Segura

Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros
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